Capítulo 1: La casa donde crecimos

Me llamo Luis. Tengo cuarenta y nueve años y soy de tierra caliente, de esos pueblos perdidos en la geografía donde el sol te marca la piel desde que naces y donde la gente aprende a vivir con el calor pegado al cuerpo como segunda camisa. Pueblo chico, casas humildes, calles de tierra que levantan polvo cuando pasa algún vehículo. Un río que casi siempre lleva agua turbia y que en temporada de secas se convierte en un hilo triste. Una plaza con un kiosco viejo donde los domingos se reúnen los viejos a jugar dominó y las muchachas a caminar en grupo, fingiendo que no van a ver a los muchachos cuando en realidad van exactamente por eso.

Donde todos se conocen y nadie se escandaliza fácil. Donde las cosas se llaman por su nombre y nadie anda con remilgos.

Soy viudo. Mi mujer, que en paz descanse, se me murió una noche de julio cuando Ivan, el más chico de mis tres hijos, apenas cumplía dos añitos. Una fiebre de esas que agarran fuerte y no sueltan. El miércoles estaba guisando frijoles en la cocina, riéndose con Patricia de algo que dijo la niña. El jueves amaneció con la cara colorada y los ojos brillantes. El viernes ya no se levantó. El sábado la estaba enterrando en el panteón del pueblo, con una cruz de madera y un nombre mal escrito porque el que hace las cruces no sabe leer bien.

Así es la pobreza: te mata a los tuyos rápido y no te da tiempo ni de llorarlos como se debe. Porque hay que seguir. Porque hay bocas que comer. Porque el hambre no respeta luto.

Recuerdo el día del entierro como si fuera ayer. Pati agarrada de mi pantalón, con los ojos hinchados de tanto llorar, sin entender bien por qué su mamá no despertaba. Fer parado junto a mí, serio, callado, con esa expresión que lo acompañaría toda la vida: de alguien que entiende más de lo que dice. Ivan en brazos de doña Mecha, balbuceando, ajeno a todo. Y yo ahí, con un hueco en el pecho y tres hijos que dependían de que yo no me derrumbara.

No me derrumbé. Por fuera, al menos. Por dentro era otra cosa.

Me quedé con tres hijos y una soledad que no se va con nada. Las noches eran las peores. Cuando los niños dormían y la casa se quedaba en silencio, el vacío me mordía las entrañas. Me acostaba en mi cama, del lado que era de ella, y olía la almohada buscando su perfume, que se fue desvaneciendo con las semanas hasta que solo quedó el olor del jabón barato. Había noches en que me iba al patio a fumar cigarro tras cigarro, viendo las estrellas, preguntándole a Dios por qué carajo se había llevado a mi mujer y me había dejado solo con esta cruz. Dios nunca contestó. O quizá contestó y yo no quise escuchar.

La vida se me hizo un túnel oscuro. Hubo temporadas en que me iba al norte, a trabajar de peón en obras, cargando tabique, mezclando cemento, lo que cayera. Me levantaba a las cuatro de la mañana, me echaba el mandado al hombro, y caminaba hasta la caseta donde pasaban las camionetas que llevaban a los trabajadores a los campos agrícolas o a las obras de construcción. Diez, doce horas de trabajo bajo el sol. El cuerpo dolía, las manos se agrietaban, la espalda gritaba. Pero el pago era mejor que en el pueblo, y con eso mantenía a mis hijos.

Mandaba dinero con doña Mecha, la vecina, que era buena gente y les echaba el ojo a los niños. Mujer de sesenta años, viuda también, que había criado a sus propios hijos y ahora ayudaba con los ajenos. Le daba su dinero para la comida, y ella les cocinaba, los vigilaba, los cuidaba como si fueran suyos. Pero Pati era la que cargaba el peso real. A sus ocho años ya calentaba tortillas en la estufa, lavaba la ropa de sus hermanos en el lavadero del patio, les daba de comer lo que hubiera. A veces no había mucho, y ella se servía menos para que Fer e Ivan tuvieran su parte completa. Nunca me lo dijo. Me lo contó doña Mecha años después, cuando ya no había razón para ocultarlo, y me dio un nudo en la garganta que casi me ahoga.

"Tu Pati es una bendición, Luis", me dijo doña Mecha una vez que volví de una temporada de tres meses en el norte. "Esa niña hace cosas que muchas adultas no saben hacer. Le da de comer a los niños, los baña, los pone a dormir. Los cuida cuando se enferman. Y nunca, nunca la oí quejarse."

Patricia es de las personas más fuertes que conozco. No por lo que vivió, sino por cómo salió adelante sin quejarse nunca. Tiene un carácter que no le pide nada a nadie, una forma de ver la vida directa, sin adornos. Si algo le duele, lo dice. Si algo no le gusta, lo dice. Si algo quiere, también lo dice. No anda con rodeos ni con medias palabras. Es de las personas que te dicen las cosas en la cara, te gusten o no. Y al mismo tiempo tiene una ternura que guarda para los suyos, para sus hermanos, para mí. Una ternura que se nota en cómo nos sirve la comida, en cómo dobla nuestra ropa, en cómo pregunta si nos duele algo cuando nos ve llegar cansados.

Fernando, al que le decimos Fer, es el silencioso de la familia. Desde chiquito era de mirar mucho y hablar poco. Se sentaba en la puerta de la casa a ver pasar la gente, y uno no sabía qué estaba pensando. Podía estar horas así, observando, callado, con esa mirada suya que parecía entender cosas que los demás no alcanzaban a ver. Creció y sacó mi constitución: alto para lo que somos por aquí, delgado, pero con fibra, de esos que parecen flacos pero cuando agarran fuerza te sorprenden. Las manos grandes, fuertes, de trabajar en el taller. La mandíbula cuadrada, la frente ancha, los ojos oscuros y serios.

Empezó a trabajar a los dieciséis en un taller mecánico del pueblo, con don Tacho, un viejo mecánico que le enseñó el oficio. Fer aprendía rápido, no hablaba mucho, pero absorbía todo. A los dieciocho ya medio sabía arreglar motores, cambiar transmisiones, hacer lo que fuera necesario. Traía su sueldo los sábados, lo ponía en la mesa sin ceremonias y no decía mucho. Así es Fer: hace más de lo que dice. No le gustan las explicaciones largas ni las conversaciones innecesarias. Si puedes decir algo en tres palabras, no uses diez. Esa es su filosofía.

Pero debajo de esa capa de silencio hay algo más. Algo que hierve a fuego lento. Lo he visto en cómo mira, en cómo aprieta los puños cuando algo lo molesta, en cómo se va al baño cuando hay tensión en el ambiente. Fer guarda cosas adentro que no le muestra a nadie. Yo lo sé porque yo soy igual. Somos del mismo molde, él y yo. Quizá por eso nos entendemos sin hablar.

Ivan es otra historia. El más chico, el que creció sin conocer a su madre, pero de alguna manera salió siendo el más alegre de los tres. Tiene una forma de ser abierta, descarada, de los que dicen lo que piensan sin filtro alguno. Si le gusta algo, lo dice. Si quiere algo, va por ello. No conoce la palabra vergüenza, o si la conoce, la ignora completamente.

A los quince ya andaba persiguiendo mujeres por el pueblo. A los diecisiete se había cogido a media cuadra, según él contaba, y no había razón para dudarle porque Ivan no era de mentir. A los dieciocho caminaba por la vida como si no le debiera nada a nadie. Guapo, con una sonrisa que desarma, los ojos vivos, el cuerpo atlético de quien siempre está haciendo algo: jugar fútbol, nadar en el río, andar en bicicleta. Y una confianza que a veces raya en la impertinencia, pero que al final resulta encantadora porque es genuina. No es prepotencia, es naturalidad. Ivan es de los que nacieron sin el chip del miedo.

Pero buena persona, al fin. De ésos que te hacen enojar y reír al mismo tiempo. Que te dicen una grosería y te la dicen con tanto cariño que no puedes ofenderte. Que te fallan en algo y luego te abrazan y te dicen "perdón, viejo, la próxima lo hago mejor", y lo dicen en serio.

La casa donde crecimos la fui construyendo con lo que fue cayendo. Empezó siendo un cuarto de block sin aplanado, techo de lámina, piso de tierra. Las paredes rugosas, grises, con las marcas de las manos que la levantaron. Un cuarto donde dormíamos los cuatro, en colchones tirados en el suelo, porque no había para más. Con los años le agregué otro cuarto, cuando junté algo trabajando en el norte. Después una cocina chiquita, con una estufa de dos hornillas y una pileta donde Pati lavaba los platos. Más tarde un baño, de ésos de fosita, con una puerta de madera que no cerraba bien. Nunca fue gran cosa, pero era nuestra. En tierra caliente no necesitas mucho: vives más afuera que adentro, el clima te lo permite. La vida se hace en la calle, en el patio, bajo el árbol que dé sombra.

Teníamos un guamúchil en el patio que daba buena sombra. Ahí abajo era donde pasábamos las tardes, cuando el calor aflojaba. Pati sacaba las sillas de plástico, yo me sentaba en mi silla de madera que era solo mía, y los muchachos andaban por ahí, en bicicleta o tirados en el pasto. Era nuestra vida. Sencilla, pobre, pero nuestra.

Y en tierra caliente la gente vive suelta. Se viste ligero por necesidad, porque el calor no da otra opción. Las mujeres andan en vestidos delgados, en shorts, en blusas que dejan airear el cuerpo. Los hombres andan en boxers por la casa cuando el calor aprieta, en camisetas rotas, descalzos. La ropa es un estorbo que uno se quita en cuanto puede. Y cuando andas así de ligero, se ven cosas. Cuerpos. Formas. Curvas. Nadie hace escándalo, es la naturalidad del lugar. Es la cultura. Es lo que hay.

Yo crié a mis hijos con esa misma naturalidad. Nunca fui de los papás que esconden las cosas o que inventan mentiras para evitar conversaciones incómodas. Si preguntaban, respondía. Si había una duda, la aclaraba. Cuando Fer, a los siete años, encontró un condón en mi cajón y me preguntó qué era, le dije: "Es para que no salgan bebés cuando un hombre y una mujer tienen sexo". Me miró con esos ojos serios, asintió una vez, y lo guardó de vuelta en el cajón. No le dio pena, no le dio risa. Era información, nada más. Así es Fer.

Con Pati fue más detallado porque ella preguntaba más, porque las mujeres necesitan saber más sobre su cuerpo, y porque yo no iba a dejar que mi hija creciera ignorante. Cuando le empezaron a crecer sus tetas, a los doce, se me acercó asustada una mañana: "Papá, me están saliendo bolitas aquí, me duelen". Le expliqué qué era la pubertad, cómo su cuerpo iba a cambiar en los siguientes años, qué era la menstruación y por qué iba a venir cada mes. Le compré sus primeros sostenes en el mercado, se los di sin hacer caras raras. Le dije que si algún día quería tomar pastillas anticonceptivas, que me avisara y las conseguíamos. Sin asco, sin rodeos, sin esa actitud de muchos padres que prefieren no saber lo que sus hijas hacen con sus cuerpos.

Pati me lo agradecía siempre. Me decía que sus amigas no podían hablar de esas cosas con sus papás. Que a unas les decían que ésas eran cosas de mujeres y que le preguntaran a una tía o a la abuela. Que a otras las regañaban por preguntar, como si el solo hecho de tener curiosidad fuera un pecado. Que algunas ni siquiera sabían qué era un período cuando les llegó, y se asustaron creyendo que estaban enfermas o muriéndose. "Tú eres diferente, papá", me decía. "Contigo se puede hablar de todo."

Y sí, conmigo se podía hablar de todo. Porque yo soy de la idea de que la ignorancia no protege a nadie, solo lo hace más vulnerable. Y mis hijos iban a saber, carajo. Iban a saber de sexo, de cuerpos, de placer, de cuidados, de todo lo que se necesita saber para no andar por la vida tropezando con la misma piedra, como dicen por ahí.

Con los muchachos fue igual. Cuando Fer tenía catorce y yo noté que se masturbaba en las noches, no le dije nada al principio. Pero un día, cuando estábamos solos, le dije: "Oye, eso que haces en las noches es normal, no tienes por qué avergonzarte. Todos los hombres lo hacen. Solo procura hacerlo donde nadie te vea, por respeto a los demás". Se puso colorado como un tomate, pero asintió. Y después, con el tiempo, pudo preguntarme cosas. Si era normal que le dieran ganas todo el tiempo. Si le iba a pasar siempre. Si había algo malo en él. Le dije que no, que era un hombre joven con sangre en las venas, que las ganas eran señal de que todo funcionaba bien.

A Ivan no le hizo falta que le explicara nada. Ese se las arregló solo desde temprano. A los trece ya sabía más de lo que muchos adultos saben, porque se informaba por su cuenta, preguntaba a los primos mayores, y no tenía pena de nada. Lo único que le dije fue: "Cuando cojas con alguien, usa condón. No quiero que me dejes con un nieto a los catorce". Me contestó: "No te preocupes, viejo, yo sé lo que hago". Y se fue silbando.

El cuerpo de Patricia fue cambiando como cambia el paisaje en temporada de lluvias: de repente todo florece, todo se llena, todo se transforma. De niña flaquita y descalza pasó a una adolescente con curvas que no podían ignorarse. Las tetas le crecieron rápido, más que a las de su edad, más que a las de casi cualquier mujer del pueblo. Se le hicieron grandes, pesadas, de ésas que se notan hasta con ropa holgada. Los pezones grandes y oscuros, marcándose bajo cualquier tela, parados con el calor o con el frío, no había cosa con la que no se le notaran. Las caderas se le ensancharon temprano, dándole esa forma de guitarra que tienen las mujeres de la costa: cintura estrecha, caderas amplias, nalgas redondas. La piel se le puso canela oscura, bronceada de nacimiento, de esas que brillan con el sudor. El pelo lacio y negro le creció hasta la cintura, pesado, brillante. Las piernas se le llenaron, firmes, torneadas, de las que se ven bien en falda, en short, o con nada.

Yo lo notaba. No soy ciego ni soy pendejo. Mi hija se estaba poniendo buena. Muy buena. Y no era solo yo: los hombres del pueblo empezaron a voltearla a ver. Los comentarios cuando pasaba por la calle, los silbidos desde las bardas, las frases de doble sentido que le lanzaban los muchachos en la plaza. Pati les contestaba con una sonrisa o con un "vete a la verga, viejo verde", según el caso y según quién fuera. Tiene carácter mi niña, no se deja de nadie. Pero también tiene algo de coqueta, no voy a negarlo. Le gustaba que la miraran. Se le notaba en cómo caminaba, en cómo se movía, en cómo se acomodaba el pelo cuando sabía que alguien estaba viendo.

Fer e Ivan también notaron el cambio. Eran sus hermanos, pero eran hombres, y los hombres notan cuando una mujer está buena, aunque sea de la misma sangre. A Fer lo caché varias veces mirándole las tetas cuando Pati se agachaba a levantar algo del suelo, o siguiendo con la vista el movimiento de sus nalgas cuando caminaba del cuarto a la cocina. Se daba cuenta y apartaba la mirada rápido, con esa cara seria que pone cuando algo le incomoda. Pero la miraba. No podía evitarlo. Y yo entendía perfectamente cómo se sentía, porque yo estaba en las mismas.

Ivan era menos cuidadoso. Más abierto con sus comentarios, más descarado. Le decía cosas a Pati directamente: "Ya estás bien buena, hermanita, te vas a tener que ir de este pueblo porque nos vas a volver locos." O "Pati, si no fueras mi hermana ya te habría pedido de novia, te lo juro." Ella le tiraba una cachetada en el hombro, le decía "cállate, cabrón", pero se reía. Los dos se reían. Como si fuera un juego. Como si las palabras no tuvieran peso. Pero las palabras tienen peso, y las miradas tienen peso, y los pensamientos que uno tiene después de esas palabras y esas miradas tienen todavía más peso.

Yo observaba todo esto desde mi silla, con mi cerveza en la mano, sin decir nada. Viendo cómo la dinámica de la familia iba cambiando, cómo el deseo se iba colando entre nosotros como el agua se cuela por las grietas de una pared: lento, silencioso, pero imparable.

Al principio me daba cosa mirar a Pati de esa manera. Era mi hija, carajo. La niña que crié, la que me ayudó cuando no tenía a nadie, la que sacrificó su infancia para que sus hermanos tuvieran algo que comer. No debería de verla con ojos de hombre. Me decía a mí mismo que estaba mal, que era un degenerado, que necesitaba buscar una mujer y dejar de pensar en mi hija de esa forma. Y lo intenté. Me eché unas novias por ahí, mujeres del pueblo, viudas o solteras que andaban buscando compañía. Me acosté con algunas. Pero ninguna me quitaba la imagen de Pati de la cabeza. Ninguna tenía su cuerpo, su sonrisa, su forma de moverse. Ninguna me excitaba como me excitaba saber que mi hija estaba en el cuarto de al lado, quizás desnudándose, quizás tocándose, quizás pensando en alguien.

El cuerpo pide lo que pide, y ella tenía un cuerpo que pedía a gritos ser admirado. Me empezó a excitar verla en las mañanas, cuando salía de bañarse con una toalla amarrada en el pecho, el agua escurriéndole por los hombros y las piernas, las tetas casi asomándose por arriba de la toalla, los pies descalzos dejando huellas húmedas en el piso de cemento. O en las tardes, cuando andaba en top y short, recostada en el sillón viendo la tele, con las piernas abiertas, sin darse cuenta o sin importarle que se le marcaba todo entre las piernas, la ranura visible bajo la tela del short. O cuando se estiraba para alcanzar algo en la alacena alta y se le levantaba la blusa, mostrando la cintura, el ombligo, el inicio de esas caderas amplias. O cuando se agachaba a barrer el patio y el escote se abría, mostrando la profundidad de ese busto que cualquier hombre querría meter la cara en medio.

La primera vez que me masturbé pensando en ella me sentí el peor desgraciado sobre la tierra. Era de noche, los niños dormían, y yo en mi cuarto con la verga en la mano, pensando en las tetas de mi hija, en cómo se vería desnuda, en cómo sería cogerla, en cómo sonaría pidiéndomelo. Me vine con una fuerza que me sorprendió, los ojos cerrados, los dientes apretados, el cuerpo temblando. Y después me dio náusea. Me quedé sentado en la cama, con la frente en la mano, preguntándome qué clase de padre era, qué clase de hombre era, qué clase de monstruo llevaba adentro.

Pero a los dos días volví a hacerlo. Y al siguiente. Y al otro. Hasta que la culpa se fue marchitando como se marchita una flor que no se riega, y en su lugar creció algo más fuerte: el morbo. El deseo. La necesidad de tenerla. De saber cómo se sentiría su piel contra la mía, cómo sería tocar esas tetas, cómo sería meterme en ella y escucharla gemir.

No la toqué. Eso lo aclaro. Me contenía. Pero las miradas fueron volviéndose más frecuentes, más directas, menos disimuladas. Ya no apartaba los ojos cuando ella me sorprendía mirándola. Los mantenía ahí, fijos, dejándole saber que la estaba mirando, que me gustaba lo que veía. Y creo que ella lo notaba, porque Pati es lista y porque las mujeres saben cuándo un hombre las mira con hambre. No es algo que se pueda esconder fácil. Los ojos delatan.

A veces me sorprendía mirándola y no decía nada, pero una esquina de su boca se levantaba. Como si supiera. Como si le gustara saber que su padre, el hombre que la crió, la mirara con esos ojos. Como si le diera poder saber que podía tenerme de esa manera, con solo una mirada.

Los años siguieron pasando. Fer creció y se hizo hombre. Alto, callado, con manos grandes de mecánico y una mirada que no revelaba nada. Empezó a traer su sueldo, a ayudar con los gastos, a ser otro hombre en la casa. Pero seguía guardando cosas adentro. Yo lo veía mirar a Pati cuando ella no se daba cuenta, con esa expresión de querer algo que no se atreve a tomar. Se le notaba en la tensión de la mandíbula, en cómo apretaba los puños, en cómo se levantaba de pronto y se iba al baño. Me daba cuenta, pero no decía nada. ¿Qué iba a decir? "Hijo, deja de mirar a tu hermana con ganas" Si yo estaba haciendo exactamente lo mismo. Si era el doble de hipócrita haber pensado siquiera esa frase.

Ivan, por su parte, era más abierto con todo. A los dieciocho ya tenía un historial que muchos hombres del pueblo le envidiaban. Se cogía a las que quería, cuando quería, donde quería. Tenía labia, tenía cara, tenía desvergüenza. No le importaba si eran casadas, si tenían novio, si eran mayores. Si le gustaban, iba por ellas. Y casi siempre ganaba. Con Pati era cariñoso, pero también era hombre: la abrazaba por detrás cuando ella estaba cocinando, le manoseaba el pelo, le decía cosas pesadas al oído. "Tas bien buena, hermanita, si no fueras mi hermana ya te habría hecho mi novia." Pati le tiraba codazos y le decía "ándate con cuidado, desgraciado". Pero se reían los dos, como si fuera un juego.

Y era un juego. Pero los juegos, cuando se juegan con fuego, a veces prenden otras cosas. Cosas que no se pueden apagar fácil.

Patricia a los veinte ya era toda una mujer. Trabajaba en una tienda del pueblo, ayudaba con los gastos, seguía viviendo en la casa. En tierra caliente los hijos no se van rápido. Se quedan, comparten espacio, se aglomeran. No hay privacidad en una casa chiquita con cuatro personas. Las puertas no cierran bien, las paredes son delgadas, los ruidos se escuchan. Uno ve cosas que quizá no debería ver, escucha cosas que quizá no debería escuchar. Y en esa convivencia forzada, en esa falta de privacidad, las barreras se van cayendo solas.

Pati andaba con ropa ligera siempre. Era su forma de ser y el clima lo permitía. Shorts cortitos que se le metían entre las nalgas y le marcaban todo, la ranura visible cuando se sentaba con las piernas abiertas. Blusitas delgadas, a veces sin sostén cuando estábamos en casa, porque decía que le incomodaban con el calor. Tenía unas tetas que no se podían contener fácil, grandes, pesadas, que se movían cuando caminaba y se marcaban bajo cualquier tela. Los pezones grandes, oscuros, parados, notándose incluso con sostén, imagínate sin él. Las piernas largas, color canela, siempre a la vista. Las nalgas redondas, firmes, de esas que se mueven con cada paso y no dejan de mirarse.

Yo ya no me contenía tanto con las miradas. Y ella ya no disimulaba que me veía a mí. Había algo entre los dos, una electricidad en el aire, una chispita que iba creciendo. Cuando estábamos solos en la cocina, ella preparando algo, yo tomando cerveza, había un silencio cómodo pero cargado. Como si ambos supiéramos que algo estaba pasando sin decirlo. Como si las palabras estuvieran ahí, en la punta de la lengua, esperando el momento para salir.

Una noche, los tres estábamos en la sala. Fer e Ivan viendo una película de acción, Pati recostada en el sillón con las piernas encimadas, yo en mi silla con mi cerveza. Pati llevaba un short bien corto, de esos que casi no le cubrían las nalgas, y una blusa delgada sin sostén. Se le marcaban los pezones, grandes, oscuros, parados bajo la tela. Yo los miraba. Ella me miraba mirándolos. Y no dijo nada. Solo levantó una ceja y me sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero que lo decía todo. "Te gustan, ¿verdad?", decía esa sonrisa. "Ya lo sé."

Esa noche me masturbé tres veces. Tres. Pensando en ella. En sus tetas. En lo que me gustaría hacerle. En cómo sería tenerla debajo de mí, abierta, pidiéndomelo. En cómo sería meter la cara entre esas tetas y perderme en ellas. En cómo sonaría mi nombre en su boca cuando estuviera viniéndose. A mis cuarenta y tantos años, jalándomelo como un adolescente desesperado. La culpa ya no existía. Había muerto de hambre, como mueren las cosas que no se alimentan. En su lugar había un deseo firme, constante, que no me dejaba tranquilo ni de día ni de noche.

¡Quería cogerme a mi hija! Lo sabía. Lo aceptaba. Ya no peleaba contra eso. Y sabía que algún día iba a pasar. Solo tenía que esperar el momento. El momento en que las miradas se convirtieran en toques, los toques en besos, los besos en algo más.

Fer estaba en las mismas. Lo sabía porque una noche lo escuché en el baño, después de que Pati anduviera toda la tarde en bikini lavando el patio con la manguera, mojándose, riéndose, con las tetas casi asomándose del traje de baño que le quedaba chico. El muchacho se tardó media hora ahí adentro. Uno no es pendejo. Y cuando salió, tenía la cara colorada y evitó mirarme. Yo hice como que no me di cuenta. Pero sí me di cuenta. Y entendí perfectamente lo que sentía, porque yo sentía lo mismo.

Ivan era más descarado todavía. A veces se ponía duro enfrente de todos y se ajustaba la verga encima del pantalón sin ninguna pena, con naturalidad, como quien se rasca la nariz. Pati le decía "qué asco, Ivan", pero se reía, y a veces le lanzaba una toalla para que se cubriera, pero con una sonrisa que no era de rechazo exactamente. Era complicidad. Era el juego que seguíamos jugando, todos, sin decirlo claramente, sin admitir lo que era.

Era una familia caliente. No había otra forma de describirlo. El deseo andaba flotando entre nosotros como el calor mismo: espeso, pegajoso, imposible de ignorar. Cada uno lo sentía a su manera, cada uno lo manejaba a su modo, pero todos lo sentíamos. Y yo, como el hombre de la casa, como el padre, era el que más caliente estaba. Porque la quería. Porque me la quería coger. Porque sabía que mis hijos también la querían. Y porque, en el fondo de mi cabeza, en ese lugar donde uno piensa las cosas que no se atreve a decir en voz alta, ya empezaba a formarse una idea que en otro contexto habría sido descabellada pero que, en el nuestro, en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestra forma de ser, empezaba a parecer no tan descabellada: que no habría nada de malo en que todos la tuviéramos. Que si ella quería, y nosotros queríamos, y nadie estaba forzando nada, pues ¿por qué no? ¿Por qué negarse algo que todos deseaban? ¿Por qué dejar que las reglas de otros dictaran lo que pasaba dentro de nuestra casa?

Pero eso viene después. Primero tuvo que haber más. Más confianza, más cercanía, más noches de tragos donde las palabras se sueltan y las barreras se bajan. Primero tuvieron que pasar cosas que nos fueron acercando al borde, hasta que el borde dejó de importar y lo que estaba al otro lado se volvió lo único que queríamos.

Eso es lo que viene en el siguiente capítulo. Por ahora les dejo esto: la imagen de mi hija Pati, recostada en el sillón de nuestra casa humilde, con sus piernas largas cruzadas, sus tetas grandes marcándose bajo la blusa sin sostén, su pelo negro esparcido sobre el respaldo, su sonrisa de mujer que sabe que la miran y no le importa. O le gusta. O las dos cosas.

Así crecimos. Así nos fuimos haciendo lo que somos. Una familia pobre, caliente, sin vergüenzas, con un deseo escondido que iba creciendo como crece el calor en tierra caliente: lento al principio, insoportable al final.

-------------------------- Continua en capítulo 2 -----------------------