Antonieta despertó a las 6:40 de la mañana con el cuerpo dolorido y el olor a semen todavía impregnado en su piel. Se había duchado dos veces la noche anterior, pero el olor parecía haberse metido bajo la carne. El plug seguía dentro. Al girarse lo sintió moverse y una punzada sorda le recorrió la espalda.
Cerró los ojos… y las imágenes la atacaron con una violencia cruel.
Otra vez estaba cabalgando a Don Jorge. Otra vez lo miraba a la cara mientras le ordenaba, con voz rota de placer, que dijera lo que era. Otra vez veía esa expresión horrible de culpa y excitación en los ojos del hombre que había sostenido a su hija en el bautismo, el mismo hombre que le había regalado juguetes cuando era niña, el que se sentaba a la mesa en las Navidades familiares.
El sonido húmedo de su propio coño bajando hasta el fondo le resonó en la cabeza como una acusación. Recordó el momento exacto en que él dejó de resistirse y le agarró las caderas con fuerza, como si por fin hubiera perdido la guerra contra sí mismo… y ella, en lugar de detenerse, había acelerado el ritmo, disfrutando de verlo romperse.
Una oleada de asco hacia sí misma le subió por la garganta.
Ese hombre es el padrino de tu hija. Le prometió a Dios cuidarla. Y tú lo obligaste a follarte mientras le pedías que te llamara puta.
El recuerdo del orgasmo que había tenido encima de él le provocó náuseas y, al mismo tiempo, una punzada traicionera de calor entre las piernas. Se odió con una intensidad que le hizo cerrar los puños sobre las sábanas. No solo había cruzado una línea: la había destrozado con gusto. Y lo peor era que el cuerpo todavía respondía al recuerdo con humedad fresca, como si celebrara la monstruosidad que había cometido.
Antonieta abrió los ojos jadeando. Entre las piernas estaba húmeda otra vez. Se odió.
Bajó a la cocina. Preparó el desayuno en silencio. Cada vez que su marido le tocaba la cintura, ella apretaba los dientes. Cada vez que su hija le pedía algo, sentía el peso del collar invisible que Don Héctor le había puesto.
La lucha fue feroz.
La madre, la esposa, la mujer decente gritaban dentro de ella con voz clara y cortante:
No lo hagas. Para esto ahora. Bloquéalo. Borra todo. Recupera lo que te queda de dignidad. Piensa en tu hija. Piensa en el hombre que duerme a tu lado todas las noches. No puedes seguir doblegándote.
Pero había otra voz. Más baja, más oscura, y cada vez más fuerte. Esa voz no gritaba: susurraba. Le recordaba el peso de las manos de Don Jorge en sus caderas, la forma en que se había roto cuando ella lo obligó a decirle puta, el placer inmundo de sentir cómo un hombre que la había visto crecer terminaba dentro de ella gimiendo de culpa. Le recordaba lo fácil que había sido rendirse, lo dulce que había resultado dejarse destruir.
Dobl
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