Capítulo 4: Compartida

La semana siguiente fue diferente. Lucía había dicho que ella iba a organizarlo. Que ella elegiría a los hombres. Que ella decidiría cómo. Y yo solo miraría, hasta que ella dijera que podía unirme.

Me mandó un mensaje el lunes: "El viernes. Ten listo el motel. Pero no el Venus. Uno mejor. El Motel Real, en Roma Norte. Habitación con cama grande y sofá. Te mando los detalles." Respondí: "¿Cuántos?" Ella: "Dos. Yo los elijo. Tú solo mira."

El Motel Real era mejor que el Venus. Más caro, más limpio, más discreto. Habitaciones con camas king size, sofás, espejos en el techo y en las paredes. Baño con regadera grande. Bar. Luz tenue. Todo pensado para el sexo. Pagué por la noche. Reservé la suite. Me senté en el sofá con un whisky y esperé.

Llegué a las ocho. Me senté. Bebí. Pensé en lo que iba a pasar. En lo que iba a ver. En lo que iba a sentir. Mi hija, con dos hombres, siendo cogida mientras yo miraba. Dos vergas en ella. Dos bocas en sus chiches. Dos pares de manos en su cuerpo. Y yo, sentado en un sofá, viendo. Masturbándome. Disfrutando.

Me masturbé antes de que llegaran. No podía aguantar. La idea de lo que iba a pasar me tenía loco. Me vine en el baño, me lavé, me senté otra vez en el sofá. Me masturbé otra vez. Me vine otra vez. Me lavé otra vez. Me senté otra vez. Era un puto adolescente con la verga en la mano.

A las nueve escuché tocar. Tres veces. Esta vez era diferente. Abrí.

Lucía entró primero. Detrás de ella, dos hombres. Uno era alto, moreno, atlético, como de treinta años. Traía camiseta negra y jeans. El otro era más bajo, robusto, como de cuarenta, con barba y cabeza rapada. Los dos se veían en buena forma. Los dos se veían como hombres que sabían coger.

—¿Papá? —dijo Lucía, usando ese nombre frente a ellos sin pudor.

—¿Quiénes son? —pregunté.

—Él es Alejandro —dijo, señalando al alto—. Y él es Marco —señaló al robusto—. Son escorts masculinos. Los contraté. Cobran por hora. Y son buenos. Muy buenos.

—¿Escorts masculinos?

—Sí. Los encontré en una página. Los entrevisté. Les dije lo que quería. Les dije que mi padre iba a mirar. Les dije que era un fetiche de nosotros. No les importó. Les pagaré bien.

Los dos hombres me miraron. No parecían incómodos. Al contrario. Se veían tranquilos, profesionales. Alejandro me dio la mano. Marco asintió con la cabeza.

—¿Está listo, señor?