Capítulo 5: Mi hija por todos lados
Los días después de aquella primera noche en grupo fueron como descubrir un mundo nuevo. Lo que habíamos hecho —los cuatro, juntos, en esa cama, sin barreras, sin límites— había cambiado todo. Ya no había secretos entre nosotros, ya no había miradas furtivas, ya no había tensión contenida. Ahora había libertad. Libertad de tocarnos, de cogernos, de ser lo que éramos sin esconder nada.
La casa se convirtió en nuestro territorio. Las puertas ya no se cerraban con llave. Los cuartos ya no eran de uno solo. Pati ya no dormía sola en su cuarto; dormía con el que quisiera, cuando quisiera, donde quisiera. A veces conmigo, a veces con Fer, a veces con Ivan, a veces con los tres. La casa era de todos y Pati era de todos, y esa simple idea nos mantenía en un estado constante de deseo.
Pero había algo más, algo que yo llevaba días pensando, algo que me excitaba más que cualquier otra cosa. Algo que todavía no le había dicho a Pati, algo que guardaba para el momento adecuado. Y ese momento llegó un miércoles por la tarde, cuando los muchachos salieron y nos quedamos solos.
Pati entró a mi cuarto con dos cervezas y una sonrisa. Traía un short corto y una blusa sin sostén, como siempre. Se sentó en la cama junto a mí, me dio una cerveza, y me besó.
"¿Qué quieres hacer hoy?", preguntó, con esa voz suya que siempre sonaba como una invitación.
"Quiero cogerte", dije, y la agarré de la cintura, la jalé hacia mí.
"Pos qué bueno", dijo ella, riéndose, "porque yo también quiero que me cojas."
La besé. Lento, profundo, con lengua, sintiendo sus labios, su aliento, el gusto a cerveza en su boca. Ella me pasó los brazos por el cuello y se apretó contra mí, con las tetas marcándose contra mi pecho, con las caderas moviéndose despacio, buscando mi verga.
Le quité la blusa despacio, levantándosela, y se las dejé caer a los lados. Las tetas quedaron libres, grandes, pesadas, con los pezones oscuros parados. Se las besé, se las lamí, se las chupé, y ella gemía, con la cabeza hacia atrás, con las manos en mi pelo.
"Me encanta cuando me chupas las tetas", dijo, con la voz entrecortada. "Me las pones duras, me las pones sensibles. Me haces sentir cosas que nadie me había hecho sentir."
Bajé más, le besé el abdomen, el ombligo, el vientre. Le bajé el short despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. No traía calzón. Nada más. Se quedó desnuda frente a mí, con las piernas largas, color canela, y entre ellas el monte de vello negro que ya conocía bien.
"Tu turno", dijo ella, y me empezó a quitar la ropa. La camisa, botón por botón, besándome el pecho conforme lo descubría. El pantalón, bajándolo despacio, agachándose frente a mí. Me bajó los boxers, me agarró la verga, y se la llevó a la boca.
La chupó despacio, pasando la lengua por la cabeza, por el tronco, hasta los huevos. Se los metió en la boca, uno por uno, chupándolos, jalándolos suavemente. Después subió, lamiendo el tronco desde abajo hasta arriba, y se tragó la verga entera, hasta el fondo.
"Woow hija", dije yo, con la voz ronca, agarrándole la cabeza. "Cómo la mamas."
"La
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