Daniel cerró la puerta de la sacristía con un suspiro que le salió desde lo más hondo del pecho. La primera misa había terminado. El incienso aún flotaba en el aire, mezclado con el olor a cera derretida y a los cuerpos de los feligreses que ya se retiraban. Se sentía orgulloso. Había seguido el ritual completo sin fallar una sola palabra, sin tropezar en las genuflexiones, sin que la voz se le quebrara al elevar la hostia. El cáliz había brillado entre sus dedos pálidos y el vino consagrado había corrido con solemnidad. Por un momento creyó que realmente era lo que todos decían: un intermediario puro de la fe.

Pero entonces recordó las miradas.

Cuando llegó el momento de repartir la comunión, las mujeres se acercaron una tras otra. Algunas bajaban los ojos con devoción fingida. Otras, en cambio, levantaban la vista directamente hacia él mientras abrían la boca. La lengua húmeda, rosada, se extendía más de lo necesario, rozando apenas sus dedos cuando depositaba la hostia. Una de ellas, de pechos pesados que se marcaban bajo el vestido ceñido, mantuvo la mirada clavada en la suya mientras la lengua se demoraba, lenta, casi lamiendo el borde de sus dedos antes de recoger la sagrada forma. Otra sonrió con los labios entreabiertos, la saliva brillándole en la comisura, y murmuró un “amén” demasiado suave, demasiado íntimo. Daniel sintió un calor traicionero subirle por el cuello y concentrarse otra vez entre las piernas. Tuvo que apretar los muslos bajo la casulla para que el miembro grueso no volviera a levantarse del todo.

Cuando por fin se quedó solo, recorrió la pequeña iglesia que ahora era suya. Sus padres habían ahorrado durante años para que aquella capilla tuviera lo necesario: un confesionario de madera oscura con rejilla tallada, un altar de mármol blanco veteado, bancos barnizados y, al fondo, a través de una puerta lateral, sus aposentos. Una habitación sencilla pero cómoda: cama de madera con colchón firme, un armario para las sotanas y los ornamentos, un crucifijo grande sobre la cabecera y varias imágenes de santos en las paredes. Junto a ella, un pequeño despacho con escritorio, estanterías para los libros de teología y una ventana estrecha que daba al cementerio trasero. Era su nueva morada. El lugar donde dormiría, rezaría y, según creía, guardaría su pureza.

Horas después llegaron sus padres. La madre lo abrazó con fuerza, llorando de orgullo. El padre le dio una palmada en la espalda, la misma mano que años atrás le había aplicado la disciplina. Hablaron de la misa, de cómo el pueblo lo había recibido, de lo bien que se le veía con la sotana. Comieron juntos en el pequeño refectorio improvisado: pan, queso, un poco de vino tinto. Fue un momento cálido, familiar, casi inocente. Daniel sonreía, respondía con humildad, y por un instante olvidó las lenguas húmedas y las miradas de lujuria.

Cuando el sol empezó a caer, los despidió en la puerta. Los vio alejarse por el camino de tierra hasta que sus figuras se perdieron entre los árboles. El silencio regresó. La iglesia quedó a oscuras salvo por las lámparas de aceite que aún ardían junto al altar.

Al volver hacia la entrada principal, Daniel creyó ver una figura. Un hombre alto, inmóvil, de pie junto a la puerta de madera. El corazón le dio un vuelco. Aceleró el paso, ya formulando en la mente la pregunta de costumbre: “¿En qué puedo ayudarle, hijo?”. Pero cuando llegó junto a la sombra, solo encontró el muro de piedra. La oscuridad de la noche le había jugado una mala pasada, transformando una saliente irregular en silueta humana. Aun así, durante unos segundos tuvo la certeza de que alguien lo había estado observando. Se pasó una mano por la cara, sacudió la cabeza y entró.

En sus aposentos el aire olía a madera nueva y a incienso residual. Se quitó la casulla, después la sotana, quedándose solo con la camisa interior y los pantalones negros. El crucifijo sobre la cama lo miraba con ojos de madera pintada. Daniel se arrodilló un momento, rezó un padrenuestro mecánico, y después se dejó caer sobre el colchón. El cansancio lo golpeó de golpe. Cerró los ojos y en menos de un minuto el sueño lo arrastró.

Al principio fue solo oscuridad. Después, una voz.

Suave. Femenina. Cálida como miel derramada sobre la piel.

—Daniel… lo has logrado. Ya eres una criatura de fe.

La voz parecía rodearlo, rozarle el oído, el cuello, el pecho.

—Pero… ¿solo te quedarás ahí?

Daniel quiso responder, pero en el sueño las palabras salían espesas.

—No te gustaría… en vez de servir… tener algo más…

La voz se volvió más cercana, más húmeda, como si unos labios se movieran a milímetros de los suyos. Sintió un aliento cálido contra la boca. Un aroma a flor nocturna y a algo más oscuro, más carnal.

Él apenas logró articular:

—Solo deseo… comprender…

La oscuridad se abrió. Frente a él apareció una mujer. Bella de una forma que no pertenecía del todo a este mundo. Piel luminosa, cabello negro que caía como tinta sobre los hombros desnudos, y unos ojos de un rojo profundo, brillante, como brasas vivas. Sonreía. Una sonrisa lenta, sabia, peligrosa.

Se inclinó hacia él. El sueño le permitió sentir el calor de sus pechos rozándole el pecho, la suavidad de un muslo desnudo contra el suyo. Su voz volvió a envolverlo, ahora más baja, más íntima:

—Para comprender… tienes que probar.

¿Cómo quieres entender el agua si nunca te has metido en ella?

¿Cómo vas a conocer el pecado… si nunca lo has sentido correr por dentro?

Una mano soñada —suave, caliente— se deslizó por su abdomen, bajó más abajo, y rozó la forma ya dura y gruesa de su miembro. Daniel jadeó dentro del sueño. La mujer rió bajito, un sonido que le vibró en la sangre.

—Prueba… —susurró contra sus labios—. Solo entonces comprenderás.

Daniel despertó sobresaltado.

La luz gris del amanecer filtraba por la ventana estrecha. El crucifijo seguía en su sitio. La habitación olía igual. Pero él estaba empapado en sudor, el corazón desbocado, y entre las piernas el pene se alzaba completo, pesado, latiente, empujando la tela de los pantalones con una urgencia casi dolorosa. Veinte centímetros de carne gruesa y caliente que recordaban demasiado bien el roce soñado de aquella mano.

Se incorporó, respirando agitado. Las últimas palabras de la mujer de ojos rojos aún resonaban en su cabeza, claras como si las hubiera pronunciado al oído:

Para comprender tienes que probar...

Daniel se pasó una mano por la cara. El día apenas comenzaba. Y algo, en lo más hondo de su cuerpo y de su fe, había empezado a agrietarse.