Capítulo 2: La primera vez
Les platicaba en el capítulo anterior de cómo todo esto fue creciendo de manera natural en nuestra familia. Cómo Carolina y yo fuimos criando a los muchachos con una apertura total respecto al cuerpo y al sexo, y cómo poco a poco fue naciendo entre todos nosotros una tensión sexual que ya nadie se molestaba en esconder.
Bueno, pues después de esa cena donde todo quedó en el aire, donde Jorge abrazó a su madre de una manera diferente y donde yo le dije a Carolina que nuestros hijos ya no eran unos niños, las cosas entraron en una etapa nueva. Era como estar en la antesala de algo grande, todos sabían que algo iba a pasar pero nadie quería apresurarlo. Y eso estaba bien, porque lo bonito de esto era precisamente que se diera con naturalidad, sin forzar nada.
Los días siguientes a esa cena fueron raros, pero de un raro bonito. Había una energía en la casa que se sentía hasta en el aire. Los muchachos estaban más atentos a su madre de lo normal, le ayudaban con cosas que antes no le ayudaban, le hacían cumplidos que antes no le hacían. Y Carolina brillaba, se le notaba feliz, como mujer que se siente deseada y que disfruta ese deseo.
Una tarde, Jorge llegó del trabajo —ya trabajaba medio tiempo en una bodega mientras estudiaba— y trajo unas cervezas.
—¿Les late una caguama bien fría? —preguntó al entrar.
—A mí sí —dije yo desde la sala.
—Yo también quiero una —dijo Carolina desde la cocina.
—¿Y tú, Luis? —gritó Jorge hacia el cuarto de su hermano.
—¡Va! —respondió Luis.
Jorge trajo las cervezas, nos sentamos los cuatro en la sala, y ahí estábamos, platicando como cualquier familia, pero con esa corriente debajo que todos sentíamos. Carolina traía un vestido de casa, de esos flojos que se usan para el calor, y debajo nomás traía un calzón de algodón. Sin brasier. Se le notaban los pezones marcándose contra la tela del vestido, y los muchachos, aunque trataban de no mirar fijamente, no podían evitar echarle miradas.
Yo tomaba mi cerveza y observaba todo con calma. Me gustaba ver cómo se desarrollaba esto solo, sin que nadie tuviera que decir nada explícito.
—¿Y qué tal en el trabajo, Jorge? —pregunté para hacer plática.
—Pues ahí nomás, papá. Igual que siempre. Cargando cajas, surtiendo pedidos. Nada del otro mundo.
—¿Y alguna novia, o qué? —preguntó Carolina con una sonrisa.
—Nada serio, mamá. Nomás unas platicaditas por ahí, nada formal.
—¿Y por qué nada formal? —seguí yo.
—Pues no sé, la verdad. Las muchachas de mi edad están bien, pero... no sé, a veces siento que busco algo diferente.
—¿Diferente cómo? —preguntó Carolina, mirándolo fijo.
Jorge se tomó un trago largo de cerveza y dijo:
—No sé cómo explicarlo. Algo más... real, supongo. Las muchachas de mi edad son bien inocentes, bien niñas. Yo creo que me gustan las mujeres que saben lo que quieren, que tienen más experiencia.
Carolina y yo nos miramos de reojo. El mensaje era claro, aunque Jorge no lo dijera abiertamente. Y Carolina, con toda naturalidad, respondió:
—Pues tienes razón, hijo. Las mujeres con experiencia sabemos lo que queremos y no andamos con tonterías. Las muchachitas de tu edad apenas están descubriendo las cosas.
—Exacto, mamá. Eso es lo que digo.
Luis, que hasta entonces había estado callado, tomó su cerveza y dijo:
—Pues yo estoy de acuerdo con mi hermano. Las muchachas de nuestra edad están bien, pero les falta... no sé, les falta fuego.
—¿Fuego? —pregunté yo, divertido.
—Sí, papá. Fuego. Como que no se sueltan, están con muchas inhibiciones. Como que tienen miedo de disfrutar de verdad.
Carolina soltó una risita y dijo:
—Pues cuando encuentren a una mujer con fuego, se van a dar cuenta de la diferencia.
—¿Tú crees, mamá? —preguntó Jorge.
—Yo lo sé, hijo. Lo sé por experiencia.
Ahí quedó la plática, pero el ambiente había subido de temperatura. Nos tomamos otra cerveza cada uno, y la conversación fue derivando hacia otros temas, pero esa chispa ya estaba encendida.
Esa noche, en la cama, Carolina me contó lo que había sentido.
—Fer, ¿escuchaste lo que dijeron?
—Sí, claro. Que les gustan las mujeres con experiencia y con fuego.
—Sí, eso. No puedes negar que nos estaban diciendo algo.
—Pues sí, Caro. Nos estaban diciendo que les gustan las mujeres, no las niñas. Y tú eres una mujer con experiencia y con fuego.
—Fer... ¿tú crees que se refieren a mí?
—Creo que sí, Caro. Y creo que tú también sabes que sí.
Carolina se quedó callada un momento y después dijo:
—Me emociona, Fer. Me emociona y me da nervio al mismo tiempo.
—Es normal, Caro. Pero no hay que apresurar nada. Ya llegará el momento.
—¿Y cuándo crees que sea el momento?
—Cuando se dé, Caro. Cuando se dé.
Pasaron un par de semanas más. La dinámica en la casa seguía la misma, con coqueteos cada vez más abiertos, roces más intencionados, miradas más largas. Yo seguía observando todo y hablando con Carolina en las noches, planeando cómo sería el momento cuando llegara.
Una tarde, un sábado, le propuse a Carolina:
—Caro, ¿qué te parece si este sábado hacemos una noche de relajo en casa? Nomás los cuatro, unas cervezas, algo de cenar, platicar.
—¿Y qué tienes en mente, Fer? —preguntó con esa mirada que ya sabía que yo estaba tramando algo.
—Nada en específico, Caro. Nomás pasar un rato agradable. Pero si las cosas se dan, pues que se den.
—¿Y si no se dan?
—Pues nada, nomás pasamos un rato agradable. No hay presión.
—¿Y si se dan? ¿Cómo te imaginas que sea?
—Tranquilo, Caro. Sin apuros. Yo creo que primero tenemos que estar los cuatro relajados, platicar, tomar algo. Y si el ambiente se presta, yo puedo empezar contigo, para que ellos vean que está bien, que no hay nada de malo. Y después, poco a poco, invitarlos. Pero con calma, sin forzar nada.
—¿Tú primero conmigo enfrente de ellos?
—Sí, Caro. Para darles confianza. Para que vean que tú y yo estamos de acuerdo, que no es algo escondido, que no hay celos ni nada raro. Y después, si ellos quieren participar, pues ahí vemos cómo se da.
Carolina se lo pensó un momento y después asintió.
—Me late, Fer. Pero prométeme que si se sienten incómodos, paramos.
—Claro que sí, Caro. Lo más importante aquí es que todos estemos cómodos.
El sábado llegó. Yo me sentía con esos nervios bonitos, como cuando sabes que algo bueno está por pasar, pero no sabes exactamente cómo ni cuándo. Carolina también estaba nerviosa, pero se le notaba más la emoción que el nerviosismo.
Se preparó con cuidado. Se bañó, se puso perfume, se arregló el cabello. Se puso una blusa floja, sin brasier, y un short de esos que se le meten entre las nalgas y que a mí me volvían loco. Se veía buena, muy buena. Como para comérsela.
Yo también me arreglé, me puse un short cómodo y una playera, y preparé la sala. Saqué unas cervezas, unos tequilas, puse música suave, no nada porno ni nada exagerado, nomás algo de ambiente. Preparé también unos snacks, como para una cena informal.
Los muchachos llegaron a la casa como a las ocho de la noche. Jorge venía de estar con unos amigos y Luis de la escuela. Entraron a la sala y vieron todo preparado.
—¿Qué onda, papá? ¿Fiesta? —preguntó Jorge.
—Nomás una noche de relajo en familia. Siéntense, sírvanse una cerveza.
Luis miró a Carolina y no pudo evitar fijarse en cómo se veía. Su mirada fue de arriba abajo, deteniéndose un momento en las tetas que se marcaban bajo la blusa y en las nalgas que apretaba el short.
—Te ves bien, mamá —dijo Luis con una sonrisa.
—Gracias, hijo. Me arreglé un poquito para la ocasión —respondió Carolina, dándole una vuelta como modelando.
—Pues te ves padrísima —agregó Jorge, que también la miraba con ojos de deseo.
Nos sentamos los cuatro en la sala. Carolina y yo en el sillón grande, y los muchachos en el individual de al lado. Empezamos a platicar, a tomar cervezas, a echar relajo. La verdad era agradable, como cualquier noche en familia, pero con esa tensión sexual creciendo poquito a poquito, como la hierba que crece sin que la veas pero que un día ya está alta.
Después de un rato de plática y un par de cervezas, saqué el tequila.
—¿Le laten unos caballitos? —pregunté.
—A mí sí —dijo Jorge.
—Yo también —agregó Luis.
—¿Tú, Caro?
—Pos sí, ¿por qué no? —dijo Carolina con una sonrisa.
Serví cuatro caballitos de tequila y los repartí. Brindamos.
—Por la familia —dije yo.
—Por la familia —repitieron los tres.
Nos tomamos el tequila de un golpe. Ese calor que te baja por el pecho, ese cosquilleo que te relaja. La plática siguió, pero ahora más suelta, más sin filtros, como pasa cuando el alcohol empieza a hacer su trabajo.
En un momento de la plática, Carolina dijo:
—¿Saben qué? Me da gusto que seamos una familia tan unida. No todas las familias pueden platicar así, tan tranquilos, tan honestos.
—Pues sí, mamá —dijo Jorge—. Yo le platico a mis amigos de cómo somos y me dicen que tienen envidia. Que en sus casas no se pueden ni mencionar la mitad de las cosas que nosotros platicamos.
—¿Y qué les platicas? —pregunté yo, curioso.
—Pues que somos abiertos, que no hay temas prohibidos, que ustedes siempre nos han hablado con la verdad sobre todo.
—¿Y sobre sexo también les platicas? —preguntó Carolina.
—Pues sí, mamá. Les digo que ustedes nos explicaron todo desde chiquitos, que nunca nos hicieron sentir que el sexo era malo o sucio. Y me dicen que tienen envidia porque en sus casas ni siquiera pueden mencionar la palabra sexo.
—Pues qué bueno que así sea, hijo —dije yo—. El sexo es algo natural y bonito, no tiene por qué ser un tema prohibido.
—Exacto, papá —dijo Luis—. Por eso yo también le platico a mis amigos. Y la verdad, algunos me dicen que les gustaría tener unos papás como los nuestros.
Serví otros caballitos de tequila. Brindamos otra vez. El ambiente estaba cada vez más relajado, más cálido. Carolina estaba acurrucada junto a mí, con mi brazo alrededor de sus hombros, y los muchachos nos miraban con esa mezcla de cariño y deseo que ya no se molestaban en esconder.
Fue entonces cuando decidí empezar a dirigir la conversación hacia donde quería llevarla.
—Oigan, muchachos, ¿y qué me dicen de sus experiencias? Ya son unos hombres, deben tener sus historias que contar.
Jorge se rio y dijo:
—Pues nada del otro mundo, papá. Ya sabes que he tenido novias, pero la verdad ninguna ha sido gran cosa.
—¿Y por qué dices eso? —pregunté.
—Pues porque... no sé, como le decía a mamá, las muchachas de mi edad están muy inhibidas. No se sueltan, no disfrutan de verdad. Todo es como con miedo, con pena. Y yo lo que quiero es alguien que disfrute del sexo sin complejos.
—¿Y tú, Luis? —pregunté.
—Lo mismo, papá. He estado con unas muchachas, pero la verdad siento que me falta algo. Como que no termino de satisfacerme, ¿saben?
—¿Y qué creen que les falte? —preguntó Carolina, con esa voz suave que usaba cuando quería sonar inocente pero que a mí me calentaba.
—Pues... —Luis se miró las manos, como buscando las palabras—. Alguien que sepa lo que hace. Alguien con experiencia, como dice Jorge. Alguien que no tenga pena de disfrutar y de hacer disfrutar.
—¿Y si les digo que esas mujeres existen, pero que tienen que saber dónde buscarlas? —dije yo.
—¿Y dónde están, papá? —preguntó Jorge medio en broma.
—Pues a veces están más cerca de lo que creen —dije yo, mirándolos a los ojos.
Hubo un silencio. Los muchachos me miraron, después miraron a Carolina, y después se miraron entre ellos. Carolina tenía la vista baja, pero se le notaba que estaba sonriendo.
—¿A qué te refieres, papá? —preguntó Luis, con la voz un poco tensa.
—Me refiero a que en esta casa hay una mujer con experiencia, sin complejos, que disfruta del sexo sin pena. Y que además es una mujer que los quiere, que los conoce, que sabe lo que les gusta y lo que no.
Otro silencio. Más largo este. Los muchachos no sabían qué decir. Carolina levantó la mirada y los miró a los ojos, uno por uno.
—Hijos, su papá y yo hemos platicado mucho sobre esto —dijo Carolina con voz tranquila—. Y queremos que sepan que en esta casa no hay temas prohibidos, como siempre les hemos dicho. Si ustedes sienten algo, si tienen deseos, no tienen que sentirse culpables. Es natural, es normal.
—¿Ustedes están sugiriendo lo que creo que están sugiriendo? —preguntó Jorge, con los ojos bien abiertos.
—¿Y qué crees que estamos sugiriendo, hijo? —pregunté yo.
—Pues... que... no sé, papá. Dímelo tú.
—Te lo voy a decir claro, Jorge, porque en esta familia siempre hemos sido claros. A tu mamá y a nosotros nos gustaría que algún día, si ustedes quieren, si están cómodos, pudieran compartir algo más con nosotros. Algo íntimo. Pero solo si ustedes quieren, sin presión, sin obligación.
Jorge tragó saliva. Luis estaba quieto, mirándonos. El ambiente estaba tenso, pero no de una tensión mala, sino de esa tensión que precede a algo grande.
—¿Ustedes están hablando en serio? —preguntó Luis.
—Completamente en serio, hijo —dijo Carolina—. Pero quiero que sepan algo: esto solo va a pasar si ustedes quieren. Su papá y yo lo hemos platicado mucho, y decidimos que, si algún día se da, que sea porque todos lo queremos, no porque alguien nos obligue.
—¿Y tú, papá? ¿Tú estás de acuerdo con esto? —preguntó Jorge, mirándome como queriendo confirmar que no era una trampa.
—Completamente de acuerdo, hijo. Les voy a ser honesto: a mí me excitaba la idea de verlos con su mamá. No me molesta, no me da celos. Al contrario, me parece algo bonito, algo natural, si se hace con cariño y respeto.
Los muchachos se quedaron callados un rato. Serví otros caballitos de tequila y se los di. Se los tomaron en silencio, procesando todo.
Fue Jorge el primero en hablar.
—Pues... la verdad, no les voy a mentir. A mí me late. Desde hace tiempo me late. Mamá, te ves bien buena, y no es nomás por tu cuerpo, es por todo. Por cómo eres, por cómo nos tratas, por cómo te comportas. Y si papá está de acuerdo y tú estás de acuerdo, pues yo también.
Luis asintió y dijo:
—Yo también. La verdad, hacía tiempo que sentía esto y no sabía cómo decirlo. Me sentía culpable, pero si ustedes dicen que no hay nada de malo, pues... me late.
Carolina sonrió, con los ojos brillantes, y les dijo:
—Gracias, hijos. Eso me hace muy feliz. Pero quiero que sepamos que vamos a ir despacio, sin apuros. Hoy nomás platicamos y nos relajamos. Lo que pase, pasa con calma.
—¿Hoy puede pasar algo? —preguntó Jorge, con una mezcla de emoción y nervios.
—Si se da, se da, hijo. Pero sin presión —dije yo—. Primero vamos a estar tranquilos, a platicar, a tomar. Y si el ambiente se presta, pues ahí vemos.
Seguimos platicando y tomando. La tensión inicial se fue disipando con el alcohol y con la honestidad. Los muchachos se relajaron, Carolina se relajó, y yo me sentía como el director de una orquesta que sabe que la música está a punto de empezar.
En un momento, Carolina se levantó para ir a la cocina por más hielo, y al pasar detrás del sillón donde estaba Jorge, le puso la mano en el hombro y se la apretó suavemente. Jorge cerró los ojos y puso su mano sobre la de su madre. Fue un gesto pequeño, pero cargado de significado.
Cuando Carolina volvió, en lugar de sentarse junto a mí, se sentó en el otro extremo del sillón grande, dejando un espacio entre ella y yo. Los muchachos estaban en el sillón de al lado, mirándola.
—Vengan, siéntense aquí con nosotros —dije yo, señalando el espacio entre Carolina y yo—. Aquí hay lugar.
Los muchachos se miraron, se levantaron y vinieron a sentarse con nosotros. Jorge se sentó junto a Carolina, y Luis junto a mí. Ahí estábamos los cuatro, apretados en el sillón grande, con los cuerpos rozándose.
Carolina le pasó el brazo a Jorge por los hombros y él, con un poco de timidez, le puso la mano en la pierna. Carolina no dijo nada, nomás sonrió y apoyó la cabeza en el hombro de su hijo.
Yo le puse la mano a Luis en la espalda y le dije en voz baja:
—Tranquilo, hijo. Todo está bien.
Luis asintió y se relajó un poco.
El ambiente estaba cargado de electricidad. Los cuatro sabíamos que algo iba a pasar, pero nadie quería dar el primer paso. Fue entonces cuando decidí tomar la iniciativa, como habíamos acordado Carolina y yo.
—Caro —le dije—, ven aquí.
Carolina se levantó y vino a sentarse junto a mí, entre los muchachos y yo. La tomé por la cintura y la besé. Un beso largo, profundo, de esos que la ponen caliente. Carolina respondió con ganas, abriendo la boca, metiéndome la lengua.
Los muchachos nos miraban en silencio, con los ojos fijos en nosotros. Yo sabía que estaban viendo a sus padres besarse con pasión, y que eso les estaba dando permiso para saber que estaba bien.
Le metí la mano por debajo de la blusa a Carolina y le agarré una teta. Ella gimió suavemente y se apretó más contra mí. Le levanté la blusa, dejando sus tetas al aire, y le empecé a besar los pezones. Carolina echó la cabeza hacia atrás y suspiró.
—Miren, muchachos —dije yo, sin dejar de besar las tetas de Carolina—. Su mamá es una mujer hermosa, y no hay nada de malo en admirarla, en desearla.
Los muchachos no decían nada, pero sus ojos estaban fijos en las tetas de su madre, en cómo yo las besaba y las lamía. Carolina los miraba a ellos mientras yo le besaba las tetas, y se le notaba que le excitaba que la vieran.
Me separé un momento de Carolina y le dije:
—Caro, ¿por qué no les das un beso a los muchachos?
Carolina se volteó hacia Jorge, que estaba sentado a su lado, y lo miró a los ojos. Jorge la miró a ella, con una mezcla de deseo y nerviosismo. Carolina se acercó lentamente y lo besó. Un beso suave al principio, apenas un roce de labios. Después, más intenso. Jorge abrió la boca y Carolina metió la lengua. El beso se fue calentando, y Jorge le puso la mano en la cintura, después la subió hasta la teta. Carolina gimió en su boca.
Luis los miraba con los ojos brillantes, con la verga ya dura marcándose en el short. Yo le puse la mano en el hombro y le dije:
—Tu turno viene después, hijo. Nomás relájate y mira.
Carolina y Jorge se separaron del beso, ambos jadeantes. Carolina lo miró con una sonrisa y le dijo:
—¿Te gustó, hijo?
—Mucho, mamá. Mucho.
Carolina se volteó hacia Luis y le dijo:
—Ven aquí, Luis.
Luis se acercó y Carolina lo besó. El beso fue más intenso desde el principio, como si Luis hubiera estado esperando ese momento con toda la tensión acumulada. Le metió las manos en el cabello a Carolina y ella le agarró la nuca. Se besaron largo rato, con pasión, con hambre.
Yo los miraba a los tres, con mi verga dura dentro del short, sintiendo una excitación que no había sentido nunca. Ver a mi mujer besando a nuestros hijos, ver cómo se tocaban, cómo se deseaban, era algo que me calentaba hasta la médula.
—Bueno —dije yo, tomando la palabra—, ¿por qué no nos vamos al cuarto? Aquí ya está medio incómodo.
Los cuatro nos levantamos y fuimos al cuarto principal. La cama era grande, cómoda, perfecta para lo que iba a pasar. Carolina se quitó la blusa y se quedó con el short y su calzón debajo. Los muchachos se quedaron en bóxer, y yo igual.
Nos sentamos en la cama, los cuatro. Carolina en medio, Jorge a su derecha, Luis a su izquierda, y yo frente a ellos, recargado en la cabecera.
—Caro —le dije—, ¿por qué no le muestras a los muchachos lo bonita que eres?
Carolina sonrió y se levantó. Se quitó el short lentamente, moviendo las caderas, y se quedó con el calzón nomás. Sus tetas grandes se movían con cada movimiento, y los muchachos no podían apartar la mirada.
—¿Les gusta lo que ven? —preguntó Carolina, mirándolos.
—Mucho, mamá —dijo Jorge con la voz ronca.
—Estás bien buena, mamá —agregó Luis.
Carolina se rio y se sentó entre los dos.
—¿Quieren tocarla? —pregunté yo—. Vayan con calma, sin apuros.
Jorge fue el primero. Le puso la mano en una teta y la apretó suavemente. Carolina cerró los ojos y suspiró. Luis, viendo a su hermano, le puso la mano en la otra teta. Ahí estaba Carolina, con sus dos hijos tocándole las tetas, y yo viéndolo todo con una excitación que me crecía por momentos.
—Chúpenselas —les dije—. A su mamá le gusta que le laman las tetas.
Jorge se inclinó y le tomó un pezón en la boca. Lo chupó suavemente, lo lamió, lo mordió con cuidado. Luis hizo lo mismo con el otro. Carolina echó la cabeza hacia atrás y gimió.
—Ay, hijos, qué rico —susurró Carolina.
Los muchachos le lamían y le chupaban las tetas con ganas, como si estuvieran disfrutando de un manjar. Carolina les acariciaba la cabeza, los apretaba contra sus tetas, gemía con cada lametón.
Yo me acerqué y le bajé el calzón a Carolina, dejando su panocha al aire. Tenía el pubis con algunos pelos naturales, no se lo rasuraba completo, y se le notaba la humedad, estaba mojada.
—Miren, muchachos —les dije—. Su mamá ya está mojada. Eso significa que está excitada, que le gustan lo que están haciendo. ¿Por qué no le dan un beso más abajo?
Los muchachos se separaron de las tetas y miraron la panocha de su madre. Era la primera vez que la veían tan de cerca, tan abierta, tan mojada.
—Yo voy primero —dijo Jorge, con una mezcla de timidez y decisión.
Se acomodó entre las piernas de su mamá y la miró a los ojos. Carolina le sonrió y le dijo:
—Tranquilo, hijo. Nomás haz lo que te salga del corazón.
Jorge se inclinó y le dio un beso en la panocha. Un beso suave, al principio. Después sacó la lengua y la lamió desde abajo hasta arriba, probando los jugos de su madre. Carolina gimió fuerte y agarró a Jorge del cabello.
—Ay, hijo, qué rico. Sigue, sigue lamiendo.
Jorge empezó a lamer con más confianza, pasando la lengua por toda la panocha, alrededor del clítoris, metiéndola un poco en la vagina. No era un experto, se notaba que estaba aprendiendo, pero lo hacía con ganas y con cariño, y eso era lo que importaba.
—Así, Jorge, así —le decía Carolina—. Ahora pon atención a este puntito de arriba, ese es el clítoris. Lámelo suave, nomás con la punta de la lengua.
Jorge obedeció y le lamió el clítoris. Carolina se estremeció y abrió más las piernas.
—¡Ay, sí! Así, hijo, qué rico lo haces.
Luis miraba a su hermano y a su madre, con la verga durísima dentro del bóxer, tocándose por encima de la tela. Yo le dije:
—Tu turno viene al rato, Luis. Nomás mira y aprende.
Jorge siguió lamiendo a Carolina por un buen rato, y Carolina estaba cada vez más caliente, moviendo las caderas contra la boca de su hijo, agarrándolo del cabello, gimiendo sin parar.
—¡Ay, hijos, me voy a venir! —gritó Carolina—. ¡Jorge, no pares, me voy a venir!
Jorge lamió más rápido y Carolina se vino con un gemido largo, estremeciéndose, apretando las piernas contra la cabeza de su hijo. Jorge siguió lamiendo hasta que Carolina se calmó y lo apartó suavemente.
—Ven aquí, hijo —le dijo Carolina, jalándolo hacia arriba—. Déjame probar mis jugos.
Jorge subió y Carolina lo besó, lamiendo sus propios jugos de la boca y la barbilla de su hijo.
—¿Te gustó, hijo? —le preguntó.
—Mucho, mamá. Me gustó mucho.
—¿Y te supo rico?
—Rico, mamá. Riquísimo.
—Ahora tú, Luis —dijo Carolina, mirando al menor—. Ven aquí.
Luis se acomodó entre las piernas de su madre con más decisión que su hermano. Se notaba que había estado observando y aprendiendo. Le dio un beso largo en la panocha y después empezó a lamer con más técnica, pasando la lengua plana por toda la vulva, después concentrándose en el clítoris con movimientos circulares.
—¡Ay, Luis! —gimió Carolina—. Lo haces bien rico, hijo. ¿Dónde aprendiste eso?
—Nomás viendo, mamá —dijo Luis sin apartarse de su panocha.
Carolina soltó una risa que se convirtió en gemido y agarró a Luis del cabello. Luis lamió y chupó con ganas, metiendo la lengua dentro de la vagina de su madre, probando sus jugos, después volviendo al clítoris.
Yo estaba recargado en la cabecera, viendo todo, con la verga tan dura que me dolía. Me la saqué del bóxer y me la empecé a jalar despacio mientras veía a mi hijo menor comiéndose la panocha de su madre.
Carolina me miró y me dijo:
—Fer, me voy a venir otra vez. Luis me está haciendo venir otra vez.
—Vente, Caro. Vente en la boca de tu hijo.
Carolina se vino con otro gemido largo, más intenso que el primero, apretando las piernas y arqueando la espalda. Luis siguió lamiendo hasta que Carolina lo apartó, temblando.
—¡Ay, qué rico, hijos! —dijo Carolina, respirando fuerte—. Los dos me lo hicieron muy rico.
Después de que Carolina se recuperó un poco, se sentó y miró a los muchachos. Los dos tenían las vergas duras marcándose en los bóxers, y Carolina no pudo evitar fijarse.
—Ahora les toca a ustedes —dijo Carolina con una sonrisa—. Quiero darles las gracias por lo bonito que me hicieron sentir.
—¿Qué quieres hacer, mamá? —preguntó Jorge.
—Quiero mamarles la verga, hijo. ¿Te late?
—Sí, mamá. Me late mucho.
Carolina le bajó el bóxer a Jorge y su verga salió rebotando. Estaba dura, grande, circuncidada, con la cabeza bien marcada y colorada. Carolina la miró con admiración.
—Ay, hijo, qué verga tan bonita —dijo Carolina, tomándosela en la mano—. Tu papá tenía razón, ya eres un hombre.
Jorge soltó una risa nerviosa y Carolina se la metió en la boca. Empezó a mamar despacio, pasando la lengua por la cabeza, después bajando por el tronco, después metiéndosela hasta el fondo. Jorge echó la cabeza hacia atrás y gimió.
—¡Ay, mamá, qué rico!
Carolina mamaba con experiencia, con ganas. Se notaba que disfrutaba hacerlo. Le chupaba la verga a su hijo con la misma pasión con la que me la chupaba a mí, y verlo me excitaba más de lo que imaginaba. Me seguía jalando la verga despacio mientras veía a Carolina chupándosela a Jorge.
—¿Cómo te sientes, Jorge? —le pregunté.
—Riquísimo, papá. Mamá me la está mamando bien rico.
—Disfruta, hijo. Tu mamá sabe hacerlo bien.
Luis miraba a su hermano recibiendo la mamada, con una mezcla de envidia y excitación. Carolina lo notó y, sin soltar la verga de Jorge, le hizo señas a Luis para que se acercara. Luis se acercó y Carolina le bajó el bóxer. Su verga era más gruesa que la de Jorge, también grande, y Carolina la agarró con la mano libre mientras seguía mamándole a Jorge.
Ahí estaba mi mujer, con la verga de un hijo en la boca y la del otro en la mano, y yo viéndolo todo. Era una imagen que me iba a quedar grabada para siempre.
Carolina alternaba entre las dos vergas, mamándole a Jorge un rato, después a Luis, pasando la lengua por las cabezas, metiéndoselas hasta el fondo, acariciándoles los huevos. Los muchachos gemían y se retorcían de placer.
—Ay, mamá, me voy a venir —dijo Jorge.
—Vente en mi boca, hijo —dijo Carolina, y se lo metió todo.
Jorge se vino con un gemido fuerte, descargando toda su leche en la boca de su madre. Carolina tragó todo, hasta la última gota, y después limpió la verga de su hijo con la lengua.
—Riquísima, hijo —dijo Carolina—. Tu leche está rica.
—Ahora yo, mamá —dijo Luis, con la voz tensa de excitación.
Carolina se volteó a Luis y se lo metió todo en la boca. Mamó con ganas, pasando la lengua por toda la verga, chupando fuerte. Luis no duró mucho y se vino también en la boca de su madre, con un gemido que sonó a liberación.
Carolina tragó todo y después se sentó, mirando a sus dos hijos con una sonrisa de satisfacción.
—¿Les gustó, hijos?
—Mucho, mamá —dijeron los dos al mismo tiempo.
Yo estaba tan duro que ya no aguantaba. Me quité el bóxer y mi verga salió, dura, grande, sin circuncidar, con el prepucio corredizo. Carolina me miró y sonrió.
—¿Y a ti, Fer? ¿No te voy a atender?
—Primero quiero que los muchachos vean cómo lo hacemos tú y yo, Caro. Para que vean que está bien, que no hay nada de malo, y para darles confianza.
—Como digas, mi amor.
Carolina se acostó en la cama y abrió las piernas. Me acomodé entre ellas y le besé la panocha, que estaba mojadísima de los jugos que habían sacado los muchachos. La lamí un poco, probando esa mezcla de sabores, y después subí.
Le besé las tetas, el cuello, la boca. Carolina me agarró la verga y me la puso en la entrada de la panocha. La miré a los ojos y le dije:
—¿Lista, Caro?
—Lista, amor.
La penetré despacio, sintiendo cómo su panocha me recibía, caliente y mojada. Carolina gimió y abrazó mis caderas con sus piernas. Empecé a bombear despacio, con movimientos largos, sacando la verga hasta casi salir y metiéndola hasta el fondo.
Los muchachos nos miraban desde el borde de la cama, con los ojos fijos en cómo yo cogía a su madre frente a ellos. Sus vergas estaban otra vez duras, viendo el movimiento de mis caderas contra las de Carolina, viendo cómo sus tetas se movían con cada embestida.
—Miren, muchachos —les dije sin dejar de coger—. Así se le hace a una mujer. Con calma, con fuerza, pero con cariño. ¿Ven cómo a su mamá le gusta?
—Sí, papá —dijo Jorge, mirándonos.
—Ay, Fer, más fuerte —gemía Carolina.
Aceleré el ritmo, cogiéndola más fuerte, y Carolina gemía más fuerte también. La cama se movía con nuestros movimientos, y los muchachos nos miraban con una mezcla de admiración y deseo.
—¿Ven cómo su mamá disfruta? —les dije—. Así se hace, hijos. Haciendo que la mujer disfrute, que se venga, que se sienta bien.
—¡Ay, Fer, me voy a venir! —gritó Carolina.
—Vente, Caro. Vente con los muchachos viendo.
Carolina se vino con un gemido larguísimo, arqueando la espalda, apretándome con sus piernas. Yo seguí cogiéndola un rato más, hasta que no aguanté y me vine también, descargando mi leche dentro de ella.
Me quedé dentro de Carolina un momento, respirando fuerte. Los muchachos nos miraban en silencio, con las vergas duras otra vez.
Me separé de Carolina y me recargué junto a ella. Los dos estábamos sudados, respirando fuerte, pero satisfechos. Carolina miró a los muchachos y les dijo:
—¿Vieron, hijos? Así se hace. Con cariño, con pasión, con ganas.
—Sí, mamá —dijo Luis—. Se ve bonito.
—¿Y ustedes quieren intentar? —pregunté yo, mirándolos.
Los muchachos se miraron entre ellos y después nos miraron a nosotros.
—¿Ahora, papá? —preguntó Jorge.
—Si quieren, sí. Pero con calma. Primero bésenla otra vez, para que esté lista. Y después, cuando ella esté lista, la penetran despacio. Sin apuros.
Carolina abrió las piernas y les dijo:
—Vengan, hijos. Su mamá los espera.
Jorge se acomodó entre las piernas de su madre. Le besó la panocha, que todavía tenía mi leche dentro, y la lamió un poco. Carolina gimió suavemente. Después, Jorge se incorporó y Carolina le agarró la verga, poniéndosela en la entrada.
—Entra despacio, hijo —le dijo Carolina.
Jorge penetró a su madre despacio, centímetro a centímetro. Carolina cerró los ojos y suspiró. Cuando Jorge estuvo dentro, se quedó quieto un momento, sintiendo la panocha de su madre alrededor de su verga.
—¿Cómo se siente, hijo? —le pregunté.
—Riquísimo, papá. Cálida y mojada.
—Ahora mueve despacio. Sácala casi toda y métela otra vez. Disfruta a tu madre y hazla disfrutar también.
Jorge empezó a bombear despacio, con movimientos largos como los que yo había hecho. Carolina gemía y le acariciaba la espalda.
—Así, hijo, así. Qué rico lo haces.
Luis miraba a su hermano cogiéndose a su madre, con la verga dura, esperando su turno. Yo le puse la mano en el hombro y le dije:
—Tranquilo, hijo. Tu turno viene en rato. Nomás mira y aprende.
Jorge fue acelerando el ritmo, cogiendo a su madre con más fuerza, y Carolina gemía más fuerte.
—¡Ay, Jorge, qué rico me coges, hijo! —gritaba Carolina.
—¡Mamá, qué rica panocha tienes! —decía Jorge.
—¡Sigue, sigue cogiéndome! ¡No pares!
Jorge cogió a su madre con fuerza, con ganas, hasta que no aguantó más.
—¡Mamá, me voy a venir!
—Vente dentro, hijo. Lléname de tu leche.
Jorge se vino dentro de su madre con un gemido largo, descargando toda su leche en la panocha de Carolina. Se quedó dentro un momento, respirando fuerte, y después se separó.
—¿Te gustó, hijo? —le pregunté.
—Mucho, papá. Fue lo más rico que he sentido en mi vida.
—¿Listo, Luis? —preguntó Carolina, mirando al menor.
—Listo, mamá.
Luis se acomodó entre las piernas de Carolina. Su verga era más gruesa que la de Jorge, y Carolina la miró con una mezcla de anticipación y deseo.
—Ve despacio, hijo. Tu verga está bien gruesa.
Luis penetró a su madre despacio, y Carolina abrió los ojos grandes al sentir el grosor.
—¡Ay, Luis! Qué gruesa la tienes, hijo.
—¿Te duele, mamá?
—No, hijo, me duele rico. Entra toda.
Luis entró hasta el fondo y Carolina gimió fuerte. Empezó a bombear despacio, sintiendo cómo la panocha de su madre se ajustaba a su verga gruesa.
—¡Ay, Luis, me estás llenando, hijo! ¡Qué rica verga tienes!
Luis cogía a su madre con más fuerza que Jorge, con embestidas más largas, y Carolina se dejaba llevar, gimiendo, agarrándolo de las nalgas, apretándolo contra ella.
Yo estaba recargado en la cabecera, viendo a mi hijo menor cogiéndose a su madre, con la verga otra vez dura. No me la imaginaba tan excitante, pero lo era. Ver a mis hijos cogiéndose a su madre era la cosa más excitante que había visto en mi vida.
—¡Mamá, me voy a venir! —gritó Luis.
—Vente dentro, hijo. Vente conmigo.
Luis se vino dentro de Carolina al mismo tiempo que ella se venía con él. Los dos gemían, se retorcían, se abrazaban. Cuando terminaron, Luis se recargó sobre su madre, respirando fuerte.
Los cuatro nos quedamos acostados en la cama, los cuatro desnudos, sudados, satisfechos. Carolina estaba en medio, con un hijo a cada lado y yo a los pies de la cama.
—¿Y cómo se sienten, muchachos? —pregunté.
—Bien, papá —dijo Jorge—. Como si hubiera pasado algo muy bonito.
—Yo igual —dijo Luis—. Me siento bien, relajado, feliz.
—¿Y tú, Caro? —le pregunté a Carolina.
—Fer, me siento la mujer más feliz del mundo. Gracias a los tres por hacerme sentir tan bien.
—¿Lo volveríamos a hacer? —pregunté.
—Sí —dijeron los tres al mismo tiempo, y nos reímos.
Carolina los besó a los dos, uno por uno, y después me besó a mí.
—Esto nomás es el principio —dijo Carolina con una sonrisa pícara.
—¿Cómo que el principio? —preguntó Jorge.
—Pues porque hay muchas cosas que quiero hacer con ustedes, hijos. Muchas cosas.
—¿Como qué? —preguntó Luis.
—Eso lo veremos después, hijo. Por ahora, nomás disfrutemos este momento.
Yo los miré a los tres, a mi mujer y a mis hijos, acostados juntos en la cama, desnudos, satisfechos, felices. Y supe que Carolina tenía razón. Esto nomás era el principio. Había mucho más por venir, muchas más cosas que explorar, muchos más placeres que compartir.
Pero eso, mis amigos, será para los siguientes capítulos.
Espero tus comentarios. Dime si quieres que ajuste algo o si estás listo para el capítulo 3.
--------------------------- Continúa en capítulo 3 --------------------------------
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión