Capítulo 5: El hogar profanado
Las semanas posteriores a la noche en el club swinger fueron de una intimidad renovada entre Esme y yo. Había algo en verla ser poseída por tantos hombres que fortalecía nuestro vínculo de una manera que nunca habría imaginado. Cada noche, antes o después de hacer el amor, veíamos los videos y fotos que había tomado, y nos masturbábamos juntos mientras revivíamos cada momento. Esme se excitaba especialmente al verse en la pantalla, su cuerpo siendo poseído por desconocidos, su panocha abierta y llena de semen de múltiples hombres.
Pero Alejandro tenía otros planes. Una tarde, mientras Esme estaba en la ducha, recibí una llamada suya.
—Sam —dijo, su voz grave y seria—. Quiero llevar esto al siguiente nivel. Me gustaría ir a su casa.
Sentí un nudo en el estómago. Nuestra casa era nuestro santuario, el lugar donde habíamos construido nuestra vida juntos. Las paredes guardaban años de recuerdos: nuestras primeras navidades juntos, las cenas con amigos, las noches de películas en el sofá. Dejar que Alejandro entrara allí, que profanara ese espacio sagrado...
—¿Por qué?, ¿A qué te refieres exactamente? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
—Porque quiero poseerla en su propio territorio. Quiero que cada rincón de su hogar recuerde que yo he estado allí. Quiero que cuando miren su cama, recuerden cómo la cogí. Quiero que cuando se sienten en su sofá, recuerden cómo la hice gemir. Quiero que cuando cocinen en su cocina, recuerden cómo la penetré sobre la encimera.
—¿Y Esme? ¿Lo sabe?
—Todavía no. Quería hablarlo contigo primero. Pero sé que ella querrá. Le excitará la idea de ser poseída en su propio hogar. He visto cómo miraba alrededor del club, imaginando cómo sería tener todo eso en su propia casa.
—Dame un día para pensarlo.
—Claro. Pero Sam... te aseguro que esto va a pasar, tengo el presentimiento. Además, es el siguiente paso natural. No puedes tener una aventura así y mantener tu hogar como un espacio virgen. Tarde o temprano, él amante tiene que reclamar su territorio (por así decirlo). Es como un lobo marcando su manada.
Colgué y me quedé mirando la pared, mi mente dando vueltas. Esa noche, después de cenar, se lo conté a Esme. Estábamos sentados en el sofá, una copa de vino cada uno, la luz tenue de la lámpara creando sombras en la sala.
—¿Qué te parece? —pregunté, nervioso, mis dedos jugueteando con el borde de la copa.
Ella sonrió, una sonrisa lenta y lasciva que conocía bien, esa sonrisa que aparecía cuando una fantasía
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