Buenas, me presento brevemente. Soy Carlos, tengo 31 años, estatura común y cuerpo atlético. Todo esto empezó después de una muy larga racha sin sexo en mi vida, me estaba volviendo loco, pero me negaba a ir a mujeres de compañía. Un deseo prohibido empezó a nacer en mi interior. Empecé a fantasear con mi tía, ella era una mujer de lo más normal, de 58 años, bastante rellenita, pero no sé, la veía como una presa fácil de tentar, ya que ella llevaba años viuda y su matrimonio había sido un fracaso. Estaba convencido de que hacía muchos años que nadie entraba en esa cueva, lo cual me daba mucho morbo. Ella vive en su casa con dos hijos; en esa misma casa yo solía pasar algunos días de verano.

Aprovechando una de estas excursiones a esta casa, un día me metí en la habitación de mi tía y encontré el cajón de sus bragas, cogí todas las que pude y las restregué con mi miembro, quedando algunas manchadas. También olía las que dejaba en el cuarto de baño y me la acababa con ellas.

Un día, mientras estábamos los dos solos en casa, se me ocurrió una cosa. Me puse a pasear en bolas por la casa; mi miembro es venoso y gordo, con un tamaño de aprox. 19 cm. Empecé a pasear por las zonas donde estaba ella. En un momento la encontré sentada en el sofá y decidí sentarme a su lado.

—Qué calor, tita, me estoy muriendo, no hago más que sudar.

Los ojos de mi tía se clavaron en mi miembro, que se estaba empezando a poner duro.

—Sí, Carliños, aunque yo con ropa estoy bien, la verdad.

—¿Te molesta que vaya desnudo, tita?

—No, para nada —dijo ella esbozando media sonrisa—.

—Bueno, me tengo que ir a tender la ropa.

Ese día tenía una fiesta con unos amigos en el pueblo de al lado. Me pasé toda la noche pensando en el culo de mi tía y en si me atrevería a meterme en su cama al llegar.

Pasada la noche decidí regresar a casa, un poco mareado por el alcohol, pero con la decisión de intentar lo prohibido. Entré en casa despacio, ya que los hijos de mi tía estaban en la misma, fui a mi habitación y me desnudé por completo, salí hacia la habitación de mi tía; debían ser sobre las 3 de la mañana. Ella estaba con la tele encendida, de lado en la cama, medio dormida. Me acerqué por detrás y me tumbé a su lado, pegándome poco a poco.

—¿Qué haces, Carlos? —me dijo mi tía en voz baja—. ¿Y qué haces desnudo?

—Verás, tita, es que últimamente no he tenido mucho amor y tenía ganas de buscarlo contigo.

—¿Estás loco? Soy tu tía, animal, deja de apuntarme con esa barra y vete a tu cama.

Yo tenía el miembro como una piedra, la situación me estaba excitando muchísimo. Decidí dar un paso más. Me arrimé a ella abrazándola por detrás, apoyé mi miembro contra su gordo culo.

—No, Carlos, salte, por favor.

—Venga, tita, dime la verdad, ¿hace cuánto no entra alguien en el jardín de abajo? Solo quiero que lo pasemos bien, darte placer.

Me estaba arrimando a su oreja a medida que le iba dando caricias por su brazo.

—No, Carlos, no, de verdad esto no es posible.

No la dejé pensar mucho más, giré su cuello del todo y le di un beso a traición. Ella movía su cabeza intentando librarse, pero agarré la cabeza con las manos y empecé a meter la lengua. Notaba la respiración de mi tía, iba cambiando y su lengua se encontró con la mía, nos fundimos en un beso eterno en el que nuestra saliva se fundía; de repente ella me empujó.

—¡Basta! —dijo en voz baja para no hacer escándalo—. No vamos a hacer nada más.

Su boca decía no, pero su respiración y sus pezones tiesos marcados en el camisón decían lo contrario. Volví a arrimarme a ella, esta vez me fui por el cuello.

—Para, Carlos, ay, para de verdad.

Empecé a notar una especie de gemidos bajitos que salían de su boca. Llevé mi mano a su entrepierna; para mi sorpresa no llevaba bragas debajo del camisón, tenía una panocha cubierta de pelitos. Empecé a recorrer sus labios mientras seguía besando su cuello.

—Jo, Carlos, no, aaaah, no pares, nos van a escuchar.

—¿Ahora te preocupa que te escuchen y no que te esté metiendo la mano en el coño?

—Es que, aaaaa, es que Carlos, no podemos, pero joder. No sabes el tiempo que nadie me toca —decía entre jadeos.

Rápidamente decidí bajar y meter la cabeza entre sus piernas, me encontré con una vagina preciosa a pesar de la edad, empecé a lamerla de arriba a abajo disfrutando nuevamente del sabor de una vagina. Mi tía estaba gimiendo en bajito para no ser escuchada, sus manos se posaron en mi cabeza y, mientras me decía que no, sus manos empujaban más y más hacia su chochito. Empecé a meter dos dedos en su sexo, su cuerpo dio un temblor y un minigemido de dolor.

—Espera, Carlos, espera, toma.

En ese momento sacó un bote de lubricante de mango.

—Mejor con esto.

Me unté los dedos de lubricante y de saliva y empecé a meterlos más fuerte. Los gemidos de mi tía fueron en aumento.

—Sigue, sigue, sigue, cómeme el coño, Carlos, sigue.

Me levanté y me quedé mirándola a los ojos, con el lubricante y sus fluidos alrededor de mi boca.

—Tita, quiero follarte.

—No, eso ya es demasiado, no podemos hacerlo, no.

No esperé más explicación, apoyé sus piernas en mis hombros.

—Por favor, despacio, Carlos, hace muchos años que no hago el amor.

—Tranquila, tita, voy despacio.

Me puse una buena cantidad de lubricante en mi miembro, empecé a pasar mi glande por sus labios.

—Aaaa, qué gusto, Carlos.

Empecé a metérsela poquito a poco, se notaba que en esa vagina no había entrado nadie desde hace años; a pesar de su edad estaba apretadita. De un golpe final metí todo mi miembro.

—Ayyy, me arde, joder.

Empecé a meter y sacar, mi tía acompañaba mis movimientos con sus caderas.

—Tita, buf, qué chocho tienes, joder, mejor que el de alguna de 30.

Ella estaba con los ojos cerrados gimiendo.

—Siiii, síi, no pares, dame más, más duro.

Continuará.