Sofía soltó un sollozo ahogado y se tapó la boca con las dos manos. Las lágrimas le corrían ya sin control; sacudía la cabeza de lado a lado, como si no pudiera creer lo que escuchaba. Sus ojos estaban llenos de un dolor tan grande que parecía que le dolía físicamente.
Carla maldijo en voz baja, una palabra fuerte y cruda que hizo que Mariana diera un respingo. Su cara estaba completamente roja ahora, los ojos entrecerrados de furia, pero también había lágrimas ahí, brillando en las pestañas. Se pasó una mano por el cabello con violencia, como si quisiera arrancárselo. Luego extendió el brazo y tomó la mano libre de Valeria, apretándola tan fuerte que casi dolía. Mariana simplemente se quebró. Empezó a llorar en silencio, con la frente apoyada contra el hombro de Valeria. Su cuerpo temblaba contra el de ella; los dedos se le clavaban en la blusa como si tuviera miedo de que Valeria se desvaneciera. No decía nada. Solo lloraba y la abrazaba más fuerte. Las tres se acercaron al mismo tiempo, formando un nudo de brazos y lágrimas alrededor de Valeria. Sofía le acariciaba el cabello con movimientos suaves y repetitivos, susurrando “ya pasó, ya pasó” aunque las dos sabían que no era verdad. Carla repetía entre dientes “vamos a encontrar una forma, te lo juro”, la voz ronca de rabia y desesperación. Mariana solo la abrazaba, sollozando bajito contra su cuello, el cuerpo entero temblando. —Vamos a ayudarte —dijo Sofía al final, la voz quebrada pero decidida—. No estás sola. Vamos a buscar soluciones, vamos a hablar con alguien, lo que sea. Carla asintió con fuerza, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. —Nadie te va a tocar otra vez. Ni tu hermana, ni ese hijo de puta. Te lo prometemos. Mariana solo apretó más el abrazo, incapaz de hablar. Valeria las dejó abrazarla. Sintió el calor de sus cuerpos, el olor familiar de sus perfumes, el amor real que le estaban dando. Por un segundo quiso creerles. Quiso creer que podían salvarla. Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no podían. Nadie podía. PARTE 4 – El refugio que quema Valeria salió de La Grieta con el delantal todavía en la mano y el olor a café y comida frita pegado a la ropa. Eran casi las diez de la noche. El turno había sido eterno; apenas había podido sonreír a los clientes sin que se le quebrara la voz. Cuando vio el auto de Luna estacionado al fondo del estacionamiento, sintió que algo dentro de ella se aflojaba un poco. El Mercedes blanco brillaba bajo la luz amarilla de los faroles. Luna estaba apoyada en la puerta del conductor, con esa sonrisa suave que siempre parecía iluminar todo. —Hey… —murmuró Luna al verla acercarse. Abrió los brazos sin decir nada más. Valeria se dejó caer contra ella. El abrazo fue inmediato, cálido, protector. Luna olía a vainilla y a algo más dulce, como siempre. Por un segundo Valeria cerró los ojos y solo respiró. —¿Cómo estás, mi vida? —preguntó Luna bajito, acariciándole la espalda con movimientos lentos y circulares. Valeria negó con la cabeza contra su hombro. Las palabras le salieron entrecortadas. —Mal… Luna, estoy tan mal… Perdóname. Perdóname por todo. Por haberte metido en esto, por lo que Liam te hizo, por no haberte escuchado antes… Perdóname, por favor. Luna le tomó la cara con las dos manos, suavemente, y le limpió las lágrimas con los pulgares. Sus ojos verdes estaban llenos de ternura. —Shhh… ya basta de pedir perdón. Sube al auto, ¿sí? Aquí afuera hace frío y no quiero que estés expuesta. Valeria asintió y se dejó guiar. Se sentó en el asiento del copiloto mientras Luna rodeaba el auto y se ponía al volante. El motor ronroneó suave cuando lo encendió. Luna no arrancó de inmediato. Se giró hacia ella, le tomó una mano y entrelazó sus dedos. —Cuéntame todo lo que pasó hoy —dijo con esa voz calmada que siempre lograba que Valeria se sintiera un poco menos rota—. Sin prisa. Estoy aquí. Mientras el auto empezaba a moverse despacio por las calles del campus, Valeria habló. Le contó lo de Daniela, los gritos en el pasillo, los vecinos mirando, el papel arrugado y la firma temblorosa. Luna escuchaba sin interrumpir, solo apretándole la mano de vez en cuando o acariciándole el dorso con el pulgar. Cada tanto le lanzaba una mirada rápida, llena de cariño. —No fue tu culpa —murmuró Luna cuando Valeria se quedó sin palabras—. Nada de esto es tu culpa, mi amor. El auto salió del campus y tomó la avenida que llevaba hacia el departamento de Luna, uno de esos edificios modernos y tranquilos cerca de la universidad. Las luces de la ciudad pasaban por la ventanilla en líneas borrosas. Valeria se sentía más ligera solo por estar ahí, solo por la forma en que Luna la miraba. Cuando llegaron al estacionamiento subterráneo del edificio, Luna apagó el motor pero no se bajó. Se giró completamente hacia Valeria, se inclinó y le dio un beso suave en la frente. Luego otro en la mejilla. Y otro más cerca de la comisura de los labios. —Ven —susurró—. Subamos. No quiero que sigas llorando aquí. Subieron en el ascensor en silencio. Luna no soltó su mano ni un segundo. Al entrar al departamento, el olor familiar a lavanda y libros la envolvió. Luna cerró la puerta con cuidado, encendió solo una lámpara de pie que dejó todo en una luz cálida y suave. Se quitó los zapatos y ayudó a Valeria a quitarse los suyos. Luego la llevó hasta el sofá grande, se sentó y la atrajo a su regazo como si fuera algo frágil. Valeria se dejó hacer. Apoyó la cabeza en el pecho de Luna y cerró los ojos. Luna le acariciaba el cabello con movimientos lentos, peinándole los mechones blancos con los dedos. —Luna… la deuda de Daniela es enorme —susurró Valeria contra su blusa—. No sé cómo voy a pagarla. No tengo tanto dinero. Y ella… ella no va a parar. Luna besó la coronilla de su cabeza y la abrazó más fuerte. —Respira, mi amor. Vamos a encontrar la forma. Yo voy a ayudarte. Valeria levantó un poco la cara. Sus ojos estaban rojos e hinchados. —¿De verdad? ¿Aunque Liam te haya cortado el dinero? Luna suspiró, una tristeza fingida cruzó su mirada por un segundo, pero la sonrisa volvió enseguida. Le dio un beso tierno en los labios, lento, lleno de cariño. Cuando se separaron, sus frentes se quedaron pegadas. —Aunque me haya cortado el dinero —contestó en voz baja—. No voy a dejarte sola en esto. Pero… la única persona que realmente puede resolver algo tan grande es Liam. Lo sabes. Valeria se tensó un poco. Luna le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, calmándola. —No tienes que volver al infierno sola —susurró Luna contra sus labios—. Esta vez iré contigo. No voy a permitir que te haga daño otra vez. Estaré ahí, a tu lado. Te lo prometo. Otro beso, más profundo esta vez, pero todavía suave, lleno de esa ternura que hacía que Valeria se sintiera querida de verdad. Luna le mordió suavemente el labio inferior y sonrió contra su boca. —Ahora solo déjame cuidarte un rato… ¿sí? Valeria cerró los ojos y se dejó besar otra vez. Por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien la sostenía de verdad. Aunque en el fondo, muy en el fondo, sabía que Luna la estaba llevando exactamente hacia donde quería. PARTE 5 – La trampa disfrazada de salvación Luna seguía abrazando a Valeria en el sofá, con la luz suave de la lámpara de pie bañándolas en un tono dorado. Sus dedos no dejaban de acariciar el cabello corto de Valeria, jugando suavemente con los mechones blancos que tanto odiaba Daniela. De pronto Luna se separó un poco, lo justo para mirarla a los ojos. —Mi amor… déjame ver esos documentos —susurró con voz suave pero firme—. Necesito entender exactamente qué te obligó a firmar. Valeria sacó del bolso el papel arrugado y se lo entregó con manos temblorosas. Luna lo desdobló con cuidado, como si fuera algo delicado. Sus ojos verdes recorrieron las letras torcidas, la promesa de pagar “todas las deudas actuales y futuras” sin límite. Luna frunció el ceño ligeramente, pero su expresión se mantuvo calmada, protectora. —Dios… esto es peor de lo que imaginaba —murmuró. Pasó los dedos por la firma manchada de lágrimas de Valeria—. Esa cantidad es enorme. Y con los intereses que tu hermana está acumulando… va a seguir creciendo. Valeria bajó la mirada, avergonzada. —Si pudieras… si tan solo pudieras ayudarme… Luna dejó el papel a un lado y volvió a tomar la cara de Valeria entre sus manos. Le dio un beso lento en la frente, luego en la punta de la nariz, y finalmente un beso tierno en los labios que duró varios segundos. —Mi vida, si pudiera pagar todo esto yo misma, lo haría ahora mismo —dijo contra su boca, con voz ronca de cariño—. Te juro que lo haría. Pero Liam… después de lo que pasó en el salón del consejo, me cortó el dinero. Apenas tengo lo suficiente para mantener este departamento y mis gastos básicos. No me queda nada para algo así. Valeria sintió que el corazón se le encogía. Luna lo notó y la abrazó más fuerte, acariciándole la espalda con movimientos lentos y circulares, besándole el cuello con besitos suaves que le erizaban la piel. —Pero no estás sola —continuó Luna, sus labios rozando la oreja de Valeria—. Tengo contactos. Abogados de confianza que trabajan con la familia y que me deben favores. Ellos pueden revisar esto, encontrar huecos legales, preparar una contraoferta sólida. Podemos negociar un nuevo contrato con Liam. Uno que te proteja de verdad. Valeria levantó la cara, confundida pero esperanzada. —¿Un nuevo contrato? Luna asintió y le dio otro beso profundo, esta vez más largo, con la lengua acariciando suavemente la de Valeria. Cuando se separaron, sus frentes quedaron pegadas. —Sí, mi amor. El primero vence el 28 de junio. Ese día mismo podemos sentarnos con él y firmar uno nuevo. Pero esta vez no irás sola al infierno. Yo estaré ahí, a tu lado, en la misma mesa. No voy a permitir que te toque si tú no quieres. Te lo prometo.Sus manos bajaron por la espalda de Valeria, acariciándola con ternura, subiendo y bajando en movimientos tranquilizadores. Luna la besó otra vez, más despacio, más profundo, como si quisiera sellar esa promesa con su boca.
—Solo tienes que decir que sí —susurró contra sus labios—. Di que aceptas y yo empiezo a mover todo mañana mismo. Los abogados, la cita con Liam, todo. No vas a volver sola. Esta vez seremos las dos contra él. Valeria cerró los ojos. El corazón le latía con fuerza. Por un lado sentía alivio, una esperanza tibia que no había sentido en semanas. Luna estaba ahí, ofreciéndole una salida, prometiéndole que no estaría sola. Por otro lado… una parte oscura de ella, esa que odiaba pero que no podía callar, sintió un cosquilleo conocido. La idea de volver a ver a Liam, de estar otra vez bajo su control, aunque fuera por un nuevo contrato… le provocaba algo que no quería nombrar. Se quedó en silencio varios segundos, respirando contra el cuello de Luna. Las caricias no paraban: dedos suaves en su nuca, besos lentos en el hombro, palabras dulces al oído. —No quiero volver a sentirme así… —susurró Valeria finalmente, la voz rota—. Pero tampoco quiero seguir cargando con todo esto sola. Luna sonrió contra su piel y le dio un último beso largo, lleno de promesas. —Entonces di que sí, mi amor. Valeria tragó saliva. Miró los ojos verdes de Luna, tan llenos de cariño, tan seguros. Respiró hondo. —Sí… acepto. Luna la abrazó con fuerza, casi con triunfo, aunque su voz siguió siendo dulce y protectora. —Buena chica. Mañana mismo empiezo a mover todo. El 28 de junio firmaremos el nuevo contrato… y esta vez yo estaré ahí para cuidarte. Valeria se dejó abrazar, sintiendo el calor del cuerpo de Luna contra el suyo. Por fuera parecía alivio. Por dentro, una mezcla de miedo, esperanza y ese deseo oscuro que no podía apagar del todo.