Capítulo 3

Noche de caza III

La espera de taxi es corta. Mejor porque no me siento bien sin bragas.

Pienso que todo el mundo se da cuenta y me mira. Además es que me siento desnuda si salgo a la calle sin ellas.

Aunque no se de qué me preocupo, me ha follado y se me ha corrido en la boca un desconocido en el romántico paraje que siempre significa un lavabo de discoteca. Pero bueno vuelvo a casa con los deberes cumplidos.

El taxista no para de mirar por el espejo. No sé qué mira. Tengo las piernas cruzadas y no paro de pasarme la mano por los labios buscando restos de “mi amigo” David. Simplemente debe ir caliente. Si yo no hubiera follado ya, quizás…

“-Qué , de fiesta y ahora a dormir la mona, no?”- introduce el taxista.

-“Sí, ya ve. No es muy tarde pero es que estoy cansada.”, grave error contestar a un taxista con más de dos palabras.

-“Uy, con lo joven y guapa que tú eres y ya estás cansada?”. Y sigue hablando. Giro la cabeza y sus palabras suenan a lo lejos mientras admiro la noche a través de la ventana.

El reflejo del vidrio me enseña algo que no me gusta.

Mi pelo castaño, fino, y hasta hacía poco, liso, es ahora una maraña de pelos entrecruzados sin ninguna ley que los rija.

Está claro que en el espejo del lavabo estaba demasiado ocupada en quitar restos y en que no me vieran demasiado.

Bueno eso ya pasó. El pelo lo llevo cortado por la barbilla de largo, más o menos una media melenita.

Acostumbro a recogerlo en una coleta porque sino me pasa lo que me ha pasado en el lavabo, que me acaba tapando la cara.

-” …. Y si quieres seguir la fiesta yo conozco un sitio genial….”- oigo a lo lejos.

-“No”. Añado simple y llanamente.

No vuelve a abrir la boca, sólo para decirme -“5,85€, por favor”. Se los pago y me dispongo a entrar en casa.

Es una casita en las afueras de la ciudad. Es pequeña y Cristina y yo la tenemos alquilada a buen precio. La entrada es por el piso superior, donde están nuestras habitaciones, separadas por un lavabo.

El pasillo que las comunica da a un doble espacio donde está la sala de estar.

Poca cosa más tiene la casa a parte de un aseo y una cocina americana debajo de la pasarela que une las habitaciones.

Meto la llave y abro la puerta. Lo hago con sigilo por si Cristina está durmiendo.

No quiero que se despierte y tener que contarle ahora de lo del lavabo. Me quito los zapatos y me dirijo de puntillas a mi habitación.

Cuando llevo medio pasillo, de reojo, capto movimiento en el piso de abajo. Giro la cabeza.

Alucino.

En la planta baja está Cristina.

A cuatro patas.

Un tío bajito está detrás de ella y la folla por detrás.

Otro más alto está de pie ante ella con su polla entrando y saliendo de la boca de mi amiga.

El alto es Juan, con quien se había enrollado en la discoteca. El bajito era el indeciso, el que yo pensaba que no pillaría. Y vaya si ha pillado.

Pero desde luego la que está pillando es Cristina. Joder este siempre había sido nuestra fantasía. A partir de ahora sólo será la mía…

Decido agacharme y mirar a través de la barandilla. No me verán desde abajo.

Veo que Cristina lleva algo pequeño y negro en la cara, pero no acierto a adivinar qué es. Han cambiado un poco de postura, se ha sentado Juan.

Cristina sigue chupándosela, pero ahora con la cabeza más baja y, por lo tanto, el culo más levantado. Tenía la duda de dónde se la estaba metiendo el de atrás.

Con la nueva postura le veo a lo lejos el ano a mi amiga (eggggss, nunca pensaba que le vería algo parecido).

De momento se la mete por el coño. El pelo rubio y largo de Cristina cae por los lados de su cabeza, cerca de la polla que se está tragando. Seguro que también se está comiendo algún pelo propio.

No puedo ver al que tiene detrás porque está de espaldas, pero sí a Juan. Su polla no es muy grande pero parece bastante ancha. Mi amiga la recibe bien en la boca.

Mis manos bajan sin darme cuenta.

Los gemidos de los tres llegan claramente hasta mi escondite, sobre todo los de Cristina. Se lo debe estar pasando de muerte la guarrona.

Chupa a buen ritmo, sin descanso, pero sólo la punta y algo más. Su garganta no deja entrar a extraños (no como la mía).

Mueve las caderas como una amazona al ritmo que le marca el de atrás, de arriba abajo, alternando movimientos en círculo. Menudo juego de cintura.

Su culo siempre ha sido grandecito igual que sus anchas caderas, pero como los mueve. De cuerpo es más finita.

Sus pechos, no muy grandes, cuelgan y casi tocan el suelo por la postura. Van y vienen al ritmo del culo del bajito. Igual que la polla de Juan que también entra y sale al mismo ritmo. Joder con el indeciso, al final es el que manda.

Mis manos pasan por mi entrepierna.

Está caliente.

Y muy sensible al contacto, sobre todo porque no llevo tanga.

El bajito recoge el pelo de mi amiga con delicadeza en una coleta. Supongo que es para que no le moleste. Menuda inocente.

Al poco de pensar esto, tira un poco del pelo y dice: -“Joder como tragas Cristina. ¿No has tenido suficiente aún?”. Delicado igual que su amigo David. Todo esto sin dejar de follarla.

-“Quieres hartarte?”- le pregunta a Cristina mientras tira y suelta su pelo unas cuantas veces haciéndole asentir.

-“¿Sí?, pues te vas a hartar”- dice mientras se la saca y pide un cambio.

Juan refunfuña un poco.

-“Quiero correrme en su boca”- dice Juan

-“No, hazlo en su coño”- manda el pequeño

Paran y se intercambian.

Ahora es a Juan a quien no se la veo. Sólo sé que antes de metérsela se ha puesto un condón. Hay una caja en la mesa de al lado del sofá. El que estaba detrás se sienta en el sofá.

Vuelvo a alucinar.

Menudo aparato tiene entre las piernas. Cristina y yo tonteando con los otros dos. De los 20 cm no baja seguro. Nunca había visto nada igual (aparte de alguna peli porno o algún streaper de despedida de soltera). Y eso que estoy lejos.

Se quita el condón y manda a Juan que le traiga a la zorra (palabras textuales).

Sin que Juan le mande caminar, Cristina empieza a gatear hacia donde cuelga esa polla enorme. Juan la sigue como puede sin sacársela.

Ya he metido una mano en mis pantalones absolutamente desabrochados al tiempo que humedezco varios de mis dedos de la otra mano. Ataco a mi caliente coño con la mano mojada.

Nunca me he considerado una voyeur, pero esto está superando lo imaginable.

Dos pajas seguidas en una noche no es buena señal, aunque mientras me hacía una me estuviesen follando la boca, da igual.

Empiezo frotando la zona superior, rozando el clítoris , como si no supiese que está ahí. Si lo toco directamente tan al principio me molesta.

Es demasiado sensible. Como estoy de cuclillas el chocho digamos que está apretadito pero abierto.

Cristina ya tiene la punta del pollón en sus manos. Pronto lo introducirá en su boca.

Acerco mi mano libre a mis labios. Con la punta de la lengua humedezco la punta de mis dedos.

La punta del pollón entra en su boca. El tío ni se mueve, todo lo hace Cristina con su cuello. Nunca la había visto en esta faceta. Y eso que decía que le daba un poco de asco chuparle la polla al novio que había tenido hasta entonces. Ja!!

Mis labios dejan entrar dos de mis dedos en la boca. Los resigo con la lengua, como debe estar haciendo Cristina con el pollón. Mi otra mano sigue la prospección vaginal, igual que la polla de Juan en mi amiga.

Penosa imitación la mía, pero mira no se presentan estas oportunidades cada día. Estoy disfrutando de veras.

De todas maneras, ni la mitad que Cristina. Juan se la ha sacado y se moja la mano con su saliva. Acto seguido se la empieza a restregar por el ano. Los masajes son suaves. Parece que introduce la punta de un dedo. Cristina se queja y le da un manotazo. Todo esto sin sacarse lo que tiene en la boca.

-“Eh, cuidadín. Sin pegar. No te hagas la estrecha ahora” dice Juan mientras sigue frotando y humedeciendo.

Saco mi mano del chocho y la paso por detrás de mi culo, en busca de la entrada (más acostumbra a ser salida, pero es que no puedo evitarlo, soy una envidiosa).

Está seco. Vuelvo al punto de partida en busca de lubricante natural. Voy pasando de un sitio a otro hasta dejar el culito bien mojado.

Juan ya parece tener un dedo entrando y saliendo.

Ya somos dos.

Nunca lo había hecho con mi culo, he de admitirlo. El sexo anal nunca me ha convencido (y mucho menos para hacérmelo yo). Aunque no soy la única.

Recuerdo una conversación con la que ahora tiene una polla en su boca y un dedo en el culo, que me admitía que nunca lo había hecho. Vamos que su inmaculado culo iba a ser desvirgado en cuestión de segundos.

Juan se prepara. Con una mano apunta la polla mientras con la otra le separa una nalga. La golpea. La vuelve a separar.

Cristina deja ir algún quejido, pero poca cosa, inaudible desde aquí, al menos si no se saca eso de la boca.

Se acerca más.

Un poco más.

Parece que le cuesta. Sigue apretando mientras mueve el culo en busca del punto de entrada, que debe estar completamente cerrado (y asustado).

De golpe, el culo de Juan recorre una distancia que, hasta ahora, no podía. Ya debe de haber entrado.

Un quejido en forma de grito apagado de Cristina me lo confirma.

Medio dedo índice también está dentro mío. Mi culo, cerca del suelo, describe círculos cada vez más rápido. Como no acabo de conseguir lo que quiero, saco la mano de mi boca y me concentro en el coño. Vuelve a despertar.

Estoy demasiado concentrada para oír como se abre la puerta del lavabo de detrás de mí.

La cabeza de Cristina recorre grandes distancias. La está chupando de lado. Desde la punta hasta el final, pero sin meterla en su boca. Con la lengua se centra en el enorme glande que corona esa bestialidad.

Cambia y mete la punta en su boca

Juan embiste fuerte y hace que Cristina se trague, de golpe, más de lo que ella esperaba. Al bajito del pollón parece encantarle y ríe.

Juan también.

Los dos chocan sus manos sin parar de darle a Cristina. Que falta de delicadeza.

El “enculador” aumenta el ritmo. Jadea, tiembla y cae sobre la espalda de Cristina. El “embocador” sujeta la cabeza que se está follando y empieza a moverla.

No tarda en correrse. Menos mal porque Cristina estaba a punto de ahogarse.

Cristina se aparta lo que puede y sólo recibe las dos primeras sacudidas en la cara.

El resto al parket.

Espero que lo frieguen ellos.

Yo paro, no sea que me vean aquí con los pantalones en los tobillos (empieza a ser una costumbre). Ya seguiré en mi habitación.

Me dirijo a mi habitación.

Cristina se estira boca arriba.

Puedo verle la cara. Y lo que lleva en ella.

Es algo con restos de semen del pollón. Es un pequeño trozo de tela, negro con rallas horizontales transparentes. Todo unido con una fina cinta.

¡Qué coño hace mi tanga en la cara de Cristina?

Unos brazos aprisionan los míos y me obligan a levantar.

Un grito:

-“Mirad lo que encontrado aquí arriba espiando y haciéndose unos dedos”….

Continúa la serie