Capítulo 2: El cliente enmascarado
Los días siguientes fueron una tortura. Lucía me contaba sus citas cada noche, sentados en la sala, como si fuera una rutina normal. Llegaba yo del trabajo, ella me servía un whisky, se sentaba frente a mí con las piernas cruzadas y los pies descalzos y me contaba todo. Cada cliente. Cada detalle. Cada verga que había mamado, cada vez que se la habían metido, cada vez que se habían venido en ella.
Y yo escuchaba. Escuchaba con la verga dura, sudando, tratando de mantener la compostura. Mi hija me relataba su vida sexual como si me contara su día en la oficina. Y yo me masturbaba después, solo en mi cuarto, con todo lo que me había contado dándole vueltas en la cabeza.
Me contó de un cliente que la citó en un hotel de Santa Fe. Hombre de cuarenta y cinco, ejecutivo, casado. Le pidió lencería blanca. Cuando llegó, él ya estaba en la habitación, en bata, con una copa en la mano. Le dijo que se sentara en la cama y que se tocara. Lucía se sentó, se abrió las piernas y se empezó a tocar la panocha por encima de la tanga. Él la veía desde una silla, masturbándose. Después se acercó, le quitó la tanga y le metió dos dedos. La cogió con los dedos hasta que se vino. Después la volteó, le puso la cara en la almohada y se la metió por detrás. Le cogió las nalgas, le decía "puta rica" mientras la cogía. Se vino en sus nalgas. Le untó los mecos por todo el culo. Le pagó cuatro mil y se fue.
Me contó de otro que tenía fetiche de pies. Le pidió que se los lavara frente a él. Los lavó, se los secó, se los untó con aceite. Después él se acostó en la cama y ella le restregó los pies en la verga hasta que se vino. Le lamía los dedos, se los chupaba, se los restregaba en la cara. El hombre estaba en el cielo. Le pagó cinco mil solo por eso.
Me contó de uno que la humilló. La acostó en la cama, se sentó en su cara y le restregó los huevos en toda la cara. Le decía "lámelos, puta" y ella los lamía. Se los metía en la boca. Después le hizo lamerle el culo. Lucía lamió todo, sin quejarse. El hombre se vino en su cara y le untó los mecos con la verga. Le pagó tres mil y le dijo que volviera.
Cada noche, un relato nuevo. Cada noche, yo masturbándome después con la imagen de mi hija siendo usada.
Pero no me conformaba. No me conformaba con escuchar. Quería ver. Quería estar ahí. Quería ser parte.
Pasó una semana así, con sus relatos nocturnos, hasta que no aguanté más. Una noche, después de que me contó sobre un cliente que la cogió por el culo durante media hora, le dije:
—Necesito más.
—¿Más qué, papá?
—Más que relatos. Quiero ver.
—¿Ver qué?
—Quiero verte. Con un cliente. Quiero estar ahí.
Me miró un momento. Se chupó el labio inferior, como pensando.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Tiene un precio.
—Lo que sea.
—No me refiero a dinero. Me refiero a que, si cruzas eso, no hay regreso.
—Ya no hay regreso, Lucía. Eso se cruzó la noche que entré a esa página.
Se quedó pensativa un momento. Después sonrió.
—Tengo un cliente el viernes. Un nuevo. Me pidió una sesión especial. Fetiches. Pero no quiero que estés ahí. No la primera vez. Necesito que sea solo.
—Entonces ¿qué?
—¿Qué tal si contratas tú? ¿Qué tal si tú eres el cliente?
—¿Cómo?
—Yo no te conozco. Tú no me conoces. Me citas como si fueras cualquier cliente. Reservas un hotel. Me dices la hora. Llego y te atiendo como atiendo a cualquiera. Sin saber que eres tú.
—¿Y cómo no vas a saber que soy yo?
—Máscara. Te pones una máscara, muchos clientes que quieren ser anónimos así lo hacen. No hablas, o si hablas, cambias la voz. Yo no te veo la cara. No sabría que eres tú. Y tú... tú verías lo que hago con un cliente. Cómo me comporto. Cómo los trato. Qué hago con ellos. Y después decides si quieres más.
—¿Y después?
—Después te quitas la máscara y vemos qué pasa.
Me quedé pensando. La idea me enfermaba y me excitaba a partes iguales. Yo, contratando a mi propia hija como escort. Poniéndome una máscara para que supuestamente no supiera que era yo. Viéndola en acción, viendo cómo cogía con desconocidos, cómo los complacía, qué hacía con ellos. Y después, revelarle quién era.
—¿Cuánto cobras? —le pregunté.
—Para ti, papá? Cinco mil. Es mi tarifa de lujo.
—¿Tarifa de lujo?
—Para sesiones especiales. Fetiches. Lo que quieras.
—¿Todo lo que quiera?
—Todo. Soy complaciente, ¿no? Eso dice mi perfil.
Me reí. No podía creer que estuviera teniendo esta conversación con mi hija. Negociando sus servicios sexuales. Como si fuera un cliente más.
—¿Cuándo? —le pregunté.
—¿El viernes a las ocho? Reserva el hotel. Me mandas la dirección. Llego a las ocho en punto.
—¿Qué te pongo?
—Lo que quieras. Tú eres el cliente. Me dices cómo quieres que vaya.
—Vestido rojo. Tacones negros. Pies descalzos.
—¿Pies descalzos?
—Quiero que vayas sin zapatos. Que llegues con los pies descalzos.
Sonrió. Sabía lo que me excitaba.
—Como quieras, papá. ¿Algo más?
—Lencería negra. Y que te pongas perfume. Mucho perfume.
—¿Mi perfume normal?
—El que te pusiste el otro día. Ese que me dejó el olor en la casa todo el día.
—El de vainilla.
—Ese.
—Listo. Friday a las ocho. Me mandas la dirección.
Se levantó y se fue a su cuarto. Me dejó ahí, con la verga dura y el corazón acelerado. Esa noche me masturbé cuatro veces pensando en lo que iba a pasar el viernes.
El viernes llegó y yo estaba nervioso como un adolescente. Salí del trabajo temprano, me fui al hotel que había reservado, un hotel de Polanco, discreto, elegante. Habitación suite, con cama grande, sofá, minibar. Pagué por la noche. Entré, revisé todo, me bañé, me vestí. Me puse una máscara negra que cubría desde la frente hasta la nariz. La había comprado en una sex shop. Era ridículo, lo sé. Un hombre de cincuenta años con una máscara negra en un hotel, esperando a su hija como si fuera un cliente. Pero no me importaba. La verga me latía desde que me desperté y no se había calmado en todo el día.
Le mandé la dirección a las seis. "Habitación 405. Toca dos veces. Llego a las ocho en punto." Respondió: "Listo. Vestido rojo, lencería negra, pies descalzos. Como pediste."
Me senté en el sofá con un whisky. Esperé. Cada minuto era una eternidad. Pensé en todo lo que iba a pasar. En lo que iba a hacer. En lo que iba a ver. Mi hija, mi Lucía, entrando por esa puerta, “sin saber que era yo”. Tratándome como un cliente. Haciéndome todo lo que le hacía a los desconocidos. Mamándome la verga. Lamiéndome los huevos. Cogiéndome. Y yo viéndola, tocándola, sintiéndola, sabiendo que era mi propia sangre.
A las ocho en punto escuché dos toques en la puerta.
Mi corazón se detuvo.
Me levanté. Me ajusté la máscara. Caminé hasta la puerta con las manos temblando. Abrí.
Y ahí estaba ella.
Lucía. Mi hija. De pie en el pasillo, con un vestido rojo ajustado que le llegaba hasta la mitad de los muslos. Escotado, mostrando las chiches casi completas. Tacones negros en la mano, no puestos. Los pies descalzos en el piso del pasillo, con las uñas pintadas de rojo, perfectos. El cabello suelto. Maquillaje exagerado, como le gustaba a sus clientes. Labios rojos, ojos pintados. Perfume de vainilla que me golpeó como una pared.
—Buenas noches —dijo con voz profesional, fría, diferente a como me hablaba normalmente—. ¿Valeria?
Asintió.
—¿Puedo pasar?
Me hice a un lado. Entró. Caminó despacio, con los pies descalzos en la alfombra, dejando un rastro de perfume. Se veía distinta. No era mi hija. Era Valeria. La escort. La puta. Caminaba diferente, con la espalda recta, las chiches adelante, el culo moviéndose con cada paso. Se volteó y me miró. Me examinó de arriba abajo, como evaluando mercancía.
—¿Me pediste vestido rojo, lencería negra, pies descalzos? —preguntó.
Asentí.
—¿Algo más que quieras antes de empezar?
Le hablé por primera vez, tratando de cambiar la voz. Más grave, más ronca.
—Siéntate en la cama.
Sonrió. Caminó hasta la cama y se sentó en el borde, cruzando las piernas. El vestido se subió hasta casi mostrarle las nalgas. Los pies descalzos colgaban de la cama, con los dedos pintados de rojo moviéndose suavemente.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—No importa —le dije con la voz cambiada.
—Como quieras. ¿Primera vez conmigo?
—Sí.
—¿Tienes algo en particular que quieras? ¿Fetiches? ¿Fantasías?
—Tus pies.
Miró mis pies. Después me miró a los ojos, o a la máscara, y sonrió.
—Pie fetish. Me encanta. Tengo pies muy bonitos, ¿no?
Asentí.
—¿Los quieres ya?
—Sí.
Se levantó de la cama. Caminó hasta mí, despacio, con esos pies descalzos haciendo ruido suave en la alfombra. Se paró frente a mí, tan cerca que podía oler su perfume, su aliento, su piel. Me agarró las manos y se las puso en sus caderas.
—Tócame —dijo.
La toqué. Le agarré las caderas, la acerqué. Sentí el calor de su cuerpo a través del vestido. Mis manos subieron por sus costados, hasta las chiches. Se las toqué por encima del vestido. Estaban firmes, calientes. Los pezones se endurecieron bajo la tela.
—¿Te gustan? —preguntó.
—Sí.
—¿Las quieres ver?
—Sí.
Se alejó un paso. Se llevó las manos a la espalda y se bajó la cremallera del vestido. Lo dejó caer. Se quedó en lencería negra: un sostén de encaje que apenas le cubría las chiches, una tanga mínima que no le cubría las nalgas, y ligas negras en los muslos. Los pies descalzos, las uñas pintadas de rojo. Era la imagen más hermosa y más puta que había visto en mi vida. Mi hija, frente a mí, casi desnuda, esperando a que la usara.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres que te enseñe los pies primero?
—Sí.
Se sentó en el sofá, frente a mí. Levantó un pie y me lo puso en la cara. Sentí sus dedos en mi nariz, en mis labios. Olía a crema, a perfume, a piel limpia. Le lamí los dedos, uno por uno. Se los chupé. Ella gemía suavemente.
—Lámelos —dijo—. Lámelos bien. Me encanta que me laman los pies.
Le lamí la planta del pie, el empeine, los dedos. Se los metí en la boca y los chupé. Ella movía el pie en mi boca, restregándomelo en la lengua. Con el otro pie me restregó la verga por encima del pantalón. Sentí sus dedos apretándome, moviéndose, masturbándome con el pie.
—Te gusta —dijo—. Se te nota.
No dije nada. Seguí lamiéndole los pies. Me los restregué en la cara, en el cuello. Me los puse en el pecho y los moví por todo mi cuerpo. Ella reía, gemía, me decía cosas.
—¿Quieres que te los ponga en la verga? ¿Que te la masturbe con los pies?
—Sí.
Se bajó del sofá, se arrodilló frente a mí. Me bajó el pantalón, me bajó los calzoncillos. La verga le quedó parada frente a la cara. La miró. La examinó.
—Estás duro —dijo—. Muy duro.
Agarró un pie y me lo restregó en la verga. Sentí sus dedos en la punta, la planta del pie en el tronco. Me masturbó con el pie, despacio, moviendo los dedos alrededor de la cabeza. Con el otro pie me restregó los huevos. Yo gemía. Era mi hija masturbándome con los pies y yo no podía creer que estuviera pasando.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres más?
—Sí.
Se inclinó y me lamió la verga, de abajo hacia arriba. Un solo lametón, despacio, desde los huevos hasta la punta. Después me miró y sonrió.
—¿Quieres que te la mame?
—Sí.
Se la metió en la boca. Toda. De un solo golpe. Sentí la boca de mi hija alrededor de mi verga, caliente, húmeda. Empezó a mamar, despacio, moviendo la cabeza arriba y abajo. Me agarraba los huevos con una mano y me masturbaba la base con la otra. Me lamía la punta cada vez que subía, después la metía toda otra vez. Era experta. Sabía lo que hacía. Dos años cogiéndose desconocidos la habían convertido en una experta.
—Qué rica verga —dijo, sacándosela de la boca—. Me gusta.
Se la volvió a meter. Esta vez más rápido, más fuerte. Me cogía con la boca, se la metía hasta el fondo, hasta que sentía los huevos en su barbilla. Se atragantaba un poco pero no paraba. Me agarraba las nalgas y me movía hacia ella, cogiéndome con la boca.
—¿Te gusta que te la mame? —preguntó, sacándosela otra vez.
—Sí.
—¿Quieres que te lama los huevos?
—Sí.
Me los empezó a lamer. Me los lamía despacio, de abajo hacia arriba, con su lengua caliente. Los chupaba, se los metía en la boca uno por uno. Los adoraba. Los lamía como si fueran lo más rico del mundo. Se los restregaba en la cara, en las mejillas, en la barbilla. Me miraba a los ojos mientras lo hacía.
—Me encanta lamer huevos —dijo—. Me encanta sentirlos en mi cara, en mi boca. Son tan suaves, tan pesados.
Siguió lamiéndolos. Los chupaba con fuerza, haciendo ruido. Se los restregaba en toda la cara. Yo gemía, le agarraba la cabeza, le movía la cara contra mis huevos. Ella dejaba que la moviera, que la usara.
—¿Quieres que te los mame más? ¿O quieres otra cosa?
—Quiero verte las chiches.
Se levantó. Se quitó el sostén. Las chiches se le quedaron paradas, firmes, con los pezones oscuros y duros. Se los agarró y se los apretó, se los restregó. Se acercó a mí y me los puso en la cara.
—Mámalas —dijo.
Se las mamé. Se las chupé, se las mordí, se las lamí. Le mordía los pezones y ella gemía. Me las restregaba en toda la cara, como el cliente le había restregado los huevos. Se las apretaba y me las ponía en la boca.
—¿Te gustan mis chiches? —preguntaba.
—Sí.
—Son ricas, ¿no? A todos les gustan. A los clientes les encanta mamármelas. Se vienen en ellas, me las untan de leche. ¿Tú quieres venirte en ellas?
—Todavía no.
—¿Qué quieres entonces?
—Quiero comerte la panocha.
Se quitó la tanga. Se acostó en la cama, abrió las piernas. La panocha estaba rasurada, con los labios húmedos. Me hizo señas con un dedo.
—Ven —dijo—. Cómela.
Me arrodillé frente a la cama. Le agarré las piernas y me las puse en los hombros. Los pies descalzos me quedaban en la espalda. Sentí sus dedos moviéndose en mi piel. Me incliné y le lamí la panocha, de abajo hacia arriba. Un lametón largo, despacio, desde el agujero hasta el clítoris. Ella gimió.
—Sí —dijo—. Lámela. Cómela.
Le lamí el clítoris. Lo chupé, lo moví con la lengua. Le metí la lengua en el agujero, adentro y afuera. Le metí dos dedos mientras le lamía el clítoris. Se vino. Se vino en mi boca, con las piernas temblando, los pies apretándome la espalda, las manos agarrándome la cabeza.
—Sí, sí, sí —gemía—. No pares. Sigue. Sigue.
No paré. Seguí comiéndole la panocha hasta que se vino otra vez. Esta vez más fuerte. Me agarraba la cabeza y me restregaba la cara en su panocha. Me cubrió la cara de sus jugos. La máscara se me mojó.
—Ven —dijo, jalándome—. Quiero que me la metas.
Me subí a la cama. Me puse un condón. Me acosté boca arriba y ella se montó. Se sentó en mi verga, despacio, metiéndosela poco a poco. La sentí entrar. Caliente, apretada, húmeda. Mi hija sentándose en mi verga. Mi propia hija.
Empezó a cabalgar. Arriba y abajo, despacio al principio, después más rápido. Se agarraba las chiches y se las apretaba mientras me cogía. Me miraba a los ojos, o a la máscara, y sonreía.
—¿Te gusta? —preguntaba.
—Sí.
—¿Te gusta cómo te monto?
—Sí.
—¿Te gusta mi panocha?
—Sí.
Se inclinó y me puso las chiches en la cara. Se las mordí mientras me cogía. Me restregaba las chiches por toda la cara, me las metía en la boca. Yo le agarraba las nalgas y se las apretaba, se las nalgueaba.
—Sí, nalgueame —decía—. Nalgueame mientras te la monto.
La nalgueaba. Fuerte. Le dejaba marcas en las nalgas. Ella gemía más fuerte cada vez.
—¿Quieres que te ponga los pies en la cara? —preguntó.
—Sí.
Se recargó hacia atrás, apoyando las manos en mis piernas, y me levantó los pies a la cara. Me los restregó mientras me cabalgaba. Le lamí los dedos, la planta, el empeine. Me los restregaba en la nariz, en los labios, en los ojos.
—Me viene —dijo.
—Vente.
Se vino. Se vino con mi verga adentro y sus pies en mi cara. Temblaba, gemía, se retorcía. Se cayó hacia adelante, sobre mi pecho. La verga seguía adentro. La sentía apretándome, contrayéndose.
—No te vengas todavía —dijo—. Quiero que me la metas por atrás.
Se bajó. Se puso en cuatro, con el culo en el aire y las nalgas abiertas. La panocha se le veía desde atrás, húmeda, rosada. Me puse detrás de ella. Le restregué la verga en las nalgas, en el agujero del culo, en la panocha.
—Métela —dijo—. Cógeme.
Se la metí. De un solo golpe. Gritó. Se agarró de las sábanas y arqueó la espalda. Empecé a cogerla, despacio al principio, después más fuerte. Le agarraba las nalgas, se las apretaba, se las nalgueaba. Le agarraba el cabello y le jalaba la cabeza hacia atrás.
—Sí —gemía—. Así. Cógeme así. Fuerte. Más fuerte.
La cogí más fuerte. Le daba con fuerza, hasta que las nalgas le temblaban con cada golpe. Le agarraba las caderas y la jalaba hacia mí. Le metía toda la verga, hasta los huevos. Sentía mis huevos restregándose en su panocha con cada golpe.
—¿Te gusta? —le pregunté, y esta vez se me olvidó cambiar la voz.
Ella se detuvo un momento. Pero después siguió moviéndose. No dijo nada. O no se dio cuenta, o no le importó.
—Sí —dijo—. Me gusta. Cógeme más fuerte.
La cogí más fuerte. Le agarré las chiches desde atrás y se las apreté. Le mordí el cuello. Le susurré al oído:
—¿Te gusta que te coja?
—Sí.
—¿Te gusta mi verga?
—Sí.
—¿Quieres que me venga adentro?
—Sí. Vente adentro. Vente en mi panocha.
No aguanté. Me vine. Me vine con fuerza, con una fuerza que no recordaba. Sentí la leche salir, llenar el condón. Seguí cogiéndola mientras me venía, hasta que no pude más. Me quedé encima de ella, con la verga adentro, sudando, jadeando.
Ella se volteó. Me miró. Me miró la máscara. Me tocó la cara.
—¿Quién eres? —preguntó.
No dije nada.
—¿Quién eres? —repitió.
Le agarré la mano. Se la besé. Después, despacio, me quité la máscara.
El shock en su cara fue real. Se abrieron los ojos, se le abrió la boca. Me miró como si no creyera lo que estaba viendo. Retrocedió en la cama, agarrándose las sábanas, cubriéndose las chiches.
—¿Papá?
—Sí.
—¿Tú... tú eres...?
—Sí.
—¿Todo este tiempo...? ¿Desde que entraste...?
—Sí.
—¿Me cogiste? ¿Te cogí? ¿Sin saber que eras tú?
—Sí.
Se quedó mirándome. Sin decir nada. Su respiración era agitada. Sus chiches subían y bajaban. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque quería verte. Porque quería saber. Porque no me conformaba con los relatos.
—¿Y... qué?
—Y eres increíble.
—¿Qué?
—Eres increíble, Lucía. Eres la mejor puta que he cogido en mi vida.
Se quedó muda. Después, despacio, soltó una risa. Una risa nerviosa, incrédula.
—¿Me estás diciendo eso?
—Sí. Te estoy diciendo que eres increíble. Que me gustó. Que me gustó cogerte. Que me gustó que me mamaras la verga, que me lamieras los huevos, que me masturbaras con los pies. Que me gustó comerte la panocha. Que me gustó cogerte por atrás. Todo.
—¿No te sientes mal?
—Me sentí mal antes. Ahora no. Ahora solo quiero más.
—¿Más?
—Sí. Más. Te quiero otra vez. Pero esta vez sin máscara. Sin juego. Tú sabiendo que soy yo. Yo sabiendo que eres tú. Padre e hija. Cogiendo.
Se quedó pensativa un momento. Después soltó las sábanas. Las chiches se le quedaron al descubierto. Se recargó en la almohada y me miró.
—Si ya te coges desconocidos por dinero —le dije—, ¿por qué no a tu propio padre?
—¿Eso es lo que quieres?
—Sí.
—¿Quieres cogerte a tu hija?
—Sí.
—¿Quieres que sea tu puta?
—Sí.
—¿Sabes que si hacemos esto, no hay regreso?
—Ya no hay regreso, Lucía. Se cruzó la línea cuando entré a esa página. Se cruzó cuando me contaste tu primera vez. Se cruzó cuando me mandaste la foto de tus pies. Se cruzó cuando te contraté esta noche. Ya no hay regreso.
Me miró un momento. Después abrió las piernas.
—Ven —dijo—. Cógeme.
Me lancé sobre ella. Le mamé las chiches, se las mordí, se las chupé. Le abrí las piernas y le comí la panocha otra vez. Se vino en mi boca. Le metí los dedos y se los moví mientras le lamía el clítoris. Se vino otra vez.
Después me monté encima. Le metí la verga, sin condón esta vez. La sentí. Caliente, húmeda, apretada. Mi hija. Mi propia hija. La cogí con fuerza, con desesperación. Le agarraba las chiches, se las apretaba. Le besaba el cuello, le mordía los hombros. Le decía cosas al oído.
—Eres mi puta —le decía.
—Sí, papá —respondía.
—Eres la puta de tu padre.
—Sí.
—Me gusta cogerte.
—Sí.
—Me gusta tu panocha.
—Sí.
—Me gusta tus chiches.
—Sí.
—Me gusta tus pies.
—Sí.
—Me gusta cuando me lames los huevos.
—Sí, papá. Todo lo que quieras. Soy tuya.
La cogí más fuerte. Le agarré las piernas y me las puse en los hombros. Le besé los pies, se los lamí, se los chupé mientras la cogía. Ella gemía, se retorcía, me agarraba de las nalgas y me jalaba hacia ella.
—Vente adentro —dijo—. Vente en mi panocha, papá.
Me vine. Me vine adentro de mi hija. Sin condón. Llenándola de leche. Sentí cada espasmo, cada chorro de leche saliendo de mi verga y entrando en mi hija. Me quedé adentro hasta que se terminó. Hasta que no quedó nada.
Me recosté a un lado. Ella se acurrucó contra mí. Me puso la cabeza en el pecho. Los pies descalzos me los restregó en las piernas.
—¿Y bien? —preguntó.
—¿Qué?
—¿Cómo estuvo?
—Mejor que cualquier cosa en mi vida.
—¿Mejor que mamá?
—Sí.
—¿Mejor que cualquier puta?
—Sí.
—¿Mejor que cualquier mujer?
—Sí. Eres la mejor, Lucía. Eres la mejor que he cogido en mi vida.
Sonrió. Me besó el pecho. Me lamio un pezón.
—¿Sabes qué? —dijo.
—¿Qué?
—Sabía que eras tú.
—¿Qué?
—Desde que abrí la puerta. Te reconocí por las manos. Tienes las manos de mi padre, no las puedo confundir. Y cuando hablaste, aunque cambiaste la voz, te reconocí. Y cuando me cogiste, te reconocí por cómo me tocas. Por cómo me mamas las chiches. Por cómo me lames los pies. Nadie me los lame como tú.
—¿Y no dijiste nada?
—No. Porque me excitaba saber que mi papá me estaba cogiendo sin decirme. Me excitaba el juego. Me excitaba que creyeras que no sabía.
—¿Todo fue un juego?
—Todo. Desde que me propusiste el trato en el café, supe que iba a terminar así. Sabía que me ibas a contratar. Sabía que te ibas a poner una máscara. Sabía que me ibas a coger. Y me excitaba. Me excitaba saber que mi propio padre me deseaba tanto como para hacer todo esto.
—¿Y la máscara? ¿El juego?
—Te seguí el juego porque me gustaba. Me gustaba sentirte, sabiendo que eras tú, sin decirte que sabía. Me gustaba que creyeras que me engañabas. Me gustaba ser tu puta sin que supieras que sabía que eras tu.
Me quedé mudo. Mi hija me había engañado. Me había seguido el juego. Me había cogido sabiendo que era yo desde el principio.
—Eres más puta de lo que pensaba —le dije.
—Sí —dijo, y sonrió—. Soy más puta de lo que piensas. ¿Y eso te gusta?.
—Sí.
—¿Qué sigue ahora? Preguntó
—Ahora eres mi puta. Para siempre.
—¿Tu puta?
—Sí. Mi puta. No de otros. Mía. Te voy a citar cuando quiera. Te voy a coger cuando quiera. Te voy a usar cuando quiera. Y me vas a contar todo. Todo lo que haces con otros. Y me vas a mandar fotos. Y me vas a mandar videos. Y cuando yo quiera, te voy a compartir.
—¿Compartir?
—Sí. Te voy a compartir con quien yo quiera. Cuando yo quiera. Como yo quiera.
—¿Y si no quiero?
—Quieres. Sé que quieres. Se te nota.
Sonrió. Se inclinó y me lamió los huevos. Despacio, con devoción. Se los chupó, se los restregó en la cara.
—Sí, papá —dijo—. Lo que tú digas. Soy tu puta.
Me vestí. Saqué la cartera. Le di diez mil pesos. El doble de su tarifa.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Tu pago. El doble de tu tarifa. Por ser la mejor puta que he cogido.
Se quedó viendo el dinero. Después lo agarró y lo guardó en su bolso.
—Gracias, papá —dijo.
Se vistió. Se puso el vestido, los tacones en la mano. Se fue a la puerta. Antes de salir, se volteó.
—¿Cuándo quieres la próxima? —preguntó.
—El lunes. Te mando la dirección.
—¿Cómo me quieres?
—Lencería barata. Maquillaje exagerado. Como puta de la calle. No como escort de lujo.
—¿Por qué?
—Porque así me gusta. Me gusta que parezcas puta. Barata. Fácil.
Sonrió.
—Como quieras, papá.
Se fue. Escuché sus tacones en el pasillo, después el elevador. Me quedé solo en la habitación, con el olor de su perfume, el olor de su panocha, el olor del sexo. Me senté en la cama y me masturbé otra vez, con la imagen de mi hija fresca en mi cabeza. Me vine otra vez. Me vine pensando en lo que acababa de pasar. En que mi hija sabía que era yo desde el principio. En que me había seguido el juego. En que era más puta de lo que pensaba.
Esa noche, en casa, cada quien se fue a su cuarto. No hablamos. Pero a las dos de la madrugada me mandó un mensaje.
"La próxima vez no necesitas máscara, papá."
Debajo, una foto. Sus pies descalzos en la almohada, las uñas pintadas de rojo, los dedos separados. Debajo: "Lámemelos la próxima vez. Solos. Sin juego. Sin máscara. Solos tú y yo."
Le respondí: "Mañana te quiero en mi cuarto. A las diez de la noche. Desnuda. Con los pies listos."
Ella respondió: "Sí, papá. Lo que tú digas."
Y supe que era el principio de algo que no tenía regreso. Que mi hija era mi puta. Que yo era su cliente. Y que lo que venía después iba a ser más fuerte, más sucio, más intenso. Y que no podía esperar.
------------------------Continúa en capítulo 3 ------------------------------
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