Capítulo 1: El anuncio y la primera cita

Hola Amigas y amigos, soy Samuel, Sam para ustedes. Mi esposa se llama Esmeralda, Esme. Llevamos ya varios años de casados y hemos descubierto muchas cosas acerca de nuestra sexualidad. Afortunadamente nos hemos complementado muy bien, hay cosas que a mi me gusta hacer o que le hagan a ella y que al mismo tiempo ella disfruta.

Además de muchas otras cosas, creo que lo que más me gusta mucho compartirla con otros hombres, ver que se exciten teniéndola en sus manos es algo que me prende mucho y ella disfruta mucho que yo la vea teniendo sexo con otros. De esa manera es como nos hemos complementado.

Hemos conocido a muchas personas durante todo este tiempo pero hay uno, Alejandro, con el que hemos llegado a tener tanta confianza que decimos que es el “amante” de mi esposa; por supuesto con mi consentimiento y de alguna manera, el respeto de el en el sentido de que aunque pueda hacer con mi esposa hasta lo inimaginable en el aspecto sexual, ella y yo siempre seremos la pareja, el matrimonio al que lo invitamos a participar.

Todo empezó como muchas de nuestras aventuras: frente a la pantalla de una laptop, una botella de vino tinto a medio beber y mi esposa sentada en mi regazo, completamente desnuda, mientras navegábamos por una página de anuncios clasificados especializada.

Eran las once de la noche. El único ruido en la sala era el clic del mouse y la respiración entrecortada de Esme, que se frotaba contra mi pierna cada vez que veía un perfil interesante. Llevábamos semanas buscando a alguien nuevo. Alguien que entendiera nuestra dinámica, que respetara los límites pero que también supiera llevar a mi esposa al límite del placer.

—Mira este —dijo ella, señalando la pantalla con un dedo perezoso—. "Hombre casado, discreto, busca pareja swinger para experiencias mutuas. Interesado en tríos HMH. Equipado y con experiencia."

—Equipado —repetí, riendo por lo bajo—. Suena seguro de sí mismo.

—Me gusta eso —respondió ella, girando la cabeza para besarme—. La seguridad. Nada de tipos inseguros que luego se arrepienten o se ponen raros.

El perfil tenía una foto discreta, un torso fornido, sin rostro. El mensaje que le enviamos fue cortés pero directo, explicando nuestra situación: pareja estable, experiencia previa en el ambiente, buscando a alguien constante, no solo una aventura de una noche, lo que se conoce como de “planta”.

La respuesta llegó en menos de una hora.

"Hola, pareja. Gracias por escribir. Me llamo Alejandro. Me gustó la claridad de su mensaje. He tenido experiencias esporádicas, pero busco algo más estable, con confianza mutua. ¿Les parece si conversamos un poco más en el chat privado de la página?"

Aceptamos. Y ahí empezó todo.

La conversación en el chat se volvió candente rápidamente. Alejandro tenía una forma de escribir que era directa pero no vulgar (hasta ahora). Sabía lo que quería y no tenía miedo de decirlo. Mencionó su "verga muy gruesa" de pasada, casi como un dato técnico, y vi cómo los ojos de Esme se iluminaban al leerlo.

—Dice que es muy gruesa —susurró ella, mordiendo su labio inferior—. ¿Qué tan gruesa será?

—Ya veremos —respondí, deslizando mi mano entre sus piernas, sintiendo el calor de su panocha—. Pero por cómo te pones solo de pensarlo, sé que te va a encantar.

Ella gimió, abriendo las piernas para darme más acceso. Seguimos leyendo el chat, pero mis dedos ya estaban dentro de ella, sintiéndola mojarse mientras imaginaba lo que sería tener a otro hombre penetrándola frente a mí.

Alejandro propuso conocernos en un café del centro. "Un lugar neutral, sin presiones. Tomamos un café, hablamos, y si hay química, vemos cómo seguir. Si no, pues fue un café agradable y ya."

Me gustó su enfoque. Sin prisas, sin presión. Solo una conversación entre adultos.

Quedamos un miércoles a las 4 de la tarde. Esa semana se me hizo eterna. Cada noche, en la cama, hablábamos de lo que queríamos, de lo que esperábamos, de lo que nos excitaba de la idea.

—¿Y si no nos gusta en persona? —preguntó Esme una noche, recostada sobre mi pecho.

—Pues no pasa nada. Tomamos un café, nos despedimos y seguimos buscando.

—¿Y si sí nos gusta?

Sonreí en la oscuridad. —Entonces nos preparamos para una noche muy, muy interesante.

Ella se rió, un sonido bajo y ronco, y se montó sobre mí, guiando mi verga hacia su entrada. Esa noche la cogí pensando en Alejandro, en cómo sería verla con otro, y ella gimió más fuerte de lo habitual, como si ella también estuviera imaginando lo mismo.

El miércoles llegó. Pasé la mañana nervioso, algo que no me pasaba desde nuestras primeras veces en el ambiente. Esme, en cambio, estaba tranquila. Se tomó su tiempo para arreglarse: un vestido verde esmeralda que le ceñía el cuerpo, dejando ver sus curvas sin ser vulgar. Unos pendientes que hacían juego. El cabello suelto, con ondas suaves.

—¿Cómo me veo? —preguntó, girando frente al espejo.

—Como una diosa —respondí, acercándome por detrás y abrazándola—. La puta más hermosa que va a pisar ese café.

Ella sonrió, apoyando la cabeza en mi hombro. —¿Nervioso?

—Un poco.

—Yo también. Pero es un buen nervio. Como cuando íbamos a tener nuestra primera vez con alguien.

—Exactamente.

Llegamos unos minutos tarde, a propósito. Queríamos que él ya estuviera ahí, que nos viera entrar. El café era acogedor, con mesas amplias y suficiente ruido de fondo para que las conversaciones se perdieran. Olía a café recién molido y a pan dulce.

Lo vimos de inmediato. Estaba sentado en una mesa al fondo, con vistas a la puerta. Cuando nos vio entrar, se levantó de inmediato, una sonrisa amplia en su rostro.

La primera impresión fue buena. No era un gigante, era de estatura similar a Esme, quizá un par de centímetros más alto, pero su cuerpo era fornido, ancho de espaldas, con brazos fuertes que se notaban incluso bajo la camisa casual que llevaba. Tenía el cabello oscuro, bien cortado, y una sonrisa fácil, desinhibida, que le llegaba a los ojos.

—Alejandro —dijo, extendiendo la mano primero hacia mí. Su apretón fue firme, seguro, sin exagerar.

—Sam —respondí—. Y ella es Esmeralda.

—Esme —corrigió ella, sonriendo, extendiendo su mano.

Alejandro la tomó con suavidad, pero sostuvo la mirada un par de segundos más de lo necesario. No fue grosero, no fue lascivo. Fue una evaluación silenciosa, un reconocimiento mutuo.

—Qué gusto conocerlos, de verdad —dijo, indicándonos las sillas—. Siéntense, por favor.

Esme se sentó frente a él. Yo a su lado, no enfrente. Un pequeño gesto que decía: somos un equipo.

Las primeras horas volaron con una facilidad que nos sorprendió a los tres. Alejandro tenía una conversación ágil, inteligente. Hablamos de trabajo (él era ingeniero), de música, de una película que acababa de estrenarse. Descubrimos que compartíamos el gusto por el vino tinto y por ciertos directores de cine europeo.

Pero mientras hablábamos, yo observaba. Estudiaba sus movimientos, sus miradas. Cuando él miraba a Esme, lo hacía a los ojos, incluyéndola en la conversación. Cuando su mirada bajaba a su escote o a sus labios, lo hacía sin disimulo, pero sin quedarse clavado. Era respetuoso, pero no tímido.

Y ella... ella respondía. Sus ojos brillaban cuando él hablaba. Se reía de sus chistes. Inclinaba el cuerpo hacia adelante cuando él contaba una anécdota. Bajo la mesa, su pierna rozaba la mía, un código que conocía bien: me gusta.

Fue después de la segunda taza de café cuando Esme abrió la puerta.

—Y entonces, Alejandro... ¿Cómo te metiste en esto de buscar parejas?

Él dejó su taza, apoyó los codos en la mesa y juntó las manos. Su actitud se volvió un poco más seria, pero la sonrisa no desapareció del todo.

—La verdad es que mi esposa y yo desafortunadamente no compartimos esto —comenzó, su tono franco, sin rastro de vergüenza—. Ella es más tradicional en ese aspecto. Y yo... pues tengo la inquietud. La curiosidad. No se trata solo de acostarse con otra mujer. Se trata de la dinámica. De compartir la intimidad con una pareja que ya tiene su propio código, su propia confianza. Eso me atrae. La complicidad que tienen ustedes, por ejemplo, se nota desde que llegaron.

Sus palabras me hicieron sentir una mezcla de orgullo y exposición. Era cierto, él estaba viendo lo que pocos veían: nuestro acuerdo tácito, la manera en que yo ponía una mano en el respaldo de la silla de Esme, cómo ella buscaba mi rodilla con la suya bajo la mesa.

—Es algo que hacemos juntos —aclaré, mi voz sonando más ronca de lo que esperaba—. Nada pasa sin que los dos lo queramos.

—Eso es lo que busco —asintió Alejandro—. Transparencia. Nada a escondidas. Por eso prefiero el contacto con la pareja, no solo con la mujer. —Su mirada volvió a Esme—. Tu esposa es una mujer muy atractiva, Sam. Tiene una presencia propia. Pero también es claro que es tuya, es tu esposa. Y eso —añadió— lo hace más interesante.

El ambiente en la mesa cambió. El ruido del café se desvaneció en segundo plano. Ahora estábamos hablando del asunto. De la carne, del deseo, de los límites.

—¿Y qué es lo que te interesa, exactamente? —pregunté, tomando la iniciativa—. ¿Solo observar? ¿Participar? ¿Un trío?

Alejandro no vaciló.

—Me interesa participar. En lo que ustedes se sientan cómodos. Puede ser solo con ella, si tú prefieres ver. O puede ser con los dos. Estoy abierto. Mi principal interés —hizo una pausa, buscando las palabras— es darle placer a ella, con tu consentimiento y presencia, por supuesto. Y ver qué surge de ahí.

Esme no dijo nada, pero bajo la mesa, su mano encontró la mía y la apretó con fuerza. Sus dedos estaban calientes. Era la señal. A ella le estaba gustando su franqueza, su falta de juegos.

Seguimos hablando un rato más, entrando en detalles más técnicos. Preferencias, límites, seguridad. Él era meticuloso, hacía preguntas inteligentes. No era un novato, aunque sí era su primera vez con una pareja establecida.

—¿Y ella? —preguntó Esme de repente—. Tu esposa. ¿Sabe que estás aquí?

—Sabe que busco experiencias por mi cuenta. Tenemos un acuerdo. Ella no quiere saber los detalles, pero sabe que esto es parte de lo que necesito. Es un acuerdo que funciona para nosotros.

—¿Y no ha querido involucrarse? —insistió Esme.

—Lo hemos intentado. Pero no es lo suyo. Y está bien. Prefiero que sea honesta a que lo haga por compromiso y luego haya resentimientos.

Respeté eso. Era un hombre que sabía lo que quería y había encontrado la manera de obtenerlo sin lastimar a nadie.

Cuando la cuenta llegó, él insistió en pagarla.

—Invita el que propone la reunión —dijo con una sonrisa.

Afuera, en la calle ya oscureciendo, nos despedimos con un apretón de manos menos formal, más cercano.

—Fue un gusto enorme —dijo Alejandro, y al despedirse de Esme, su mano en su brazo fue un toque ligero, pero cargado de intención—. Espero que podamos seguir hablando.

—Nosotros también —respondió Esme, y su voz tenía un dejo de algo que yo reconocía: excitación contenida.

Nos subimos al coche y, antes de encender el motor, nos miramos. El aire dentro del auto estaba cargado de una electricidad palpable.

—¿Entonces? —pregunté, rompiendo el silencio.

Ella exhaló, mirando por la ventana hacia donde Alejandro había desaparecido.

—Sí, Sam. Sí me late.

—¿Qué fue lo que más te gustó de él?

—Su seguridad. La forma en que me miraba. Como si ya supiera lo que quiere hacer conmigo, pero sin ser un patán. Y su cuerpo... se nota que está fuerte. Me imagino cómo se verá sin camisa.

—¿Y su verga? Dijo que era muy gruesa.

Ella se rió, un sonido bajo y lascivo. —Eso lo confirmaremos en la cama. Pero la anticipación también es rica.

Esa noche, en la cama, la preparación fue diferente. No fue la lencería ni los juegos preliminares típicos. Fue conversación. Esme, recostada sobre mi pecho, trazaba círculos con un dedo sobre mi piel mientras hablábamos.

—¿Y si él quiere solo conmigo? —preguntó, su voz un suspiro en la penumbra.

La pregunta flotó en el aire. Era una posibilidad. Lo habíamos hecho antes, con otros. A veces yo solo veía, a veces participaba, a veces era solo ella y el otro, y yo después, reclamándola con una urgencia renovada.

—Se lo ofrecemos —dije, mi mano bajando por su espalda, deteniéndose en la curva de sus nalgas—. Y vemos qué pasa. La regla es la misma: tú mandas. Si en cualquier momento quieres parar, con una seña, con una palabra, se acaba todo.

Ella asintió, frotándose un poco contra mi pierna.

—¿Y si quiero que los dos me den al mismo tiempo?

El aire se me cortó. Ella sabía bien lo que esa imagen hacía conmigo.

—Entonces —dije, rodándola sobre la cama y posándome sobre ella, mirándola a los ojos en la oscuridad— nos aseguraremos de que esté listo para eso también.

La besé, profundamente, y esa noche la cogí con una intensidad que hacía tiempo no sentía. Cada embestida era una promesa de lo que vendría, cada gemido una anticipación de lo que escucharía cuando otro hombre estuviera dentro de ella.

Al día siguiente, la ansiedad me comía por dentro. No podía pensar en otra cosa. A la hora de la comida, ya no aguanté. Tomé mi celular y marqué el número que Alejandro nos había dado.

Sonó un par de veces.

—¿Bueno? —Su voz al otro lado era calmada, un poco grave.

—Alejandro, soy Sam.

Un breve silencio, luego una exhalación.

—¡Sam! Que bueno que llamas.

—Esme y yo hablamos —dije, tratando de que mi voz no sonara demasiado urgente—. Queremos confirmar si a ti todavía te late la idea de dar el siguiente paso.

Su respuesta fue inmediata, clara.

—Claro que sí. Tu esposa... Esmeralda es una mujer increíble. Realmente me gustó. Y la dinámica que tienen ustedes se ve genuina. Quisiera estar con ella —hizo una pausa, y añadió—, y por supuesto estando tú presente. Como hablamos.

Un alivio —y una poderosa excitación— me recorrió.

—Excelente. ¿Qué te parece el próximo viernes por la noche?

Acordamos los detalles rápidamente, con la eficiencia de dos hombres que sabían exactamente lo que querían. Un hotel en la Nápoles, discreto. Nosotros llegaríamos primero, tomaríamos la habitación. Yo llamaría a recepción para dejar aviso de que un invitado llegaría en un rato. Le daríamos el número de la habitación.

—Te veo el viernes entonces —dijo él antes de colgar.

—Nos vemos —corregí, y sentí una sonrisa torcida en mi rostro.

Colgué y me quedé mirando el teléfono. El siguiente paso ya estaba en movimiento. Ahora tocaba esperar, y prepararlo todo. Sobre todo, preparar a Esme. Porque la noche del viernes no sería solo un encuentro sexual. Sería el primer capítulo de algo que, aunque no lo sabíamos entonces, iba a cambiar la dinámica entre nosotros para siempre.

Y la idea de ser el arquitecto de esa experiencia, de "pulir" a mi mujer para que otro hombre la deseara y la disfrutara con mi bendición, me tenía más duro que el mármol.

El jueves por la noche, le di a Esme el mejor masaje de su vida. Comencé por sus hombros, sintiendo la tensión acumulada de la semana, y fui bajando lentamente por su espalda, sus nalgas, sus piernas. Usé aceite de coco, caliente, y mis manos no perdieron detalle de su cuerpo.

—Relájate —le susurré al oído—. Mañana te voy a entregar a otro hombre. Quiero que estés lista, que estés suave, que estás húmeda y deseosa.

Ella gimió, estirándose bajo mis manos.

—¿Cómo quieres que me vista?

—Algo que puedas quitarte fácilmente. Y debajo, el corset negro. Las medias con liga. Y un hilo dental que Alejandro pueda romper con los dientes si quiere.

—¿Y tú?

—Yo voy a estar en mi sillón favorito, viendo cómo te posee. Y después, cuando él se haya ido, voy a reclamar lo que es mío. O ya veremos cómo se van dando las cosas.

Ella se volteó, sus ojos brillando en la penumbra.

—¿Y si quiero que te unas antes?

—Entonces me uniré. Pero quiero verlo primero. Quiero ver cómo te abre, cómo te llena, cómo te hace gemir. Después, tendremos toda la noche para nosotros.

Ella sonrió, una sonrisa lenta y lasciva, y me atrajo hacia ella para besarme.

—Te amo, Sam.

—Y yo a ti, mi putita hermosa. Más que nunca.

El viernes llegó. Llegamos antes de la cita, preparé la habitación del hotel. Había llevado una botella de vino tinto, tres copas, y una bolsa con algunas cosas que Esme no sabía que había empacado: una cámara, un trípode pequeño, y un juguete que habíamos comprado hacía tiempo, pero nunca usado.

La habitación del Hotel Nápoles olía a limpieza reciente y al perfume de Esme, un aroma dulce y fresco que ya se había adueñado del aire. Yo había cerrado las cortinas gruesas, dejando solo la luz tenue de las lámparas de noche y la que salía del baño, donde la puerta estaba entreabierta. La cama, inmensa, parecía el centro del universo.

Esme estaba de pie junto a la ventana, dándome la espalda. Llevaba puesto el corset negro, las medias con liga y los tacones altos. Sus nalgas, redondas y firmes, eran una tentación apenas velada por la finísima tira del hilo dental. La había preparado yo mismo: un baño largo, un masaje con aceite que terminó con mis dedos hundidos en su panocha hasta hacerla gemir. Pero no la había penetrado. Eso se lo guardaba, o más bien, se lo ofrecía a la noche y a nuestro nuevo amigo.

—¿Nerviosa? —pregunté, acercándome y pasando mis manos por sus brazos desnudos.

—Un poco —admitió, recostando la cabeza en mi hombro—. Más emocionada. ¿Tú?

—Como un niño en Navidad —confesé con una risa ronca.

Mis ojos se fijaron en el teléfono de la mesita de noche. Era la hora.

Tomé el teléfono y marqué a recepción.

—Soy del cuarto 414. Va a llegar un invitado, un tal Alejandro. Díganle que suba directo.

—Muy bien, señor.

Colgué. El click del auricular sonó como el disparo de salida. Esme respiró hondo. Yo me senté en el sillón junto a la cama, sintiendo cómo la erección me tensaba el pantalón. Quería verlo todo desde aquí primero. Quería ver su llegada.

Los minutos se arrastraron. Luego, un golpe suave pero firme en la puerta.

Esme me miró. Yo asentí con la cabeza.

Ella caminó hacia la puerta, el taconeo marcando un ritmo que me latía en las sienes. Abrió.

Alejandro estaba allí.

Vestía jeans oscuros y una camisa negra abierta en el cuello. Olía a colonia fresca, a jabón. Su mirada pasó de Esme a mí, en el fondo de la habitación, y me saludó con una leve inclinación de cabeza antes de volver a posarse en ella. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, sin prisa, absorbiendo cada detalle: el corset que levantaba sus chiches, la cintura de avispa, la promesa de sus piernas y ese triángulo de seda negra que apenas contenía su panocha.

—Pasa —dijo Esme, su voz un poco más grave de lo normal.

Alejandro entró y cerró la puerta tras de sí. El click del seguro al cerrarse resonó en el silencio.

—Esmeralda —dijo él, y el solo hecho de que usara su nombre completo le dio un peso carnal—. Sam. —Me saludó de nuevo a mí.

No hubo más preámbulos incómodos. La tensión sexual en la habitación era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.

—¿Una copa? —ofrecí, señalando la botella de vino.

—Después, gracias —dijo Alejandro, su mirada fija en Esme—. Si no les parece mal... tengo muchas ganas de quitarme esta ropa.

A Esme se le escapó una sonrisa nerviosa y excitada.

—A mí me parece perfecto.

Él no se desvistió con teatro. Se quitó la camisa con movimientos eficientes, revelando un torso ancho, velludo, con músculos definidos, pero no de gimnasio, fuertes, de hombre que trabaja. Sus jeans siguieron, y luego los calzoncillos.

Y ahí estaba.

Él nos lo había dicho en el café: más grueso que largo. Pero oírlo y verlo eran dos cosas completamente distintas.

Su verga era una bestia imponente, ya completamente erecta. No era exageradamente larga, tal vez un poco más que la mía, pero su grosor era impactante. Una columna densa y vascular que se levantaba desde un cojinete de vello oscuro. Y la cabeza... Dios, la cabeza. Era un hongo amplio, grueso, coronando ese formidable tronco. Parecía pesada. Desafiante.

Escuché la inhalación brusca de Esme. Ella se había quedado quieta, sus ojos clavados en el miembro de Alejandro, su boca ligeramente entreabierta. No había miedo en su rostro, sino una fascinación absoluta, una codicia primitiva que yo conocía bien. A Esme siempre le había vuelto loca la idea, la sensación, de estar llena, de ser abierta, desbordada. Y lo que tenía frente a ella era la promesa de exactamente eso.

—¡Woow! —susurró ella, casi para sí misma.

Una sonrisa lenta se dibujó en el rostro de Alejandro. Se acercó a ella, su cuerpo fornido haciendo que Esme, que no era pequeña, pareciera más delicada.

—¿Te gusta? —preguntó, su voz un ronroneo.

Esme, en lugar de responder con palabras, extendió una mano. Sus dedos temblorosos no se dirigieron a su verga de inmediato. Primero rozaron el vello de su abdomen bajo, sintiendo la tensión muscular. Luego, con una lentitud deliberada, cerraron su puño alrededor del tronco.

No pudo cerrarlo del todo.

Un gemido escapó de sus labios.

—Está enorme —dijo, y esta vez su voz era pura excitación. Miró hacia mí, sus ojos brillando con una mezcla de incredulidad y deseo puro—. Sam, ¿lo ves?

—Lo veo, mi amor —dije desde mi sillón, ajustándome el bulto en el pantalón. Ver su reacción era casi tan bueno como lo que vendría después—. Se ve que va a “cumplir”.

Alejandro dejó que Esme lo explorara con la mano por un momento, su respiración se había vuelto más profunda. Luego, él puso sus propias manos en la cintura de ella, sus dedos grandes encontrando fácilmente el broche delantero del corset.

—¿Puedo? —preguntó, mirándome a mí por encima del hombro de Esme.

—Claro, esta noche es toda tuya —respondí, mi voz tensa por la excitación—. Hazla sentir bien.

Con un movimiento diestro, Alejandro desabrochó el corset. El material cedió y las chiches de Esme, redondas y pesadas, con pezones oscuros y erectos por el deseo y el aire de la habitación, se liberaron.

Alejandro los miró con admiración genuina.

—Perfectos —respiró.

Luego, bajó la cabeza y tomó uno en su boca. Pero no fue un acto de mera succión. Fue una exploración lenta, sensual. Rodeó la areola con la punta de la lengua, dibujando círculos, antes de cerrar los labios alrededor del pezón y chupar con fuerza, luego soltarlo y soplarlo suavemente. Repitió el proceso con el otro, mientras sus manos bajaban por su espalda, sus costados, hasta posarse en las curvas de su culo sobre el hilo dental.

Esme se aferró a sus hombros, sus uñas clavándose levemente en su piel. Sus gemidos eran continuos ahora, un murmullo de placer. Alejandro alternaba entre una chiche y otra, mordisqueando con suavidad, lamiendo, dedicándoles una atención que era casi devota en su intensidad.

Luego, sus labios comenzaron un viaje ascendente. Besó el hueco de su clavícula, el lado de su cuello, detrás de la oreja, un lugar que él sabía, instintivamente, que la volvería loca. Esme gimió más fuerte, girando la cabeza para darle más acceso.

Finalmente, sus labios encontraron los de ella.

El primer beso no fue una invasión, sino una pregunta. Un roce suave, apenas un contacto. Alejandro probó sus labios, sintiendo su textura. Esme respondió inclinándose hacia él, y el segundo beso fue diferente. Fue profundo, húmedo, lleno de intención. Alejandro abrió su boca y su lengua se encontró con la de Esme en un duelo lento y sensual.

Yo podía verlo todo desde mi asiento. Podía ver cómo la lengua de Alejandro exploraba la boca de mi esposa con una confianza posesiva. Podía ver cómo una de sus manos se hundía en su cabello oscuro, tirando suavemente para exponer más su cuello a sus besos y mordiscos suaves. La otra mano seguía en sus nalgas, apretando y masajeando la carne a través de la delgada tira de seda.

El sonido de sus bocas uniéndose, los gemidos ahogados de Esme, los suspiros roncos de Alejandro llenaban la habitación. Era un beso que no tenía prisa, un beso que saboreaba el momento, que construía el deseo ladrillo a ladrillo. Alejandro separó sus labios unos milímetros, solo para volver a capturarlos, esta vez con más hambre. Su lengua se volvió más insistente, más dominante. Esme se entregó por completo, sus propias manos recorriendo ahora su espalda, sus hombros anchos.

Alejandro rompió el beso para respirar, sus labios brillantes.

—Tienes la boca más dulce —murmuró contra sus labios.

—Y tú besas como si quisieras comerme viva —jadeó Esme.

—Es exactamente lo que quiero hacer —contestó él, y esta vez su beso fue feroz, devorador.

Ya no había restricciones. Era un beso que prometía todo lo que venía después. Sus manos bajaron a las tiras del hilo dental. Con un movimiento rápido y decisivo, las agarró y las rasgó.

El sonido del elástico al romperse fue como un disparo. El pedazo de tela cayó al suelo. Esme estaba ahora completamente desnuda excepto por las medias y los tacones, expuesta ante él y ante mí.

Alejandro apartó su boca de la de ella y bajó la mirada, bebiendo la vista de su cuerpo desnudo. Su verga gruesa palpitaba entre ellos, rozando el vientre de Esme. Ella lo sintió y un estremecimiento de excitación y un poco de temor recorrió su cuerpo.

—Vamos a la cama —dijo Alejandro, su voz ahora cargada de una urgencia que ya no podía contener.

Esme, con los ojos brillantes y la boca hinchada por los besos, asintió. Él la guio hacia el colchón. Ella se recostó sobre la espalda, sus piernas se abrieron en una invitación tan antigua como el tiempo. Alejandro se colocó entre ellas, su cuerpo sobre el de ella, su verga gruesa presionando contra su entrada empapada.

Esme abrió los ojos, vidriosos por el placer, y bajó la mirada justo cuando la cabeza amplia, como un pistón, hizo contacto con su entrada. Rozó sus labios, empapándose de ella. Ella jadeó.

—¿Estás lista para esto? —preguntó Alejandro, su frente contra la de ella.

La respuesta de Esme fue hundir las uñas más profundamente en sus hombros y empujar sus caderas hacia adelante, intentando engullir esa cabeza enorme.

Era una escena brutalmente erótica: mi esposa, casi desnuda salvo por las medias y los tacones, ofreciéndose impaciente ante la verga descomunal de otro hombre, conmigo observando desde las sombras, con mi propia necesidad creciendo como un fuego en las entrañas.

Alejandro no la hizo esperar más. Con un gruñido que venía desde lo más profundo de su pecho, aplicó una presión firme y constante.

La cabeza, ancha y desafiante, comenzó a abrir la panocha de mi mujer.

Ella gritó. No era un grito de dolor, sino de un impacto tan intenso que rayaba en lo sublime. Sus ojos se desorbitaron, clavados en los míos por un segundo, comunicándome una oleada de sensación pura.

—¡Sam…! ¡Ah, está…!

No pudo terminar la frase. Alejandro empujó otro centímetro, y luego otro, llenando un espacio que nadie más había llenado así. El cuerpo de Esme se estremeció violentamente, adaptándose a esa invasión gloriosa. Él se detuvo cuando apenas tenía un tercio de su longitud dentro de ella, dejando que ella respirara, que se acostumbrara al estiramiento monumental.

—Así… así me gusta —jadeó Esme, su voz quebrada por la sensación—. Dame… dame más.

Alejandro me miró por encima del hombro de ella, sus ojos oscuros brillando con un fuego triunfal y una pregunta silenciosa. ¿Estaba bien? ¿Iba demasiado lejos?

Desde mi sillón, con mi verga en la mano ahora, bombeándome lentamente mientras observaba a mi esposa ser penetrada como nunca, le di el único visto bueno posible: un gesto afirmativo con la cabeza y una sonrisa que debía ser una mueca de lujuria pura.

La noche apenas comenzaba. Alejandro tenía aún casi toda su formidable herramienta por enterrar en la cálida y apretada profundidad de mi esposa. Y yo tenía el mejor asiento de la casa.

Y mientras veía cómo la cabeza y el tronco de su verga desaparecían lentamente en la panocha de mi esposa, supe que esta era solo la primera de muchas noches que pasaríamos los tres juntos. El “amante” de mi esposa había llegado para quedarse.

………………………… Continúa en capítulo 2 …………………………..