Daniel se levantó con el cuerpo aún pesado por el sueño y por la erección que se había negado a ceder del todo. Se lavó la cara con agua fría en el pequeño lavabo de sus aposentos, se pasó las manos húmedas por el cabello y se vistió con la sotana negra de todos los días. El crucifijo sobre la cama lo observaba en silencio mientras él ajustaba el cinturón y se aseguraba de que la tela cayera lo más recta posible.
Salio a la iglesia. Abrió las puertas de par en par para que cualquiera pudiera entrar a orar, a encender una vela o a confesarse. Barrió el polvo de los bancos, acomodó los misales, repuso el aceite de las lámparas y limpió el altar con movimientos metódicos. Después se sentó en el despacho con un volumen de teología moral abierto frente a él, aunque las palabras se le escapaban. El recuerdo de la mujer de ojos rojos y de aquella mano soñada que había rozado su miembro seguía demasiado fresco.
Pasó un buen rato en el que nadie apareció. El silencio de la capilla era casi absoluto, roto solo por el crujido ocasional de la madera vieja y el canto lejano de algún pájaro.
Entonces se oyó el chirrido de la puerta.
Una joven entró. Daniel levantó la vista desde el escritorio y la observó a través de la abertura de la sacristía. Tenía dieciocho años recién cumplidos; se notaba en la frescura de la piel, en la manera todavía un poco insegura de moverse, en esa mezcla de inocencia y de algo que empezaba a despertar. Era alta para su edad, de cintura estrecha y caderas que ya empezaban a redondearse bajo el vestido sencillo de tela clara.El pecho, firme y generoso para su juventud, se marcaba suavemente con cada respiración. El cabello castaño claro le caía suelto hasta la mitad de la espalda, algo revuelto por el viento. El rostro era de una belleza casi delicada: pómulos altos, labios carnosos y de un rosa natural, y unos ojos grandes, de un verde claro que contrastaba con la piel morena suave. Tenía esa expresión de quien aún no ha aprendido a esconder del todo lo que siente. Se inclinó ante la cruz del altar con un gesto torpe, se santiguó y permaneció un momento de pie, mordiéndose el labio inferior. Se la veía afligida.
Daniel se levantó, acomodó la sotana y entró en el confesionario. La madera olía a barniz y a años de secretos. Se sentó en el lado del sacerdote, separó la cortinilla interior y esperó.
La joven no tardó. Escuchó el roce de la tela al arrodillarse al otro lado de la rejilla tallada. El protocolo era antiguo y simple: el penitente se arrodilla, se santigua, y suele comenzar con las palabras rituales. Daniel esperó.
—Ave María Purísima… —murmuró ella con voz temblorosa.
—Sin pecado concebida —respondió él, como marcaba la costumbre—. Adelante, hija. Puedes confesarte. No temas.
Hubo un silencio. Después la voz de la muchacha, baja, casi avergonzada:
—Señor… he pecado. Y me siento muy mal por ello.
Daniel apoyó los dedos contra la frente, respirando despacio.
—Dime. No te juzgaré. Cuéntame todo. Forma parte del sacramento. Habla con sinceridad.
Ella tragó saliva. La rejilla dejaba ver apenas la sombra de su rostro y el temblor de sus labios.
—Padre… hoy vi a mi papá mientras se bañaba. La puerta estaba entreabierta. Él… jalaba su cosa. Yo nunca había visto un pene de verdad. Era grande, padre. No me cabría en una sola mano. Él jadeaba, con la cabeza echada hacia atrás, y yo me quedé hipnotizada mirando. Sentí un calor raro en el vientre… abajo. Cuando él terminó y se quedó quieto, salí sin hacer ruido. Pero la tentación de tocarme fue muy fuerte. Aguanté horas.
La voz se le quebró un poco.
—En la noche la puerta de la habitación de mis padres quedó abierta. Los vi. Él introducía su cosa dentro de mi mamá. Ella le gritaba «más… más…» y hacían sonidos obscenos, húmedos, profundos. Me acerqué. Me bajé el vestido y la ropa interior… y me toqué mientras los miraba. Me gustó, padre. Me gustó mucho. Pero ahora me carcome el alma. He pecado.
El silencio dentro del confesionario se volvió denso. Daniel sentía el corazón golpeándole en las sienes y, más abajo, la sangre embistiendo con fuerza su miembro. La imagen que la joven acababa de describir se le había clavado detrás de los ojos: el padre de ella, el grueso pene siendo masturbado, después enterrándose en la madre, los gemidos, y la muchacha de dieciocho años arrodillada en la oscuridad, con los dedos entre las piernas, el vestido acumulado en la cintura, los labios entreabiertos de placer.
Forzó la voz para que sonara firme.
—Hija… lo que has hecho es grave. Has violado la intimidad de tus padres. Has convertido un acto que pertenece solo al matrimonio en espectáculo para tu propia lujuria. La Escritura es clara. En el libro del Levítico se nos advierte contra descubrir la desnudez de aquellos a quienes debemos respeto. San Pablo, en su carta a los Corintios, dice que el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor. Y en Mateo se nos recuerda que cualquiera que mira con deseo ya adulteró en su corazón.
Hizo una pausa, respirando hondo. La sotana empezaba a resultarle demasiado estrecha en la entrepierna.
—Has dejado que la concupiscencia entre en ti. Has tocado tu propio cuerpo buscando el placer que viste en ellos. Eso es pecado de lujuria y de desobediencia a la pureza que Dios pide. Debes arrepentirte de verdad, no solo de palabras.
La joven sollozó bajito al otro lado.
—Sí, padre… lo siento tanto.
Daniel cerró los ojos un instante. La imagen de ella bajándose la ropa interior seguía quemándole la mente.
—Como penitencia —continuó, la voz un poco más ronca—, rezarás durante siete noches el rosario completo de rodillas sobre el suelo duro, sin alfombra. Cada noche, antes de dormir, leerás el capítulo sexto de la Primera Carta a los Corintios y meditarás sobre la pureza del cuerpo. Y durante una semana no tocarás tu carne con deseo. Si la tentación vuelve, te santiguarás y rezarás tres padrenuestros de inmediato. ¿Lo aceptas?
—Sí, padre —susurró ella—. Lo acepto.
—Entonces yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ve en paz… y no vuelvas a caer.
Se escuchó el roce de la tela al levantarse. La joven salió del confesionario. Daniel permaneció sentado unos segundos más, con las manos apretadas sobre los muslos. Cuando por fin se atrevió a mirar hacia abajo, la sotana formaba una tienda de campaña vergonzosa y tensa. Su miembro, grueso y completamente erecto, apuntaba hacia arriba con una urgencia casi dolorosa. Veinte centímetros de carne dura latían contra la tela negra. Tuvo que morderse el interior de la mejilla y forzar la mente hacia el crucifijo, hacia cualquier imagen santa, pero lo único que lograba ver era el rostro inocente y al mismo tiempo excitado de la muchacha de ojos verdes, los labios entreabiertos, los dedos resbalando entre sus propios pliegues mientras miraba a sus padres.
Estaba intentando acomodarse la sotana y recuperar el aliento cuando oyó de nuevo el chirrido de la puerta principal.
Alguien más entraba.
Pasos seguros, el roce de una falda. Y entonces, a través de la rejilla entreabierta del confesionario, reconoció la silueta. Era ella: la mujer del escote pronunciado de la primera misa. La de los pechos pesados y la sonrisa lenta. Se arrodilló al otro lado sin dudar, y su perfume —más intenso, más adulto— llenó el pequeño espacio de madera.
Daniel tragó saliva. El pene seguía duro como piedra bajo la sotana.
La segunda confesión del día estaba a punto de comenzar.
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