Capítulo 6: Los amigos de papá
Los días después de la orgía fueron extraños. No en el mal sentido. En el sentido de que algo había cambiado en mí, algo profundo, algo que no podía ignorar. No era solo el sexo. No era solo el incesto. No era solo el morbo. Era el poder. El control. La sensación de decidir quién tocaba a mi hija, quién la cogía, quién la usaba. Y la sensación de que ella lo amaba. De que necesitaba que yo decidiera. De que mi decisión era su placer.
Lo pensé toda la semana. En la oficina, en el coche, en la casa. Pensé en Lucía arrodillada entre ocho hombres, con las vergas en la cara, mirándome como me miraba. Con esa mezcla de devoción y lujuria que solo ella tenía. Y pensé en lo que me había dicho al final: "Quiero que ofrezcas a tus amigos. Que sepan que me ofreces. Que sepan que soy la puta de su papá."
Y quería hacerlo. Lo quería con el alma. No solo con la verga. Con el alma.
Tenía tres amigos cercanos. Roberto, mi socio en la oficina. Cincuenta años, casado, tres hijos. Alto, moreno, con canas en las sienes. Un hombre serio, formal, que nunca habría imaginado lo que yo hacía con mi hija. Arturo, mi amigo desde la universidad. Cuarenta y ocho, divorciado, sin hijos. Robusto, bonachón, con barba gris y una risa que llenaba los cuartos. Un hombre que siempre había sido mujeriego, que se cogía a cualquier cosa que se moviera. Y Tomás, mi vecino. Cuarenta y cinco, viudo, dos hijos que ya no vivían con él. Delgado, tranquilo, con ojos tristes y manos grandes. Un hombre solitario que no se había cogido a nadie desde que su mujer había muerto, hacía tres años.
Los tres me conocían. Los tres conocían a Lucía. Los tres la habían visto crecer. Los tres sabían que era mi hija. Y los tres la iban a coger. Porque yo se la iba a ofrecer.
El miércoles llamé a Roberto. Le dije que quería invitarlo a cenar el viernes. Que quería invitar a los cuatro. Él, Arturo, Tomás y yo. Que tenía algo que decirles. Algo importante. Roberto aceptó. Llamé a Arturo. Aceptó. Llamé a Tomás. Aceptó.
Le mandé un mensaje a Lucía: "Viernes. Casa. Ocho de la noche. Ponte el vestido azul. El que te compré cuando tenías diecinueve. Sin nada debajo. Tacones blancos. Pies descalzos. Maquillaje ligero. Peinada. Hermosa. Como mi hija. Como mi hija puta."
Respondió: "¿Los amigos?"
"Sí."
"¿Les vas a decir?"
"Sí."
"¿Les vas a ofrecer?"
"Sí."
"¿A los tres?"
"A los tres."
"¿Sabes que nos conocen? ¿Que saben que soy tu hija? ¿Que te van a juzgar?"
"Me importa un cara
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