El traje asfixia y el casco aplasta. Me subo a la plataforma. Un frío metálico se pega a las sienes mientras el mundo desaparece. Un susurro estático satura los oídos.

Una melodía y el logo de AstroCorp brillan a lo lejos. Luego, la oscuridad.

—Para comenzar, indique nombre de usuario —resuena una voz en off.

—Malcom.

Una línea de luz tenue dibuja una puerta entreabierta. La atravieso.

Adentro, una mujer de espaldas. Vestido corto ceñido. Pelo castaño ondulado.

—Hola, Malcom. Bienvenido al universo experimental de AstroCorp.

Se gira. Su voz carece de la prisa de las llamadas de trabajo y del cansancio de las cenas silenciosas.

—Mamá, ¿qué es esto?

—El universo de fantasías eróticas de AstroCorp —responde, acercándose—. Aquí puedes hacer realidad esas fantasías que no te atreves a confesar. En esta versión de prueba puedes elegir entre cuatro fantasías.

Con un gesto, cuatro puertas idénticas emergen de la nada y giran a nuestro alrededor.

La primera se detiene frente a nosotros y se abre. Olor a bosta y whiskey. Una cantina del viejo oeste. Arriba, en un dormitorio, está mi madre, recostada en la cama, besando a una joven rubia de pechos expuestos.

—Esta es la fantasía en el oeste. ¿Quieres unirte a nosotras, Malcom? —pregunta.

—N-no —digo, perturbado.

La puerta se cierra y sigue girando. La segunda puerta se abre y detrás se ve una sala gótica de piedra y tapices rojos. Antorchas iluminan distintos tipos de elementos de tortura.

Ahora mi madre viste un corsé de cuero negro y balancea una fusta de múltiples hebras.

—Esta es la sala de la sumisión. ¿Quieres disciplinarme, mi Lord? ¿Os gustaría castigarme hasta hacerme sangrar?

Me impresiona ver la imagen de mi madre en ese rol.

—¡No!

La puerta se cierra y se abre otra. Calor denso, agobiante. Una selva. Ella me espera casi desnuda junto a un río de agua estancada.

—¿Quieres inundarme con tu poderoso cuchillo, mi Tarzán?

—No, tampoco.

Las puertas giran hasta que la última se detiene frente a mí. Esta vez la imagen me paraliza. Mi madre lleva vaqueros gastados y una remera blanca de algodón. El pelo recogido en un rodete simple. Es ella. La que cruzo en la cocina cada mañana. La que me sirve el desayuno.

—Esta, Malcom, es una fantasía a tu medida —dice.

Su voz es su voz normal, cruda, doméstica.

Hace una pausa. Sus ojos perforan los míos con una intensidad asfixiante.

—¿Qué hay aquí, mamá? —le pregunto.

—Todas las fantasías que quieras tener con tu madre.

La puerta central se abre. Al final, la entrada a nuestra casa en el desierto. La atravieso. Afuera, detrás del ventanal, la extensión inabarcable del desierto de Arizona.

Ella está de espaldas, en la cocina. Prepara algo en la mesada, con la postura exacta de cada mañana.

—Mamá, ¿dónde estamos?

Se voltea. Una sonrisa pálida le corta el rostro.

—Ya lo sabes, Malcom —su voz es un murmullo denso—.

El traje se vuelve una segunda piel asfixiante. Un zumbido satura la base de mi nuca, creciendo hasta tapar cualquier otro sonido.

Y entonces, un corte seco.

La luz del desierto virtual colapsa.

Arranco el casco. El aire helado del laboratorio me golpea los pulmones. Las luces fluorescentes parpadean. Mi madre está frente a mí. Brazos cruzados, los nudillos blancos por la fuerza del agarre. En su rostro hay pánico. Y furia.

—Malcom —la voz le tiembla—. ¿Qué viste?

—Yo... no puedo.

—Subamos.

El ascensor asciende en silencio. Del subsuelo al piso principal. La casa, una caja de cristal y acero en medio de la inmensidad. El sol mancha el cielo de naranja. El aire interior es estéril, controlado.

Nos sentamos en el sillón de cuero blanco, de cara al horizonte.

—¿Qué fue todo eso? —pregunto, clavando la vista en el ventanal.

—¿Qué tanto viste? —retruca, recuperando el control.

Resumo el viaje. Las puertas, las versiones de ella. Mis rechazos.

—...llegué a la última puerta. La de casa.

—Es una prueba de concepto —dice, acercando su taza a los labios—. Un proyecto personal. No debías entrar en esa puerta. Ahí está mi fantasía.

—¿Tu fantasía es tener sexo con la abuela?

Una risa seca escapa de su boca.

—No seas tonto. Mi fantasía empezó hace tiempo y tiene que ver contigo.

El silencio pesa. Deja la taza sobre la mesa de cristal.

—No entiendo.

—Empecé a notar manchas duras y amarillentas en tus sábanas. Supe lo que significaban. Al principio sentí orgullo; tenías poluciones a pesar del efecto del virus Omega. Pero el tiempo pasó, y ese orgullo se transformó en curiosidad. Deseaba verte. Fantaseaba con tu tensión, con la forma exacta en la que estabas aprendiendo a tocarte.

—Mamá, eso es privado.

—No digas tonterías. ¿Qué tienes de privado que yo no conozca?

—Bien. Si no hay nada privado... dime. Si la simulación hubiera seguido, ¿qué habría visto?

Camina hasta el ventanal. Sigue con la vista a unos drones de reparto que cortan el sol.

—Las fantasías son solo eso. Las cosas más retorcidas que puedas imaginar.

—Muéstrame.

—No. Es peligroso. Pronto te irás a la universidad.

—Dicen que el gran confinamiento va a durar varios años más. Necesito saber qué piensas si vamos a seguir solos, compartiendo techo.

Gira hacia mí. El aire del living se vuelve de plomo.

—Está bien —concede, bajando la voz—. Pero prométeme algo. Si te sientes incómodo, lo dices y nos detenemos al instante.

—Lo prometo.

—Empecemos por lo básico —dice ella, tomando un delantal blanco y una tablet antes de sentarse frente a mí—. Mi primera fantasía fue verte tocándote. Estudiarte como a uno de mis experimentos.

—¿Quieres estudiarme?

Cruza las piernas.

—Sí. Nunca lo hice. Como tu madre debería haberte pedido que me muestres tus primeras poluciones, pero decidí no meterme. Ahora quiero reparar ese error. Desnúdate.

Mis dedos, torpes e inútiles, pelean contra los botones de la camisa. La tela cede, dejando mi pecho expuesto al aire estéril del salón. El pantalón cae en la alfombra blanca. El aire acondicionado eriza mi piel.

—Tócate —ordena.

Intento, pero estoy demasiado nervioso.

—No puedo.

—Te voy a ayudar —dice, levantando la falda hasta el límite de lo razonable—. Deja de frotarte y piensa. Estás desnudo, en la sala de la casa. Estamos solos, sin nadie a cientos de kilómetros. Tu madre está mirando tu intimidad. Y vas a mostrarle lo más privado que alguien tiene. Dime, ¿qué sientes al pensar que tu mamá va a ver cómo acabas?

Sus palabras logran lo que todos mis movimientos no habían podido. La sangre fluye con violencia contra mi centro, produciendo una dureza palpitante y húmeda. La mano desobedece toda lógica y empieza a moverse sin pudor.

Me estudia con la frialdad de un entomólogo. Registra la vacilación, el temblor en mis manos.

—Describe lo que experimentas. Usa palabras precisas —dice, anotando algo en la tablet—. ¿Qué provoca estar desnudo frente a mí?

La garganta se me cierra.

—Mucha vergüenza.

—Vergüenza —repite en voz baja, marcando la pantalla—. Interesante. Detalla el momento de mayor vergüenza que viviste conmigo.

El golpe me empuja hacia el fondo de mi propia memoria.

—Fue la semana del nuevo sistema de telecomunicación... —la voz se me quiebra y no puedo seguir.

Las palabras se atascan. Ella me observa, trazando círculos lentos en la pantalla de su tablet.

—Te quedaste mudo. Bien. Reconstruyamos el recuerdo juntos —dice—. Tú lo tiraste al piso y lo destruiste. Te ordené que fueras a tu cuarto.

—Me encerré. Estaba descontrolado, pateando los muebles.

—Yo fui al baño —continúa su voz plana—. Abrí el botiquín. Tomé el frasco de Inertium y un vaso de agua. Era lo más fácil. El mundo lleva años confinado, ciudades en escombros y los adolescentes como tú, atrapados en cuerpos que se niegan a madurar con el cerebro inundado de un estrés que los vuelve salvajes. Una sola dosis te habría dejado babeando en la cama, dócil, ausente.

—Pero no entraste con las pastillas.

—No. Las tiré por el inodoro. Decidí que no te merecías eso. Fui al laboratorio y busqué mi maletín.

—Entraste a mi cuarto una hora después. Traías una bata en la mano y el maletín en la otra.

—Te ordené que te quitaras la ropa y te la pusieras.

—Me cambié por inercia sin preguntarte por qué. Te dije que no quería tomar más pastillas, que la cabeza me daba vueltas. Traté de explicarte que no sabía por qué estaba tan agresivo.

—Y yo te aseguré que no iba a drogarte. Te pedí que te acostaras boca arriba en la cama. Te expliqué cómo inventé los trajes de realidad aumentada. ¿Lo recuerdas? Después de estudiar acupuntura durante años, comprendí que es posible alterar la percepción de la realidad clavando pequeñas agujas. Los sensores del traje son solo eso, agujas microscópicas que engañan a la mente para sentir cosas que parecen reales.

—Yo no entendía nada de lo que decías. Solo veía las agujas en el estuche.

—Acomodé la bata para que cubriera bien tu cuerpo. Te dije que estas agujas te iban a curar. Tomé tus manos. La primera aguja entró en el dorso de tu mano derecha. Luego la izquierda.

—Un calambre espeso me subió por los brazos. Los dedos se me durmieron.

—La tercera aguja perforó el centro de tu frente. Justo en el Yintang. Te pregunté cómo estabas.

—Apenas pude asentir. No tenía fuerzas para moverme.

—Desabroché la parte superior de la bata —continúa ella, sin apartar la vista de mis ojos—. La tela se deslizó hacia los lados.

—Clavaste una aguja justo en mi pecho.

—El punto para liberar la angustia contenida. Luego apliqué dos más en los costados, bajo las costillas.

—El aire se me quedó atascado en la garganta. Un cosquilleo denso me recorría la piel desde los hombros hasta la cintura.

Ella asiente y continúa.

—El bloqueo empezaba a ceder. Con los dedos, descorrí los bordes de la bata hasta dejar tu vientre al descubierto. La tela quedó agrupada sobre tus muslos, ocultando apenas tu intimidad.

—Estaba aterrado de lo que ibas a hacer.

—Busqué el punto exacto a dos centímetros de tu ombligo. Te expliqué que iba a trabajar en el Mar de la Energía. Cuando la aguja perforó la piel, arqueaste la espalda.

—Una electricidad espesa bajó de golpe por mi estómago. El calor se volvió insoportable. La sangre abandonó mi cabeza y bajó con violencia hacia mi entrepierna. Mis piernas temblaban bajo el peso de la bata.

—Tu cuerpo estaba reaccionando más rápido que tu mente. El rubor te incendió el cuello y la cara. Tu respiración se volvió superficial. Tomé los bordes de la bata y la abrí por completo. Te flexioné las rodillas y empujé tus muslos hacia los costados. Estabas expuesto. Tu intimidad yacía flácida, pequeña, encogida por la tensión de los músculos.

—La cara me hervía. Apreté los dientes hasta que me dolieron las mandíbulas.

—Bajé la mano derecha. Apoyé la palma, con firmeza, sobre la bolsa relajada que colgaba entre tus piernas. Mi dedo índice descendió. Trazó una línea lenta desde la base de tu miembro, bajando por los pliegues de la piel. Rozó tus testículos y presionó el espacio milimétrico que los separa del ano. Me tomé tiempo escrutando la zona, sus pliegues, el orificio, los músculos. Necesitaba encontrar el meridiano.

—El roce de tu uña me vació los pulmones.

—Mantuve la presión ahí mismo —dice ella, remarcando las palabras—. Te expliqué que ese punto era el Huiyin. La Puerta de la Vida. Coloqué el tubo guía de la aguja. Di un pequeño golpe en el extremo.

—Una descarga eléctrica me atravesó la médula. La espalda se me despegó del colchón.

—El impacto en el nervio rompió la represa. La respuesta parasimpática fue abrumadora —confirma ella, asintiendo—. Líquido preseminal se derramó por la punta, cayendo pesado sobre tu vientre. Con el pulgar y el índice, descorrí tu piel hacia atrás hasta el tope. Dejé el glande expuesto a la luz para examinar la congestión de las venas, manteniendo mi agarre firme sobre la base.

—Te grité que no aguantaba más, retorciéndome en la cama. Estaba muerto de vergüenza y de excitación.

—Mi mano se apiadó y envolvió tu tensión por completo. Tu piel ardía. Mi corazón se retorcía. Necesitaba darte alivio, pero no te podía complacer, no podías perder energía. Sin embargo, movía la mano para darte algo de alivio, lo suficiente para calmar un poco el deseo, pero sin que acabaras. Sin soltar tu dureza, empecé a sacar las agujas con la otra mano.

—Mis caderas cayeron contra el colchón. Estaba exhausto, insatisfecho y humillado.

—Solté tu miembro y levanté mi mano. La palma estaba empapada con tu flujo pegajoso y espeso. Tomé una gasa y te limpié. Tu respiración empezó a estabilizarse y la dureza cedió. Junté los bordes de la bata, la cerré sobre tu cuerpo y te ordené que cerraras los ojos hasta quedar dormido. Nunca más volví a darte una sesión de acupuntura —susurra ella—. ¿Sabes por qué?

—¿Porque el tratamiento funcionó?

Una sonrisa afilada asoma en sus labios.

—Te portaste mejor, sí. Pero no fue por eso. Cuando salí de tu habitación y me lavé el flujo de las manos, descubrí que mi ropa interior estaba empapada. Ver tu humillación bajo las agujas, ver cómo tu miembro palpitaba rogándome un alivio que te negué... me había encendido de una manera brutal. Me obsesioné. Esa noche supe que, si repetía el tratamiento, iba a perder el control y te tomaría ahí mismo.

El mundo pierde gravedad. Mi tortura inconfesa había sido el núcleo de su deseo.

—¿Fue por esa época en que empezaste tu proyecto de las fantasías eróticas? —pregunto, atando cabos.

—Esa tarde comprendí que, con algunos ajustes, el traje podía ser una solución radical a muchos de los problemas de confinamiento. Me enfoqué en el trabajo. Pero la mente exige más, siempre más. Tuve que esforzarme mucho para borrar esa imagen de mis fantasías nocturnas.

—¿Cómo la borraste? —logro articular.

—Quién dice que la borré. Arrodíllate.

Obedezco.

Ella se acerca y se detiene a centímetros de mi cara. Con movimientos calculados, separa las piernas. Sus pulgares se enganchan en la cintura de su ropa interior. La tela cae a sus pies.

Levanta la pollera dejando expuesto el centro depilado. Abre sus pliegues. El olor me golpea. Un aroma oscuro, acre, penetrante. Sudor, tensión acumulada durante horas de trabajo y deseo animal.

Me empuja hacia atrás. Caigo sobre la alfombra con el olor de su intimidad en mi nariz.

Ella me observa desde arriba. La luz roja del atardecer recorta su figura contra el ventanal.

—Mírame —ordena.

Su voz domina el espacio.

Su pie desnudo desciende. El arco de su planta se posa sobre mi dureza. El talón aplasta la base de mi centro. La presión produce un dolor agudo y me clava la espalda contra el suelo.

Sus dedos me envuelven. Retuercen la carne, estiran la piel, raspan la zona más sensible. Un gemido me desgarra la garganta en una rendición absoluta.

Se detiene y recupero el aliento. Se arrodilla a mi lado. Apoya la mano sobre mi intimidad. Un toque suave. Contenedor.

Me dice:

—Esa sesión de acupuntura fue el momento más prohibido y erótico de toda mi vida. Es algo que una madre no debe contarle a su hijo. Pero ahora que nos estamos confesando necesito que me digas en qué piensas cuando te tocas. Sin mentiras.

Las palabras se atascan. El pudor lucha contra el instinto.

Su muslo arde contra el mío. Sus dedos retoman el agarre. La fricción es lenta. Un roce mínimo que enciende cada terminación nerviosa. Mi humedad vuelve a empapar su palma.

—Habla —exige, apretando mi tensión.

—A veces... —la voz sale rota— quisiera que esa sesión de agujas no hubiera sido la única. Estar así expuesto, suplicándote para que tu mano no se detenga.... Esa noche no aguanté. Me quité la ropa y tuve que...

La vergüenza me roba las palabras. Ella continúa por mí:

—¿Te masturbaste, Malcom?

—Sí.

—¿Una sola vez?

Niego.

—¿Y después te seguiste masturbando?

El rojo tiñe mi cara y el aire se me escapa. Pero no puedo mentir.

—Sí.

—¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?

—Anoche.

Sus caricias son constantes, lentas y firmes. Cada tanto estira la piel hasta lo imposible y luego la devuelve a su lugar. El aire abandona mis pulmones y no logro respirar.

—Bien. No has respondido a mi pregunta. ¿En qué piensas cuando te masturbas?

—Pienso... pienso... —Me resulta imposible decirlo en voz alta.

—¿Te masturbas pensando en mí, Malcom?

La mano aprieta y se desliza con suavidad.

—Sí, mamá.

—¿Qué cosas exactamente son las que te ayudan a acabar?

Estira la piel y masajea la zona más sensible con las yemas de los dedos.

—Pienso en ti tocándome. Hurgando con tu uña en el lugar donde luego pusiste la aguja. Me excita pensar que eres tú la que me hace acabar.

—¿Te gusta que tu mamá te masturbe, Malcom? ¿Como estoy haciendo ahora?

Su mano me envuelve y su movimiento es rítmico e implacable. Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. Trago saliva. El pecho sube y baja descontrolado.

—Sí.

—¿Solo eso, Malcom? ¿En todas estas fantasías solo pensaste en mí masturbándote? No te creo.

Sigue moviéndose sobre la piel sensible produciendo una descarga de dolor y placer que me obliga a contraer cada músculo de mi cuerpo.

—Deseo... deseo que al final...

—¿Al final qué?

Se detiene, como había hecho aquella vez, y me contorsiono.

—Por favor —suplico, mordiéndome un labio hasta hacerlo sangrar.

—«¿Por favor?» ¿Qué quisieras que te haga tu madre?

El movimiento vuelve y una corriente eléctrica tan poderosa me inunda, produciendo temblores involuntarios en mis piernas y brazos.

—Quiero que te sientes sobre mí y...

Las palabras se traban en mi garganta.

—¿Quieres que tu mamá te coja, Malcom?

La explosión llega junto con la última palabra, abandonándome en forma de un líquido espeso y blanco que se derrama en todas direcciones.

Todo se vuelve negro y me voy. A lo lejos escucho:

—Eso tiene arreglo.

Cuando abro los ojos, el techo blanco del laboratorio reemplaza el rojo del atardecer. El aire es diferente, más denso, real. El olor a mi propio sudor se mezcla con el perfume de ella. Mi madre está a mi lado, sus dedos trabajan con precisión en los cierres del traje de simulación, desactivándolo.

—¿Qué fue todo eso? —pregunto, la voz ronca, la garganta seca. El cuerpo me pesa, una plomada de satisfacción y agotamiento.

—Necesitaba saber qué tan realista podía ser mi nuevo simulador —dice su voz, tranquila—.

—¿Escuchaste todo?

Ella termina de quitarme el traje y lo deja caer al suelo. Por el rabo del ojo veo el líquido blanco desparramándose en el piso.

Una sonrisa se dibuja en sus labios.

—Todo, mi amor. Escuché y vi todo. Vamos. Te voy a limpiar.

Subimos por el ascensor. Aún mareado. Me cuesta diferenciar qué es real y qué simulación.

Ella me toma de la mano. Su tacto es cálido y suave. Me hace entrar en la tina. El agua está tibia. Pasa una esponja enjabonada por mi cuerpo. Luego me lava la cabeza como cuando era un crío.

Yo me dejo atender, confundido.

Me seca, pero no me cambia. Me lleva a su habitación. El sol ya se ha ocultado y por la ventana la luna llena ilumina todo el desierto.

Me recuesta en la cama y me tapa con una sábana. No tardo en quedar dormido.

Todavía no amanece cuando me despierta el olor a café recién hecho. Me da de tomar y se sienta a mi lado. Se ha puesto un camisolín de seda. Cruza las piernas y apoya su mano en mi muslo.

—¿Qué tan real se sintió? —me pregunta.

—Los olores, las texturas, todo… digo, no sabría diferenciarlo.

Se acerca y me besa la mejilla. Sus dedos me acarician el pelo.

—Es el primer prototipo. Solo tiene ciento cincuenta mil puntos de sensibilidad. La versión definitiva tendrá un millón.

—¿Y lo que me contaste ahí adentro? ¿Fue una mentira?

—La idea del simulador nació exactamente como te lo dije. Y la razón por la que no te volví a aplicar acupuntura es cierta. Esa noche la culpa de haberte dejado insatisfecho fue tan grande que me empujó hacia tu dormitorio. Quería pedirte disculpas. Pero al entornar la puerta, la imagen me paralizó. Estabas desnudo. La luz de la luna iluminaba tu dureza y tu brazo se movía con una urgencia brutal, intentando liberar la tensión que yo te había provocado. Mi mano cayó en picada sobre mi propio centro y fue imposible retroceder. Ambos nos vaciamos en el mismo instante, separados por unos metros. Esa noche bajé al laboratorio y empecé el proyecto de las fantasías de AstroCorp.

—¿Todo ese proyecto es por mí?

—Si esto funciona va a ayudar a muchos que están confinados. Sobre todo a los jóvenes que están bajo los efectos de esa droga. Pero hubo más. Empecé a espiarte en secreto. Te observé durante mucho tiempo. Descubrí cómo me mirabas. Observé tus masturbaciones. Las fotos y videos míos que usabas para satisfacerte. Cuando suplicabas “mamá” al acabar.

—¿Me espiaste?

—Yo había abierto una puerta y me sentía responsable. Y entonces comprendí algo que no había tenido en cuenta.

—¿Qué cosa?

—Que yo también lo deseaba. Cada vez que te veía, cada vez que acababas pensando en mí, inevitablemente terminaba excitándome, deseando poseerte. Ese simulador se volvió una cárcel.

—No comprendo.

—Cuanto más trabajaba para crear un ambiente controlado donde puedas explorar tus fantasías, más deseaba poseerte.

—Pero este aparato puede crear cualquier realidad. Lo podrías haber usado contigo.

—Amor, nada puede compararse con la realidad.

Me destapa.

—¿Qué vas a hacer? —pregunto, turbado.

—Te voy a mostrar la diferencia con la realidad. Hemos estado demasiado tiempo confinados. Tienes derecho a saber lo que es sentir una mujer.

Se quita el camisolín y su piel tersa refleja la luz de la luna. Se arrodilla sobre mí y continúa:

—Voy a tomarte, Malcom. Nos vamos a unir de verdad. Piel contra piel. Carne contra carne.

Se alza apenas. La punta roza su humedad. Desciende un milímetro. Otro más. Una ocupación inexorable, de una lentitud perversa.

Cuando me ocupa por completo, se agacha y me besa. Es un beso tan suave que resulta imposible diferenciar dónde termina la madre y dónde empieza la amante.

La carne cede, apretando, envolviendo. Un sonido gutural, desconocido, sale de mi propia boca.

Inicia el movimiento. Un compás exasperante. Baja hasta asfixiarme en su calor y retrocede justo antes de la pérdida total. El roce constante me empuja a la locura. Mi cuerpo exige un impacto que ella me niega. Suplico con la mirada, con los tirones de mi cadera.

Agarra mis manos y me levanta lo suficiente para que mi cara quede a la altura de sus pechos.

—Chupa —ordena.

La obedezco. El sabor de su piel salada inunda mi boca. Mantiene el ritmo dictatorial.

—Amor —me dice mientras acaricia mi cabeza— en el programa puse solo un diez por ciento de mis ideas.

—¿Eso-qué-sig-ni-fica? —susurro.

La lentitud se quiebra. La fuerza bruta toma el control. Sus caderas golpean con una urgencia feroz. Arrasa con cualquier límite. La fricción constante destruye el último muro de contención.

La tensión estalla. El vacío absoluto me succiona. Un grito ahogado me rasga la garganta mientras me vacío por completo dentro de ella. Con un golpe final el cuerpo de ella se contrae y sus convulsiones me aprietan, entregándose al clímax.

Nuestros cuerpos, empapados en sudor, se pegan. Aún adentro, ella me abraza y me besa, en la frente, las mejillas, la boca. Luego se cae a mi lado, con la respiración agitada y los ojos húmedos.

—Significa, Malcom, que esto solo ha sido el comienzo de todas las cosas depravadas que voy a hacerte. Ahora descansa que lo vas a necesitar.

Nota de la autora:

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Karina