Don Héctor la recogió a las 8:45 en punto. Antonieta subió al auto con las piernas temblando. Antes de salir de casa, él la había inspeccionado minuciosamente: la falda negra era peligrosamente corta, apenas cubriéndole el culo. La blusa blanca, ajustada y ligeramente transparente, marcaba con claridad el contorno oscuro de sus pezones duros. No llevaba sostén ni bragas. El plug anal mediano presionaba dentro de ella con cada paso que daba.
—Esta noche no te voy a desnudar —le dijo Don Héctor mientras conducía, con una mano sobre su muslo—. Pero todos en ese bar te van a follar con la mirada. Y tú vas a dejar que lo hagan. Quiero que sientas cómo te desnudan sin tocarte.
Cuando entraron al “Refugio”, el bar viejo y lleno de humo, el ambiente cambió de inmediato. Era la única mujer en todo el lugar. Más de treinta hombres, casi todos jubilados, giraron la cabeza al unísono. El silencio duró solo unos segundos antes de que empezaran los murmullos y las miradas lascivas.
Don Héctor la llevó hasta la barra central y la sentó en un taburete alto, de frente al salón. Le separó ligeramente las piernas y se quedó de pie a su lado, observando con satisfacción.
Las miradas comenzaron a devorarla.
Viejos de diferentes mesas la recorrían sin vergüenza. Un hombre calvo y barrigón se quedó clavado en sus tetas pesadas, marcadas bajo la blusa blanca. Otro, de barba blanca y manos temblorosas, miraba fijamente entre sus piernas abiertas, como si pudiera ver su coño desnudo. Un tercero, elegante y de bigote canoso, bajó la vista por su escote con descaro, deteniéndose en sus pezones erectos.
Un viejo alto y de unos 72 años, Don Ramiro, se acercó a la barra. Pidió una cerveza y, sin decir nada, dejó que su mirada bajara lentamente por el cuerpo de Antonieta. Ella sintió que se mojaba.
Me están violando con los ojos… Todos imaginan cómo me abrirían las piernas. Cómo me follarían. Y yo estoy aquí, permitiéndolo.
Don Héctor se inclinó y le susurró al oído:
—Separa más las piernas.
Antonieta obedeció. La falda se subió peligrosamente. Varios hombres soltaron comentarios en voz baja.
De repente, Don Ramiro extendió la mano:
—¿Me permite este baile, señorita?
Antonieta miró a Don Héctor, quien asintió con una sonrisa perversa.
La sacó a la pequeña pista en el centro del bar. Sonaba una canción vieja y lenta. Don Ramiro la pegó fuerte contra su cuerpo. Su mano derecha bajó directamente hasta posarse sobre su culo, apretando la falda contra la carne. Con cada paso, el plug anal se hundía más profundo, arrancándole pequeños gemidos que intentaba contener.
Mientras bailaban, Antonieta sentía todas las miradas del bar clavadas en ella. Don Ramiro la hacía girar lentamente y cada vuelta levantaba la falda, mostrando sus muslos y el comienzo de sus nalgas redondas. El olor a tabaco y colonia barata del viejo la envolvía.
Otro hombre, más corpulento y de aliento a whisky, pidió el siguiente baile. La pegó con más fuerza, rozando su erección dura contra su vientre mientras su mano bajaba por su espalda hasta meter los dedos bajo la falda, apretándole una nalga desnuda.
—Qué puta más caliente… —le susurró al oído.
Antonieta gemía bajito. Sus pezones rozaban contra la camisa del viejo, sensibles y erectos. El plug se movía con cada paso, estimulándola sin descanso.
Un tercero la sacó a bailar. Este era más atrevido. Mientras la inclinaba hacia atrás en un lance, la falda se subió casi hasta la cintura, dejando a la vista sus nalgas redondas y el brillo del plug anal incrustado entre ellas. Varios hombres desde la barra soltaron exclamaciones.
—¡Miren ese culo, carajo! —Está empapada la grandísima puta… —Qué rico se ve ese plug… la trajeron bien preparada.
Los murmullos subieron de tono. Uno de los viejos, mientras bailaban pegados, metió descaradamente la mano bajo la falda y pasó dos dedos gruesos por su coño completamente empapado, presionando el clítoris hinchado durante un segundo eterno. Antonieta soltó un gemido ahogado y sus piernas temblaron. El viejo sonrió con dientes amarillos y la levantó de nuevo como si nada hubiera pasado.
Después de varios bailes, Antonieta estaba jadeando, con las mejillas rojas, la blusa desacomodada y las piernas húmedas de su propia excitación. Don Héctor finalmente decidió que era suficiente. La sacó del bar con la falda arrugada y la blusa casi transparente por el sudor.
En el auto, ella no podía hablar. Apoyó la cabeza contra el asiento y tuvo un orgasmo silencioso solo con la fricción del plug y el recuerdo de todas esas miradas y manos.
Don Héctor sonrió satisfecho, acariciándole el muslo.
—Esto recién empieza. La próxima vez te voy a hacer bailar completamente desnuda para ellos.
Antonieta cerró los ojos, aterrorizada y excitada al mismo tiempo.
Ya no sabía cómo detener esto… ni si realmente quería hacerlo.
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