Capítulo 5: La orgía de la puta de papá
Las dos semanas siguientes fueron las más largas de mi vida. Lucía se dedicó a organizarlo todo con una meticulosidad que me sorprendió. No era la misma chica que había entrado a esa página de escorts dos años atrás. Era una profesional. Una puta profesional que sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo.
Me mandaba mensajes todos los días con avances. "Entrevisté a tres hoy. Uno no sirve. Los otros dos son buenos. Vergas grandes. Saben coger." O: "Encontré uno que ya me ha cogido antes. Es cliente recurrente. Le dije que esta vez sería diferente. Que habría otros. Y que mi padre iba a estar. Le excitó." O: "Ya tengo seis confirmados. ¿Quieres que busque dos más?"
Le respondí: "Ocho. Como dijimos. Que cuatro sepan que eres mi hija. Que cuatro no sepan. Los que sepan, que sepan que voy a mirar y que voy a unirme al final."
"Sí, papá. Como quieras."
Me mandó fotos de cada uno. Rostros, cuerpos, vergas. Los elegía como quien elige fruta en el mercado. Los medía, los evaluaba, los comparaba. Me mandó un mensaje: "El que se llama Fernando tiene la verga más grande de todos. Veintitrés centímetros. Te va a encantar ver cómo me lo mete." Otro: "El que se llama Ricardo es el que ya me ha cogido antes. Sabe que eres mi padre. Le dije. Le excitó. Dijo que siempre había tenido fantasía de cogerse a la hija delante del padre."
Me masturbé cada noche con los mensajes. Con las fotos. Con la idea de lo que iba a pasar. Ocho hombres. Ocho vergas. Mi hija siendo cogida por ocho desconocidos mientras yo miraba. Y después, uniéndome. Besándola. Cogiéndola. Siendo el último.
Pero había algo más. Algo que no me atrevía a confesar ni a mí mismo. Algo que me había dado vueltas en la cabeza desde la vez anterior, desde que vi a Lucía con Alejandro y Marco. No solo quería verla. No solo quería unirme al final. Quería ofrecerla. Quería ser yo quien la entregara. Quería decirles a los hombres: "Aquí está mi hija. Cójansela. Es de ustedes." Esa idea me excitaba más que nada. Más que cogerla. Más que besarla. Más que todo. La idea de ofrecer a mi hija a otros hombres. De entregarla. De compartirla. De decirles que era mi hija y que se la cogieran. Era lo más perverso que podía imaginar. Y lo más excitante.
No le dije nada a Lucía. No todavía. Quería ver cómo me sentía en el momento. Quería ver si la excitación me llevaba a hacerlo. Quería ver si era real o solo una fantasía.
La fecha era el viernes. El Motel Real, suite presidencial. La misma habitación que la vez anterior, pero más grande. Cama king size. Sofá amplio. Espejos en el techo y en las paredes. Bar. Luz tenue. Todo pensado para el sexo. Pagué por toda la noche. Reservé desde las siete de la tarde hasta las diez de la mañana.
Llegué a las siete. Me senté en el sofá. Pedí un whisky. Empecé a beber. El corazón me latía rápido. La verga me latía rápido. Todo me latía. Estaba ne
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