Lucía se despertó lentamente, envuelta en la calidez de las sábanas revueltas y el aroma familiar de su propia excitación mezclada con el semen seco de la noche anterior. El sol de la mañana entraba tímido por las cortinas entreabiertas, pintando rayas doradas sobre su cuerpo desnudo: tetas grandes y pesadas descansando sobre su pecho, pezones todavía sensibles y ligeramente enrojecidos; cintura marcada que se curvaba hacia caderas anchas; ese culo en forma de corazón perfecto alzado ligeramente por la almohada que había abrazado mientras dormía. Entre sus muslos, sentía la humedad persistente, los labios vaginales hinchados y pegajosos por los fluidos de William y sus propios orgasmos repetidos.

Oyó la puerta de la habitación abrirse con suavidad. No necesitó abrir los ojos para saber que era él. El colchón se hundió a su lado, el calor de su cuerpo acercándose como una promesa. William se inclinó sobre ella, su aliento cálido rozando primero su cuello, luego la oreja.

—Buenos días, mami… —susurró con esa voz grave que siempre le erizaba la piel.

Empezó con besos suaves: uno en el lóbulo de la oreja, succionándolo ligeramente; otro en la curva del cuello, dejando que la lengua trazara un camino lento y húmedo hasta la clavícula. Lucía suspiró, fingiendo aún dormir, pero su cuerpo ya la traicionaba: los pezones endureciéndose al instante, un pulso cálido despertando entre sus piernas.

William bajó más. Besó el valle entre sus tetas, inhalando su aroma a mujer excitada y a jabón de la noche anterior. Tomó uno de los pezones en la boca, succionándolo con ternura al principio, luego con más hambre: lengua girando alrededor del botón duro, dientes rozando apenas lo suficiente para hacerla arquear la espalda sin querer. La otra teta recibió la misma atención de su mano grande: amasándola, apretándola, pellizcando el pezón hasta que Lucía dejó escapar un gemido bajito que ya no pudo contener.

—Despierta, ma… sé que ya estás mojada para mí —murmuró contra su piel, bajando besos por su abdomen plano, deteniéndose en el ombligo para lamerlo en círculos juguetones.

Lucía abrió los ojos por fin, sonriendo con picardía mientras lo miraba desde arriba.

—Buenos días, hijito travieso… ¿así es como despiertas a tu mami ahora? —susurró, enredando los dedos en su cabello para guiarlo más abajo.

William no necesitó más invitación. Separó sus muslos con manos firmes, exponiendo la vulva depilada y brillante de jugos frescos. La miró un segundo, como si fuera lo más hermoso del mundo, y luego atacó: lengua plana lamiendo desde el perineo hasta el clítoris en un trazo largo y lento, saboreando la mezcla de sus fluidos de la noche anterior. Lucía jadeó alto, las caderas alzándose instintivamente hacia su boca.

—Ahhh… sí, hijo… come a mamita… lame todo lo que dejaste dentro anoche…

Él obedeció con devoción. Chupó el clítoris hinchado como si fuera un caramelo, succionando con fuerza intermitente mientras dos dedos se colaban en su vagina empapada, curvándose para rozar ese punto sensible que la hacía temblar. Lucía gemía sin control, las tetas