Capítulo 2: La noche se enciende

La cabeza de la verga de Alejandro seguía presionando contra la entrada de Esme, abriéndola centímetro a centímetro. Desde mi sillón, podía ver cada detalle: la forma en que los labios de su panocha se estiraban para recibir ese grosor descomunal, la manera en que el cuerpo de mi esposa temblaba con cada avance, los gemidos que escapaban de su garganta como un río de placer contenido.

—Dios, qué grande eres —jadeó Esme, sus manos aferradas a los hombros de Alejandro.

Él sonrió, una sonrisa de satisfacción masculina, y continuó empujando. Poco a poco, su verga fue desapareciendo dentro de ella. Cuando por fin estuvo enterrada hasta el fondo, ambos se quedaron quietos, respirando pesadamente.

—¿Cómo se siente? —pregunté, mi voz ronca.

Esme volvió la cabeza hacia mí, sus ojos vidriosos. —Llena. Me siento tan llena, Sam. Su verga está... apretando todo. Nunca había sentido algo tan grueso dentro de mí. Es como si me estuviera abriendo desde adentro.

—Déjame moverme —dijo Alejandro, su voz un susurro—. Quiero sentir cómo te adaptas a mí.

Comenzó a moverse lentamente, embestidas cortas y profundas que hacían que Esme gimiera en cada una. Sus caderas se movían con un ritmo hipnótico, cada empuje haciendo que el cuerpo de mi esposa se sacudiera ligeramente sobre el colchón. La luz tenue de la habitación bailaba sobre sus cuerpos sudorosos, creando sombras que se movían al compás de sus embestidas.

—Así, así —gemía Esme—. Más despacio al principio... déjame acostumbrarme a tu grosor.

—Claro, princesa —respondió Alejandro, su voz ronca—. Vamos a ir despacio. Quiero disfrutar cada centímetro de esta panocha tan apretada. Quiero saborear este momento.

Yo me levanté del sillón y me acerqué a la cama, mi verga erecta y palpitante en mi mano. Me senté en el borde, cerca de la cabeza de Esme, y comencé a acariciar su cabello, sintiendo el calor de su piel sudorosa bajo mis dedos.

—Mírame, mi amor —le dije.

Ella giró la cabeza hacia mí, su rostro una mezcla de placer y entrega absoluta. Sus labios estaban hinchados, sus ojos brillantes con lágrimas de puro éxtasis que amenazaban con desbordarse.

—¿Te gusta? —pregunté, mi voz apenas un susurro—. ¿Te gusta cómo te está cogiendo?

—Sí —susurró ella, su voz quebrada—. Me encanta. Su verga es tan gruesa que siento que me va a partir en dos, pero me encanta. Me encanta cada centímetro.

—Eso es, putita —dijo Alejandro, aumentando ligeramente el ritmo—. Disfruta cada centímetro. Quiero que sientas cómo te abro. Quiero que recuerdes esta noche para siempre.

Alejandro continuó moviéndose, sus embestidas más profundas ahora. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, un ritmo húmedo y carnal que se mezclaba con los gemidos de Esme. La cama crujía suavemente bajo el peso de los dos, un acompañamiento perfecto para la sinfonía de placer que estábamos creando.

—Mira cómo se mueve —dijo Alejandro, mirándome directamente a los ojos—. Tu esposa sabe recibir verga. Su panocha me está apretando como si no quisiera soltarme. Es la más apretada que he tenido en mucho tiempo. Cada vez que empujo, siento cómo se contrae a mi alrededor.

—Es buena para eso —respondí, sintiendo el orgullo mezclado con la lujuria—. Siempre lo ha sido. Desde que empezamos en esto, siempre ha sido una puta increíble en la cama. Le encanta ser poseída, le encanta sentir una verga diferente dentro de ella. Y a mi me gusta ver que disfruta cogiendo con otros.

—Se nota —dijo Alejandro, inclinándose para besar el cuello de Esme—. Se nota que ha sido bien entrenada. Su cuerpo sabe exactamente cómo reaccionar, cómo moverse, cómo apretar.

Esme gimió ante sus palabras, y yo sentí una oleada de excitación al ver cómo reaccionaba a los elogios de otro hombre. Alejandro se inclinó y besó a Esme profundamente, su lengua encontrando la de ella en un baile húmedo y apasionado. Sus manos bajaron a sus chiches, apretándolas, masajeándolas, pellizcando sus pezones mientras seguía penetrándola sin pausa.

—Tiene las chiches más perfectas que he visto —dijo Alejandro, separándose del beso—. Redondas, firmes, con esos pezones oscuros que piden ser chupados. Son unas chiches de puta madre.

—Son tuyas —dije—. Disfrútalas todo lo que quieras. Son para que las uses, las chupes, las muerdas. Muéstrame como te deleitas con mi mujer.

Alejandro no necesitó más invitación. Bajó la cabeza y tomó un pezón en su boca, chupándolo con fuerza mientras seguía moviéndose dentro de Esme. Ella arqueó la espalda, empujando sus chiches más contra su boca, gimiendo sin control, sus manos enredadas en su cabello.

—¡Sí! —gritó—. Chúpamela, Alejandro. Chúpame las chiches mientras me coges. Así, así, más fuerte.

Él alternó entre una y otra, dedicándoles la misma atención, mordisqueando suavemente, lamiendo, soplando, haciendo círculos con su lengua alrededor de los pezones erectos. Sus manos no se quedaban quietas: una masajeaba la chiche que no estaba en su boca, la otra se deslizaba por el costado de Esme, bajando hasta su cadera, agarrándola con fuerza para impulsar sus embestidas.

—Quiero probar algo —dijo Alejandro, deteniéndose de repente.

Se quedó quieto, enterrado hasta el fondo dentro de ella, y la miró fijamente. Sus ojos estaban oscuros de deseo, su respiración entrecortada, su pecho subiendo y bajando con cada respiración profunda.

—¿Qué? —preguntó Esme, jadeando, claramente frustrada por la pausa.

—Quiero que me mames la verga mientras Sam te coge.

La propuesta me tomó por sorpresa, pero la excitación que me recorrió fue inmediata. Mi verga, que ya estaba dura, dio un salto al escuchar sus palabras. Esme me miró, sus ojos preguntando, y yo asentí sin dudar.

—Me gusta la idea —dije, mi voz cargada de lujuria—. Me encantaría verte mamando su verga mientras yo te cojo por detrás. Verte con la boca llena de verga mientras yo te lleno la panocha.

Alejandro se retiró lentamente, su verga brillante y húmeda, cubierta con los jugos de Esme. El sonido húmedo al salir fue obsceno, un pop que resonó en el silencio de la habitación, y vi cómo el cuerpo de mi esposa se estremecía ante la pérdida repentina. Se recostó sobre la cama, boca arriba, su miembro erecto apuntando al techo, palpitante y cubierto de una mezcla de su propia saliva y los fluidos de ella. La luz se reflejaba en la cabeza húmeda, haciéndola brillar como una joya obscena.

—Ven aquí, putita —dijo, extendiendo la mano hacia Esme—. Siéntate en mi cara primero. Quiero lamer esa panocha antes de que te la meta Sam. Quiero probar cómo sabe después de haber sido abierta por mi verga.

Esme se movió sobre él con una gracia felina, colocándose en posición de 69, su panocha justo sobre su boca. Alejandro comenzó a lamerla con avidez, su lengua hundiéndose en sus labios, lamiendo sus jugos, mientras ella tomaba su verga en la boca y comenzaba a chuparla.

—Así, así —gemía Alejandro, su voz amortiguada por el cuerpo de Esme—. Qué rica tienes la panocha, Esme. Sabe a sexo, a verga, a pura lujuria. Sabe a mí.

Yo me coloqué detrás de Esme, mi verga alineada con su entrada. Ella estaba tan húmeda que mi miembro se deslizó dentro sin resistencia, como si su cuerpo me estuviera esperando, como si supiera que yo también necesitaba estar dentro de ella. Comencé a moverme lentamente, mientras ella seguía mamando a Alejandro y él la lamía sin descanso, su lengua trabajando incansablemente entre sus labios y rosando mi verga que ya estaba entrando y saliendo de la panocha de mi mujer.

—Así me gusta —dijo Alejandro, levantando la cabeza por un momento—. Los dos dándole placer a esta putita al mismo tiempo. Es la mejor sensación del mundo. Tener su boca en mi verga mientras tú la coges y yo chupo su clítoris.

Esme gimió, un sonido vibrante que sintió en su verga, y continuó chupando. Yo aumenté el ritmo, mis embestidas más profundas ahora, sintiendo cómo su panocha se contraía alrededor de mí mientras la lengua de Alejandro seguía estimulando su clítoris. Cada embestida mía empujaba su cuerpo contra su cara, y él aprovechaba para lamerla más profundamente.

—Lámele los huevos —dije, mi voz saliendo más ronca de lo que esperaba—. Hazlo, mi amor. Lámele los huevos a Alejandro mientras te cojo. Quiero ver cómo se los chupas.

Esme se detuvo por un momento, me miró con una sonrisa lasciva que me hizo sentir la sangre hervir, y luego bajó la cabeza. Su lengua se deslizó por el tronco de la verga de Alejandro, lamiendo cada vena, cada centímetro de piel, recorriendo el camino hacia sus testículos. Los tomó en su boca, uno por uno, lamiéndolos, succionándolos suavemente, mientras yo seguía penetrándola desde atrás, sintiendo cómo cada movimiento suyo afectaba el ritmo de nuestra cópula.

Alejandro dejó escapar un gemido profundo, su cabeza cayendo hacia atrás contra el colchón, sus ojos cerrados en puro éxtasis. Su cuerpo se tensó bajo el contacto de su lengua.

—Puta madre —murmuró—. Qué bien lame mis huevos, Sam. Tu esposa tiene una lengua de diosa. Nadie me había lamido los huevos así. Siento que voy a explotar.

—Es especialista —dije, orgulloso—. Le encanta lamer huevos. Es una de sus especialidades. Puede pasarse horas ahí abajo. ¿Verdad, mi amor?

Esme no respondió con palabras, pero intensificó su acción. Dejó los testículos de Alejandro y comenzó a lamer todo su perineo, bajando hasta casi tocar su culo con la lengua. Alejandro se estremeció violentamente, claramente sorprendido y excitado más allá de lo que había esperado. Sus manos se aferraron a las sábanas, sus nudillos blancos por la tensión.

—¿Te gusta que te lama ahí? —pregunté, disfrutando ver su reacción, ver cómo un hombre tan seguro perdía el control bajo la lengua de mi esposa.

—Nunca... nadie me había lamido ahí —jadeó él, su voz temblorosa—. Se siente... increíble. Su lengua está recorriendo lugares que ni sabía que existían. Esto es de otro nivel.

Esme siguió lamiendo, su lengua explorando cada pliegue, cada centímetro de su anatomía, dedicando especial atención a la zona entre sus testículos y su culo. Yo seguía dentro de ella, moviéndome lentamente, sintiendo cómo su cuerpo respondía a cada lamida que le daba a Alejandro. Era como si estuviéramos conectados en un circuito de placer, cada movimiento de ella afectando a ambos hombres al mismo tiempo.

Después de un largo rato, cuando sentí que Alejandro estaba al borde del orgasmo solo con esas caricias, saqué mi verga de Esme para dar paso al amante.

Él se incorporó, tomando a Esme por los hombros y colocándola boca arriba en la cama. Su verga estaba tan dura que parecía a punto de explotar, cubierta de saliva y brillante bajo la luz tenue, la cabeza hinchada y morada de sangre.

—Quiero cogerte así nuevamente —dijo, colocándose entre sus piernas—. Quiero verte la cara mientras te penetro. Quiero ver otra vez tus ojos cuando sientas mi verga entrando en ti. Quiero ver cómo reaccionas.

Pero antes de hacerlo, se inclinó y comenzó a lamer su panocha nuevamente. Su lengua era hábil, experimentada, y conocía los puntos exactos que volvían loca a mi esposa. La lamió lentamente al principio, luego más rápido, su lengua girando alrededor de su clítoris, succionándolo suavemente, metiendo la punta dentro de ella, lamiendo los jugos que aún goteaban de nuestra sesión anterior.

—¡Ay, Dios! —gimió Esme, sus manos aferradas a su cabello, tirando de él con fuerza—. No pares... no pares... así, así, justo ahí... justo en el clítoris...

Alejandro no paró. Continuó lamiéndola, metiendo su lengua dentro de ella, lamiendo sus jugos, chupando su clítoris con una habilidad que hacía que mi esposa se retorciera de placer. Sus dedos se unieron a la fiesta, deslizándose dentro de su panocha, estirándola, preparándola para lo que venía, mientras su lengua seguía trabajando incansablemente.

—Tienes la panocha más deliciosa que he probado —dijo Alejandro, levantando la cabeza por un momento, su barbilla brillante con sus jugos—. Sabe a miel, a sexo puro. Podría pasarme horas aquí abajo.

—Métemela ya —suplicó Esme, su voz quebrada por el deseo—. No aguanto más. Necesito sentir tu verga dentro de mí otra vez. Necesito sentirte llenándome.

Alejandro se incorporó y, con un movimiento firme pero controlado, enterró su verga en ella de un solo golpe. Esta vez no hubo pausa, no hubo adaptación lenta. Esme estaba lista, su panocha abierta y receptiva, y él se deslizó hasta el fondo sin resistencia, recibido por un gemido de pura satisfacción.

El grito de Esme fue de puro placer. Su cuerpo se arqueó, sus manos aferrándose a las sábanas, sus ojos abiertos de par en par mirándolo fijamente, una mezcla de sorpresa y éxtasis en su rostro.

—¡Sí! ¡Así! —gritó—. ¡Cógeme! ¡Cógeme duro! ¡Lléname toda! ¡No te detengas! ¡Estoy toda abierta para ti!

Alejandro comenzó a moverse con un ritmo rápido y profundo, sus caderas chocando contra las de Esme con un sonido húmedo y carnoso que llenaba la habitación. Cada embestida hacía que sus chiches saltaran, un movimiento hipnótico que no podía dejar de mirar, un péndulo de carne y deseo que marcaba el ritmo de nuestra lujuria.

—Mira cómo se mueven sus tetas Sam —dijo Alejandro, jadeando—. Mira cómo mi verga entra y sale de su panocha. ¿Te gusta, Sam? ¿Te gusta ver cómo cojo a tu esposa? ¿Te gusta ver cómo la hago mía?

—Me encanta —respondí, mis ojos clavados en el punto donde sus cuerpos se unían, viendo cómo su verga gruesa desaparecía una y otra vez dentro de ella—. Se ve increíble. Es la vista más hermosa del mundo. Verte enterrado en mi mujer y ver que ella lo disfruta.

—Dile a tu esposa lo buena que está —continuó Alejandro, su voz cargada de autoridad—. Dile cómo la estoy cogiendo. Haz que sepa lo mucho que lo estás disfrutando. Haz que se sienta la puta más deseada.

Me acerqué a la cabeza de Esme, inclinándome para susurrarle al oído mientras Alejandro seguía penetrándola sin pausa, su ritmo cada vez más rápido, más desesperado.

—Estás hermosa, mi amor. Tu panocha se ve increíble con esa verga adentro. Estás siendo abierta, llenada, poseída. ¿Lo sientes? ¿Sientes cómo te llena cada centímetro? ¿Sientes cómo te estira?

—Sí —jadeó ella, su voz apenas un susurro entrecortado—. Lo siento. Me siento tan llena, Sam. Su verga es tan gruesa que siento que voy a explotar. Pero no quiero que pare. Nunca quiero que pare.

—¿Te gusta? —pregunté, lamiendo su oreja, mordisqueando su lóbulo—. ¿Te gusta que te coja otro hombre mientras yo miro? ¿Te gusta ser mi putita prestada?

—Me encanta —respondió ella, girando la cabeza para besarme—. Me encanta que me coja enfrente de ti. Me encanta que veas cómo disfruto. Me encanta ser tu putita y que me prestes a otros hombres. Que me ofrezcas para que me metan la verga. Me encanta que me veas coger.

Sus palabras me llegaron directo a la verga, que estaba más dura que nunca. Me incorporé y comencé a masturbarme mientras veía a Alejandro coger a mi esposa, su ritmo cada vez más rápido, más desesperado, el sudor brillando en su espalda mientras se movía sobre ella.

—Me voy a venir —dijo Esme, su voz quebrada—. No pares, Alejandro, no pares. Estoy tan cerca... tan cerca...

—Vente, putita —gruñó él—. Vente con mi verga adentro. Quiero sentir cómo te vienes apretándome. Quiero sentir tu panocha estrujándome.

Su orgasmo fue violento. Su cuerpo se tensó como un arco, su panocha se contrajo alrededor de la verga de Alejandro con una fuerza que lo hizo gemir, y un grito largo y tembloroso escapó de sus labios. Alejandro continuó moviéndose, prolongando su placer, hasta que ella cayó hacia adelante, jadeando, su cuerpo sacudido por espasmos residuales que la hacían temblar de la cabeza a los pies.

—Déjame descansar un momento —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Déjame recuperar el aliento. Déjame sentir esto.

Alejandro se retiró lentamente, su verga aún erecta y brillante, y se recostó a su lado. Yo me acerqué y abracé a Esme, besando su frente sudorosa, sintiendo el calor de su piel contra la mía, el latido acelerado de su corazón.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Más que bien —respondió ella, sonriendo débilmente—. Eso fue increíble. Nunca había sentido un orgasmo así. Tan profundo, tan intenso.

—Eres una mujer increíble —dijo Alejandro, acariciando su hombro—. Tienes un cuerpo espectacular y una capacidad de entrega que pocas mujeres tienen. Te entregas por completo, sin reservas.

—Gracias —dijo ella, sonriendo—. Pero esto no sería posible sin Sam. Él es el que hace que todo funcione. Él es el que me da la confianza para entregarme así.

—Lo sé —dijo Alejandro, mirándome—. Tienen una dinámica increíble. La confianza que hay entre ustedes se siente en el aire. Hace que todo sea mejor, más intenso, más significativo.

—Gracias —dije—. Tú también eres un gran compañero. Sabes cómo tratar a una mujer, cómo hacerla sentir especial incluso mientras la estás cogiendo.

—Es mi filosofía —dijo Alejandro, riendo—. Siempre hay que tratar a la mujer como una reina, incluso cuando la estás cogiendo como una puta. El respeto y el placer pueden ir de la mano.

Esme se rió, un sonido ronco y feliz que llenó la habitación. —Me gusta esa filosofía. Me gusta cómo piensas.

—¿Listos para la segunda ronda? —preguntó Alejandro, su verga aún erecta, claramente lista para más, palpitante contra su vientre.

Esme lo miró, una sonrisa lasciva en sus labios. —Dame cinco minutos y te voy a pedir que me cojas otra vez. Pero esta vez quiero que me des por detrás. Quiero sentir tu verga en mi culo. Quiero sentirte ahí también.

—¿Estás segura? —pregunté, sorprendido—. Sabes que es muy gruesa. Nunca has probado algo tan grande en el culo.

—Lo sé —respondió ella, sus ojos brillando con determinación—. Pero quiero intentarlo. Confío en Alejandro. Y quiero sentirme completamente llena. Quiero saber cómo se siente tener su verga en mi culo.

—Si duele, paramos —dijo Alejandro, su voz seria—. En cualquier momento. Con una palabra, con una seña, paramos. No hay presión.

—Lo sé —respondió Esme—. Y confío en que lo harás con cuidado. Confío en los dos.

Mientras descansábamos, hablamos de todo y de nada. De cómo nos sentíamos, de lo que nos gustó, de lo que queríamos probar la próxima vez. La intimidad entre los tres era palpable, una conexión que iba más allá de lo físico, una complicidad que se estaba construyendo en tiempo real, ladrillo a ladrillo, beso a beso, caricia a caricia.

—Sabes —dijo Alejandro después de un rato, mientras acariciaba el vientre de Esme—, tengo una fantasía. Quiero cogerte en un lugar público. Donde nos puedan ver. Donde otros puedan disfrutar del espectáculo.

Esme levantó una ceja, interesada. —¿Como dónde?

—No sé. Un club swinger, tal vez. O un cine porno. O simplemente un lugar donde haya riesgo de que nos descubran. La adrenalina de ser vistos, de que otros nos miren mientras te cojo, de que vean cómo te poseo...

—Me gusta la idea —dijo ella, mirándome—. ¿A ti?

—Me encanta —respondí—. Verte cogiendo mientras otros miran... sería increíble. Verte exhibirte, mostrar lo puta que puedes ser, mostrarle a todos cómo disfrutas de la verga de otro.

—Lo haremos —dijo Alejandro—. Pero primero, terminemos esta noche como se debe.

Se incorporó y tomó a Esme en sus brazos, colocándola de rodillas en la cama, su culo en alto, ofreciéndose completamente. Buscó el lubricante en su bolsa y lo aplicó generosamente en su verga y luego en el culo de Esme, masajeando suavemente el esfínter con sus dedos, introduciéndolos uno a uno para prepararla, para asegurarse de que estuviera lista.

—Relájate —dijo, su voz calmada—. Respira hondo. Confía en mí. No voy a lastimarte.

Esme respiró profundamente mientras Alejandro alineaba la cabeza de su verga con su culo. La presión fue inmediata, intensa. Esme apretó los ojos, sus manos aferrándose a las sábanas, un gemido escapando de sus labios mientras sentía esa cabeza enorme presionando contra su entrada más apretada.

—Respira —repitió Alejandro—. Empuja como si quisieras sacar algo. Relaja el esfínter. Déjame entrar.

Ella obedeció, y la cabeza comenzó a penetrar. Esme gimió, un sonido ahogado de dolor y placer mezclados, pero no pidió que parara. Al contrario, empujó hacia atrás, buscando más.

—Ya pasó la cabeza —dijo Alejandro, jadeando—. La parte más difícil ya pasó. ¿Cómo te sientes? ¿Duele mucho?

—Llena —jadeó ella—. Me siento tan llena. Es diferente... duele un poco, pero me gusta. Sigue. Quiero sentirte todo.

Alejandro comenzó a moverse, embestidas cortas y profundas, dando tiempo a que el cuerpo de Esme se adaptara a la invasión. Ella gemía, sus ojos cerrados, su cuerpo tenso, pero relajándose gradualmente a medida que se acostumbraba a la sensación de ser abierta de esa manera.

—¿Te gusta? —pregunté, acariciando su espalda, sintiendo el sudor en su piel.

—Sí —susurró ella—. Sí me gusta. Sigue, Alejandro. Cógeme el culo. Hazme tuya también por ahí.

Él aceleró el ritmo, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando, llenando la habitación. Yo me coloqué frente a Esme, mi verga cerca de su boca. Ella la tomó y comenzó a chuparla, su lengua recorriendo mi glande mientras Alejandro la penetraba por detrás, sus embestidas cada vez más profundas, más seguras.

—Esto es increíble —dijo Alejandro, jadeando—. Tu esposa es increíble. Su culo está tan apretado... nunca había sentido algo así. Es como si me estuviera estrujando.

—Disfrútalo —dije—. Se está dando toda para ti. Es su primera vez con una verga tan gruesa en el culo. Te está dando un regalo.

—Lo sé —respondió él—. Y lo valoro. Lo estoy disfrutando como si fuera la última vez.

—Te voy a llenar el culo de leche —gruñó Alejandro, su voz cargada de deseo—. ¿Quieres eso, Esme? ¿Quieres que te llene el culo de semen? ¿Quieres sentir mi leche caliente dentro de ti?

—Sí —gimió ella, soltando mi verga por un momento—. Quiero. Lléname el culo. Quiero sentir tu leche caliente dentro de mí. Quiero que me marques por dentro.

Su orgasmo fue intenso, su cuerpo temblando mientras eyaculaba profundamente dentro de su culo. Esme gimió, sintiendo el calor de su semen llenándola, y eso fue suficiente para que yo también me viniera, disparando mi leche en su boca mientras ella seguía chupándome, tragando cada gota.

Cuando terminamos, los tres caímos sobre la cama, jadeando, cubiertos de sudor y semen, nuestros cuerpos entrelazados en un montón de extremidades y satisfacción.

—Puta madre —dijo Alejandro, riendo entre dientes—. Eso fue... increíble. De las mejores noches de mi vida.

—Nunca había hecho algo así, con una verga tan gruesa —dijo Esme, su voz ronca—. Pero me encantó. Me encantó cada segundo. Cada sensación.

—Eres una mujer increíble —dijo Alejandro, besando su frente—. Y ustedes dos son una pareja increíble. La confianza, la comunicación, la entrega... es algo que pocas personas tienen.

—Gracias —dije, sintiendo una oleada de orgullo—. Hemos trabajado duro para llegar a este punto de confianza y comunicación.

—Se nota —respondió él—. Y espero poder seguir siendo parte de esto.

Nos quedamos en silencio por un largo momento, recuperando el aliento, disfrutando la cercanía. Luego, Alejandro se incorporó lentamente y comenzó a vestirse, sus movimientos pausados, como si no quisiera que la noche terminara.

—Tengo que irme —dijo—. Mi esposa me espera. Pero esta noche no la olvidaré.

—Gracias por esta noche —dije, estrechando su mano—. Fue perfecta. Más de lo que esperábamos.

—Gracias a ustedes —respondió él, besando a Esme en los labios, un beso largo y profundo que selló la complicidad entre ellos—. La próxima vez, trae tu cámara. Me gustaría que tuvieras un recuerdo de cómo cojo a tu esposa. Quiero que puedas verlo una y otra vez.

—Lo haré —respondí, una sonrisa torcida en mi rostro—. Y quiero fotos. Muchas fotos. De ella mamando tu verga, de ti penetrándola, de ella llena de tu leche.

—Todo lo que quieras —dijo Alejandro, sonriendo—. Todo lo que quieras.

Cuando la puerta se cerró tras él, Esme y yo nos quedamos en silencio por un momento, el eco de sus pasos alejándose por el pasillo. Luego, ella se giró hacia mí, sus ojos brillando con una luz que no había visto antes.

—¿Valió la pena? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Cada segundo —respondió ella, besándome con una pasión renovada—. Cada maldito segundo. Y esto es solo el principio, Sam. Esto es solo el principio.

La abracé con fuerza, sintiendo su calor, su olor, su presencia. El amante de mi esposa había llegado para quedarse, y yo no podía estar más feliz. Porque en esa habitación de hotel, entre sábanas revueltas y cuerpos sudorosos, habíamos encontrado algo más que un amante: habíamos encontrado un cómplice, un compañero de aventuras, alguien que entendía y compartía nuestros deseos más profundos.

Y lo mejor de todo era que la noche apenas había terminado. El futuro se abría frente a nosotros, lleno de promesas de más placer, más complicidad, más aventuras con el amante de mi esposa.

………………………… Continúa en capítulo 3 …………………………..