Capítulo 1: El descubrimiento
No sé bien cómo empezar a contar esto. A lo mejor debería empezar por el principio, pero la verdad es que no sé cuál es el principio. ¿Fue cuando me quedé viudo y me quedé solo con ella? ¿Fue cuando empecé a notar que mi hija dejaba de ser niña? ¿O fue aquella noche en la que la descubrí vendiendo su cuerpo por internet?
Creo que fue todo junto. Pero si tengo que señalar un momento exacto, un punto donde todo cambió y ya no hubo regreso, fue esa noche de jueves cuando, aburrido y solo en mi oficina, entré a esa página de escorts.
Déjenme contarles quién soy primero. Me llamo Julián. Tengo 50 años. Soy empresario, tengo una distribuidora de autopartes que me deja buen dinero. No soy millonario, pero no me quejo. Vivo en una casa grande en las Lomas, solo desde hace cinco años, cuando mi esposa murió de cáncer. Se llamaba Martha. Era una buena mujer, la verdad. Bonita, morena como Lucía, con un cuerpo que en su tiempo me volvía loco. Pero los últimos dos años de su enfermedad fueron terribles. Se consumió, se apagó, y con ella se apagó algo de mí.
Desde entonces he tenido un par de relaciones, nada serio. Puro sexo de vez en cuando con mujeres que no me interesaban de verdad. Una contadora que conocí en una convención, una vecina divorciada, una mesera de un restaurante que frecuento. Nada que me durara más de un par de meses. La verdad es que después de que murió Martha, algo se apagó en mí. O eso creía.
Mi hija Lucía tiene 22. Es lo único que de verdad me importa en esta vida. Es morena, como su madre, con el cabello largo y lacio que le llega hasta la cintura. No es alta, mide un metro sesenta y cinco, pero tiene un cuerpo que desde que tuvo dieciséis años me ha costado trabajo no mirar. Chiches grandes, no exageradas, pero firmes y redondas, de esas que se mueven cuando camina sin sostén. Culo respingón, de esos que se notan hasta con pantalones holgados. Cintura delgada. Piernas torneadas. Y unos pies... bueno, eso lo descubrí después.
Sé que suena mal lo que voy a decir. Sé que un padre no debería mirar a su hija así. Pero no puedo mentir. Lucía me ha excitado desde que dejó de ser niña. Nunca hice nada, claro. Nunca la toqué, nunca le dije nada, nunca dejé que se diera cuenta. Pero la miraba. Dios, cómo la miraba. Cuando salía del baño con la toalla puesta, cuando caminaba por la casa en shorts diminutos, cuando se agachaba y se le marcaba la panocha en las mallas. Cuando hacía ejercicio en la sala con esas licras que se le metían por todos lados. Cuando se recostaba en el sofá a ver la tele con los pies descalzos y las piernas abiertas. Me masturbaba pensando en ella, sí. Me sentía culpable, pero lo hacía. Cada noche. A veces dos veces. A veces tres.
Me masturbaba imaginando que le mamo las chiches. Que le abro las piernas y le como la panocha. Que se la meto y la cojo mientras me dice "papi, cógeme más fuerte." Me masturbaba imaginando que me lame los huevos, que me los chupa con devoción, que me mira a los ojos mientras me mama la verga. Me masturbaba imaginando sus pies en mi cara, en mi verga, restregándose mientras me corro encima de ellos.
Nunca pensé que algo fuera a pasar. Nunca pensé que mi hija, mi dulce Lucía, resultaría ser algo que ni en mis fantasías más sucias imaginé.
Esa noche de jueves estaba en mi oficina, en casa. Lucía había salido, dijo que iba con unas amigas. Se había arreglado más de lo normal. Tacones negros, vestido ajustado, maquillaje. Me dijo "nos vemos luego, papá" y salió por la puerta dejando un rastro de perfume que me quedó flotando en la nariz como una puta tortura.
Me quedé trabajando un rato, pero la verdad es que me aburrí pronto. No tenía ganas de revisar inventarios ni de contestar correos. Entré a internet, navegué sin rumbo. Revisé el periódico, las redes sociales, un par de sitios de noticias. Nada me interesaba. No sé cómo llegué a esa página. Creo que fue por un anuncio, una de esas publicidades que te aparecen cuando estás en sitios dudosos. "Escorts de lujo en la Ciudad de México. Chicas exclusivas, discretas, complacientes." Le di clic sin pensar, más por curiosidad que por otra cosa.
La página era elegante, de eso hay que reconocerlo. Fondo negro, letras doradas, fotos profesionales. Chicas sin rostro, cuerpos perfectos presentados como mercancía de lujo. Fui navegando, viendo fotos, leyendo descripciones. Había de todo: rubias, morenas, altas, bajas, delgadas, gruesas. Cada perfil con su tarifa, sus servicios, sus reglas. Me excitó, no lo niego. Era la primera vez que entraba a algo así. Ver todos esos cuerpos disponibles, a cambio de dinero, me puso a pensar en lo fácil que sería. Hacía cinco años que no tenía una mujer de verdad, una que me excitara de verdad.
Me puse a masturbarme viendo las fotos de una morena con las chiches de fuera y las piernas abiertas. Me la imaginaba en mi cama, con las piernas abiertas, esperándome. Seguí navegando con la verga en la mano, de perfil en perfil, buscando algo que me terminara de excitar.
Y entonces la vi.
No el rostro, porque no se le veía. Estaba de espaldas, con un vestido rojo levantado hasta la cintura, mostrando unas nalgas redondas y firmes que me resultaron familiares de inmediato. Pero lo que me confirmó que era ella fue el lunar. Tenía un lunar en la espalda baja, justo arriba de la nalga izquierda. Y en el costado, apenas visible, un tatuaje de mariposa.
Mi corazón se detuvo.
El lunar lo conocía porque se lo vi cuando tenía catorce años, en la playa, cuando usaba un bikini y yo me quedé viéndolo como un pendejo, disimulando, pero sin poder quitar la vista de ese lunar que me parecía obsceno en el cuerpo de mi hija. El tatuaje de mariposa se lo hizo a los dieciocho y casi la mate. Le dije que estaba prohibido, que mientras viviera en mi casa no se lo iba a permitir. Ella lo hizo de todos modos y me dijo: "Ya tengo dieciocho, papá, puedo hacer lo que quiera con mi cuerpo."
Y ahora ese cuerpo estaba en una página de escorts.
Me quedé helado. La verga se me bajó de golpe. Empecé a sudar. Hice clic en su perfil. Más fotos. Sin rostro, pero el cuerpo era de ella, no había duda. Las chiches, redondas y firmes, con los pezones oscuros. El culo, paradito, con ese lunar que conocía tan bien. Las piernas torneadas. Y los pies... unos pies delicados, con las uñas pintadas de rojo, perfectos. Todo era mi hija. Su nombre en la página era "Valeria." Tenía una descripción: "Morena de fuego, 22 años, muy complaciente. Fetiches bienvenidos. Trato de novia. Besos. Oral sin condón. Dúplex disponible."
Trato de novia. Mi hija daba trato de novia a desconocidos. Oral sin condón. Dúplex disponible. Mi hija se cogía a dos hombres a la vez.
Me quedé viendo la pantalla sin saber qué hacer. La rabia me dio primero. Después los celos. Después... no sé cómo explicarlo. Después me excitó. La imagen de mi hija con las piernas abiertas para desconocidos, dándoles trato de novia, haciéndoles lo que quisieran, mamándoles la verga sin condón, cogiéndose a dos a la vez... mi verga se puso dura otra vez. Más dura que antes. Más dura que con cualquier mujer en los últimos cinco años. Me masturbé viendo las fotos de mi hija. Me vine en la mano imaginándola con un desconocido encima, cogiéndosela, viniéndose adentro de mi hija.
Después me sentí como la peor basura del mundo. Pero también supe, en ese momento, que algo había cambiado para siempre. Que no podía volver atrás. Que quería más.
Lucía llegó a las dos de la mañana. Yo la esperaba en la sala, con la luz prendida, un whisky en la mano y la cara de pocos amigos. La esperé así durante horas, dándole vueltas al asunto, tomando, masturbándome otra vez con las fotos de la página, sintiéndome basura y volviendo a excitarme. Un ciclo puto que no terminaba.
Escuché la llave en la puerta. Entró con cuidado, tratando de no hacer ruido. Me vio en la sala y se detuvo.
—¿Dónde estabas? —le pregunté.
—Con unas amigas, papá. Ya te dije antes de salir.
—Qué amigas.
—¿Qué te importa? —dijo, y me miró con esa actitud que ha tenido desde que era adolescente, como si yo fuera un estorbo en su vida.
—Me importa porque soy tu padre y porque sé lo que estás haciendo.
Se detuvo. Me miró. Por un segundo vi algo en sus ojos, como miedo, pero después volvió la actitud.
—¿Qué estoy haciendo?
—Sé lo de la página, Lucía.
No dijo nada. Se quedó parada en la puerta, con su bolso cruzado, sus tacones en la mano y los pies descalzos en el piso frío. Me miró un momento y después soltó una carcajada. Una carcajada de verdad, como si le hubiera contado un chiste.
—¿Y qué? ¿Me vas a regañar? Tengo veintidós años, papá.
—Eres mi hija.
—Soy adulta. Hago lo que quiero con mi cuerpo, ¿recuerdas? Lo mismo me dijiste cuando me hice el tatuaje.
—Esto es diferente.
—No es diferente. Es mi cuerpo. Y la verdad es que me gusta. Me gusta el dinero, me gusta el sexo, me gusta que me usen.
Me quedé mudo. La forma en que lo dijo, con esa frialdad, con esa naturalidad, me calentó la sangre de una manera que no debería.
—¿Cuánto tiempo? —le pregunté.
—Dos años.
Dos años. Mi hija llevaba dos años cogiéndose desconocidos por dinero y yo no me había enterado. Dos años de hombres cogiéndose a mi hija, viniéndose en su boca, en sus chiches, en su cara, y yo en casa sin saber nada.
—¿Por qué?
—Porque me gusta, papá. Ya te lo dije. —Se acercó un poco, dejó los tacones en el piso y se cruzó de brazos, lo que hizo que sus chiches se apretaran contra el escote del vestido—. ¿Tú crees que no sé que me miras las chiches desde que tengo quince?
Me quedé helado. Ella lo sabía. Todo este tiempo, ella había sabido que la miraba. Cada vez que disimulaba cuando salía del baño, cada vez que me duraba viendo sus piernas, cada vez que me ponía duro viéndola en shorts. Ella lo sabía.
—Lucía...
—No me digas que no. Sé cómo me miras. Sé cómo te pones cuando salgo en shorts. Sé que se te para cuando camino por la casa en ropa ligera. ¿Crees que no me daba cuenta? Y sabes qué, nunca me molestó. Al contrario, me excitaba saber que mi propio papá me deseaba.
No supe qué decir. Mi hija me estaba diciendo que sabía que la deseaba. Y que le gustaba. Y yo ahí, parado como un idiota con un vaso de whisky en la mano y la verga endureciéndose otra vez.
—Sube a tu cuarto —le dije, porque no sabía qué más decir.
—¿Me vas a castigar, papá? —dijo con una sonrisa que nunca antes le había visto. Una sonrisa de puta—. ¿O te vas a masturbar pensando en mí otra vez?
Se fue. Subió las escaleras y me dejó ahí, con el whisky en la mano y la verga dura como piedra. Escuché sus pies descalzos en las escaleras, uno por uno, y cada paso me resonaba en la cabeza como un martillo.
Esa noche no dormí. Me acosté y me masturbé tres veces pensando en ella. En sus fotos. En lo que me había dicho. En esa sonrisa de puta. En sus pies descalzos subiendo las escaleras. Me masturbé imaginando que la cogía, que le mamo las chiches, que le como la panocha, que me lame los huevos. Me vine tres veces y las tres veces me sentí como basura. Pero las tres veces me sentí más vivo que en los últimos cinco años.
A las cuatro de la mañana me levanté y entré a la página otra vez. Vi sus fotos con la verga en la mano. Leí su perfil. "Fetiches bienvenidos." Me pregunté qué fetiches habría practicado. Qué cosas le habrían hecho. Qué cosas le gustaba. Me vine una cuarta vez y me quedé dormido con la laptop abierta y la foto de mi hija en pantalla.
Al día siguiente la cité en un café. Le mandé un mensaje a las diez de la mañana: "Necesitamos hablar. Vente al café de la esquina a las tres." Respondió a los cinco minutos: "Ok, papá."
Me pasé la mañana dando vueltas en la casa. No pude trabajar. No pude comer. Me duché, me vestí, me senté a ver la tele, la apagué. Entré a la página tres veces más. Vi las fotos de mi hija tres veces más. Me masturbé dos veces más. Me sentía enfermo. Pero no podía parar.
Llegué al café primero. Pedí un café negro y me senté en una mesa de atrás, lejos de la ventana, donde nadie nos pudiera escuchar. El corazón me latía rápido. No sabía qué le iba a decir. No sabía qué quería. Mentía, sí sabía qué quería. Quería escuchar. Quería que me contara todo. Quería imaginarme cada detalle.
Cuando llegó, mi respiración se cortó. Venía con un vestido negro ajustado, escotado, que le marcaba las chiches y se subía por las nalgas cuando caminaba. Tacones negros altos. Los pies los tenía con las uñas pintadas de rojo, con los dedos delicados y las uñas perfectas. Se sentó frente a mí y cruzó las piernas, dejando que el vestido se subiera hasta casi mostrarle las nalgas. Me miró con esa sonrisa que ya empezaba a odiar y a amar al mismo tiempo.
—¿Qué quieres, papá?
—Quiero saber todo.
—¿Todo?
—Todo. Cada cliente. Cada vez. Cada detalle. Si no me cuentas todo, le digo a todo el mundo lo que haces.
Me miró un momento, como evaluándome. Como midiendo cuánto de mi amenaza era real y cuánto era puro farol. Después sonrió. Sonrió porque sabía que mi amenaza era hueca. Sabía que no le iba a decir a nadie. Sabía que yo quería otra cosa.
—¿Por qué quieres saber?
—Porque sí.
—No, papá. Dime la verdad. Quieres saber porque te excita. ¿O me vas a negar que anoche te masturbaste pensando en mí?
No le dije que sí ni que no. Tomé un trago de café y la miré. Ella me sostuvo la mirada con una tranquilidad que me enfermó.
—Cuéntame —le dije.
Ella se recargó en la silla, acomodó el cabello detrás de la oreja y empezó a hablar con la naturalidad de quien cuenta lo que desayunó.
—Empecé a los veinte. Una amiga mía, Génesis, me platicó que lo hacía y que ganaba buen dinero. La verdad, al principio me daba miedo, pero también me excitaba. Siempre me ha excitado que me deseen, desde que me di cuenta de que tú me mirabas. Me gustaba sentirme poderosa. Me gustaba que los hombres me desearan. Así que contacté a un chico que organizaba citas. Me pidió fotos. Le mandé fotos sin cara. Me dijo que tenía buen cuerpo, que iba a funcionar. Mi primer cliente fue un hombre de cuarenta, casado, aburrido. Me citó en un hotel de Polanco. Llegué con un vestido negro, parecido a este. Me abrió la puerta en bata. Me dijo que me sentara en la cama. Me preguntó cuánto cobraba. Le dije tres mil. Me dio el dinero en efectivo, ahí mismo, en un sobre. Después me dijo que me quitara el vestido.
Hizo una pausa y me miró a los ojos. Yo no me movía. No parpadeaba.
—Me lo quité. Me quedé en lencería, un conjunto negro que me había comprado para la ocasión. Él se quedó viéndome y me dijo: "Estás hermosa." Después me pidió que me quitara el sostén. Me lo quité. Se acercó y me empezó a mamar las chiches. Me dolió un poco porque me las apretaba fuerte, pero también me gustó. Me las chupó como diez minutos, de una en una, mordiendo los pezones, restregándoselas en la cara. Me decía "qué chiches más ricas." Me las apretaba hasta que me salían marcas de los dedos. Después me dijo que me arrodillara.
Tomé otro trago de café. Mi mano temblaba. El vaso tintineaba contra el plato.
—Me arrodillé. Él se quitó la bata. Tenía la verga parada, no muy grande, pero gruesa. Me dijo que se la mamara. Se la mamé. Al principio despacio, como Génesis me había dicho que lo hiciera. Le lamía la punta, le daba besitos, después se la metí toda en la boca. Le empecé a mamar los huevos, se los chupaba, se los lamía. Me los metía en la boca uno por uno y los chupaba con devoción. Al hombre le temblaban las piernas. Me agarró de la cabeza y me empezó a mover la boca, cogiéndomela. Me duró como cinco minutos en la boca y se vino. Se vino en mi boca, sin avisar. Me agarró la cabeza y me la mantuvo adentro hasta que me tragué todo. Me dijo: "trágatelo todo, puta." Y lo hice, me costó un poco de trabajo pero me lo tragué todo.
Mi verga estaba tan dura que dolía debajo de la mesa. Me agarré al borde de la mesa para no tocarme ahí mismo.
—Después me acostó en la cama, me quitó la tanga y me empezó a comer la panocha. Tenía buena técnica, la verdad. Me lamía el clítoris, me metía la lengua, me chupaba los labios. Me metía los dedos mientras me lamía. Me vine en su boca como dos veces. Me agarraba de las nalgas mientras me comía la panocha, me las apretaba, me las nalgueaba. Después se paró, se puso un condón y me penetró. Me cogió despacio al principio, después más fuerte. Me tenía de las piernas, con los pies en su pecho. Me di cuenta de que le gustaban mis pies porque se los agarraba, se los acercaba a la cara, los olía. Me cogió así como diez minutos, besándome los pies, lamiéndome los dedos. Después me volteó y me cogió desde atrás. Me agarraba las nalgas, me nalgueaba, me decía "qué culo más rico." Se vino adentro, con condón, pero sentí cómo temblaba. Cómo gemía. Cómo se quedó quieto encima de mí. Después se recostó a un lado y me dijo: "Eres increíble." Me vestí, me fui, y supe que eso era lo que quería hacer.
Terminó de hablar y me miró con esa sonrisa.
—¿Y bien, papá? ¿Te gustó?
—Sigue —le dije. Mi voz era un hilo.
—¿Sigues duro, papá?
—Sigue.
Se rió. Se recargó en la silla y cruzó los pies debajo de la mesa, rozándome la pierna con los dedos. Sentí sus dedos del pie rozándome la pantorrilla y por poco me vengo ahí mismo.
—Después de ese cliente tuve más. El segundo fue un hombre de cincuenta, como tú. Casado también. Tenía una verga más grande y unos huevos pesados, grandes. Me hizo lamerle los huevos como por media hora. Los restregaba en mi cara, me los metía en la boca uno por uno. Me decía que fuera su putita, que adorara sus huevos. Los lamía, los chupaba, y me los seguía restregaba en toda la cara. Me gustó. Me gustó que me tratara así, que me usara. Después me cogió y se vino en mis chiches. Me hizo untarme su leche por todo el pecho, restregármela en los pezones. Me dijo: "ahora eres mi puta." Y la verdad, sí me sentí así. Y también me gustó.
—¿Cuántos clientes has tenido?
—No sé. Muchos. A veces tres o cuatro por semana. A veces más. Depende. Hay semanas que tengo cinco, seis. Hay semanas que tengo diez.
—¿Y siempre usan condón?
—Para penetración, sí. Para lo demás, depende. Algunos me piden mamarla sin condón y me vienen en la boca. Otros me vienen en las chiches, en la cara, en el culo, en los pies. Un cliente me pidió que le lamiera el culo. Lo hice. Al principio como que me daba “cosa”, pero después me gustó. Me acostó en la cama, se sentó en mi cara y me hizo lamerle los huevos que le colgaban y el culo mientras se masturbaba. Se vino en mis chiches. Me gustó sentir sus huevos restregándose en mi cara mientras le lamía el culo.
—¿Te gusta todo?
—Me gusta casi todo. Me gusta que me “usen”. Me gusta que me digan puta. Me gusta que me cojan fuerte. Me gusta que se vengan en mi cara. Me gusta que me hagan cosas que parezcan humillantes. No que me lastimen, pero me hagan sentir usada. Eso me pone muy cachonda. Me excita que me acuesten y se sienten en mi cara, que me restrieguen los huevos en la cara, que me hagan lamerles el culo. Me gusta sentir que soy un objeto para su placer.
—¿Y tus pies? ¿Alguien te ha pedido tus pies?
—Varios. Tengo pies bonitos, ¿no? —dijo, y movió los pies debajo de la mesa, rozándome la pierna otra vez—. Algunos me piden que se los ponga en la cara, que se los restriegue en la verga, que se los lama. Un cliente se vino solo con mis pies, me los restregó en la verga hasta que me vino encima. Me los lamía, se los chupaba, se los restregaba en la cara. Le duré como veinte minutos con los pies en su verga y se vino como un loco. Me gustó. Me gusta que mis pies exciten a los hombres.
Me quedé mudo. Mi hija acababa de contarme su vida sexual como escort con la naturalidad de quien cuenta una película. Y yo estaba ahí, con la verga durísima, sudando, mi hija sentada frente a mí con esa sonrisa de puta, sus pies rozándome la pierna.
—¿Y bien, papá? —dijo—. ¿Qué vas a hacer?
—Vamos a hacer un trato.
—¿Qué trato?
—No le digo a nadie lo que haces. Y tú me cuentas todo. Cada cliente. Cada detalle. Cada vez. Todo. Cada vez que te cojas a alguien, me lo cuentas.
—¿Y qué ganas tú con eso?
—Lo que gano……
—¿Te excita?, dijo.
—¿Sí?.
—Confiesa, papá. Dilo.
—Sí hija, es algo raro lo que siento, pero sí. Me excita saber que mi hija es puta.
Sonrió. Se inclinó hacia mí y me habló bajito, casi en un susurro:
—¿Te gustaría verlo, papá? ¿No sólo escucharlo?
—¿Qué propones?
—Por ahora, nada. Pero piénsalo. Tú tienes dinero, yo tengo cuerpo. Podemos hacer un buen equipo.
Se levantó. Me dio un beso en la mejilla, con los labios pintados, y me dejó una marca de labial. Se fue caminando, con ese culo que se movía de lado a lado, con esos tacones que hacían ruido en el piso, con esos pies que ya sabía que excitaban a los hombres. La vi salir del café y me quedé mirando cómo se alejaba por la calle, cómo se volteaba una vez para mirarme y sonreír antes de doblar la esquina.
Me quedé ahí, con la marca de labial en la mejilla, la verga dura y la certeza de que mi vida había cambiado para siempre. Me quedé ahí un buen rato, terminándome el café, pensando en todo lo que me había contado, imaginando cada escena, cada cliente, cada verga en la boca de mi hija, cada vez que se vinieron en ella. Me imaginé a ella arrodillada, lamiendo huevos, con la cara cubierta de mecos. Me imaginé a ella acostada con un hombre sentado en su cara. Me imaginé a ella con los pies en la verga de un desconocido. Y se me paró tanto que dolía.
Pagué, me fui. Caminé hasta el estacionamiento, me subí al coche y me quedé ahí un rato, con las manos en el volante, pensando. Pensando en lo que había hecho, en lo que estaba haciendo, en lo que iba a hacer. Sabía que estaba mal. Sabía que era un puto enfermo. Pero también sabía que no podía parar. Que no quería parar. Que quería más. Que quería escuchar más, ver más, saber más. Que quería ser parte de eso.
Esa noche, en casa, la cena fue normal. Lucía cocinó, cenamos juntos, hablamos de cosas sin importancia. Pero había algo distinto en el aire. Una tensión. Una corriente entre los dos que no estaba antes. Ella me miraba de reojo, sonriendo de vez en cuando. Yo trataba de no mirarle las chiches, que se marcaban bajo la blusa que traía puesta. No traía sostén, se le notaban los pezones. Se me paró varias veces durante la cena.
Después de comer, ella se fue a su cuarto. Yo me quedé en la sala, con la tele prendida, pero sin verla. Dándole vueltas a todo. A las cinco de la mañana me fui a dormir.
A las dos de la madrugada me mandó un mensaje. Una foto. Sus pies descalzos, pintados de rojo, sobre una cama blanca. Las uñas perfectas, los dedos delicados, los empeines suaves. Debajo decía: "Para que sueñes conmigo, papá."
Me quedé viendo la foto un rato. Después me masturbé viéndola. Me vine imaginando que le lamía los pies, que me los restregaba en la verga, que me los ponía en la cara. Me vine como hacía años no me venía, con fuerza, con culpa, con placer. Me vine pensando en mi hija, en sus pies, en sus chiches, en su panocha, en su boca, en todo lo que me había contado esa tarde.
Después le respondí: Gracias hija. "Mañana quiero que me cuentes tu última cita. Todo."
Ella respondió a los tres minutos: "Sí, papá. Lo que tú digas."
Y supe que era el principio de algo que no tenía regreso. Que no había vuelta atrás. Que mi hija y yo habíamos cruzado una línea que no se podía descruzar. Y que lo que venía después iba a ser peor…. O mejor. Depende de cómo se mire.
Lo que sí sé es que esa noche dormí como hacía años no dormía. Con la foto de los pies de mi hija en mi teléfono y la verga cansada de tanto venirme.
------------------------Continúa en capítulo 2 ------------------------------
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión