Mi hija siempre había ido retrasada en su desarrollo. Con 18 años recién cumplidos seguía pareciendo una cría, aunque razonaba como la edad que realmente tenía.

No tenía casi pechos y su cuerpo era como el de una niña. Tuvo su primer periodo con catorce años y esto se ve que influyó en su desarrollo tardío.

Solo en el último año algunas partes de su cuerpo se habían redondeado, su culo y sus caderas básicamente.

Con sus ojos azules, las pecas de la cara y su pelo rubio corto, la hacían parecer una auténtica muñeca.

Yo nunca la había visto con otros ojos que los de padre. Era mi princesita. Nunca había sentido la menor atracción sexual por ella y, desde luego, jamás había pensado tener sexo con mi hija.

Pero un cúmulo de circunstancias hizo que todos mis prejuicios desaparecieran de golpe y pasó lo que yo nunca había pensado que pudiera pasar. Pero una vez que empezó todo, no pude ni quise parar.

Fue una noche del pasado verano. Mi mujer se había ido a pasar unos días con sus padres para ayudarles en unos trámites y mi hija y yo nos quedamos solos.

Esa noche había una de esas tormentas de verano… En realidad fueron varias, porque cuando terminaban los rayos y los truenos de una, al rato empezaban otra vez.

Era un sábado, así que, después de cenar, ver la televisión un rato y charlar con mi hija, ella me dio el abrazo y el beso de buenas noches y se fue a su dormitorio.

Yo me dispuse a pasar una noche de sábado solo y aburrido. Me preparé un cubata y puse una peli en la tele.

Cuando se terminó la película ya me había tomado dos cubatas y no tenía nada de sueño, así que fui al dormitorio de mi hija para cerciorarme de que estaba dormida, y lo estaba, tumbada encima de las sábanas, con una camiseta de tirantes y las bragas, porque hacía bastante calor.

Le cerré la puerta para mayor seguridad, me volví al salón, me preparé otro cubata, puse una peli porno y me dispuse a disfrutarla.

Me quité la camiseta y los pantalones, quedándome en calzoncillos, y me saqué la verga para masturbarme despacito mientras veía la peli y me tomaba el cubata.

Como me estorbaban los calzoncillos, me los quité también, quedándome totalmente desnudo.

Las tormentas habían vuelto. La luz de un rayo iluminó todo el salón y un fuerte trueno hizo vibrar los cristales de las ventanas…

¡La teníamos encima!!

Yo estaba absorto viendo cómo una pareja follaba a lo bestia y no me percaté de que mi hija había entrado en el salón.

Cuando me di cuenta, la tenía allí a menos de un metro, parada, mirando fijamente la escena: su padre desnudo y con su verga cogida con una mano… Uffff

El trueno la había asustado. Se levantó y, al ver el resplandor de la televisión, se dirigió al salón y me pilló infraganti.

Mi hija había clavado su mirada en mi verga y yo la miraba a ella sin saber qué hacer.

Instintivamente solté mi verga, pero no hice ningún gesto para taparme, así que mi verga quedó libre apuntando al techo.

Fueron solo unos segundos de indecisión que acabaron cuando mi hija se acercó y, para mi sorpresa, me dijo, sin dejar de mirar mi verga tiesa:

—¿Puedo tocarla, papá?

Yo, sin ser consciente de lo que decía, le dije:

—Claro, cariño, tócala si quieres.

Ella agarró mi verga con una de sus manos, la apretó y me dijo, mirándome ahora a la cara:

—Está muy dura y muy caliente, papá.

Yo ahí ya me había puesto en automático y había decidido disfrutar del momento, así que le dije:

—¿Te gusta, cariño?

Ella, mirándome con una sonrisa de complicidad, me contestó:

—Sí, papi, me gusta mucho tocarla.

—Pues puedes tocarme todo lo que quieras, cariño, pero tienes que prometerme que no le dirás nada de esto a mamá cuando venga.

Ella, ahora ya sabiendo que éramos cómplices de un secreto, me dijo:

—Por supuesto, papá, esto será nuestro secreto.

Sin soltarme la verga, con la otra mano empezó a acariciarme los testículos… Ufff

Aquello empezaba a tomar unos derroteros complicados, pero yo ya no estaba dispuesto a parar, sin tener aún muy claro hasta dónde íbamos a llegar. Pero teníamos toda la noche por delante, así que ya iríamos viendo.

Sobre la marcha tomé el control de la situación y le dije a mi hija:

—Espera un momento, cariño. Vamos a hacerlo bien. Para empezar vamos a ponernos cómodos. Quítate todo para que estemos los dos iguales y después siéntate tú en el sofá.

Ella, que como ya he dicho antes tiene un cuerpo de niña pero razona como una mujer, me dijo con una sonrisa de complicidad:

—Me parece muy bien, papá.

Y rápidamente hizo lo que le había dicho que hiciera: se desnudó y se sentó en el sofá, mirándome y esperando mis instrucciones.

Yo la vi cómo se quitaba la camiseta y las braguitas y su pequeño cuerpo desnudo me pareció en aquel momento el cuerpo de mujer más deseable del mundo.

Yo, de pie, me acerqué a ella con mi verga tiesa, que le quedaba justo a la altura de su cara, y le dije:

—Toda tuya, cariño. Puedes hacer con ella lo que quieras.

Ella, sin decir nada, me la agarró de nuevo con una mano y con la otra empezó a acariciar mis testículos.

A mí, sentir sus manos acariciándome esa parte de mi cuerpo, ya se me habían disparado las hormonas y le dije:

—Si tú quieres, también me lo puedes chupar.

Ella, como si hubiera estado esperando que se lo dijera, acercó su cara y primero empezó a olisquear metiendo su nariz y después, sin soltármela ni dejar de acariciar mis testículos, acercó su boca e introdujo en ella mi glande, que apenas le cabía… Ufff

Comenzó a chuparme el glande, lo sacaba y lo volvía a meter en su boca una y otra vez, ensalivándolo bien.

Yo estaba en la gloria. Sabía que no podía meter mucho más en su boca y además no quería hacerle ningún daño, así que opté por dejar que fuera ella la que hiciera lo que quisiera, tanto con mi verga como con mis testículos.

Ella, con mi glande metido en su boca, agarrándomela con una de sus manos y cogiendo mis testículos con la otra, levantó sus ojos y me miró fijamente.

Sus preciosos ojos azules destacaban aún más porque tenía su cara roja. Me imagino que de lo excitada que debía estar.

La sensación que sentí en ese momento fue increíble: ver la cara de mi princesita de esa manera… Ufff

Supongo que ella me miró esperando que yo le dijera algo, pero como no le dije nada, fue ella la que me lo dijo a mí. Sacó mi glande de su boca y, mirándome fijamente, sin soltar mi pene ni mis testículos, me dijo con su carita de cómplice:

—¿Lo estoy haciendo bien, papá?

—Sí, cariño, lo estás haciendo muy bien. Puedes metértela más adentro si quieres, solo hasta donde tú te sientas cómoda, y mientras menéamela con la mano con la que la tienes cogida.

—Claro, papá. Y… una cosa: tienes los testículos muy gordos. Me encanta tocartelos. ¿Los tienes llenos de semen?

—Sí, cariño, los tengo llenos de semen y me encanta que tú me los acaricies y me los cojas con tu mano.

—¿Y todo ese semen va a ser para mí?

—Pues claro, mi vida. Todo va a ser para ti. Cuando me la sigas chupando y me corra, te lo echaré todo en tu boquita para que tú te lo tragues. Lo haré con cuidado para que no te atragantes. Cuando vaya a correrme te lo diré para que tú estés preparada.

—De acuerdo, papá…

Y sin más volvió a meter mi pene en su boca y comenzó a chupármelo de nuevo.

Ahora lo hacía menéandomela como le había dicho y también comenzó a meterse más trozo dentro de su boca. Se la metía hasta donde la tenía agarrada con su mano y, por supuesto, siguió agarrándome mis testículos alternativamente, ya que en su mano solo le cabía uno: lo cogía y me lo apretaba un poco, como si lo estuviera ordeñando… Ufff

Yo empecé a mover ligeramente mis caderas instintivamente y mi hija, supongo que también instintivamente, soltó mi pene y apretó sus labios sobre él, con lo que, con mis movimientos, se lo iba metiendo cada vez un poquito más, pero sin intentar metérselo todo de golpe.

Ella, al soltar mi pene, llevó su mano libre también a mis testículos y ahora, cogido cada uno con una mano, empezó a «ordeñármelos» mientras me miraba fijamente.

En sus preciosos ojos habían aparecido unas lágrimas como consecuencia del trozo de pene que ya le llegaba hasta la garganta…

Yo se lo saqué y le dije:

—¿Estás bien, cariño? ¿Te molesta que te lo meta tan adentro?

—Sí, estoy bien, papá, y no me molesta que me lo metas cada vez un poco más. Me encanta, aunque no creo que entre todo, porque lo tienes muy grande.

—Vale, cariño. Yo tampoco creo que te entre todo. Iré despacito y, si en algún momento no quieres que siga metiéndotelo, lo agarras con tu mano y así impides que entre más.

—Vale, papá…

—También, a partir de ahora, en cualquier momento me voy a correr. Cuando vea que va a pasar te lo diré para que estés preparada. Dejaré solo mi glande dentro de tu boca para que puedas chuparlo y tragar todo el semen con facilidad y lo disfrutes al máximo.

—Ummm… Me muero de ganas de tragarme todo tu semen, papá…

Y sin más volvió a meterse mi pene en su boca, lo apretó de nuevo con sus labios y yo empecé a follármela de nuevo por su boca.

Agarré su cabeza con mis dos manos y hacía movimientos de mete y saca, despacito, disfrutando del momento, metiéndole cada vez un poquito más.

Yo no tengo un pene de esos enormes, pero para la boca de mi hija los 18 centímetros que más o menos tiene eran, evidentemente, demasiados y en ningún momento pensé en metérselos enteros.

Mi hija me miraba con expectación, esperando que en cualquier momento le dijera que me iba a correr, pero yo no tenía prisa y lo estaba disfrutando, follando la boca de mi hija, mientras ella había soltado mis testículos, había puesto sus manos en mis glúteos y acompañaba mis movimientos, apretando cada vez que yo se la metía, como si quisiera que se la metiera más… Ufff

Ya le tenía metida más de la mitad y notaba cómo la punta de mi pene chocaba con alguna parte de su garganta, así que decidí acelerar mi ritmo, sin avanzar más, para correrme cuanto antes.

Cuando sentí que por fin me iba a correr se lo dije a mi hija e hice lo que le había dicho que haría: dejé solo dentro de su boca mi glande y comencé a vaciar el contenido de mis testículos dentro de su boca.

Mi hija clavó sus uñas en mis glúteos por la excitación que le produjo el sentir cómo su boca se llenaba con mi semen y comenzó a chuparme el glande y a tragarse todo lo que iba recibiendo en su boca, mientras me miraba con una mirada perdida por el placer que estaba sintiendo…

Yo sentía un placer increíble y no quería que aquello terminara nunca… Ufff

Pero finalmente todo terminó. Saqué mi pene de su boca, me senté a su lado, la abracé y la besé apasionadamente en la boca. Le metí mi lengua y ella a mí la suya. Intercambiamos nuestras salivas y pude probar el sabor de mi propio semen… Ufff

Nos seguimos besando como locos y acariciando con nuestras manos nuestros cuerpos desnudos.

Los dos estábamos muy excitados y, entre besos, caricias y jadeos, nos decíamos lo mucho que nos queríamos y terminamos hablando sobre lo que los dos sabíamos que podía venir a continuación.

—Papá… Papá… Te quiero… Te amo… Te amo, papá.

—Yo también te amo a ti. Eres mi princesita. Te amo y te deseo, mi vida…

—Quiero ser tuya por completo, papá. Quiero sentirte más dentro de mí…

—Yo también lo deseo, cariño, pero eso es muy peligroso. Te puedo hacer mucho daño y además te podría embarazar, y eso sí que no puede ser.

—Yo quiero sentirte dentro de mí, papá, y no me importa que me hagas daño. Soy virgen y sé que la primera vez me dolerá, pero si eres tú el que me desvirga, me dolerá menos, porque nadie me lo hará mejor que tú…

Yo, ya viendo que ella lo estaba deseando, me dejé llevar porque, además, tenía razón en algo: yo la desvirgaría con más cuidado y más cariño que ningún otro hombre. Así que estaba decidido: lo haría. Desvirgaría a mi hija.

Pero lo haría de forma que yo viera los gestos de su cara y que pudiera controlar la penetración, para parar si veía que ella no soportaba el dolor.

Me fui al baño y traje una toalla grande. La extendí sobre la mesa de madera del salón, cogí a mi hija, la tumbé sobre la toalla y le puse uno de los cojines del sofá para que apoyara la cabeza.

Mi hija seguía todos estos preparativos sin decir nada, confiando plenamente en que su papá sabría lo que estaba haciendo.

Cuando la tuve tumbada encima de la mesa le pregunté:

—¿Estás cómoda, cariño?

—Sí, papá, muy cómoda.

Cogí un sillón y me senté entre sus piernas. Tiré de ella y la traje hasta que su culo quedó al borde de la mesa, con su coñito al alcance de mi boca.

Apoyé sus pies en los brazos del sillón y, con los dedos de mis manos, abrí su coñito… Ufff

Qué cosita más maravillosa… Rosadito, brillante por la abundante lubricación… La entrada de su vagina cerradita y el esfínter de su ano con un movimiento reflejo apretando y relajando… Su clítoris era imperceptible.

Yo comencé a lamer con mi lengua ensalivada aquella delicia.

Mi hija, al sentir mi lengua, lanzó un gritito:

—¡Ahhhhhhhhhh… Papiiiiii… Hahahaaaaa!

Yo seguí a lo mío: lamía y lo chupaba todo sin parar. Abrí el capuchoncito de su clítoris y se lo lamí con la punta de mi lengua; luego apreté mis labios dejándolo dentro y lo masajeaba con la punta de mi lengua.

Esto a mi hija le produjo tanto placer que tuvo su primer orgasmo. Sentí cómo mi boca se llenaba de un fluido denso que yo saboreé y tragué con verdadera delicia… Su sabor… Su olor… Todo era delicioso y embriagante. Ufff

El fluido que yo no conseguía pillar con mi lengua se le escurría hacia su ano. Yo dirigí mi lengua hacia abajo y, cuando lamí su ano, mi hija dio un respingo y todo su cuerpo vibró como si hubiera sentido una descarga eléctrica y me gritó:

—¡Papaaa… ¿Qué me has hecho?… Ahahah!

¡Joder!! No esperaba una reacción así por lamer su ano, así que abrí con los dedos de mis manos sus glúteos para tener un mejor acceso a su ano y comencé a punteárselo con la punta de mi lengua. Esto a mi hija la volvió loca: gritaba y movía todo su cuerpo:

—¡Ahhhhhhhhhh… No me hagas eso, papaaa… Me da mucha cosquillaaa… Ahahah… Ahah!

Yo me ensalivé bien un dedo, lo situó a la entrada de su ano y, aprovechando los movimientos de su esfínter, se lo fui metiendo. Atravesé su esfínter y le metí todo el dedo dentro de su recto.

En ese momento, y dejándome llevar por el calentón que tenía, pensé que no sería mala idea intentar metérsela por el culo; así me podría correr dentro sin ningún problema.

Así que le dije:

—Espera un momento, cariño, que voy a por una cosa y ahora vuelvo.

—Vale, papá, pero date prisa, por favor.

Fui al baño y volví con un tarro de vaselina que tenemos para otros menesteres.

Unté bien de vaselina todo el contorno de su ano y los dedos de mi mano izquierda y, primero con un dedo, luego con dos y finalmente con tres, fui dilatando su ano y lubricando toda la parte del recto hasta donde llegaba con mis dedos.

Mi hija no me decía nada: solo jadeaba y lanzaba un gemido de vez en cuando.

Cuando consideré que ya lo tenía bastante dilatado y lubricado, me embadurné mi pene con la vaselina, puse un poco más en la punta de mi pene, lo situé en la entrada de su ano, metí mis brazos por debajo de sus piernas para sujetárselas, empujé un poco y mi glande atravesó su esfínter sin ningún problema.

Mi hija lanzó un gritito al sentir mi pene entrar en su culo y me dijo con una voz más ronca de lo normal:

—¿Qué me estás haciendo, papá?

—Te la estoy metiendo por el culo, cariño. ¿Te ha dolido?

—Sí, papá, me ha dolido un poco, pero ahora ya no me duele.

—Estupendo, cariño. He decidido metértela por el culo porque así me puedo correr dentro de ti sin el peligro de embarazarte.

—Lo que tú hagas me parece bien, pero me imagino que por ahí me va a doler más, ¿no?

—Bueno, ya tienes dentro mi glande, así que he traspasado tu esfínter. Voy a ir despacito y te seguiré lubricando con vaselina, pero de todas formas, si te duele mucho me lo dices y paro.

—Vale, papá. Métemela entera y córrete dentro de mí, que lo estoy deseandoooo…

Empecé un mete y saca suave, avanzando poco a poco. Mi hija gemía y resoplaba, pero no se quejaba.

Llegó un momento en que ya no avanzaba. Supuse que había llegado al final de la parte que había lubricado con mis dedos, así que la saqué, me volví a dar más vaselina y se la volví a meter.

Seguí con el mete y saca y, cuando vi que ya tenía dentro más de la mitad, di un último empujón y se la metí enterita.

Mi hija dio un grito, supongo que mezcla de dolor y de sorpresa. Su cara era más de sorpresa que de dolor, así que le dije:

—Ya te la he metido entera, cariño. Ahora voy a esperar un momento para que tu recto se dilate y luego empezaré a moverme. ¿Vale, princesita?

—Vale, papá. Me ha dolido un poco, pero me gusta mucho tenerte dentro de mí, papá.

Yo comencé a moverme, sacándosela casi por completo y volviéndosela a meter. Al principio iba muy ajustada, pero luego ya se deslizaba sin problema, así que empecé a follármela más rápido, a la vez que con una de mis manos frotaba su clítoris y le metía un dedo en la vagina.

Mi hija gemía, jadeaba muy fuerte y me decía con una voz gutural…

—Así, papá, así, dame fuerte… dame fuerte, métemela hasta el fondo… Asiiiii… Asiiii… Ahahah ah.

Sentí cómo su coñito se contraía y empezó a brotar de él bastante fluido. Mi hija se estaba corriendo, estaba teniendo un orgasmo y decía:

—Papá… Papá… Ah, ah, ah… Me gustaaaa…

Yo, al ver la cara que ponía y ver su coñito chorreando, no pude contenerme. Saqué mi verga de su culo, la enfilé con la mano que tenía libre a la entrada de su palpitante coñito y de un solo empujón se la metí hasta el fondo… Ufff

Esto a mi hija, que estaba en pleno orgasmo, le produjo un total desconcierto. Lanzó un grito, me imagino que de dolor, porque la había desvirgado sin ningún tipo de contemplaciones, y yo ya no paré: comencé a follármela ahora por su vagina, preocupándome solo por mi propio placer, ya que estaba a punto de correrme y ya no podía ni quería parar.

—¡Ahhhhhhhhhh… Papaaaa… Me ha dolidoooo… Ah, ah, ah, ahah…!

Yo escuchaba a mi hija, pero, como he dicho, nada más metérsela y darle dos o tres penetraciones fuertes, comencé a correrme sin poder controlarme y, totalmente excitado, comencé a decirle a mi hija:

—¡Me corroooo… Cariñoooo… Me corroooo…!

¡Te estoy embarazandoooo… Ahahah… Te voy a embarazarrrr…!

Y ese pensamiento de que podía estar embarazando a mi hija, en vez de producirme inquietud, me producía un morbo y un placer increíble.

Mi hija, por su parte, al oírme decirle eso y sentir el calor de mi semen dentro de su coñito, se olvidó del dolor y comenzó a gritar, entre jadeos y gemidos de placer:

—¡Siiiii… Siiii… Papaaa… Siento cómo entra tu semen dentro de miiiii… Siiiiii… Siiiiii… Embarázameeeee… Ahahah… Me muerooo de placerrrr… Ahahah!

Me decía esto con su cara desencajada, mirándome fijamente. Yo, ya un poco más relajado aunque seguía corriéndome, la seguía diciendo:

—¡Siii… Mi amor, siii… Estoy vaciando todo el semen de mis testículos dentro de ti… Sí, mi amor… Te estoy embarazandooo…!

—¡Papaaa… Papaaa… Te quierooo… Te amooo… Papaaa… Sí… Sí… Embarazarme… Papá…!

Sin sacársela, la levanté de la mesa. Ella rodeó mi cuello con sus brazos, yo puse mis manos debajo de su culo y así me senté en el sofá y comenzamos a besarnos, comiéndonos nuestras lenguas e intercambiando nuestra saliva… Ufff

Finalmente la ayudé a desclavarse de mi pene, que por la excitación que tenía seguía duro.

Al ponerse de pie le empezó a escurrir el semen por los muslos. Ella se tapó su coñito con una mano y salió rápido hacia el baño.

Al volver me dijo que, junto con el semen, le había salido un poco de sangre, pero muy poquita. Se sentó a mi lado y yo empecé diciéndole:

—Lo siento mucho, cariño, pero no pude contenerme. ¿Te hice mucho daño?

—No te preocupes, papá. Ya pasó lo que tenía que pasar. Ya no soy virgen y no me dolió mucho, de verdad. Fue solo como un pinchazo, pero como estaba sintiendo tanto placer, casi ni me enteré. Si grité fue más por la sorpresa…

—Pues me alegro mucho, cariño. Aunque no era así como a mí me hubiera gustado desvirgarte, espero que no sea un mal recuerdo para ti.

—¿Pero qué dices, papá? ¿Un mal recuerdo? Muy por el contrario: lo recordaré como una de las experiencias más agradables de mi vida. Me ha hecho mujer el hombre que más quiero del mundo: mi papá.

Nos abrazamos y yo me la comía a besos.

Luego le dije:

—Bueno, cariño, tenemos que hablar sobre lo que ha pasado y lo que vamos a hacer a partir de ahora.

—Claro, papá. Yo haré todo lo que tú me digas que haga.

—Pues, para empezar, lo que te decía cuando me estaba corriendo dentro de ti, llenándote con mi semen, es cierto: podría haberte embarazado.

—Lo que yo te decía a ti también es cierto, papá: me gustaría quedarme embarazada de ti, de mi papi…

—Y me parece muy bien que lo sintieras así y lo disfrutaras como yo lo disfruté también, pero eso no puede ser, al menos en estos momentos. Tú eres una niña aún y ya tendrás tiempo de embarazarte cuando tengas edad para ello.

—Pero yo tengo dentro tu semen, papá…

—Sí, claro, cariño, pero por suerte existe un remedio: la «píldora del día después». Mañana te la compraré, te la tomarás y problema solucionado.

—Vaya, papá. Ya veo por qué no te veía yo preocupado, jajaja. Lo tenías todo controlado.

—Bueno, no es que lo tuviera controlado, sino que he buscado la solución al problema.

—Perooo, como la píldora te la tomarás mañana, esta noche puedo volver a correrme dentro de mi princesita hasta que se me sequen los testículos por completo, claro, siempre que no te duela tu vaginita.

—Jajaja. ¡Siiii… Claro que sí, papá! Quiero sentir de nuevo el calor de tu semen dentro de mi cuerpo.

—Esta noche y mañana seguiremos teniendo sexo por la vagina. Luego, mañana, cuando compre la «píldora», compraré también preservativos para cuando lo hagamos por la vagina y, cuando quieras que me corra dentro de ti, te la meteré por el culo, que ya tampoco eres virgen por ahí… Jajaja

—Jajaja. Pues claro, papá. Me la puedes meter por donde tú quieras. Ya me la has metido por todos los sitios que me la puedes meter: por la boca, por el culo y por la vagina, así que puedes repetir por donde quieras y cada vez que quieras.

—Bueno, eso también lo tenemos que hablar. Durante estos días que no está tu madre podremos hacer todo lo que nos dé la gana, pero luego, cuando esté ella, tendremos que tener mucho cuidado. Ella no tiene que enterarse nunca de nuestra relación especial.

—Totalmente de acuerdo, papá.

—Bueno, pues una vez todo aclarado, vamos a ello, si te parece bien, porque mira cómo tengo esto.

Mi pene se me había puesto a tope con la conversación y mi hija, como si fuera ya la cosa más normal del mundo, me la agarró con una mano y me dijo:

—Uyyyy, qué bien nos vamos a llevar este y yo… A ver, papá, ¿por dónde me la quieres meter ahora?

—Para empezar, vámonos a la cama, que estaremos más cómodos.

Nos fuimos a la cama y estuvimos follando hasta que caímos rendidos.

Yo me corrí dos veces más y ella no paró de tener orgasmos.

Al día siguiente solo me la pudo chupar, porque estaba dolorida tanto por la vagina como por el culo, y tuvimos que esperar otro día más hasta que se le normalizaron ambos.

Desde entonces mi hija y yo follamos casi todos los días, cada vez que podemos, siempre tratando de que su madre no se entere de nuestra relación, y somos muy felices.

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