Capítulo 8: La panza de la puta

Tres meses después de la noche con Raúl, Lucía llegó a casa con una sonrisa que no le conocía. No era su sonrisa de puta. No era su sonrisa de hija. Era otra cosa. Era la sonrisa de alguien que guarda un secreto y no puede más con él.

Me senté en el sofá. Ella se paró frente a mí, con las manos entrelazadas, los ojos brillantes, el cuerpo quieto.

—Estoy embarazada —dijo.

El whisky se me quedó a medio camino de la boca. Lo dejé en la mesa. La miré.

—¿Qué?

—Estoy embarazada. Seis semanas.

—¿De quién?

Y entonces sonrió. Esa sonrisa. Esa maldita sonrisa que lo decía todo sin decir nada.

—De Fernando.

—¿Fernando? ¿El de la orgía? ¿El de los veintitrés centímetros?

—Sí.

—¿Cómo?

—Lo planeé.

Silencio. Largo. Denso. La miré. Me miró. No apartó los ojos. No bajó la cabeza. No se disculpó.

—¿Lo planeaste?

—Sí.

—¿Con él?

—Sí. Lo hablé con él hace dos meses. Antes de la reunión con tus amigos. Antes de tu hermano. Lo busqué. Le dije lo que quería. Le gustó. Le excitó. Quedamos en vernos. Tres veces. Sin condón. Las tres veces. Él se vino adentro. Las tres veces. Y funcionó.

—¿Y con los demás usaste condón?

—Con todos. Con todos tus amigos. Con tu hermano. Con mis clientes. Con todos. Siempre condón. Menos contigo.

—¿Conmigo no?

—Contigo no usé condón las últimas veces. Pero tú no me dejaste embarazada. Porque ya estaba embarazada. De Fernando. Ya estaba embarazada cuando tú te venías adentro. Desde la noche con tus amigos. Desde la noche con Raúl. Ya estaba embarazada. Y no te dije nada porque quería estar segura. Quería hacer la prueba. Quería ir al médico. Y lo hice. Hoy. Seis semanas. De Fernando.

—¿Por qué él?

—Porque es guapo. Porque es inteligente. Porque tiene buenos genes. Porque su verga es la más grande que he tenido y me pareció apropiado que el hijo de la puta de su papá tuviera un padre con buena verga. Y porque no es familia. No es tío. No es primo. No es amigo cercano. Es un cliente. Uno que me gusta. Uno que me cogió bien. Uno que no va a complicar nada.

—¿Y no querías que fuera de tu papá? ¿De tu tío?

—Claro que no. Te lo dije. Soy puta. Soy la puta de mi papá. Pero no soy estúpida. Un hijo de mi padre sería incesto puro. Un hijo de mi tío sería incesto también. Y no quiero eso. No por moral. Por practicidad. Un hijo de Fernando es un hijo de un cliente. Un hijo normal. Sin complicaciones genéticas. Sin riesgos. Un hijo que puedo criar. Que podemos criar. Sin que nadie se pregunte de dónde salió.

—¿Y yo? ¿Qué soy yo en esto?

—Tú eres mi papá. El abuelo. El que cría. El que está. El que me coge. El que me ofrece. El que me abre. El que me sostiene. El que facilita. El que ama. Nada cambia. Solo que ahora tengo una panza. Y la panza va a crecer. Y me van a seguir cogiendo. Y tú vas a seguir ofreciendo. Y a mí me sigue gustando todo. Y a ti te sigue gustando todo.

—¿Y Fernando?

—Fernando sabe. Sabe que estoy embarazada. Sabe que es suyo. Y le gusta. Le excitó la idea desde que se la dije. Cogerse a la hija de un hombre y dejarla embarazada. Dejarla embarazada sabiendo que el padre de ella sabe. Sabiendo que el padre de ella me sigue cogiendo. Sabiendo que el padre de ella me ofrece a otros. Le excitó todo. Y quiere seguir. Quiere cogerme embarazada. Quiere ver la panza crecer. Quiere ser parte.

—¿Parte de qué?

—De todo. De nosotros. De esto. De lo que tenemos. De lo que hacemos. De lo que somos.

Me quedé callado un rato. Bebí whisky. La miré. La miré como se mira a alguien que acaba de decir algo que lo cambia todo. Y nada. Todo y nada. Porque lo que éramos no cambiaba. So