Mi marido es un desastre (06: Mi ruptura)

Fue muy embarazoso contar lo sucedido a la policía. El Inspector, un hombre cuarentón, calvete, un poco gordo y con un gran bigote hacía una recensión de mi historia.

-O sea, que su marido le debía un montón de dinero a Silvia Mohedano que utilizó para comprar un coche. Como no podía pagarlo…y le dice a Usted que se vaya a hacer un crucero con las detenidas… Deja que le hagan todo tipo de abusos sexuales… Permítame una pregunta…¿Le gustaría casarse conmigo?…Por que vaya chollo tiene su marido.-

Los policías se reían. La verdad es que resultaba un poco incomprensible. -Si yo le propongo una cosa así a mi mujer… la primera reacción es pegarme un tiro con la «paca», y luego hace las maletas y se va…¡Seguro!-

Los policías encontraron aquellos objetos que habían cargado en alta mar y que contenían hachís. Habían detenido al alemán. Seguro que en la cárcel tendría oportunidad de dar y recibir por detrás.

Les conté lo de los prostíbulos y eso sirvió para aumentar un poquito más el expediente del caso Silvia Mohedano. Al final me soltaron, con la promesa de que me llamarían para que testificara.

En la puerta de la comisaría me esperaba mi marido con cara demacrada. Evidentemente se veía que lo había pasado casi tan mal como yo. Y esa noche hice el amor por primera vez como se debe de hacer después de un par de semanas de extravagancia…sólo que mientras lo hacía pensaba que el pez lo hacía mejor.

Julia me llamó a los pocos días.

-Hola Eva…¿Qué tal el viaje?.-

Qué le Iba a contar -Muy bien. –

Estuvimos hablando un rato, mintiéndole como podía.

-Mira, llamaba para pedirte la tortillera que nos dejamos el otro día.-

Hermosa palabra la de tortillera. Julia me explicó lo mal que lo había pasado el cerdo de Guillermo durante mi ausencia. Juergas, Discotecas, incluso una cena en casa. Y además en la cena habían jugado… Lo leí entre labios de Julia… a algún juego erótico.

Me puse a llorar. Debía abandonar a Guillermo, pero estaba vencida por todo lo sucedido. Pero decidí tenérsela guardada a Guillermo hasta que las circunstancias se pusieran a mi favor.

-He hablado con Dámaso. Dicen si queremos que vengan a cenar este fin de semana.- Me preguntó Guillermo un par de días después. Acepté la proposición, aún sabiendo que propondrían jugar a algo picante. Yo entonces diría que no y le soltaría una retahila de verdades delante de nuestros amigos. Eso tenía pensado
Llegó el día. Me armaba de fuerza para enfrentarme a Guillermo. Pero cuando entraron Dámaso y Julia….¡Qué hermosa era aquella chica!¡Cómo había podido enamorarme de Idoia habiendo tenido antes delante de mi a una chica como Julia.

Llevaba un vestidito corto con unos tirantes y una falda de vuelo. Era de verde plátano con flores de colores. Cenamos y me dí cuenta de que no le quitaba los ojos de encima. Incluso me sorprendí mirando entre sus muslos, que cerró suavemente al verme extasiada con la mirada perdida entre sus piernas.

-¿Jugamos?.- Dijo al fin Guillermo, con voz un poco duditativa. Todos parecía esperar mi respuesta.

-¿A qué?.-

-Pues verás…a un nuevo juego que compré el otro día…-

Tuve tentaciones de frenar a Guillermo pero ¿Por qué no iba a vencer yo y por qué no me iba a llevar a aquella deliciosa chica a la cama?. -Bueno – Dije sin poner mucha energía.

Me explicaron el juego. La gran diferencia era que en lugar de ir recibiendo premios o castigos sexuales durante la partida, el vencedor y la perdedora no aparecían hasta el final.

La partida duró casi una hora. Yo cobrara ventaja y Julia, tal vez a propósito la perdía. Pensaba en Julia. ¿Por qué aceptaba aquellos juegos? Tal vez por morbo, tal vez por que Dámaso no la llenaba. Pensé en eso. Dámaso había rechazado acostarse conmigo cuando ganó. Tal vez era demasiado conservador para Julia. Una chica que rezumaba sensualidad por los cuatro costados.

Julia me preguntó por la tortillera en un momento dado.- Luego te la doy.- Le dije mientras pensaba «Hoy la tortillera se va a quedar aquí».

Gané. No querían tenerlo en cuenta, pero gané. – ¡Y si he ganado he ganado! ¡Y he ganado! ¡Y lo siento por quien haya perdido! ¿Quién ha perdido?…¡Julia! ¡Pues venga, a la cama conmigo!.-

-¿Pero eso como va a ser!- Decía Dámaso y Guillermo mientras Julia miraba hacia abajo sonrojada.

-¿Queréis verlo? ¡Pues no lo vais a ver!.- Y agarré a Julia, que venía a remolque, como yo iba a remolque de Idoia en el yatecito. Y cerré la puerta del dormitorio mientras los hombres empezaban a pensar que se trataba de una broma. Y la besé impetuosamente hasta conseguir que ella misma se entregara a mis besos y la desnudé y jugué con sus pezones entre mis labios y con su clítoris entre mis dedos.

Y sólo después de oir los gemidos de placer de Julia se convencieron los dos hombres, que no lo eran, y que esa noche la vencedora era yo y la perdedora era Julia, o tal vez las dos éramos vencedoras.

Sí, después de haber hecho el amor con un director de banco y una vendedora de piso, de haberle hacho una felación a un compañero de «timbas» de mi marido y haberme acostado con otro, de haber tenido que chupársela a Dámaso y haber visto a mi marido acostarse con una mujer tan hermosa como era Julia, de haber tenido que aguantar a Juani y Tania como compañeras de juego y como amantes mañaneras en una ocasión y haber sufrido ese secuestro en el yate, donde una vasca al había pervertido, se había masturbado con una dominicana, una valenciana le había metido una pescada y un alemán le había dado por culo…Y sin olvidar aquellas vacaciones en la playa con las dos amiguitas. Era hora de darse un gusto ¿No?

Y mi marido se fue. Y al día siguiente llamé a un cerrajero para que me cambiara la puerta y le dejé sus cosas en casa de un amigo. Y Julia no ha salido de casa desde hace dos semanas, especialmente desde que me acordé de un extraño objeto de latex que Juani había olvidado debajo de una sábana una mañana que se ausentó del trabajo para visitar, junto con Tania, a la mujer de un amigo. Lo siento tal vez por Dámaso, pero por Guillermo, NO.

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