Capítulo 7: El tío
No pude dormir esa noche. Quedé despierto con el cuerpo de Lucía recargado en mi pecho, su aliento cálido en mi cuello, sus pies descalzos restregándose contra mis pantorrillas. La miré dormir. La miré como se mira a alguien que se ama y se teme al mismo tiempo. Porque lo que me había dicho antes de dormir me había plantado una semilla en la cabeza y esa semilla crecía.
"¿A un familiar?"
Sí. Sabía a quién se refería. Lo sabía porque también se me había pasado por la cabeza, aunque me daba vergüenza admitirlo. Y ahora, en la oscuridad de mi cuarto, con mi hija desnuda a mi lado, no podía dejar de pensarlo.
Mi hermano. Raúl.
Raúl es tres años menor que yo. Vive en Guadalajara. Viene a Ciudad de México cada dos o tres meses por trabajo. Es divorciado, sin hijos. Cuarenta y cinco años, moreno, con el cabello corto y unas manos enormes que siempre me dieron envidia. Es el típico tío cool: el que llega con regalos, el que hace reír, el que se lleva bien con todos. Lucía siempre lo adoró. Desde niña. Cuando Raúl venía a visitar, ella corría a recibirlo, le saltaba en los brazos, le decía "tío" con esa voz de niña que después se convirtió en voz de mujer.
Y ahora era una mujer. Una puta. Mi puta. Y quería ofrecérsela a mi hermano. A su tío.
Me masturbé pensando en ello. Despacio, con Lucía dormida a mi lado, me agarré la verga y me masturbé imaginando a Raúl cogiéndosela. Imaginando sus manos enormes en las chiches de mi hija. Imaginando su verga en la boca de Lucía. Imaginando mi hermano cogiéndose a mi hija mientras yo miraba. Mientras yo dirigía. Mientras yo ayudaba.
Sí. Mientras yo ayudaba.
Esa parte era nueva. Esa parte me la había inventado yo, ahí, en la oscuridad, masturbándome. No solo ofrecer. No solo dirigir. Ayudar. Abrirle las piernas. Abrirle las nalgas. Sostenerla. Posicionarla. Facilitar. Ser parte activa de la penetración. Ser el que abre la puerta y deja entrar al otro. Literalmente.
Me vine en mi mano. Me limpié con la sábana. Me quedé dormido.
A la mañana siguiente, Lucía despertó antes que yo. Cuando abrí los ojos, estaba sentada en la cama, desnuda, mirándome con una sonrisa.
—¿Pensaste en ello? —dijo.
—¿En qué?
—En lo que dije. En el familiar.
—Sí.
—¿Y?
—Sí. Sé a quién te refieres.
—¿A quién?
—A Raúl.
Sonrió. Se inclinó y me besó en la boca. Despacio, con lengua.
—Sí —dijo—. Al tío Raúl.
—¿Desde cuándo piensas en él?
—Desde hace tiempo. Desde antes que tú. Desde que empecé a ser puta. Siempre me pareció atractivo. Siempre me gustó. Y siempre pensé: si mi papá me ofrece a otros, ¿por qué no a mi tío? ¿Por qué no al hermano de mi papá? ¿Por qué no al tío que me cargaba cuando era niña?
—¿Te cogías a sus amigos?
—No. Nunca. Siempre pensé en él. Pero nunca hice nada. Esperé. Esperé a que tú estuvieras listo. A que tú decidieras. A que tú l
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión