El parque

El parque

En primer lugar deseo expresar que todo cuanto voy a narrar es verdad, aunque alguna que otra vez, he deseado que no lo fuera, en otras que me sucediera nuevamente y que todos los que me escuchen y entiendan, puedan disfrutarlo plenamente, a como yo lo he hecho al escribirlo.

Hasta hace un mes, mi vida era la de una joven de 18 años, sin preocupación ninguna más que las normales; podría haber sido el ejemplo para las demás muchachas de mi edad: joven, con una cara que todos me dicen que es preciosa, yo me considero atractiva; un cuerpo bien formado con sus formas bien distribuidas; unas tetas pequeñas pero bien duras y paradas, con unos pezones rosados y puntiagudos; unas nalgas respingonas de campeonato; mis piernas bien torneadas y toda mi piel es de un tono como acabado de broncear.

En fin, que me considero en cierta medida una mujer envidiable. Ello apoyado en las cantidades de piropos que he recibido de todos, hombres y mujeres con razones de sobra. Soy una mujer inteligente y ambiciosa.

Bien, todo da comienzo una noche hace exactamente un mes, cuando mi novio me invitó a salir a bailar a una discoteca.

Ahí la pasamos de maravilla, bailamos como locos, tomamos algunas cervezas y nos dimos una que otra caricia, que como a las 12:00 PM, estábamos que rabiábamos por echar un buen polvo.

Ya habíamos tenido relaciones unas cuantas veces y nos estábamos volviendo adictos, ya que experimentábamos diferentes posiciones que nos hacían disfrutar a cabalidad nuestros cuerpos.

Pues bien, a falta de otra solución por falta de dinero y vehículo para movilizarnos a una habitación de cualquier motel, nos dispusimos a retirarnos de la disco y nos fuimos caminando hacia un parque discreto, que queda a medio camino de mi hogar y que por poseer algunos bancos ocultos por matas frondosas, nos permitirían desahogarnos antes de llegar a nuestras casas.

En efecto, el parque aparecía solitario y sin pérdida de tiempo, nos ubicamos en uno de esos bancos, dedicándonos a darnos besos y caricias en abundancia.

El ambiente se caldeaba, ya que Ramón, mi novio, me estaba masajeando mi raja por encima de la braguita que usaba. Metió su mano dentro y al encontrar mi cavidad, metió el dedo profundamente, arrancándome quejidos inconfundibles de placer.

En pago, a como pude, le extraje su verga y comencé a succionarla como una verdadera golosa. Repentinamente oímos risitas y un voz ronca nos asustó al borde del ataque:

-¡Mira, que los tórtolos están a punto de darse el gran banquete!.

Al enderezarnos y después de componer nuestras ropas, encaramos a la voz y nos quedamos helados de susto y aprensión.

Dos sujetos con las claras características de ser delincuentes, estaban ante nosotros. En sus manos descansaban sendas pistolas, manteniéndonos encañonados. Nos quedamos mudos de miedo y al ver que nos tenían en sus manos, los tipos sonrieron cínicamente.

-¡De pie!.

La orden del facineroso sonó como un trallazo en el silencio de la noche, haciendo que nos levantáramos como si tuviéramos fuego en el culo.

Al verme, los tipos me quedaron observando con una cara de lujuria y deseo mal disimulado, si es que lo deseaban disimular. Ramón, tartamudeando les dijo:

-Solo tengo este reloj y mi anillo, tómenlo y por favor, ¡no nos hagan daño!.

El que parecía el jefe y que era el más alto y musculoso, tomó ambos objetos de mi novio con una sonrisa sinvergüenza en sus labios. Apoyando la pistola en la nariz de Ramón, lo que lo obligó a llevar la cabeza hacia atrás y su cuerpo quedar en una posición forzada.

-Tu y yo vamos a hacer un trato, nos dejas tu reloj, tu anillo y a tu hembra.

-«Pero… pero» –Ramón trataba de articular palabra, pero la situación lo tenía muy nervioso y solo atinaba a tartamudear sin coordinar ideas.

-«Calla y escucha»- La voz del tipo salía de su boca amenazadoramente, sin deseos de ser cuestionada o replicada, a la par ejercía más presión con su pistola en la nariz de mi novio, obligándolo a prestarle la mayor atención posible. –»Te vas a ir hacia el otro parquecito que queda a medio kilómetro sobre la avenida. Ahí esperas a tu noviecita para que la acompañes a su casa y recuerda, si dices esto a alguien, el pescuezo de tu novia está en juego, luego, haremos correas con tu pellejo.

Al oír eso, mis piernas se aflojaron de terror. Quedarme sola con ese par de degenerados era lo peor que me podía pasar. Quién sabe qué propósitos malignos me tenían preparados, pero de seguro no eran lo mejor para mi.

Quise protestar, pero el que estaba custodiándome, me sujetó fuertemente por el brazo y me puso la mano en la boca. Mi voluntad estaba por el piso, sentía que todo el cuerpo me temblaba de miedo.

Tenía la boca seca y el estomago me daba vueltas dentro del cuerpo. Ante un golpe en la cabeza que el tipo dio a Ramón, este entendió que no había nada de broma en lo que le decían, por lo que lentamente, con las manos en alto y caminando hacia atrás de forma tambaleante, se fue alejando de nosotros.

Al quedar sola con los brutos, sollozos incontenibles salieron de mi garganta y se me aflojaron las piernas, y si no ha sido el banco en donde habíamos estado disfrutando de lo lindo, mi cuerpo hubiera golpeado en tierra; estaba desmoronada, era una situación en la que, aunque no sabia lo que me esperaba, presentía que no me iba a gustar nada.

El jefe se sentó a la par mía y con una voz delicada, calma, sosegada, en contraposición de la amenazante que hasta hace un minuto había hecho cagarse de miedo a mi y a mi novio, me dijo:

-Calma, no te queremos hacer daño. Todo lo contrario, deseamos terminar lo que tu novio no pudo concluir. Te vamos a llevar al paraíso, pero para ello, tu tienes que cooperar y así, más pronto iras a reunirte con tu novio y se podrán ir a casa sin salir lastimados.

Al oír eso, abrí los ojos como platos, ya que fue hasta ese momento que comprendí que los degenerados pretendían hacerme lo que ellos quisieran. La sola idea me revolvió las tripas y tratando de salvar la situación, inicié una protesta:

-¡Estás loco hijo de puta….!!

-«Shhh, shhhh»- Puso una mano sobre mi boca, acallando mi negativa. –»Mira, si haces lo que te digamos, vas a disfrutarlo de lo lindo, si no, vamos a conseguirlo de todas formas, pero te iráscon una buena tunda a tu casa; con el peligro que te causemos alguna herida en tu cuerpo, lo que en una muchacha joven como tu, no se vería bien quedar marcada».

Me había calmado un poco y estaba revolucionando mi mente de cómo salir de la situación, pero me la habían puesto sin opciones, por lo que tendría que manejar el asunto de la forma más llevadera posible.

De todas formas, aunque me opusiera, harían de mi lo que deseaban y sumado, me golpearían de mala manera, por lo que me propuse, cerrar mis sentidos y hacer lo que me pidieran. Además, así terminaría rápido mi sufrimiento y, si cumplían su promesa, me iría a casa solo con mi honor agraviado. Tomando su mano, me la quité de la boca y con voz entrecortada, le dije viendo directamente a sus ojos:

-Si hago lo que ustedes dicen, ¿me dejareis ir tranquilamente a casa?.

-Si lindura.- Su voz sonaba deseosa y su mirada me llegaba hasta el alma.

-¿No me haréis daño?.

-No ricura.

Tomando aire con una bocanada, resignada a soportar inevitablemente por unos momentos a estos dos desgraciados, resueltamente les dije:

-Venga, que sea lo que Dios quiera.

Acercando su rostro hacia el mío, tan cerca que su aliento me lo tragaba con cada respiro, poniendo una cara de apetito sexual malsano y desenfrenado, me replicó:

-Tu eres quién lo va a desear, vas a pedirnos y suplicarnos que terminemos porque te vas a morir de tanto placer que vas a recibir.

Un escalofrió recorrió todo mi cuerpo, no se si por miedo a prever lo que venia, o ante la sensación contradictoria de sentir ese aliento que no tenía nada de repulsivo a como esperaba, al contrario, me llegaba a lo más profundo de mi alma, y lo peor es que por un momento lo disfruté a plenitud.

Su cara se pegó a la mía, aprisionando mi boca con sus labios, y aunque no respondí a su lujurioso beso, los labios y lengua varonil, que inteligente y expertamente me chupaban y lengüeteaban mi boca, hicieron palpitar mi sexo y no hice nada por rehuir.

Lo dejé que disfrutara de mi boca a como él quisiera y cuando estaba en el éxtasis y a punto de responderle, su compinche me tomó de los brazos, obligándome a levantarme y muy a mi pesar fui desprendida de su caricia.

El tipo me tomo por detrás y con sus dos manos tomó, con lujo de desfachatez y emitiendo sonidos obscenos con su boca, mis pequeñas pero sólidas tetas. Mi cuerpo involuntariamente se electrizó, mis pezones se endurecieron ante el contacto y las caricias de esas manos, que contra todo presagio, me estaban dando un placer que no imaginé en un inicio.

Calladamente, para no demostrar que estaba disfrutando, involuntariamente separé las piernas y al estar de frente al jefe, lo estaba casi invitando a meterme mano. El tipo entendió el sutil mensaje de mi cuerpo.

Metió ambas manos por debajo de m vestidito, y tomando los laterales de mis bragas, las extrajo lentamente, ayudándole en el proceso al levantar alternativamente los pies y que salieran sin dificultad.

Yo estaba que me derretía por dentro. Las manos apretaban muy cariñosamente mis ubres, haciendo presión en los lugares precisos de mis pezones, para llevarme a un estado de excitación que hasta ese momento no conocía.

Sentí su lengua en mi oído, cuello, mejillas y oleadas de escalofríos se esparcieron por todo mi cuerpo, sobre todo cuando manifestó con vos entrecortada por la emoción:

-Son las tetitas más duras y sabrosas que he tenido entre mis manos. Con razón el pendejo de tu novio se babea contigo.

El jefe volvió a usar sus manos, esta vez para levantar mi vestido hasta mi ombligo, dejando a su entera vista, mis bien torneadas piernas y mi coño cubierto no por pelos, sino por una coqueta pelusa, denotando mi tierna edad. Al verla, el tipo abrió los ojos y boca en una clara demostración de admiración de mis encantos.

-¡Qué coñito más lindo que tiene esta hembra!. Si está tiernito, si no lo han cubierto los pelos. Y qué delicioso al tacto.

Había llevado su mano al frente de mi coñito y pasaba sus dedos por la felpa, disfrutando de tener un tierno y carnoso coño ante si, pero haciendo que yo me estremeciera ante el contacto de su mano.

Sentí que el que estaba atrás, bajó la cremallera de mi vestido y tomándolo por los hombros, me lo jaló hacia abajo, dejándome ante ellos solo con mis sandalias como vestimenta.

Extrañamente no tenía ninguna vergüenza de estar desnuda ante ellos, al contrario, sentía un morbo muy especial al tener ante mi, a una pareja de desalmados asaltantes, admirando mi cuerpo y como corderitos traviesos, tocando tímidamente mis partes más sensibles.

El jefe se adelantó hacia mi, iniciando unos chupetes de película en mi plano vientre. Si no ha sido que estaba recostada contra su compinche, mis huesos hubieran dado contra el piso, ya que los besos en mi vientre y ombligo, me supieron a gloria, aflojando mis piernas.

Luego de un rato, se levantó del duro asiento y en su lugar colocó su chaqueta de dril desteñido e invitándome a que me acostara.

Procedí con la invitación, echándome completamente en el banco y flexionando mis rodillas, en un gesto de demostración de pudor, llegando incluso a cruzar mis brazos frente a mis tetitas, como ocultándome avergonzadamente de sus miradas.

Ambos tomaron, cada uno un pie y delicadamente me sacaron las sandalias y ante mi sorpresa, los dos tipos se dedicaron a chuparme todo el pie, cada cual con el suyo.

Creo que fue en ese momento que toda mi resistencia, si tenía alguna, se desmoronó por completo.

Al sentir sus tibios labios y sus húmedas lenguas recorrer cada centímetro de mis pies, haciéndome sentir como una soberana venerada por sus lacayos, además que chupaban con sabiduría cada palmo de ellos, me desinhibí e involuntariamente solté un quejido de placer que me recorría la espina dorsal. Al oírme, el segundón comentó pícaramente:

-La chiquilla ya está a tono, Silvio. Es hora que se dedique a nosotros.

-Calma Lucho. Quiero que toque el cielo con las manos. Yo le voy a mamar el coño y tu, mámale bien las tetas. Si estaba cagada de miedo, ahora se va a mear de puro placer.

Sentí que mis pies los apoyaban en los poderosos hombros del jefe, que al sentir sus músculos al contacto con mi piel, los afirmé bien para disfrutar el contacto.

Dejando mis piernas flexionadas y con ambas manos, el jefe las separó para introducirse entre ellas. Inició besando la parte interna de mis muslos, provocándome convulsiones de placer. Los besos se transformaron en chupetes bien estudiados.

A la par sentía las ricas chupeteadas de tetas que el otro sujeto me brindaba.

Creo que caí en éxtasis, ya que perdí por un momento la noción del espacio y el tiempo, hasta que el augurio de un orgasmo, me devolvió a la realidad.

Tomando por la cabeza al que me mamaba las tetas, lo obligué a permanecer ahí, mientras que mis piernas aprisionaban la cabeza del jefe, dándoles a entender que iba a correrme.

Ellos sabiamente entendieron y aceleraron sus lamidas y chupeteos y entre jadeos entrecortados, sumado a contracciones de mi cuerpo, me di una soberana corrida en la boca del musculoso asaltante. Luego de más chupetes, ambos se situaron a mis costados, uno a cada lado y tomando mis manos las llevaron hacia su entrepierna.

-Manosea lo que te vas a comer preciosura. Seguro nunca te han ofrecido tanta carne en una sola sentada.

Al tocar sus endurecidos penes, casi me da un ataque, no se si de temor o de emoción, ya que entre mis manos pude sentir un par de trancas bien proporcionadas, palpitantes y bien tiesas por la excitación.

Con un descaro que aun hoy me da escalofríos, se las apreté con apetito desmedido, dejando que mis manos sintieran en toda su magnitud, aquella pareja de vivas herramientas que yo había hecho endurecer.

Ambos, como si hubieran estudiado el repertorio, tomaron mis manos y me ayudaron a sobar sus duros garrotes, poniendo de mi parte al apretarlos constantemente, ya que realmente eran dignos de ser acariciados y explorados en toda su magnificencia.

Estaba embobada sintiendo entre mis manos los aparatos de los asaltantes y después de todas las tensiones acumuladas, deseaba descargarme de alguna forma. Poniendo una cara de deseo no fingido y viendo a la cara del atlético jefe, dije:

-Vamos, sáquense las vergas que quiero vérselas y acariciarlas sin ropa.

-Si que tenemos una puta ansiosa. ¿Eh Silvio?

Lo de puta, en vez de ofenderme, me levantó más el morbo y el deseo, poniéndome realmente a tono para desear que me hicieran lo que quisieran.

Mientras pensaba eso, ni cortos ni perezosos, en vez de sacárselas por la cremallera, ambos se desabrocharon los pantalones velozmente y se los quitaron en un santiamén, dejando al aire como ocho pulgadas de carne bien hinchada, que cada una de sus herramientas se gastaba y que al verlas, hicieron que una corriente eléctrica y desenfrenada recorrieran toda mi médula espinal.

Sin pensarlo dos veces, tomé la verga de Silvio, un poco más gruesa que la de Lucho y le di un beso cariñoso en el inflamado glande, para luego sacar mi lengua y ensalivarle todo el gorro.

Con mi otra mano tenía bien agarrada la otra tranca.

El olor y sabor de aquella enorme verga dentro de mi boca, despertaron mis más bajas y primitivas pasiones, haciéndome comportarme como una perra en celo y ofrecérmeles sin ningún tapujo. Viendo a los ojos complacidos del jefe, levanté una pierna casi hasta su cara y le ofrecí sin ningún recato, mi encharcada y ansiosa gruta:

-¡Vamos cabrón!. Prepárame la raja para este hermoso leño. Lubrícame para que me entre toda. Me la quiero tragar completa. Entera.

-¡Si que eres una zorrona bien golosa!. Venga, que hoy te vamos a dar leño hasta que te mueras de gusto y placer.

Mientras volvía a mamarla como un ternero hambriento, una mano del jefe tomó mi pequeño piecesito para mantener mi pierna en alto y con la otra comenzó a sobarme los peladitos labios vaginales; cuando ya estaban empapados con mis jugos, metió con fuerza uno de sus dedos, haciendo que tres cuartas partes de su vergón, se alojaran de golpe dentro de mi boca.

El otro tipo no se estaba quieto, había también sobado mi raja, humedeciéndose bien los dedos, y cuando pegué el brinco de placer por el dedo del jefe, él hizo presión contra el ojete de mi culo.

También su dedo penetró dentro de mi, y aunque al principio me incomodó un poco, su buen tino en el manejo del dedo, hicieron que mi culo se relajara y recibiera con agrado todo el dedo, hasta que sus nudillos chocaban contra mis abiertas nalgas.

Mientras me metían sus dedos gustosamente, me desentendí de la verga del segundo y abrazando al jefe por sus nalgas, le dediqué una soberana mamada, que yo misma me desconocía. Sintiendo que me iba a correr inminentemente, con temblorosa voz le supliqué al jefe:

-Anda chiquito, méteme la verga que la quiero sentir adentro. Quiero que me culees bien rico mientras me corro. Por favor, culéame con tu vergota. Métemela hasta la garganta.

-Si, mi zorrita. Ya te decía que nos ibas a pedir caña. Te la voy a ensartar toda que hasta vas a voltear los ojos de emoción cuando la tengas por la garganta.

Con una precisión casi estudiada, ambos, al unísono, sacaros sus dedos de mis agujeros, dejándome en libertad para que me acostara completamente en el banco, mientras abría y flexionaba mis rodillas, para que el tipo me ensartara su soberbio tronco, que mi coñito pedía a gritos que lo partiera.

El tipo no me dio tiempo ni de darme cuenta, repentinamente me había situado la punta de la verga en la entrada a mi agujero y de un certero empujón, me alojó todo su mazo en el fondo de mi ser. Creo que casi me muero del gusto.

Apretando duro mis dientes para no gritar, lo abracé con mis brazos al cuello, mientras mi piernas se enroscaban en sus caderas. Inmediatamente el bombeo del tipo fue cadenciosamente sacando y metiendo su instrumento.

Sentía que mi coño se abría plenamente para recibir en toda su magnitud, aquellas bien distribuidas medidas, que hacían a como él hubiera prometido, tocar el cielo con mis manos. Tomando su cara entre mis manos, con un ansia desmedida, le vi a los ojos y le supliqué:

-Métemela duro, que voy a correrme con tu verga adentro. Lléname con su vergota y hazme ver la gloria. ¡Vamos, que ahora sí soy una verdadera puta!. Ahí viene, ahí vieeeeeeene.

Para no pegar el alarido, que hubiera hecho despertar a media ciudad, busqué su boca con la mía, poniendo en mi beso, todo el placer que sentía al estarme corriendo con una soberbia verga perforando mis entrañas.

Después de terminar y aun con nuestras lenguas intercambiando saliva, el jefe comenzó a resoplar, indicándome que estaba a punto de soltar su leche. Me apreté más fuertemente contra él, clavándole mis pezones endurecido contra su torso y moviendo mi cintura como batidora, apresurando su corrida.

Dio un fuerte envión de su cintura y depositando su verga casi por mi pescuezo, torrentes de leche espesa inundaron mis entrañas. Lo acompañé en su corrida, restregué mi peloncito coño contra su pubis y las palpitaciones de su tranca, se fundieron con los estertores de mi raja. Se quedó sobre mi, ambos jadeantes y sudorosos por el enorme zarandeo que habíamos tenido. Pero el segundo estaba en espera, volviéndonos a poner los pies sobre la tierra.

-Vamos perrita, te falta más caña que moler. Mi verga está ansiosa por partirte. Así que anda, dame una buena succionada.

El jefe se deshizo de mi, extrayendo muy a mi pesar, su majestuoso instrumento, impregnado totalmente con mis jugos y su semen. El segundo me puso la verga en mis labios y yo muy servicial y glotona, la atrapé con mi boca, iniciando una mamada que hacía gemir de gusto al matrero.

Con Ia lengua, recorría toda la longitud de su verga, llegando a la base de los cojones, en donde le daba chupetes que hacían que la verga brincara como caballo salvaje y el tipo se babeara de gusto.

El, la mantenía sostenida por la base y de vez en cuando me la restregaba por la boca, como si de un pinta labios se tratara.

Luego de un rato de mamarlo consistentemente, y mientras el tío inclinado sobre mi, me metía su dedo y lo remolineaba en mi encharcado coño, estaba lista para una nueva batalla.

Despegándose de mi, me hizo que me diera vuelta, haciendo que me acostara boca abajo y que mis piernas trataran de abrazar el banco, todo para dejarme el trasero bien abierto para él.

Temiendo que el tipo me partiera con su enorme verga, además que tenía apenas un par de jincones por mi culo, cuando se arrecostó sobre mi y su mejilla presionó la mía, con cierto temor le supliqué:

-Métela suave, mi amor. Tengo el culo casi sin estrenar y no quiero que me hagas daño. Si la metes despacio y con cariño, mi culo te lo va a agradecer y te va a dar la mejor enculada de tu vida.

Al oírme hablar sin disimulo, el tipo emitió unos quejidos de satisfacción, creo que deseando locamente poseerme por mi casi virgen agujero. Puso su mano ante mi boca y me dijo:

-Vamos perrita embramada, échame saliva en la mano, que te voy a lubricar bien el culo, para que te tragues con todo gusto, mi leño.

Escupí en su mano una buena ración de saliva y pude notar cómo la llevaba entre mis nalgas y la aplicaba generosamente en el ojete del culo, aprovechando para meterme uno de sus dedos, con el cual estuvo jugando por un rato, mientras yo elevaba lo que podía mi cintura, para que su dedo no encontrara ninguna resistencia y así poder distender mis músculos y recibir con agrado la verga del degenerado.

Cuando que creyó que ya estaba lista para tragarme su vergota, extrajo su dedo con un chapoteo de mi saliva y apoyó la punta de su garrote contra mi culo y con movimientos lentos pero firmes, fue ejerciendo presión contra la entrada, repentinamente, el glande de un solo golpe, se alojó en mis intestinos, haciéndome pegar un brinquito de susto, pero creo que fue más de placer.

-No brinques todavía putita. Solo te he metido el gorro. Cuando te la hunda toda, ahí sí vas a brincar como un yegua en celo del gusto que te vas a dar.

Suave pero firmemente, el enorme falo se fue abriendo paso en mi ajustadito culo, hasta que los pelos de su pubis se me metieron entre las nalgas, indicándome que las generosas ocho pulgadas de carne maciza, las tenía firmemente alojadas en mi caverna.

Con satisfacción, el degenerado se sentía complacido que me hubiera tragado completa toda su verga, ya que sacando su lengua y pasándola por mis oídos, mejillas y boca, me lengüeteó a su gusto y antojo, mientras me decía:

-Eres la reputa más golosa que nos hemos comido. Nadie se había tragado completos nuestros leños y sin chistar. Seguro que vas a ser la zorra más golosa de tu sector y vas a buscarte las trancas más grandes para que llenen tus agujeros.

En vez de mostrarme asqueada por el descaro del sujeto, lo que hacia era provocarme un infinito deseo, poniéndome cada vez más caliente y morbosa, haciéndome más obscena que él.

-Si hijo de puta, pero no te quedes quieto. Si tu eres un caballo con esa enorme verga, yo soy la potra en celo y tragona que te la va a dejar seca cuando te la ordeñe. Vamos, mueve la verga y párteme el culo. Quiero que me encules a tope. Métela como si quisieras sacármela por la boca, cabrón.

Mis palabras fueron como un látigo arreando al segundo, metiendo sus manos debajo de mi, con una me apretaba una tetita y con la otra se encargaba de mi empapada raja, ensartándome uno de sus dedos con fuerza, mientras agarraba impulso para hundirme sin miramientos, aquella verga que palpitaba de pura emoción. Si el banco hubiera sido de madera, creo que lo hubiéramos partido.

El tipo, aguijoneado con mis palabras, buscaba cómo penetrarme más profundo cada vez. Sacaba suavemente casi toda la estaca de mi culo y con un impulso violento, me la metía de un solo envión a lo más profundo de mis entrañas, hasta que un ¡plas! sonoro, indicaba que me la había atiborrado completa.

Me volví una verdadera putona, con ciertas dificultades, elevé mis nalgas hacia él, con el único propósito de recibir la mayor cantidad de verga dentro de mi culo.

Llevé mis manos hacia atrás y aprisionando fuertemente sus nalgas, lo jalaba contra mi, y al chocar nuestras carnes, yo volteaba los ojos de tanto placer que sentía al estar siendo bombeada sin ninguna consideración por este degenerado vergudo.

El ojete del culo lo tenía bien abierto y lubricado, permitiendo que su miembro entrara como Pedro por su casa y me llevara al arrebato extremo del placer de ser vapuleada por el culo.

Repentinamente, sacó sus manos debajo de mi, se apoyó firmemente contra el banco y tomando un impulso bestial, me la clavó ferozmente hasta que mi pubis se restregó contra la chaqueta del jefe. Sentí que su verga palpitaba incontrolablemente y que mi culo se contraía alocadamente, haciéndome ver oscuro ante la inminencia de nuestros orgasmos.

Clavándole las uñas en sus nalgas, no permití que se saliera nuevamente, dejando que el gorro de su verga, se me atorara lo más profundo de mis intestinos, comenzando un orgasmo de campeonato. Claramente sentí sus chorros de semen inundar mis entrañas y con un –»¡ Ahhhhhhhhhhh!»- ahogado por mi atontamiento, me corrí furiosamente junto con él. Quedamos pegados como perros. Jadeábamos de cansancio y gruesas gotas de sudor corrían por nuestros desnudos cuerpos.

Delicadamente, él me sobaba los cabellos, como agradeciéndome por el excelente placer que le había dado. Súbitamente, una voz nos sacó del trance en que nos encontrábamos. Al abrir mis ojos, vi la enorme verga del jefe ante mi boca y a él hincado frente a mi, que con el jaleo que habíamos armado, se había estado masturbando y ahora estaba a punto de caramelo.

-¡Chúpame la verga desgraciada!. Te voy a perforar las amígdalas con mi leche. Quiero que me saques la crema a punta de lengüeteadas, gran puta.

Estiré mi mano y agarrando la formidable tranca, adelanté mi boca y de un sopetón me metí todo lo que me alcanzaba en la boca.

Chupe con fuerza y con mi lengua lamía la gorda y punzante cabeza de la verga, solo para que enseguida, me llenara la boquita con su espesa esperma que brotaba a pequeños chorritos, mientras la verga brincaba jubilosa de ser succionada a como se debía.

Golosamente fui paladeando cada gota de semen que me caía por la garganta, mientras movía mi culo contra la verga semi-erecta del segundo.

No se cuánto tiempo pasé con las vergas dentro de mi boca y culo. Inexplicablemente no quería que me las sacaran, deseaba que permanecieran duras dentro de mi, pero al cabo de un rato, las extrajeron de mis agujeros, sintiéndome vacía.

Procedí a vestirme nuevamente. Me costaba, ya que me sentía azotada por las soberanas corridas que había sufrido por las dos esplendorosas vergas, que me habían dado placer más allá de lo imaginable.

Ni en mis más degenerados y perversos deseos, habría previsto semejante culeada. Cuando estuve lista, procedí a despedirme de mis asaltantes. Primero del segundo; le di un beso lengüeteado mientras me tomaba descaradamente con sus manos, mi par de firmes nalgas y las apretaba con lujuria. Al encararme con el jefe e iniciar besarlo agradecidamente, tomándome por la cintura me alejó un poco de él y viéndome a los ojos, me dijo:

-Déjame tocar por última vez el día de hoy, esa rica y chorreante raja que tienes entre las piernas.

Subiendo mi vestido hasta la cintura, bajé mis bragas a las rodillas y colgándome de su cuello, le dije:

-Tócamela, te lo mereces. Hoy has hecho que sea la raja más feliz de la tierra y yo la puta más satisfecha del universo.

Al besarlo con toda la pasión que tenía en mi cuerpo, su mano acarició mis ralitos vellos y luego llevó su dedo a la raja, en donde se deleitó jugueteando dentro de mi.

El segundo, ni corto ni perezoso, aprovechó la oportunidad y también zambulló uno de sus dedo en mi ardiente culo, jugando unos dos minutos con mis agujeros, hasta que me desprendí de ellos con mucho pesar. Recompuse mis ropas y al querer soltarme del jefe, puso en mis manos el reloj y el anillo de mi novio.

-Dile al cabrón de tu novio, que el botín más valioso y suculento, lo hemos tomado de ti, y cuando tu quieras un par de vergas de verdad, que te vuelvan loca de placer, ya sabes donde encontrarnos.

Como a los 500 metros de haber caminado, mi novio, cagado de miedo salió a mi encuentro.

Realmente se veía preocupado y perturbado, pero al verme sana y salva, además de haber recuperado sus joyas, respiró más aliviado y sin más dilaciones me fue a dejar a casa, con la advertencia firme que no comentara nada de lo sucedido con nadie, so pena de decirle a todo el mundo, que había huido y me dejó abandonada en manos de unos rufianes. Sin quitarme el vestido, me tumbé en la cama y me dormí casi inmediatamente, sintiendo las caricias de mis dos asaltantes en todo mi cuerpo.

Hoy, al cumplir una semana de este azaroso capítulo de mi vida, me encuentro muy inquieta, ya que mi mente y cuerpo me traicionan involuntariamente. He ido un par de veces a coger con mi novio y aunque he gozado de lo lindo con sus cogidas, en ambas ocasiones he deseado que fueran los dos degenerados vergudos, los que estuvieran sodomizándome a su gusto y antojo.

Algunas noches, incluso me he masturbado ricamente pensando en sus vergas y ganas no me han faltado para salir en su busca. Estoy muy confundida y no se qué hacer, además que no he podido compartir con nadie mi experiencia, por lo que estoy a punto de volverme loca.

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