Capítulo 1: Así empezó todo
Déjenme contarles cómo llegó a formarse esta familia, porque para entender lo que pasó después, hay que saber de dónde venimos y cómo fuimos criando a nuestros hijos. No fue de un día para otro, nada de eso. Fue algo que se fue dando poco a poco, como cuando hierves agua: todo empieza tranquilo, pero a medida que sube la temperatura, las cosas empiezan a moverse solas.
Mi nombre es Fernando, pero todos me conocen como Fer. Tengo 46 años, mido como metro ochenta, complexión regular, ni gordo ni flaco, más bien aguado, como decimos por aquí. Soy moreno claro, como toda mi familia. Soy de los que le gusta platicar, echar relajo, la verdad soy bien extrovertido. Y desde que tengo memoria, siempre fui un hombre bien erótico, me gusta el sexo, me gusta ver, me gusta participar, me gusta todo lo que tenga que ver con el cuerpo y el placer. No tengo vergüenza de decirlo: me calienta todo.
Mi mujer, Carolina, tiene 45 años. Es más bajita que yo, como metro sesenta y cinco, pero qué mujer. Tiene un cuerpo que aún a sus cuarenta y tantos hace voltear a cualquiera. Tetotas grandes, bien formadas, unas nalgas que parecen dos melones apretados, y una cintura que aún se marca. Morena clara como yo, con un cabello largo que le llega hasta la mitad de la espalda. Y lo más importante: es tan caliente como yo, o tal vez más. Desde que la conocí, supe que esa mujer tenía un fuego adentro que no se apagaba. Nunca.
Nos conocimos jóvenes, nos casamos a los veinte y pico, y pronto llegaron los hijos. Primero Jorge, que ahora tiene 24 años, y apenas un año después llegó Luis, que tiene 23. Los dos salieron atléticos, no exagerados, pero se nota que hacen ejercicio. Jorge es el más alto de los dos, con un cuerpo bien proporcionado, hombros anchos y abdomen marcado sin ser esos cuerpos de gimnasio exagerado. Luis es un poco más compacto, pero igual de fuerte, con unas piernas gruesas que heredó de su madre. Los dos son morenos claros, como nosotros.
Vivimos en una ciudad del norte de México, en una casa de clase media, nada del otro mundo. Tres recámaras, sala, cocina, patio trasero. Una casa normal para una familia normal, solo que nosotros no éramos exactamente una familia normal. O bueno, sí lo éramos en la mayoría de las cosas: pagábamos las cuentas, íbamos al súper, los hijos iban a la escuela, yo trabajaba en una empresa de distribución y Carolina tenía su pequeño negocio de belleza a domicilio. Pero había algo que nos diferenciaba de las demás familias, y era nuestra forma de ver el sexo y los cuerpos.
Todo empezó desde que los niños eran chiquitos. Carolina y yo nunca fuimos de los padres que se esconden para cambiarse de ropa o que le dan a todo un nombre ridículo para no decirlo como es. Nosotros desde siempre fuimos francos. Si los niños entraban al cuarto cuando nos estábamos cambiando, no nos tapábamos ni gritábamos ni les decíamos que salieran. Nada de eso. Seguíamos haciéndolo con toda naturalidad.
Yo recuerdo cuando Jorge tendría unos cinco años y Luis unos cuatro. Entraban al cuarto corriendo como siempre hacían los niños, y ahí estaba Carolina cambiándose de ropa después del baño, con sus tetas al aire, y yo igual, poniéndome el pantalón con la verga a la vista. Los niños no hacían más que entrar, agarrar lo que querían y salir corriendo otra vez. Para ellos era lo más normal del mundo ver a sus padres desnudos.
—Fer, ¿no crees que deberíamos tener más cuidado? —me decía Carolina a veces, pero sin mucho convencimiento, porque ella misma no se tapaba.
—¿Cuidado de qué, Caro? Son niños. Mientras no les hagamos un drama de esto, van a crecer viendo el cuerpo como algo natural —le respondía yo.
Y así fue. Nunca le dimos vuelta ni le inventamos nombres raros a las cosas. Cuando Jorge me vio desnudo una vez y me señaló la verga preguntando qué era eso, le dije con toda calma:
—Es la verga, hijo. Todos los hombres la tenemos.
Carolina casi se orina de la risa cuando escuchó eso, pero después pensó que tenía razón. ¿Para qué inventarle un nombre de peluche a algo que tiene su nombre real?
Con Carolina pasó igual. Cuando los niños le preguntaban por qué ella no tenía verga, ella les decía con toda tranquilidad:
—Porque las mujeres no tenemos verga, tenemos panocha. Así somos diferentes.
Y los niños asentían como si les hubiera explicado cómo funcionaban los coches. Sin mayor misterio.
A medida que fueron creciendo, esa naturalidad se fue manteniendo. Cuando ya tenían unos diez u once años, ya entraban a la adolescencia y empezaban a hacer preguntas más específicas, nosotros seguíamos con la misma política: decirles las cosas como son.
Yo recuerdo una vez que Jorge tenía como once años y vino a preguntarme:
—Papá, ¿cómo se hace el sexo?
Yo estaba en la sala viendo la tele, Carolina estaba en la cocina preparando la comida, y Luis estaba en su cuarto. En lugar de incomodarme o mandarlo a preguntarle a su mamá o decirle que ya hablaríamos después, le hice señas para que se sentara junto a mí.
—Mira, hijo, el sexo es cuando un hombre y una mujer se gustan y quieren sentir placer juntos. El hombre mete su verga en la panocha de la mujer, y así los dos sienten rico. A veces también se usan otras partes, como el culo o la boca, pero eso ya es cosa de cada quien.
Jorge me escuchaba con los ojos bien abiertos, procesando todo.
—¿Y tú y mamá lo hacen? —preguntó sin ningún tapujo.
—Claro que sí, hijo. Tu mamá y yo lo hacemos seguido. Es algo normal y bonito cuando dos personas se quieren y se respetan.
—¿Y duele? —preguntó.
—No, hijo, al contrario. Se siente muy rico. Pero tiene que ser con alguien que quiera hacerlo también, nunca se le puede obligar a nadie. ¿Entendido?
—Sí, papá.
Y se fue a jugar como si nada. Así de sencillo.
Cuando le conté a Carolina, ella me preguntó qué le había dicho, y se lo expliqué. Ella estuvo de acuerdo, aunque me dijo:
—Nomás no le des todos los detalles de una vez, Fer, que todavía está chiquito.
—No le di más de lo que preguntó, Caro. Lo que pasa es que hay que irles respondiendo conforme van preguntando, porque si no les respondemos nosotros, se van a enterar por ahí y quizá no de la mejor manera.
Carolina asintió. Sabía que tenía razón.
Con Luis fue parecido, aunque él era más observador que preguntón. Luis siempre fue de los que se queda viendo, analizando, y después hace una pregunta que te saca de onda. Una vez, cuando tendría como doce años, encontró unas películas en el cuarto de Carolina y mías. No eran películas pornográficas fuertes, eran más bien eróticas, de esas que pasan en la tele de paga tarde en la noche, pero que nosotros grabábamos para ver juntos.
—Papá, ¿estas películas son de sexo? —me preguntó mostrándome los discos.
—Sí, hijo, son películas para adultos. Tu mamá y yo las vemos juntos a veces.
—¿Puedo ver una? —preguntó con esa curiosidad natural de los niños.
Yo lo pensé un momento. No era pornografía hardcore, era erótica suave, y el niño ya tenía la idea general de qué era el sexo. Le dije:
—Mira, puedes ver una, pero tienes que saber que esto es ficción, es actuación. El sexo real no es exactamente así, pero puede ser parecido. Y esto se ve entre adultos que están de acuerdo, ¿sí?
Luis asintió y se fue a ver la película a su cuarto. Después vino y me dijo:
—Pues se ve interesante, papá.
Y no le di más vuelta. Para mí, era mejor que supiera y preguntara en casa, a que se fuera a enterar por ahí con los amigos del barrio que le contaran cosas raras o lo hicieran sentir que el sexo era algo sucio o prohibido.
Carolina y yo siempre hablábamos de esto en las noches, cuando los niños ya dormían. Acostados en la cama, en calzones los dos porque siempre dormíamos con poco o nada de ropa, platicábamos.
—Fer, ¿no crees que somos demasiado abiertos con los niños?
—No, Caro. ¿Qué es ser demasiado abiertos? ¿Decirles las cosas como son? ¿Dejar que vean que sus padres tienen cuerpos normales? Yo creo que lo malo sería lo contrario, esconderles todo y hacerles sentir que el cuerpo y el sexo son algo malo.
—Sí, pero es que a veces me da cosa, ¿sabes? Que nos vean desnudos, que sepan estas cosas tan jóvenes.
—Mira, Caro, los niños van a crecer de todas formas. La pregunta es si van a crecer con una idea sana del cuerpo y del sexo, o con complejos y culpas. Yo prefiero lo primero.
Carolina se quedaba pensando y después asentía. Ella era tan caliente como yo, pero como mujer, le habían inculcado más cosas de "debes darte tu respeto" y "no seas fácil". Pero conmigo se soltaba, era ella misma, y poco a poco fue soltándose también con la forma de criar a los hijos.
Una de esas noches, ya más entrada la plática, Carolina me dijo algo que me hizo voltear a verla:
—Fer, ¿tú crees que cuando sean más grandes vayan a ser como nosotros? O sea, abiertos con esto del sexo.
—No sé, Caro, quién sabe. Pero si les damos un buen ejemplo, seguramente no van a ver el sexo como algo malo. Ya después lo que hagan con sus parejas es cosa de ellos.
Ella se quedó callada un momento y después, casi como si no quisiera decirlo, agregó:
—¿Y si resultan bien calientes? ¿Como nosotros?
—Pues qué bueno, Caro. Mejor calientes que reprimidos.
Y los dos nos reímos. Pero esa plática me dejó pensando. Y a ella también, porque después de eso, empezó a notarse más cómo los veía. No de manera mala, sino con una curiosidad nueva, como preguntándose cómo iban a resultar esos niños cuando crecieran.
Los años siguieron pasando y los muchachos fueron creciendo. Cuando Jorge tenía como catorce y Luis trece, ya eran unos pubertos con todos los cambios: voz grave, pelo en el cuerpo, y empezando a desarrollarse. Yo los notaba cuando salían del baño con la toalla puesta, o cuando andaban en calzones por la casa en las mañanas, que era lo más normal del mundo.
Una mañana, Jorge salió del baño con la toalla amarrada en la cintura y se fue a la cocina a servirse agua. Carolina estaba ahí preparando el desayuno, y yo estaba en la sala. Vi cómo Carolina lo miró de reojo, de arriba abajo, y después siguió con lo suyo. Pero yo noté esa mirada. No era una mirada rara, era más bien una mirada de "ya está creciendo mi niño".
Esa noche, en la cama, Carolina me comentó:
—Fer, ¿has notado que Jorge ya está cambiando?
—Sí, pues claro. Ya es un muchachito. ¿Por?
—Pues nada, es que ya no parece el niño de antes. Ya se le nota más hombre.
—Pues qué bueno, Caro, es lo normal. Ya va a tener sus gustos, sus novias, todo eso.
—Sí, lo sé. Nomás te lo decía.
Pero yo sabía que había algo más en esa observación. Carolina estaba empezando a ver a su hijo no solo como su niño, sino como un hombre joven que estaba tomando forma. Y eso, sin que ella misma lo admitiera del todo, le despertaba una curiosidad.
Yo tampoco era ajeno a eso. Cuando los veía a los dos, Jorge y Luis, andando por la casa en calzones o sin camisa, me daba cuenta de que iban a ser unos hombres bien formados. Y en algún lugar de mi cabeza, empezaba a formarse una idea que al principio era solo una fantasía vaga: ¿cómo sería ver a mis hijos cuando tuvieran relaciones? ¿Cómo sería verlos con una mujer, viendo cómo movían la cintura, cómo gemían, cómo cogían?
No se lo dije a Carolina en ese entonces. Era algo que yo apenas empezaba a pensar y que me parecía demasiado incluso para mí.
Pero las cosas empezaron a cambiar más rápido cuando los muchachos tenían ya veinte y diecinueve años. En esa época, ya andaban con novias, ya tenían sus experiencias, y nosotros seguíamos con nuestra política de apertura. Hablaban con nosotros de todo, sin pena.
Una vez, Jorge llegó a casa con cara de preocupación. Se sentó conmigo en la sala y me dijo:
—Papá, tengo una duda. ¿Está bien que me guste ver porno?
—Pues mira, hijo, ver porno no es malo de por sí. Lo malo sería si crees que el sexo real es exactamente como el porno, porque no lo es. El porno es fantasía, es exagerado. Pero si te gusta verlo y te calienta, no hay nada de malo mientras sepas la diferencia.
—Es que a veces me siento culpable, como si estuviera haciendo algo malo.
—No te sientas culpable, Jorge. Es normal que te guste el sexo, que te calientes, que quieras ver cosas. Todos los hombres lo hacemos. Tu mamá y yo también vemos cosas así a veces.
—¿En serio? ¿Mi mamá también?
—Tu mamá es una mujer como cualquier otra, hijo. Le gustan las cosas bonitas, le gusta el sexo, le gusta ver cosas que la calientan. No hay nada de malo en eso.
Jorge se veía aliviado, como si le hubieran quitado un peso de encima.
—Gracias, papá. Es que a veces no sé con quién hablar de esto.
—Pues conmigo, hijo. O con tu mamá. Aquí puedes hablar de lo que sea, no hay temas prohibidos en esta casa.
Esa plática me dejó pensando otra vez. Mis hijos estaban creciendo con una idea sana del sexo, sin culpas, sin complejos. Y eso era exactamente lo que Carolina y yo queríamos. Pero también me daba cuenta de que esa misma apertura iba a llevar, tarde o temprano, a situaciones que quizá en otras familias no se darían.
Fue por esa época cuando algo cambió entre Carolina y yo en nuestras pláticas de noche. Una noche, después de coger rico como siempre, Carolina estaba acostada sobre mi pecho, los dos sudados, y me dijo:
—Fer, ¿te acuerdas de lo que te pregunté hace tiempo, sobre si los niños iban a ser como nosotros?
—Sí, me acuerdo.
—Pues ya ves que sí. Jorge me contó que ve porno y que a veces se masturba. Y Luis también, aunque él no me lo dijo tan directo, pero se nota.
—Pues es lo normal, Caro. A esa edad uno se la pasa jalándosela.
—Sí, lo sé. Pero es que... —hizo una pausa—. ¿Tú has visto sus vergas? Ya no son las de unos niños, Fer. Ya son de unos muchachos.
—Pues sí, los he visto cuando salen del baño. ¿Por?
—Nada, nomás te lo decía. Ya están grandes.
Yo me quedé callado un momento, procesando lo que Carolina acababa de decir. No era una observación casual, era algo que había notado y que le había llamado la atención lo suficiente como para mencionarlo después de coger, cuando estábamos relajados y sin filtros.
—¿Te gustó lo que viste, Caro? —le pregunté medio en broma, medio en serio.
—Fer, no digas eso, son mis hijos —me respondió, pero sin molestia, más bien con un tono de "no me sacas de onda con eso".
—Te pregunto porque los notaste, y no es malo notar que tus hijos ya son unos hombres. Es la realidad.
Carolina se quedó callada y después dijo, casi en un susurro:
—Pues sí, se ven bien. ¿Contento?
—No es cuestión de estar contento o no, Caro. Es cuestión de ser honestos. Y me da gusto que lo seas conmigo.
Esa noche cogimos otra vez, y mientras lo hacíamos, me di cuenta de que Carolina estaba más caliente de lo normal. No le dije nada, pero supe que esa plática había encendido algo en ella.
Las cosas siguieron su curso. Los muchachos seguían creciendo, cada vez más hombres, y Carolina y yo seguíamos con nuestra vida sexual activa y sin tapujos. Pero hubo un evento que marcó un antes y un después, y fue cuando los muchachos tenían veintiuno y veinte años.
Un sábado por la noche, Carolina y yo estábamos en la sala viendo una película. No era una película porno, era una película normal, pero tenía varias escenas de sexo bastante explícitas. Los muchachos estaban en sus cuartos, o eso creíamos nosotros, pero resulta que Jorge vino a servirse agua y se quedó parado viendo la película.
—¿Puedo? —preguntó señalando la pantalla.
—Claro, siéntate —le dije.
Jorge se sentó en el sillón de al lado y se puso a ver la película con nosotros. Al rato bajó Luis también y se sentó junto a su hermano. Ahí estábamos los cuatro viendo una película con escenas de sexo, como si nada.
En una de las escenas, la actriz estaba completamente desnuda, mostrando todo, y el actor la estaba cogiendo bastante explícito. Yo noté que los muchachos se veían entre ellos, medio nerviosos, medio excitados. Carolina también los notó, y me lanzó una mirada que yo entendí perfectamente: "¿Esto está bien?"
Yo le respondí con otra mirada: "Tranquila, todo bien."
Cuando terminó la película, Jorge dijo:
—Buena película, papá.
—Sí, estuvo bien —agregó Luis.
—¿Les gustaron las escenas de sexo? —pregunté con toda naturalidad.
Los dos se miraron y Jorge respondió:
—Pues sí, estaban bien buenas.
—¿Y les excitó? —seguí preguntando.
—Pues... sí, la verdad sí —dijo Luis, medio avergonzado.
—Es normal, hijos. No tengan pena. A su mamá y a nosotros también nos excitó, ¿verdad, Caro?
Carolina me miró como queriéndome matar, pero después asintió:
—Sí, pues es normal, hijos. Las escenas así están hechas para excitar.
Los muchachos se fueron a sus cuartos y Carolina y yo nos quedamos en la sala. Carolina me dijo:
—Fer, ¿estás loco? ¿Les preguntas si se excitaron?
—¿Y qué? Es la verdad, Caro. Se excitó, nosotros nos excitamos, todos nos excitamos. ¿De qué nos hacemos los tontos?
—Sí, pero es que... no sé, siento que cada vez estamos cruzando más líneas.
—Caro, las líneas las ponemos nosotros. No estamos haciendo nada malo, nomás siendo honestos. ¿O prefieres que se vayan a sentir culpables por excitarse viendo una película?
Carolina se quedó callada. Sabía que tenía razón, pero también sabía que algo se estaba moviendo, algo que iba más allá de la simple apertura.
Esa noche, en la cama, Carolina estaba más callada de lo normal. Yo la conocía bien, sabía que algo le estaba dando vueltas en la cabeza.
—¿Qué pasa, Caro? —le pregunté.
—Nada, Fer, nomás pensando.
—Pensando en qué.
Hizo una pausa larga y después dijo:
—¿Tú te has dado cuenta de cómo nos ven los “niños”?
—¿Cómo nos ven?
—Sí. A mí. Cuando salgo del baño, cuando ando en calzones por la casa. Los he visto cómo me miran, Fer. No es como antes, ya no me ven como su mamá nomás. Me ven como... no sé cómo decirlo.
—Te ven como una mujer, Caro. Porque eres una mujer. Una mujer buena, además.
—Fer...
—¿Qué? Es la verdad. Y no me molesta, la verdad. Al contrario.
Carolina se volteó a verme. Sus ojos tenían esa mezcla de sorpresa y excitación que yo conocía tan bien.
—¿Al contrario? ¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que me gusta que te vean como una mujer. Que te admiren, que les gustes. Son mis hijos, pero también son hombres, y tú eres una mujer buena. Es natural que les gustes.
—Fer, son mis hijos. No pueden... no deberían...
—No deberían qué, Caro. ¿No deberían notar que su mamá es una mujer atractiva? ¿No deberían sentir algo? Es lo más natural del mundo. Lo que sería raro es que no sintieran nada.
Carolina se quedó callada un rato largo. Yo dejé que procesara todo. Después, con una voz que apenas se escuchaba, me dijo:
—Pues sí me miran. Y a veces... a veces me gusta que me miren.
Ahí estaba. La primera vez que Carolina admitía algo que yo ya sospechaba. Le gustaba que sus hijos la vieran como mujer. Le gustaba sentirse deseada por esos hombres jóvenes que ella había criado.
—Me gusta que te guste, Caro —le dije, y la besé.
Esa noche cogimos como hacía tiempo no lo hacíamos. Carolina estaba más caliente que nunca, más mojada, más entregada. Y mientras la cogía, le susurré al oído:
—¿Estás pensando en ellos?
Ella no respondió, pero apretó más las piernas alrededor de mí y gimió más fuerte. Eso fue respuesta suficiente.
Después de esa noche, algo cambió en la casa. No de manera dramática, no de un día para otro, pero sí se notó. Carolina empezó a ser menos cuidadosa con su cuerpo alrededor de los muchachos. Antes se ponía una bata después del baño, ahora salía a veces en toalla nomás, y si se le caía o se abría, no se apresuraba a taparse. Andaba en calzones y brassiere por las mañanas, cosa que ya hacía antes, pero ahora se quedaba más tiempo así, no se vestía rápido si los muchachos estaban en la sala.
Yo también empecé a notar a los muchachos. Se les quedaba viendo a su madre más seguido, de esa manera en que un hombre mira a una mujer que le atrae. No era algo descarado, no se quedaban embobados, pero yo los veía mirándole las tetas, las nalgas, las piernas. Y cuando se daban cuenta de que yo los veía, no se avergonzaban, simplemente apartaban la mirada y seguían con lo suyo.
Una mañana, Carolina estaba en la cocina preparando el desayuno en brassiere y un calzón corto de esos que se le meten entre las nalgas. Jorge llegó y se sentó en la barra de la cocina, y yo estaba en el pasillo viendo sin que me vieran. Jorge estaba mirando a su madre moverse por la cocina, y sus ojos iban directo a esas nalgas que se marcan con el calzón. No apartaba la mirada.
Carolina se volteó y lo vió mirándola. En lugar de incomodarse, le sonrió y le dijo:
—¿Qué tanto miras, Jorge?
—Nada, mamá, nomás viendo qué haces de desayuno —dijo con una sonrisa pícara.
—Ajá, seguro nomás el desayuno —dijo Carolina, y se volteó siguiendo con lo suyo, pero moviendo las caderas un poquito más de lo normal.
Yo me quedé en el pasillo viendo todo eso con una sonrisa. Me excitaba ver a mi mujer coqueteando con nuestro hijo, y me excitaba ver a mi hijo mirando a su madre con deseo. Era algo que no podía explicar del todo, pero que me calentaba como pocas cosas.
Esa noche le conté a Carolina lo que había visto.
—Fer, ¿nos viste? —preguntó medio nerviosa.
—Sí, los vi. Y me gustó.
—¿Te gustó verme “coqueteando” con Jorge?
—Me gustó verte sintiéndote deseada, Caro. Y me gustó ver que a Jorge le gustas. Es algo natural, algo bonito.
—Fer, a veces no sé si estamos bien o mal con esto.
—¿Tú qué sientes, Caro?
—Siento que... me gusta. Me gusta que me miren. Me gusta sentir que todavía soy atractiva. Y me gusta que sean ellos, porque los conozco, los quiero, sé que no me van a hacer daño. Es diferente a que me mire un extraño en la calle.
—Pues entonces está bien, Caro. Si te gusta y no le haces daño a nadie, está bien. Y si a mí también me gusta, pues mejor.
—¿Y hasta dónde crees que esto pueda llegar, Fer?
Yo la miré a los ojos y le dije con toda honestidad:
—No sé, Caro. Pero lo que sí sé es que quiero que sea lo que tú quieras que sea. No hay imposiciones aquí, nomás propuestas y deseos. Lo que tú quieras, se hace. Lo que no quieras, no se hace.
Carolina me besó largo rato. Después me dijo:
—¿Y si lo que quiero es que algún día... que algún día ellos y yo...?
No terminó la frase, pero no hacía falta. Yo sabía exactamente lo que quería decir. Y la idea me calentó como pocas cosas en la vida.
—Si eso es lo que quieres, Caro, yo te apoyo. Y te apoyo porque sé que es lo que tú quieres, no porque yo te obligue. Y porque, para ser honesto, la idea de ver a mis hijos cogiéndose a su madre me excita más de lo que debería.
Carolina soltó una risa nerviosa y me abrazó fuerte.
—¿Estamos locos, Fer?
—Probablemente. Pero somos felices, ¿no?
—Sí, Fer. Muy felices.
Así fueron pasando los meses. La tensión sexual en la casa iba en aumento, pero de una manera sutil, como una corriente subterránea que todos sentían, pero nadie nombraba abiertamente. Carolina andaba cada vez más suelta con su cuerpo, los muchachos la miraban cada vez con más ganas, y yo observaba todo con una mezcla de orgullo, excitación y anticipación.
Los muchachos ya tenían veintidós y veintiún años. Jorge era ya un hombre hecho y derecha, alto, fuerte, con una verga que se le notaba incluso cuando andaba de bóxer por la casa. Luis no se quedaba atrás, y aunque era un año menor, su cuerpo era igual de impresionante, con una verga que se marcaba gruesa incluso flácida.
Una noche, los cuatro estábamos en la sala viendo la tele. Carolina estaba sentada junto a mí, y los muchachos en el otro sillón. Carolina traía un short bien corto y una blusa sin sostén, se le notaban los pezones marcados. Los muchachos la miraban de reojo, tratando de que no se notara, pero se notaba.
En eso, Carolina se estiró para agarrar el control remoto que estaba en la mesa, y al hacerlo, la blusa se le subió y se le vio una teta completa. Se acomodó rápido, pero no tan rápido como para que los muchachos no la vieran. Jorge tragó saliva y Luis desvió la mirada.
—Perdón —dijo Carolina con una sonrisa.
—No te preocupes, mamá —dijo Jorge con la voz un poco tensa.
Yo los miré a todos y sonreí. Sabía que algo se estaba cocinando, y sabía que era solo cuestión de tiempo para que explotara.
Fue unos días después cuando Carolina y yo tuvimos la plática más importante de todas. Los muchachos estaban en la escuela, la casa estaba sola, y Carolina y yo estábamos en la cama después de coger.
—Fer, quiero decirte algo.
—Dime, Caro.
—He estado pensando mucho en esto. En nuestros hijos, en nosotros, en todo. Y quiero que sepas que... quiero que llegue el día en que ellos y yo podamos estar juntos. No forzarlo, no planearlo, pero que cuando pase, que pase naturalmente. Y quiero que tú estés ahí, que tú lo veas, que tú seas parte de eso.
—Caro...
—Déjame terminar, Fer. He pensado mucho en esto, y sé que suena loco, pero es lo que siento. Mis hijos son unos hombres guapos, buenos, respetuosos. Y yo soy una mujer que tiene necesidades y deseos. Y si esos deseos coinciden con ellos, no veo por qué no. Pero quiero que tú estés de acuerdo, porque tú eres mi esposo, mi compañero, y sin tu bendición, no lo haría.
Yo la miré a los ojos, esos ojos morenos que había mirado miles de veces, y vi en ellos una mezcla de deseo, miedo y amor. Mi mujer estaba abriéndose conmigo de la manera más vulnerable posible, y yo sabía que mi respuesta iba a definir todo lo que vendría después.
—Caro, yo te amo. Te amo como esposa, como madre de mis hijos, como mujer. Y quiero que seas feliz, que seas plena, que vivas tus deseos. Si tus deseos incluyen a nuestros hijos, y ellos están de acuerdo, yo te apoyo. No nomás te apoyo, me excita. Me excita pensar en verte con ellos, en ver cómo te tocan, cómo te besan, cómo te cogen. Es algo que no puedo explicar, pero que me calienta como nada.
—¿En serio, Fer? ¿No te molesta?
—No, Caro. No me molesta. Me emociona. Pero con una condición: que sea consensuado, que ellos quieran, que tú quieras, que todos estemos de acuerdo. Nada de obligar a nadie, nada de presiones. Cuando sea el momento, será el momento.
Carolina me abrazó tan fuerte que casi me ahoga. Lloró un poco, de felicidad, creo. Y después me besó como hacía años no me besaba.
—Te amo, Fernando.
—Yo también te amo, Carolina. Y quiero ver a nuestros hijos hacerte feliz.
Esa fue la plática que lo cambió todo. No pasó nada inmediatamente, no nos levantamos al día siguiente y empezamos con orgías en la casa. Nada de eso. Pero algo cambió en el aire, en la energía de la casa. Carolina se sentía más libre, más segura, más deseosa. Y los muchachos, sin saber exactamente qué estaba pasando, sentían esa energía también.
Los siguientes meses fueron de un coqueteo cada vez más abierto. Carolina ya no trataba de disimular cuando los miraba, y los muchachos ya no trataban de disimular cuando la miraban a ella. Había roces "accidentales" que no eran tan accidentales, abrazos que duraban un poco más de lo normal, miradas que decían mucho más que palabras.
Yo observaba todo, participaba en la dinámica con comentarios que iban abriendo el terreno, y en las noches, Carolina y yo hablábamos de lo que había pasado durante el día, de cómo se había mirado con Jorge, de cómo Luis le había rozado las nalgas al pasar, de todas esas pequeñas cosas que iban construyendo algo más grande.
Y entonces, cuando Jorge cumplió los veintitrés y Luis los veintidós, supe que el momento se acercaba. Los muchachos ya no eran unos adolescentes con hormonas descontroladas, eran unos hombres jóvenes, conscientes, con criterio. Y la tensión en la casa era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo.
Una noche, estábamos los cuatro cenando, y Carolina traía un vestido suelto, sin sostén, que dejaba ver la forma de sus tetas y sus pezones. Los muchachos no podían dejar de mirarla, y Carolina no podía dejar de sonreír al notarlo. Yo veía todo desde mi lugar, sintiendo cómo mi verga se endurecía bajo la mesa.
Después de cenar, Jorge se acercó a Carolina para abrazarla y agradecerle la cena, como siempre hacía. Pero esta vez, el abrazo fue diferente. Fue más largo, más apretado, y Jorge puso sus manos en la cintura de Carolina, cerca de sus nalgas. Carolina cerró los ojos y apoyó la cabeza en el hombro de su hijo.
Luis los miraba desde la sala, y yo miraba a los tres. El aire estaba cargado de electricidad.
Jorge se separó de su madre, la miró a los ojos, y le dijo:
—Te ves muy bonita hoy, mamá.
Carolina sonrió, con los ojos brillantes, y le respondió:
—Gracias, hijo. Tú también te ves muy guapo.
Yo me levanté de la mesa, me acerqué a mi mujer, la tomé por la cintura y le dije al oído, lo suficientemente alto para que los muchachos escucharan:
—Mi amor, creo que nuestros hijos ya no son unos niños.
Carolina me miró, después miró a Jorge, después a Luis, y con una voz que combinaba ternura y deseo, dijo:
—No, Fer. Ya no lo son.
Los cuatro nos quedamos viendo, en silencio, sintiendo que algo estaba a punto de cambiar para siempre. Y yo, con mi verga dura dentro del pantalón y el corazón latiéndome fuerte, supe que el momento que Carolina y yo habíamos esperado tanto estaba a punto de llegar.
Pero eso, mis amigos, es una historia para el siguiente capítulo.
--------------------------- Continúa en capítulo 2 --------------------------------
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