Capítulo 3: La puta de papá

Después de aquella noche en el hotel, todo cambió. No hubo más máscaras, más juegos, más pretensiones. Lo que empezó como un descubrimiento accidental se convirtió en una rutina. Mi rutina. Nuestra rutina. La rutina más perversa y deliciosa que podría haber imaginado.

Empecé a citar a Lucía tres veces por semana. Lunes, miércoles y viernes. Como si fuera un cliente más. Porque lo era. Era su cliente. Su cliente fijo. Su mejor cliente. El único que pagaba el doble. El único que era su padre.

La primera vez que la cité como "puta de papá" fue el lunes siguiente. Le mandé un mensaje a las diez de la mañana: "Esta noche. Once. Motel Venus, cuarto 12. Lencería barata. Maquillaje excesivo. Tacones de puta. Pies descalzos." Respondió a los dos minutos: "Sí, papá."

El Motel Venus era un motel de mala muerte en la Doctores. Habitaciones sucias, paredes rayadas, camas con sábanas que no cambiaban entre cliente y cliente. Un lugar donde iban los que no podían pagar más. Donde iban las putas baratas. Y ahí iba a llevar a mi hija. Porque me excitaba. Me excitaba pensar en ella en un lugar así, como una puta de la calle, no como una escort de lujo. Me excitaba degradarla. Bajarla de su pedestal de escort de cinco mil pesos y ponerla en el nivel de las putas de a mil. Porque era mi hija y yo decidía qué era. Y lo que yo quería que fuera era una puta barata. Mi puta barata.

Llegué primero. Pagué la habitación. Cuarto 12. Era peor de lo que esperaba. La cama tenía sábanas amarillentas, la televisión no funcionaba, el baño olía a humedad. Había espejos en el techo, como en todos los moteles de mala muerte. Las paredes tenían rayones, marcas de uñas, huellas de manos sucias. El piso era frío, de loseta, con manchas que no quería identificar. Me senté en la cama y esperé.

A las once en punto escuché tocar. Dos veces, como siempre. Abrí.

Y ahí estaba ella. Pero no era la Lucía que conocía. No era la Valeria de la página de escorts. Era otra cosa. Una puta de la calle. Llevaba un top blanco, ajustado, sin sostén, que le marcaba las chiches y los pezones. Una falda negra cortísima que apenas le cubría las nalgas. Tacones negros, altos, de esos que usan las putas de la calle. Maquillaje excesivo: labios rojos pintados fuera de los labios, sombra azul hasta las cejas, rimel corrido. Pies descalzos, con las uñas pintadas de un rojo chillón. Perfume barato, dulzón, que me golpeó como una pared.

—¿Me pediste, papá? —dijo, apoyándose en el marco de la puerta con una pierna levantada.

—Entra.

Entró. Caminó despacio, con los pies descalzos en