De lo virtual a lo real

De lo virtual a lo real

El principio de esta historia es el que ya conoces: escribiste un (magnífico) relato en todorelatos.com y yo te escribí felicitándote.

Entablamos por correo electrónico una conversación apasionante sobre el sexo y diversas fantasías como los intercambios o infidelidades consentidas y me pediste que escribiera un relato basado en tu novia.

Te gustó mi relato y tus fantasías se avivaron con más fuerza si cabe que antes.

Pese a que tu novia seguía poniendo impedimentos, me convenciste para quedar y conoceros.

La verdad es que yo tampoco estaba convencido, pero me pudo el morbo de una situación tan excitante y más habiendo visto sus fotos.

Eso sí, no me engañaste advirtiéndome de que María no estaba convencida de la situación.

Aun así, viajé a vuestra ciudad y el viernes salimos a cenar.

Me caísteis bien.

Ambos erais muy simpáticos y os esforzabais en ser buenos anfitriones, sobre todo porque yo estaba un poco cortado.

No podía evitar quitar la mirada de María: su minifalda ceñida marcaba su tanga que parecía que iba a estallar de lo apretadito que estaba.

Y su camiseta negra de tirantes dejaba ver un escote monumental.

Además su carita redonda era mucho mejor de lo que habías descrito…

Si he de serte sincero tuve que soportar una buena erección toda la noche sólo con la posibilidad de que podría disfrutar de esa hembra.

Eso sí, cada vez que planteabas algo picante, ella fruncía el ceño y se ponía a la defensiva, mirándome entonces con un odio como reprochándome a mí todo lo que no se atrevía a reprocharte a ti.

Tus intentos para aproximarnos chocaban con su barrera y su simpatía se había transformado en hostilidad.

Cuando nos dejaste solos para ir al baño me dijo claramente que no pasaría nada, que no estaba preparada y que si te seguía el rollo era para que no pudieras quejarte de ella.

Yo recordaba el viajecito y el mal trago que me había supuesto sobre todo al principio la noche y se me atragantaba todo.

No la contesté cuando me dijo que podíamos ser amigo.

Entonces su amabilidad me pareció repulsiva y si no me marché fue por vergüenza.

Llegaste después y pese a las caras de María fuimos a un local de ambiente que conocías.

Música sugerente y sugestiva, oscuridad cómplice para acercamientos prohibidos, copas una tras de otra para relajar mentalidades y que si a ti te excitaban a mí y a María nos enfadaban.

Por fin la convenciste para que bailara conmigo mientras tú saludabas a unos amigos.

Una vez juntos y separados de ti, reanudamos nuestra conversación.

Volvió a repetirme lo de antes y me pidió que la respetara.

Los tragos de toda la noche me empujaron a decirle que su amistad no me interesaba para nada, que sólo quería follarla.

No supo que responderme y se calló, no se esperaba de mí esa respuesta, ya que no había hablado mucho en toda la noche. No contaba con el alcohol.

– Mira- volví a hablarla, aunque ya no mirándola a la cara, sino a su escote con descaro-, dime si no voy a tener oportunidad de follarte, porque si no me voy al baño, me casco una paja y cojo el tren que sale dentro de una hora. María volvió a callar, pero ahora te buscaba con la mirada. Me arrimé más a ella y por fin notó mi bulto con claridad.

– Te deseo María. Desde que vi tu culo donde esa braga blanca se metía en tu raja te deseo. Me mato a pajas con esa visión

Bajé mis manos y amasé su trasero, perdiéndome en él.

– Oye, para, vamos a dejar esto.

No la hice caso y busqué su boca y la besé mientras mis manos se posaron en su pecho y los apreté.

– Suéltame, joder.

– Me vuelves loco.

Mi mano derecha estaba ya debajo de su falda, tanteando el terreno.

La tanga era de lo más reducida, me encontré con un vello a los lados de la tela.

– Me cago en la mar, y luego dices que no quieres guerra.

Eché la tela a un lado y le metí un dedo en la raja, pese a los esfuerzos suyos por no abrir las piernas e intentar marcharse.

Cuando llegué a su entrada, noté que estaba mojada, muy mojada, empapada.

– Parece que aquí no soy el único excitado. Venga, no me digas que no quieres probar otra polla, no lo niegues, para qué resistirte.

Mi dedo, que no paraba de trabajar en su clítoris, no la dejaba concentrarse.

Sus piernas se habían abierto sin remedio y yo seguía besándole el cuello y mi otra mano estaba debajo de su camiseta, amasando su sostén con fuerza.

Ni si quiera se daba cuenta de que la estaba arrastrando a una zona más oscura donde había un par de parejas medio desnudos en los sofás.

Me agaché y la levanté la falda.

Su tanga estaba encharcada y la rompí por una tira, guardándome el trofeo en el bolsillo.

Ahí estaba su precioso coñito bien arregladito y entregado a mi lengua, que consiguió pronto varios intensos orgasmos.

Estaba entregada y lo supe cuando le pedí verle las tetas y se bajó la camiseta hasta la tripa y se quitó el sostén.

Tenía los pezones sonrosados, algo irritados por los manoseos y pellizcos anteriores, pero bien apetecibles y duritos.

Me incorporé y le lamía sus botones buscando hacer ruido con la lengua.

Ella no podía abrir los ojos: mis dedos habían ocupado su raja.

Uno, dos, tres, cada vez con movimientos más bruscos que le arrancaban unos suspiros cada vez más sonoros.

No se enteró de que me había bajado el pantalón.

Cuando la dejé de tocar, estábamos junto a los sofás. La senté y me bajé el slip.

Ella tuvo reflejos y evitó que mis abundantes y transparentes flujos se perdieran en el suelo con su mano, que me descapulló la tranca y me estrujó para no perder nada.

No tardó en llevarse la mano a la boca y menos de acompañar esos líquidos con mi verga, perdida en su boca golosa.

Yo estaba a mil y su mamada me estaba pareciendo increíble, así que la paré y la recosté.

Cuando ella se dio cuenta, mi estaca apuntaba a su conejito.

– Espera, ponte un condón.

Fue demasiado tarde, cuando acabó la frase le había enterrado dentro de un golpe.

Entró como la seda, haciendo un ruido delicioso al llegar mis cojones sobre su piel. Su gemido delató cuánto le había gustado.

Se la saqué y se la volví a meter y un par de arremetidas bastaron para que me pidiera que no parara, que quería más. Le preguntaba si le gustaba mi polla y ella decía que sí.

– ¿Quieres que te siga follando?

– Sí, sí, fóllame, fóllame.

– ¿Vas a ser mía toda la noche?

– Sí, sí, voy a ser tuya.

– Esto no es nada comparado con lo que vamos a disfrutar, zorra.

Nuestras lenguas se entremezclaban, mis manos estrujaban sus senos y sus manos mi culo.

Su lubricada vagina no dejaba de vibrar y estremecerse.

Le dije que me iba a correr, que no aguantaba más.

Ella me dijo que me levantara. Lo hice, pero sin dejar de sobarla y besarla.

Ella tomó la iniciativa tumbándome boca abajo y su entrada se echó sobre mi polla y cabalgó frenéticamente, gritándome que quería dentro de ella toda mi leche, que le ardía el coño y tenía sed.

Mi semen estalló en medio de sus gritos y mis manos apretaron hasta casi herirla sus ubres.

Se recostó sobre mí y nos besamos, esta vez más detenidamente, saboreándonos.

Nos arreglamos como pudimos y yo te vi cómo te dabas la vuelta fingiendo que no nos habías visto.

– Ven aquí, cielo, que te tengo muy abandonado, dijo María, besándote apasionadamente. Intuí que te daba las gracias y vi cómo te palpaba la entrepierna. Yo, pese al polvo, seguía muy caliente:

– ¿Conocéis algún motel por aquí cerca? La noche no ha hecho más que comenzar…

¿Qué te ha parecido el relato?