Capítulo 3: Mi hija es mi puta
La semana después de aquella primera noche fue como vivir en otro mundo. Pati y yo habíamos cruzado la línea, y aunque afuera de la casa todo seguía igual —el pueblo con su calor, la gente con sus chismes, la vida rutinaria de siempre— adentro las cosas habían cambiado por completo. Ya no éramos solo padre e hija. Éramos amantes. Éramos cómplices. Éramos algo que no tenía nombre pero que nos quemaba por dentro.
Empezamos a cogernos cada vez que podíamos. A escondidas, cuando los muchachos no estaban. En las mañanas, antes de que se levantaran. En las tardes, cuando salían a trabajar o a andar con sus amigos. En las noches, cuando se dormían y Pati se deslizaba a mi cuarto con los pies descalzos y el cuerpo desnudo bajo una bata.
Pero esa primera vez completa, esa primera vez que voy a contarles, fue la que marcó todo. La que nos dijo a los dos que esto no era un momento pasajero, un calentón que se apaga con una cogida. Era algo más profundo, más intenso, más adictivo. Era una necesidad que nos iba a consumir.
Fue un martes. Los muchachos se fueron temprano, Fer al taller y Ivan a ayudar a un compadre con unos tabiques. Pati no trabajaba ese día en la tienda. La casa quedó sola desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, cuando Fer solía regresar.
Pati entró a mi cuarto cuando yo todavía estaba en la cama, medio dormido. Traía una taza de café en la mano y una sonrisa en la cara. Nada más. Desnuda de pies a cabeza, con el pelo revuelto y los ojos todavía medio cerrados del sueño. Las tetas moviéndose con cada paso, grandes, pesadas, con los pezones oscuros parados con el fresco de la mañana. Las caderas marcándose con cada movimiento, las piernas largas, color canela, y entre ellas el monte de vello negro que ya conocía bien.
"Tu café", dijo, y me lo puso en la mesa de noche.
"¿Así vienes a traerme el café?", dije yo, sonriendo, con la verga ya poniéndose dura bajo la sábana.
"Así me gusta venir", dijo ella, y se metió a la cama conmigo. "Desnuda y lista."
La abracé. Sentí su cuerpo contra el mío, caliente, suave, firme. La besé en la boca, lento, sintiendo sus labios, su lengua, el gusto del café en su aliento. Ella me pasó la mano por el pecho, por el abdomen, hacia abajo, y me agarró la verga.
"Ya despertó", dijo, riéndose, sintiéndola crecer en su mano.
"Lleva rato despierta", dije. "Desde que entraste."
"¿Y qué vamos a hacer co
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