Mi cuarto estaba en silencio, pero mi corazón era un tambor guerrero.
Cada latido era un grito que decía "por favor, que venga".
Me había quitado los jeans y la camiseta, y me había quedado solo en calzoncillos.
Me senté en el borde de la cama, con las manos temblando sobre mis rodillas.
El aire era denso, cargado con la promesa de los correos que acabábamos de intercambiar.
¿Y si era una broma? ¿Y si se arrepentía?
Entonces, oí el click de su cerradura.
Se había abierto la puerta de su cuarto.
Oí sus pasos en el pasillo.
No eran los pasos habituales de un padre que va al baño.
Eran lentos, deliberados.
Se detuvieron frente a mi puerta.
Mi respiración se cortó.
La puerta se abrió lentamente.
Y allí estaba él...Mi padre...
Estaba exactamente como yo lo había soñado mil veces. Solo con su slip. Un slip blanco de algodón, gastado y ajustado, que parecía una segunda piel sobre su cuerpo. Y el bulto... Dios, el bulto. Era enorme, masivo, colgando pesadamente a un lado, una promesa de poder y de carne que se dibujaba con una claridad obscena bajo la tela delgada. Sus piernas peludas y fuertes, su velludo pecho, su barriga de hombre maduro... era un dios de la fertilidad, y me estaba mirando.
No dijo nada. Simplemente se quedó en el umbral, con una expresión que no podía descifrar. ¿Era duda? ¿Era morbo? ¿Era hambre?
—Emiliano... —dijo al fin, su voz un murmullo grave y ronco.
Yo no pude hablar. Solo asentí, con los ojos clavados en su entrepierna.
Él lo entendió. Dio un paso hacia adentro y cerró la puerta a sus espaldas. El click del cerrojo sonó como el disparo de salida de una carrera que había esperado toda mi vida.
Se acercó lentamente a la cama. Mi cuerpo entero temblaba. Me sentía pequeño, frágil, una ofrenda en el altar de ese hombre
Se detuvo frente a mí. Su bulto estaba ahora a la altura de mi cara. Podía oler su olor, a hombre, a trabajo, a mi padre. Era una fragancia embriagadora.
—¿Es esto lo que querías, hijo? —susurró, y se pasó una mano por su entrepierna, rozando el paquete—. ¿Ver esto?
Asentí, con los ojos llenos de lágrimas de pura emoción.
—Sí, papá. Desde siempre.
Él se agachó, poniéndose a mi altura. Me miró a los ojos.
—Nunca... nunca he hecho esto con un hombre. ¿Y tú?..¿eres virgen?
— No, no soy virgen, papá pero quiero que tu seas el único de ahora en adelante.
Una especie de gruñido bajo escapó de su garganta. Era el sonido de la última barrera de su resistencia rompiéndose en mil pedazos.
—Entonces... tócalo —dijo, su voz llena de una autoridad que me hizo estremecer—. Toca lo que tanto deseas.
Mi mano, moviéndose con una voluntad propia, se levantó y se posó sobre el slip de mi padre. Sentí el calor de su piel a través de la tela. Sentí el peso de su paquete, la forma de su pene, que empezaba a endurecerse bajo mi toque. Lo palpé con reverencia, con una devoción casi religiosa. Era más grande y pesado de lo que había imaginado. Era perfecto.
—Sí, hijo... así... —gruñó él, recostándose en mis manos—. Mueve la mano.
Empecé a pajearlo, lentamente, sintiendo cómo crecía y se ponía tieso, una barra de acero caliente envuelta en algodón. La cabeza de su pene se asomaba por la banda elástica del slip, roja, húmeda y poderosa.
—Sácalo —ordenó.
Con dedos temblorosos, bajé el elástico del slip. Su pene saltó libre, golpeándome casi en la cara. Era una bestia. Grande, grueso, con venas prominentes y un vello oscuro y rizado en la base. Era la cosa más hermosa que había visto en mi vida.
—Chúpalo, puto —dijo mi padre, y la palabra "puto" sonó en mi oído como la más dulce de las canciones—. Chupa la verga de tu padre.
Me incliné y, con los ojos cerrados, la metí en mi boca. El sabor era salado, masculino, real. Me llenó por completo, estirando mis labios hasta el límite, golpeando el fondo de mi garganta. Me agarró de la cabeza y empezó a moverse, a follarme la boca con una lentitud brutal, enseñándome, usándome, mientras yo acariciaba sus enormes testiculos cargados de semen...
Después de un rato, me empujó suavemente.
—Basta. Acostate boca abajo.
Me moví con la rapidez de un rayo, me tumbé en la cama, con la cara enterrada en la almohada, esperando. Sentí cómo cogia el slip que yo aún llevaba puesto, cómo me lo bajaba de un tirón, dejándome desnudo y expuesto. Sus manos me agarraron las nalgas, separándolas.
—Qué culo más bonito, hijo y todo para mí.
Escupío. Sentí su saliva fría y húmeda en mi ojete. Como me metió un dedo y más saliva y luego, la presión de la cabeza de su pene.
Era enorme, demasiado grande. Un dolor agudo e intenso me recorrió cuando empezó a entrar. Grité contra la almohada.
—Aguántate, puto —gruñó él—. Esto es lo que querías.
Siguió empujando, clavándose dentro de mí una pulgada cada vez. El dolor era insoportable, porque su pene era enorme, pero mezclado con un placer tan profundo, tan anhelado, que no quería que parara. Finalmente, sentí sus peludas bolas contra mi piel. Estaba dentro. Me había roto.
Se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrar. Luego, empezó a moverse. Lentamente al principio, luego más rápido, con embestidas profundas y rítmicas que me hacían ver estrellas. Cada golpe me llenaba, me poseía, me convertía en su putita.
—Eres mío, ¿entendido? —gruñia—. Este culo es mío. Nadie más lo va a tocar. Solo yo.
—Sí, papá... tuyo... solo tuyo... —logré decir entre gemidos.
El ritmo se hizo frenético. La cama golpeaba la pared. El olor a sudor y a sexo llenaba la habitación. Yo estaba en el cielo, en el infierno, en el lugar exacto donde siempre había soñado estar.
Sentí cómo su cuerpo se tensaba y, con un rugido animal, empezó a correrse dentro de mí. Una explosión de calor inundó mis tripas, sentía como su pene latía dentro de mi recto y con cada latido me metía más semen, hasta que descargo todo el contenido de sus enormes testiculos dentro de mi y con su semen, me marcó como suyo para siempre. Al mismo tiempo, sin ni siquiera tocarme mi pene, yo también me corrí, un orgasmo tan violento que me dejó temblando y sin aliento, manchando las sábanas con mi propia virginidad.
Se derrumbó sobre mí, pesado y sudoroso. Nos quedamos así, unidos, en silencio, escuchando cómo se calmaban nuestros alientos.
Él se retiró lentamente y se acostó a mi lado. Me giró para mirarlo. Su cara ya no era la de un hombre estricto. Era la de un amante satisfecho. Me pasó un brazo por encima me apretó contra su cuerpo peludo, abarcó mi boca con la suya y me metió toda su lengua dentro. Yo se la chupé y tragaba su saliva. Fue un beso profundo, como si me estuviera follando también con su lengua. Fue un beso largo, con el que sellamos definitivamente nuestra nueva relación.
—Ahora sí, hijo —susurró en mi oreja—. Ahora eres mi putita. Y esto es solo el principio, porque te voy a comer enterito.
Yo no podía estar más feliz y le dije:
- Puedes hacer con mi cuerpo lo que quieras, papá, soy todo tuyo y solo tuyo.
tpreciados2000@gmail.com
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