Capítulo 3: El bar del hotel y el despertar del lente
Las semanas siguientes al primer encuentro fueron una mezcla de anticipación y deseo creciente. Esme y yo no podíamos dejar de hablar de Alejandro, de lo que había sentido, de lo que queríamos repetir. Cada noche, en la cama, revivíamos los momentos de aquella primera vez: la forma en que su verga gruesa la había abierto, cómo había gemido cuando la penetró, la sensación de tenerlo dentro de ella mientras yo miraba.
—Sam —me dijo Esme una noche, mientras yacíamos en la oscuridad, su cabeza recostada sobre mi pecho—. La próxima vez quiero que tomes fotos. Y video, como sugirió Alejandro.
Me incorporé sobre un codo para mirarla. La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando su rostro. —¿En serio?
—Sí. Quiero que veas cada detalle. Quiero que después, cuando estemos solos, podamos verlo y recordarlo. Quiero tener un registro de cómo me coge. De cómo me abre, de cómo me llena.
La idea me puso duro al instante. Sentí cómo la sangre se agolpaba en mi entrepierna. —¿Y Alejandro estará de acuerdo?
—Creo que sí, él mismo lo propuso. Es exhibicionista, ¿recuerdas? Le gusta que lo vean. Y si además queda grabado para que él también pueda verlo después...
—Me gusta la idea —dije, sintiendo cómo mi verga se endurecía contra el muslo de Esme—. Quiero verte desde todos los ángulos mientras él te penetra. Quiero capturar cada gemido, cada expresión de tu rostro cuando llegas al orgasmo.
—Y yo quiero que mires a los ojos —añadió ella, su voz cargada de lujuria—. Que me digas con los ojos que disfrutas que me posean. Que disfrutas ver cómo otro hombre me abre la panocha.
—Siempre lo hago —respondí, inclinándome para besarla—. Siempre disfruto verte así. Verte en ese estado de entrega total. Verte disfrutando de la verga de otro hombre.
Al día siguiente, llamé a Alejandro. Había pasado una semana desde nuestro encuentro, y la ansiedad por repetir me carcomía por dentro. Mis dedos temblaban ligeramente mientras marcaba su número.
—Alejandro, soy Sam.
—Sam, qué bueno escucharte. Justo estaba pensando en ustedes. En esa noche. En cómo se movía Esme debajo de mí.
—La próxima vez —dije, sin rodeos—, quiero filmar. Tomar fotos y video como lo propusiste. ¿Te parece?
Su respuesta fue inmediata, sin dudar ni un segundo.
—Me encanta la idea. Que quede constancia de lo bien que se le coge tu esposa. Que puedas verlo una y otra vez cuando no estemos. Que tengas un recuerdo permanente de cómo la poseo.
—Exactamente. Quiero tener un “archivo”. Quiero poder revivirlo cuando quiera.
—Pero esta vez —continuó Alejandro, su voz volviéndose más grave, más cargada de intención—, quiero hacerlo difere
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión