Capítulo 4: El club swinger y la exhibición pública
Las semanas posteriores a aquella noche en el hotel fueron un torbellino de deseo y planificación. Esme no podía dejar de hablar del club swinger. Cada noche, mientras cenábamos o veíamos televisión, ella encontraba la manera de traer el tema a colación.
—He estado investigando —me dijo una tarde, mientras navegaba en su laptop—. Hay un club llamado "Ocaso" que tiene muy buenas referencias. Es privado, discreto, y la gente que va es de buen nivel.
Me acerqué a mirar la pantalla. La página web mostraba fotos de un lugar elegante, con luces tenues, muebles de cuero, y una atmósfera que prometía placer sin límites. Había testimonios de parejas que hablaban de noches inolvidables, de libertad sexual, de experiencias que fortalecían la relación.
—¿Ya hablaste con Alejandro? —pregunté.
—Todavía no. Quería primero ver si a ti te parecía bien.
—Me parece perfecto. Después de lo del hotel, después de ver cómo te exhibías en el bar, sé que esto te va a encantar. Y a mí también.
Ella sonrió y llamó a Alejandro. La conversación fue corta pero cargada de expectativa. Pude escuchar la emoción en su voz mientras hablaba, la forma en que sus ojos se iluminaban al describir el lugar.
—Alejandro está emocionado —dijo Esme, colgando—. Dice que siempre ha querido ir a un club swinger pero nunca había tenido la pareja adecuada para hacerlo.
—Somos la pareja adecuada —respondí, besándola—. Somos la puta pareja perfecta para esto.
El sábado siguiente, después de una semana de anticipación que casi me volvía loco, nos preparamos para la noche. Pasé la tarde cargando baterías, limpiando lentes, preparando tarjetas de memoria. Esme, por su parte, se arregló con una dedicación casi ritual. Se bañó lentamente, se depiló con esmero, se hidrató todo el cuerpo con una loción que olía a vainilla.
Eligió un vestido negro, corto, de esos que parecen diseñados para ser arrancados. El escote era profundo, mostrando la curva de sus pechos, y la tela se adhería a su cuerpo dejando ver su silueta. Debajo, solo llevaba un body de encaje que dejaba sus pezones al descubierto y una tanga que era más un adorno que otra cosa. Sus tacones negros, altos y delgados, alargaban sus piernas hasta el infinito.
—Esta noche quiero que todos me vean —dijo ella, ajustándose el vestido frente al espejo—. Quiero que todos los hombres del club piensen que estoy disponible. Que soy una puta que viene a que la cojan.
—Lo sabrán —dije, abrazándola por detrás—. En cuanto te vean, lo sabrán.
Alejandro nos recogió en el hotel donde habíamos quedado. Llevaba un traje negro, elegante, con la camisa blanca abierta mostrando su pecho velludo y una cadena de oro que brillaba bajo la luz. Olía a un perfume caro y a pura testosterona. Cuando vio a Esme, sus ojos se oscurecieron
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