Capítulo 7: La noche de los juguetes

Las semanas posteriores a la orgía en casa fueron de anticipación casi insoportable. Esme no podía dejar de hablar de la noche de juguetes que Alejandro había prometido. Cada noche, mientras cenábamos o veíamos televisión, ella encontraba la manera de traer el tema a colación.

—He estado investigando —me dijo una tarde, mientras navegaba en su laptop—. Hay técnicas de fisting que quiero probar. Ejercicios de relajación, lubricantes especiales... quiero estar preparada. He visto videos, he leído artículos. Quiero que sea perfecto.

—¿Te da miedo? —pregunté.

—Un poco —admitió, mordiéndose el labio—. Pero me excita más de lo que me asusta. La idea de que Alejandro meta su mano entera dentro de mí... de sentir cómo me abre, cómo me estira... me hace temblar solo de pensarlo. Y quiero que tú estés allí, Sam. Quiero que me sostengas las piernas, que me abras para él.

—Vas a ser increíble —dije, besándola—. Y yo voy a filmarlo todo. Y voy a abrirte bien las piernas para él, voy a sostenerte mientras te penetra con su mano.

Alejandro llegó el sábado siguiente a las siete de la tarde. Traía consigo una maleta grande, negra, que dejó en la sala con cuidado. La colocó sobre la mesa del comedor y abrió los cierres con una lentitud deliberada, como si estuviera revelando un tesoro.

—Aquí está todo mi arsenal —dijo, abriendo la maleta frente a nosotros.

Esme y yo miramos boquiabiertos. La maleta estaba llena de juguetes sexuales de todos los tamaños y formas: consoladores de silicona, desde pequeños hasta enormes, algunos con curvas diseñadas para estimular el punto G, otros con texturas que prometían sensaciones increíbles; vibradores de todos los colores, desde pequeños balas hasta grandes consoladores vibratorios; plugs anales con base de joya, de diferentes tamaños, desde el más pequeño hasta uno que parecía imposible de insertar; un consolador doble para penetración simultánea; esposas de terciopelo; vendas para los ojos; y en el fondo, varios botes de lubricante de diferentes tipos, incluyendo uno que decía "para fisting".

—Esto es increíble —dijo Esme, tocando los juguetes con fascinación, sus dedos recorriendo las superficies de silicona—. Nunca había visto una colección así. Es como una tienda entera en una maleta.

—He estado coleccionando durante años —respondió Alejandro, orgulloso, su pecho hinchándose—. Pero nunca había tenido a la mujer adecuada para usarlos todos. Hasta ahora. Hasta que encontré a Esme.

Esme se arrodilló frente a la maleta y comenzó a examinar cada juguete, levantándolos, sopesándolos, imaginando cómo se sentirían dentro de ella. Sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y lujuria.

—Este —dijo, levantando un consolador grande, de silicona negra, con una curva pronunciada y una base ancha—. Quiero empezar con este. Se ve perfecto para sentir cómo me abre.

—Empezaremos con ese —dijo Alejandro, tomando el juguete de sus manos—. Pero primero, quiero que te prepares. Quiero que te bañes, que te relajes. Y quiero que Sam lo filme todo, desde el principio. Cada momento, cada expresión, cada gemido.

Esme asintió y se dirigió al baño. Yo preparé mi cámara, ajustando la iluminación, asegurándome de que todo estuviera listo para capturar cada momento de la noche. Coloqué velas adicionales, ajusté los ángulos, preparé las tarjetas de memoria.

Cuando Esme salió del baño, llevaba solo una bata de seda blanca, abierta, que dejaba ver su cuerpo desnudo. Su piel brillaba, húmeda y perfumada, el aroma a vainilla y almizcle llenando la habitación. Su cabello caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos brillaban con anticipación.

Se sentó en el borde de la cama, y Alejandro se arrodilló frente a ella. La luz de las velas creaba sombras danzantes en su cuerpo desnudo.

—Primero —dijo Alejandro—, quiero que te relajes. Voy a masajearte todo el cuerpo antes de empezar. Quiero que cada músculo esté suelto, cada nervio calmado.

Comenzó a masajear sus hombros, su espalda, sus piernas, con movimientos lentos y firmes. Sus manos grandes y fuertes recorrían su piel, amasando la tensión, liberando cada nudo. Esme gemía suavemente, su cuerpo relajándose bajo sus manos, su cabeza cayendo hacia atrás.

—Así —decía Alejandro—. Así, relájate. Entrégate a mí.

Yo filmaba todo, acercándome para capturar cada detalle: las manos de Alejandro recorriendo su piel, la expresión de placer en su rostro, la forma en que su cuerpo se rendía al tacto.

—Ahora —dijo Alejandro después de varios minutos, cuando el cuerpo de Esme estaba completamente relajado—, vamos a empezar con los juguetes.

Tomó el consolador que Esme había elegido, el grande y curvo de silicona negra, y lo lubricó generosamente, el gel brillando bajo la luz de las velas. Luego, con movimientos lentos, comenzó a rozarlo contra sus labios, sin penetrarla todavía, solo acariciando, provocando, haciendo que ella se retorciera de deseo.

—Quiero que me digas cuándo estés lista —dijo Alejandro, su voz grave y autoritaria.

—Ya —respondió Esme, su voz ronca, casi un susurro—. Métemelo. Ya no puedo esperar más.

Alejandro comenzó a introducir el consolador lentamente, centímetro a centímetro, mientras la miraba fijamente a los ojos. Esme gemía, su cabeza echándose hacia atrás, sus manos aferrándose a las sábanas, sus dedos blancos por la tensión.

—Así, así —gemía—. Métemelo todo. Quiero sentirlo hasta el fondo.

Una vez que estuvo completamente dentro, Alejandro comenzó a moverlo, lentamente al principio, luego más rápido, encontrando el ritmo que la hacía gemir más fuerte. La curva del consolador rozaba su punto G con cada movimiento.

—¿Sientes la curva? —preguntó Alejandro, su voz cargada de satisfacción—. ¿Sientes cómo roza tu punto G? ¿Cómo te estimula desde adentro?

—Sí —respondió Esme, jadeando, su respiración entrecortada—. Se siente increíble. No pares. Sigue así.

Alejandro aceleró el ritmo, sus movimientos más rápidos, más profundos. El consolador entraba y salía de su panocha con un sonido húmedo que llenaba la habitación. Esme gemía sin control, su cuerpo arqueándose, sus pechos balanceándose con cada embestida del consolador, sus pezones erectos y duros.

—Me voy a venir —gimió—. No pares, no pares... así, así, me voy a venir...

Su orgasmo fue intenso, su cuerpo tensándose mientras el consolador seguía moviéndose dentro de ella, sus caderas elevándose para recibir cada embestida. Alejandro la sostuvo, prolongando su placer hasta que los espasmos cesaron, manteniendo el juguete quieto dentro de ella mientras se recuperaba.

—Eso fue solo el comienzo —dijo Alejandro, retirando el consolador lentamente, viendo cómo su panocha se contraía vacía—. Ahora vamos a probar algo más grande.

Tomó un consolador aún más grande, de silicona transparente, con un grosor que parecido al de su verga, y lo lubricó generosamente. Esta vez, antes de penetrarla, colocó a Esme boca abajo, su culo en alto, sus nalgas abiertas y ofrecidas.

—Quiero que sientas cómo te llena por detrás —dijo Alejandro, alineando el consolador con su culo, rozando el esfínter—. Quiero que sientas cómo te estira.

—Quiero que me ayudes Sam —dijo Alejandro, quiero que tu mismo vengas y le abras las nalgas para recibir el juguete. Quiero que veas de cerca como se va abriendo su culo y cómo se come cada centímetro de él.

Comenzó a introducirlo lentamente, suavemente, mientras Esme gemía contra la almohada, su voz ahogada por la tela. Una vez que estuvo completamente dentro, comenzó a moverlo, un ritmo lento y profundo que la hacía temblar de la cabeza a los pies.

—Así, así —gemía ella, su voz apenas audible—. Cógeme el culo con ese juguete. Hazme sentir llena por detrás.

La imagen era sumamente obscena, yo mismo abriendo las nalgas de mi mujer para que mi amigo, su amante, jugara con él. Para que le metiera ese juguete que se veía que le encantaba a Esme.

Alejandro alternaba entre el consolador en su culo y sus dedos en su panocha, estimulándola por ambos lados, creando un ritmo de contrapunto que la mantenía en un estado de excitación constante. Esme gemía sin control, su cuerpo respondiendo a la doble estimulación, sus dedos aferrándose a las sábanas.

Después de varios minutos, Alejandro retiró el consolador y colocó a Esme boca arriba, sus piernas abiertas, su panocha brillante y lista. —Ahora —dijo—, vamos a probar algo nuevo.

—Ahora ayúdame con esto Sam —dijo Alejandro, ábrele las piernas a tu esposa para mí. Quiero que tu mismo la abras para que ella reciba este nuevo juguete, y quiero que lo veas de cerca. Cómo se come cada centímetro.

Tomó un consolador doble, diseñado para penetración vaginal y anal simultánea, una pieza de silicona con dos puntas que se curvaban en direcciones opuestas. Lo lubricó generosamente y, con cuidado, introdujo una punta en su panocha y la otra en su culo, sincronizando la entrada.

—Voy a moverlo —dijo Alejandro—. Quiero que sientas cómo te penetra por los dos lados al mismo tiempo. Cómo te llena por completo.

Comenzó a mover el consolador, un ritmo lento y coordinado que hacía que ambas puntas se movieran al unísono, penetrándola simultáneamente por ambos agujeros. Esme gemía, sus manos aferrándose a las sábanas, su cuerpo arqueándose con cada movimiento, sus ojos cerrados en éxtasis.

—Es increíble —jadeó—. Siento cómo me llena por ambos lados. Es como si estuviera siendo cogida por dos hombres al mismo tiempo, pero conectados.

—Exactamente —dijo Alejandro, acelerando el ritmo, sus movimientos más rápidos, más profundos—. Quiero que sientas cómo te abro por los dos lados. Cómo no hay parte de ti que no esté siendo llenada.

Después de varios minutos, retiró el consolador doble y colocó a Esme de lado, una pierna levantada. —Ahora —dijo—, vamos a prepararte para lo que viene. Para lo que realmente importa esta noche.

Tomó un plug anal pequeño, de base con joya, un zafiro azul que brillaba bajo la luz, y lo lubricó. —Este va a quedarse dentro de ti mientras trabajamos en tu panocha —dijo, introduciéndolo lentamente en su culo, girándolo suavemente hasta que la base de joya quedó contra su piel.

Esme gimió mientras el plug se deslizaba dentro de ella, sintiendo cómo se expandía para acomodarlo, cómo la joya presionaba contra su entrada.

—Ahora —dijo Alejandro—, vamos a empezar con los dedos. Vamos a prepararte para mi mano.

Comenzó a introducir sus dedos en su panocha, primero uno, deslizándose fácilmente por la lubricación. Luego dos, estirándola suavemente. Luego tres, mientras ella gemía, su cuerpo adaptándose. Esme gemía, su cuerpo respondiendo a la estimulación, sus caderas moviéndose al ritmo de sus dedos.

—Quiero que me digas cuándo estés lista para más —dijo Alejandro, sus dedos moviéndose dentro de ella.

—Ya —respondió Esme, su voz firme—. Quiero sentir más. Quiero sentir tu mano.

Alejandro introdujo un cuarto dedo, y luego el pulgar, formando un cono con su mano. Comenzó a moverla lentamente, girándola, estirando los bordes de su panocha, preparando el camino.

—Respira hondo —dijo Alejandro—. Y relájate. Esto va a ser intenso. Pero quiero que confíes en mí.

Esme respiró profundamente, y Alejandro comenzó a empujar su mano más adentro, sus dedos juntos, deslizándose lentamente. Ella gimió, un gemido de dolor y placer mezclados, mientras sentía cómo su interior se estiraba para recibirlo.

—Así —dijo Alejandro—. Así, poco a poco. Déjame entrar. No te resistas.

En ese momento, Alejandro me miró directamente. —Sam —dijo, su voz autoritaria—. Ven aquí. Quiero que le abras las piernas a tu esposa. Quiero que las sostengas bien abiertas para mí. Quiero que veas cómo mi mano desaparece dentro de ella.

Me acerqué y tomé las piernas de Esme, separándolas ampliamente, abriéndola completamente para Alejandro. Mis manos sostenían sus muslos, manteniéndolos separados, exponiendo su panocha a la vista de Alejandro y de mi cámara.

—Así —dijo Alejandro, sonriendo—. Así quiero verla. Bien abierta. Lista para recibirme.

Centímetro a centímetro, su mano fue desapareciendo dentro de ella. Yo filmaba todo con la cámara que había colocado en el trípode, capturando cada momento: la mano de Alejandro entrando en la panocha de mi esposa, la forma en que su piel se estiraba alrededor de su muñeca, la expresión de éxtasis y asombro en su rostro.

—Dios mío —jadeó Esme, sus ojos encontrando los míos—. Siento tu mano dentro de mí, Sam. Siento cada uno de sus dedos moviéndose. Mírame. Mira mi panocha bien abierta, llena con la mano de Alejandro. Mira cómo me penetra.

—Te veo —respondí, mi voz temblorosa—. Te veo, mi amor. Y eres hermosa. Tu panocha abierta para él, recibiendo su mano.

—¿Puedo moverme? —preguntó Alejandro, su voz ronca.

—Sí —respondió ella—. Muévete. Quiero sentir cómo me abres por dentro. Quiero que Sam vea cómo me estiras.

Alejandro comenzó a mover su mano lentamente, abriendo y cerrando sus dedos dentro de ella, estirando su interior. Esme gemía, su cuerpo tensándose y relajándose al ritmo de sus movimientos, sus ojos fijos en los míos.

—Mira, Sam —dijo Alejandro, mirándome directamente—. Mira cómo mi mano desaparece dentro de tu esposa. Mira cómo se abre para recibirme. ¿Ves cómo su panocha se estira alrededor de mi muñeca?

—Lo veo —respondí, la cámara filmando todo, capturando cada detalle—. Y es la cosa más excitante que he visto.

—Sigue abriéndole las piernas —ordenó Alejandro—. No las cierres. Quiero que se mantenga abierta para mí.

Mantuve las piernas de Esme abiertas, sosteniéndolas firmemente, mientras Alejandro seguía moviendo su mano dentro de ella. Podía ver cómo los dedos se movían bajo su piel, cómo su vientre se abultaba ligeramente con cada movimiento.

—Me voy a venir —dijo ella, su voz quebrada—. No pares, no pares... así, así...

Su orgasmo fue increíblemente intenso, su panocha apretándose alrededor de la mano de Alejandro mientras se corría, su cuerpo convulsionándose. Él la sostuvo, manteniendo su mano quieta mientras los espasmos recorrían su cuerpo, sintiendo cómo se contraía a su alrededor.

Cuando terminó, Alejandro retiró su mano lentamente, y el sonido húmedo de su salida llenó la habitación. La panocha de Esme quedó abierta, un agujero que lentamente comenzó a cerrarse, los labios hinchados y rojos.

—Eso fue increíble —dijo Esme, jadeando, su voz apenas un susurro—. Nunca había sentido algo así. Tu mano dentro de mí... era como si estuvieras tocando mi alma.

—Y esto es solo el comienzo —dijo Alejandro—. Quiero hacerlo de nuevo, pero esta vez quiero que estés en cuatro, empinada. Y quiero que Sam se coloque frente a ti, para que me vea mientras te abro. Y quiero que me digas cuándo estés lista para recibir mi mano otra vez.

Cambiaron de posición. Esme se colocó en cuatro patas, su culo en alto, su espalda arqueada. Yo me coloqué frente a ella, mi cámara en una mano, mi verga erecta en la otra. Alejandro se arrodilló detrás de ella y comenzó a masajear su panocha, preparándola de nuevo, sus dedos deslizándose sobre los labios hinchados.

—Esta vez —dijo Alejandro—, quiero que mires a Sam mientras te abro. Quiero que veas cómo reacciona al verme meter mi mano dentro de ti otra vez. Quiero que veas la lujuria en sus ojos.

Comenzó a introducir sus dedos de nuevo, uno a uno, hasta que su mano entera estuvo dentro de ella. Esme me miraba fijamente, sus ojos vidriosos de placer, mientras sentía cómo la mano de Alejandro se movía dentro de ella.

—¿Ves, Sam? —dijo Alejandro, su voz ronca—. ¿Ves cómo mi mano desaparece dentro de tu esposa? ¿Ves cómo se abre para mí? ¿Ves cómo la penetro?

—Lo veo —respondí, filmando todo, mi voz temblorosa—. Y es hermoso. Es la cosa más hermosa que he visto. No quiero que esto termine. Quiero verla gozando así siempre.

—Dile, Esme —dijo Alejandro—. Dile lo que sientes. Dile cómo te sientes con mi mano dentro de ti.

—Siento su mano dentro de mí, Sam —dijo Esme, su voz quebrada—. Siento cómo me llena. Siento cómo me abre. Mírame. Mira mi panocha bien abierta, llena con la mano de Alejandro. Mira cómo me penetra, cómo me estira. Me gusta mucho que me veas, que sepas que tienes una puta ansiosa de todo, de verga de juguetes, y ahora de la mano de Alejandro. Es muy loco y hasta perverso.

Alejandro, al escuchas esto, comenzó a mover su mano más rápido, abriendo y cerrando sus dedos, estirando su interior. Esme gemía sin control, su cuerpo balanceándose con cada movimiento, sus ojos fijos en los míos.

—Me voy a venir otra vez —gimió ella.

—Vente —dijo Alejandro—. Vente mientras te abro. Vente mientras Sam te mira.

Su orgasmo fue aún más intenso que el primero, su cuerpo convulsionándose mientras la mano de Alejandro seguía moviéndose dentro de ella. Cuando terminó, cayó hacia adelante, jadeando, su cuerpo temblando incontrolablemente.

—Ahora —dijo Alejandro, retirando su mano—. Quiero que uses los juguetes en ella mientras yo descanso. Quiero que la prepares para la siguiente ronda.

Tomé un vibrador grande, de silicona rosa, y lo encendí. El zumbido llenó la habitación mientras lo rozaba contra su clítoris, sensible después de los orgasmos. Ella gimió, su cuerpo saltando al contacto.

—Así, Sam —gemía ella—. Úsame. Hazme sentir bien.

Lentamente, lo introduje en su panocha, sintiendo cómo aún estaba abierta y húmeda, cómo su interior se contraía alrededor del juguete.

—Así, mi amor —dije, moviendo el vibrador dentro de ella—. Así quiero verte. Llena de placer.

Comencé a mover el vibrador dentro de ella, mientras Alejandro observaba, una sonrisa de aprobación en sus labios, su verga erecta en su mano mientras se masturbaba lentamente. Esme gemía, su cuerpo respondiendo a la vibración y al movimiento, sus caderas elevándose para recibir más.

Después de varios minutos, Alejandro tomó otro juguete: un consolador grande, de silicona azul, con textura de nervaduras que prometía una estimulación intensa. —Quiero que lo metas en su culo mientras sigues con el vibrador en su panocha —dijo—. Quiero que la penetres por los dos lados.

Lubriqué el consolador y, con cuidado, lo introduje en su culo mientras seguía moviendo el vibrador en su panocha. Esme gemía, siendo penetrada por ambos lados por dos juguetes diferentes, sus gemidos llenando la habitación.

—Así, así —gemía—. Llénenme. Llénenme por los dos lados. No dejen ningún agujero vacío.

Alejandro se acercó y comenzó a lamer sus pezones, estimulándolos con su lengua mientras los juguetes seguían moviéndose dentro de ella. Su boca succionaba, mordisqueaba, mientras sus manos acariciaban sus costados. Esme estaba en un estado de éxtasis absoluto, su cuerpo siendo estimulado por todos lados.

—Me voy a venir —gimió—. No paren, no paren... así, así...

Su orgasmo fue el más intenso de la noche hasta ese momento, su cuerpo convulsionándose mientras los juguetes seguían moviéndose dentro de ella. Cuando terminó, cayó hacia atrás, jadeando, su cuerpo temblando.

—Eso fue increíble —dijo, su voz apenas un susurro—. Pero quiero más. Quiero que me hagas fisting de nuevo, Alejandro. Pero esta vez quiero que metas tu mano entera, hasta el fondo. Y quiero que Sam me abra las piernas otra vez.

Alejandro sonrió. —Eso puedo hacerlo.

La colocó boca arriba, y yo tomé sus piernas de nuevo, separándolas ampliamente, abriéndola completamente para él. Mis manos sostenían sus muslos, manteniéndolos separados, exponiendo su panocha, aún abierta y brillante, a la vista de Alejandro.

—Más abierta —dijo Alejandro—. Quiero que la veas bien abierta. Quiero que veas cómo mi mano entra en ella.

Abrí sus piernas aún más, hasta que casi tocaban la cama, su panocha completamente expuesta, los labios hinchados y abiertos.

—Así —dijo Alejandro, asintiendo—. Así quiero verla.

Comenzó a masajear su panocha de nuevo, esta vez usando más lubricante, asegurándose de que estuviera completamente preparada. El gel brillaba bajo la luz de las velas, cubriendo sus dedos, su mano, la entrada de Esme.

—Respira hondo —dijo—. Esto va a ser más profundo que antes. Quiero que sientas toda mi mano dentro de ti.

Comenzó a introducir su mano, dedo por dedo, hasta que su mano entera estuvo dentro de ella. Luego, lentamente, comenzó a empujar más, su muñeca desapareciendo dentro de ella, luego el inicio de su antebrazo.

—Dios mío —gimió Esme, sus ojos encontrando los míos—. Siento tu muñeca, Alejandro. Siento cómo me llenas completamente. Sam, mírame. Mira mi panocha bien abierta, llena con la mano de Alejandro. Mira cómo me penetra hasta el fondo.

—Te veo —respondí, filmando todo, mis ojos fijos en el punto donde su muñeca desaparecía dentro de ella—. Eres hermosa, mi amor. Tu panocha abierta para él, recibiendo su mano entera.

—¿Puedo moverme? —preguntó Alejandro.

—Sí —respondió ella—. Muévete. Quiero sentir cómo me abres por completo. Quiero que Sam vea cómo me estiras hasta el límite.

Alejandro comenzó a mover su mano dentro de ella, abriendo y cerrando sus dedos, girando su muñeca, estirando su interior al máximo. Esme gemía, su cuerpo tensándose y relajándose al ritmo de sus movimientos, sus ojos fijos en los míos.

—Mira, Sam —dijo Alejandro, mirándome—. Mira cómo mi mano desaparece dentro de tu esposa. Mira cómo se abre para recibirme. ¿Ves cómo su panocha se estira alrededor de mi muñeca? ¿Ves cómo la lleno?

—Lo veo —respondí, la cámara firme en mis manos, capturando cada detalle—. Y es la cosa más hermosa que he visto en mi vida.

—Sigue abriéndole las piernas —ordenó Alejandro—. No las cierres. Quiero que se mantenga abierta para mí. Quiero que vea cómo la penetro.

Mantuve las piernas de Esme abiertas, sosteniéndolas firmemente, mientras Alejandro seguía moviendo su mano dentro de ella. Podía ver cómo los dedos se movían bajo su piel, cómo su vientre se abultaba ligeramente con cada movimiento, cómo su respiración se volvía más agitada.

—Me voy a venir —gimió Esme—. No pares, Alejandro, no pares... así, así, me voy a venir...

Su orgasmo fue el más intenso de toda la noche, su cuerpo convulsionándose violentamente mientras la mano de Alejandro seguía moviéndose dentro de ella. Sus gritos de placer llenaron la habitación, su espalda arqueándose, sus dedos aferrándose a las sábanas.

Cuando terminó, Alejandro retiró su mano lentamente, y la panocha de Esme quedó abierta, un agujero que lentamente comenzó a cerrarse, los labios hinchados y rojos, brillantes de lubricante. Ella cayó hacia atrás, jadeando, su cuerpo temblando incontrolablemente de la excitación que acababa de experimentar.

—Eso fue... indescriptible —dijo Esme, su voz apenas un susurro—. Nunca había sentido algo así. Tu mano dentro de mí, y hasta el fondo, Alejandro... fue como si estuvieras tocando mi alma.

—Y todavía hay más —dijo Alejandro—. Tenemos toda la noche para explorar. Pero primero, quiero que descanses un momento.

Tomó un vibrador pequeño y lo colocó sobre su clítoris, que aún estaba sensible. Ella gimió, su cuerpo respondiendo a la vibración, sus caderas moviéndose involuntariamente.

—Una más —dijo Alejandro—. Quiero que te vengas una vez más mientras te estimulo con esto. Quiero que termines la noche con un orgasmo más.

Esme asintió, y Alejandro encendió el vibrador. En segundos, ella estaba gimiendo de nuevo, su cuerpo tensándose mientras se acercaba a otro orgasmo.

—Me voy a venir —gimió—. Me voy a venir...

Su orgasmo fue más suave que los anteriores, pero igual de intenso, su cuerpo relajándose después de la explosión de placer, sus músculos liberando toda la tensión acumulada.

Después de eso, los tres caímos en la cama, agotados pero satisfechos. Esme yacía entre nosotros, su cabeza en el pecho de Alejandro, su mano en la mía. Los juguetes estaban esparcidos por la cama, testigos silenciosos de la noche más salvaje que habíamos compartido.

—Esta ha sido la noche más increíble de mi vida —dijo Esme, su voz ronca—. Nunca había experimentado algo así. Sentir tu mano dentro de mí, Alejandro... fue como si estuvieras tocando mi alma. Y tener a Sam allí, abriéndome las piernas para ti, ofreciéndome, viendo todo... fue perfecto.

—Y yo nunca había tenido a una mujer que se abriera para mí de esa manera —respondió Alejandro, acariciando su cabello—. Eres especial, Esme. Eres única. Y Sam es el mejor esposo que podrías tener.

—Y yo nunca había visto a mi esposa tan plena, tan satisfecha —dije, besando su mano—. Te amo, Esme. Te amo por permitirme ser parte de esto. Por permitirme abrirte para él y ofrecerte.

—Y yo los amo a los dos —dijo ella, sonriendo—. Los amo por darme tanto placer. Por compartirme. Por hacerme sentir tan viva.

Nos quedamos dormidos los tres, abrazados, nuestros cuerpos entrelazados. Los juguetes esparcidos por la cama.

A la mañana siguiente, desperté con el sol entrando por la ventana. Esme y Alejandro aún dormían, sus cuerpos desnudos enredados. Tomé mi cámara y capturé la imagen: mi amor y su amante durmiendo juntos, en paz, después de una noche de placer extremo con mi consentimiento.

Alejandro despertó y me vio filmando. Sonrió y besó la frente de Esme, que también despertó.

—Buenos días —dijo Alejandro—. Quiero que veamos el video de anoche. Quiero verme metiendo mi mano dentro de ti otra vez.

—Yo también quiero verlo —dijo Esme, sonriendo—. Quiero verme siendo abierta por ti. Quiero ver la expresión en la cara de Sam mientras me abría las piernas y metías tu mano en mi panocha.

Y así, los tres vimos el video, reviviendo cada momento de la noche de los juguetes, mientras nuestras manos comenzaban a explorar de nuevo, listos para otra ronda de placer.

………………………… Fin …………………………..