Capítulo 3: Propiedad transferida
El olor a perfume barato y a limpieza nerviosa llenaba el apartamento. Mi mamá se movía por la sala como un fantasma en tensión, ajustándose el vestido rojo por enésima vez. Era uno de sus "uniformes de trabajo": ceñido hasta la rodilla, escote pronunciado que mostraba la mitad superior de sus pechos, espalda al aire. Se había maquillado con más intensidad de lo habitual, delineando sus ojos como si fuera a una guerra. Yo la observaba desde el umbral de la cocina, con los brazos cruzados, disfrutando de su nerviosismo.
—No tiene que ser perfecto —dije, mi voz resonando en el silencio cargado.
Ella se volvió, sus ojos buscando los míos con una mezcla de ansiedad y resentimiento. —¿Y si se da cuenta de que estás ahí?
—No se dará cuenta —aseguré, aunque no estaba tan seguro. El plan era arriesgado: el cliente, un tipo llamado Sergio según ella, llegaría en media hora. Yo me escondería en el armario del pasillo, el que tenía rendijas en las puertas de madera. Desde allí tendría una vista directa al sofá, donde ella solía recibir a los "encuentros rápidos". —Solo haz lo que harías normalmente. Nada más.
—Normalmente no tengo a mi hijo espiando —masculló, volviéndose hacia el espejo del recibidor.
—Pues hoy es un día especial —respondí, acercándome a ella por detrás. Mis manos se posaron en sus caderas, sintiendo la tensión en sus músculos. Incliné la cabeza y besé su cuello, justo debajo de la oreja. Ella se estremeció, pero no se apartó. —Recuerda: yo te estoy viendo. Cada movimiento. Cada gemido.