Capítulo 2: Las miradas que cambiaron
El tiempo es raro. A veces parece que no avanza, que los días se repiten como calcos, y de pronto uno voltea y los hijos que ayer eran unos chamacos descalzos corriendo por el patio ya son hombres y mujeres con cuerpos de adultos y deseos de adultos. Así nos pasó. Sin que yo me diera cuenta del todo, mis hijos crecieron. Y con ellos crecieron las cosas que llevábamos dentro, esas que no se dicen, pero se sienten, esas que se acumulan como se acumula el agua en un vaso: gota a gota, hasta que un día se rebalsa.
Patricia cumplió veintiuno, veintidós, veintitrés. Fer llegó a los veinte, a los veintiuno. Ivan a los dieciocho, a los diecinueve. La casa seguía siendo la misma, chiquita, apretada, con sus paredes de block y su techo de lámina, pero los que vivíamos en ella ya no éramos los mismos. Los cuerpos cambiaron, las mentes cambiaron, y las miradas, sobre todo las miradas, cambiaron.
La confianza entre nosotros era total. Absoluta. No había tema que no se pudiera tocar, no había palabra que no se pudiera decir. En nuestra casa se hablaba de todo con la misma naturalidad con la que se habla del clima o de lo que hubo de comer. Y el sexo, que en otras casas es el gran tema prohibido, en la nuestra era una conversación más.
Recuerdo una tarde, era un sábado, hacía un calor de la chingada. Estábamos los cuatro en el patio, bajo la sombra del guamúchil, con unas cervezas frías. Pati traía un bikini de dos piezas que le quedaba chico, de esos que se compró en el mercado y que no estaban hechos para un cuerpo como el suyo. Las tetas casi se le salían por arriba, las nalgas se le comían la tela de atrás. Fer estaba en shorts, sin camisa, recargado contra el tronco del árbol. Ivan en boxers, tirado en una silla de plástico con las piernas abiertas. Yo en mi silla de madera, con mi cerveza en la mano, observando todo.
Ivan fue el que abrió la boca primero, como siempre. "Oigan, ¿ya saben que a la Irma la dejaron embarazada?" La Irma era una muchacha del pueblo, de la edad de Pati, que andaba con un tipo de otro pueblo y que al parecer no se había cuidado.
"¿Y qué le va a hacer?", preguntó Fer, con su tono de siempre, serio, corto.
"Pues nada, ya ahí va a tener al niño. Pero el tipo ese ya se fue, no quiere saber nada. O sea que se quedó solita." Ivan se rio. "Eso pasa por no cuidarse."
Pati lo miró con cara de fastidio. "O por no usar condón, que es diferente. O por usar condón, pero mal. O por creerle al tipo cuando le dijo 'no te preocupes, me controlo'."
"Exacto", dije yo. "Por eso les he dicho siempre: anticonceptivos. Si no quieren hijos, hay que cuidarse. No hay de otra."
"¿Tú te cuidas, Pati?", preguntó Ivan con esa sonrisa suya, medio burlón, medio curioso.
Pati no se turbó. Se tomó su cerveza y contestó: "Claro que me cuido. Tomo pastillas desde los diecinueve. No quiero hijos todavía, y cuando los quiera los voy a querer con alguien que valga la pena, no con cualquier pendejo que me diga 'me controlo'."
"Buena decisión", dije yo, y la miré. Ella me miró. Hubo algo en esa mirada, algo que duró un segundo más de lo normal, algo que los otros dos no notaron pero que entre nosotros dos estaba gritando.
"¿Y ustedes usan condón?", preguntó Pati, volteando a ver a sus hermanos. "Porque si andan cogiendo por ahí sin cuidarse, luego me van a venir con sobrinos a los que les tengo que hacer madre."
Ivan levantó la mano. "Yo siempre uso. El viejo me enseñó bien."
Fer asintió. "Yo también."
"Bueno, pues qué padres tan responsables", dijo Pati con tono irónico, y nos echó una mirada a todos. "Menos mal que en esta casa sí se habla de estas cosas, porque si no, ya andarían sembrando hijos por todo el pueblo."
La conversación siguió por ahí, relajada, sin malicia aparente. Pero yo seguí pensando en lo que Pati había dicho: que tomaba pastillas. Que se cuidaba. Que no quería hijos todavía. Y mi mente, esa mente que ya estaba torcida hacia ella, fue más lejos: se cuidaba, entonces podía coger sin preocupaciones. Con quien quisiera. Y si podía con quien quisiera, ¿por qué no conmigo?
Me sentí un desgraciado por pensarlo. Pero también me sentí excitado. Y la excitación ganó, como siempre ganaba.
Las semanas siguientes fueron más de lo mismo. Conversaciones que rozaban el límite, miradas que duraban más de la cuenta, roces que no eran accidentales pero que se disfrazaban de accidentales. La casa era un campo minado de tensión sexual, y todos éramos parte de él, aunque nadie lo admitiera abiertamente.
Una noche, después de cenar, estábamos Pati y yo solos en la cocina. Los muchachos habían salido con unos amigos. Pati lavaba los platos y yo secaba, porque en mi casa todos ayudamos. Ella traía un vestido de esos frescos, sin mangas, que le llegaba arriba de la rodilla. Sin sostén, se le notaban los pezones marcándose bajo la tela delgada. El vestido se le pegaba al cuerpo con el sudor, marcándole las caderas, la cintura, las nalgas.
"Papá", dijo de pronto, sin mirarme, mirando los platos, "¿tú crees que está mal que a una mujer le guste que la miren?"
La pregunta me agarró desprevenido. Tragué saliva. "¿Cómo que la miren?"
"Pues eso. Que la miren. Que se den cuenta de que está buena. Que le volteen a ver cuando pasa. ¿Está mal que eso le emocione?"
"No", dije yo, con la voz un poco ronca. "No está mal. A la gente le gusta sentirse deseada. Es natural."
"Es que a mí me gusta", dijo ella, y ahora sí me miró. Con esos ojos grandes, oscuros, con una expresión que era una mezcla de confesión y desafío. "Me gusta que me miren. Me gusta saber que alguien se calienta por mí. ¿Soy una malpensada por eso?"
"No", repetí. "Eres una mujer que sabe lo que tiene y que le gusta que lo reconozcan. No hay nada de malo en eso."
"¿Y si quien te mira es alguien cercano?", preguntó, y la pregunta quedó flotando en el aire como una bomba a punto de estallar.
La miré. Ella me miró. El aire entre nosotros se puso espeso. Supe a qué se refería. Y ella supo que yo sabía.
"No depende de quién sea", dije, eligiendo las palabras con cuidado, con el corazón latiéndome en la garganta. "Depende de si los dos quieren lo mismo."
Ella no dijo nada. Solo asintió lentamente, se dio la vuelta, y siguió lavando platos. Pero la tensión quedó ahí, colgada en el aire, sin resolverse.
Esa noche no dormí. Me quedé en mi cama, con los ojos abiertos, dándole vueltas a la conversación. ¿Me estaba diciendo que sabía que la miraba? ¿Me estaba diciendo que le gustaba? ¿Me estaba dando permiso? ¿O solo era una conversación filosófica sobre el deseo y yo estaba leyendo demasiado?
No sabía. Pero lo que sí sabía era que mi verga estaba dura como piedra y que no podía dejar de pensar en ella.
Los días siguientes fueron una tortura. Pati parecía no haber dicho nada, actuaba normal, pero yo la miraba diferente. O mejor dicho, la miraba igual que siempre, pero con menos disimulo. Y ella parecía buscar mis miradas. Se cambiaba de ropa enfrente de mí, no completamente, pero sí lo suficiente: se quitaba el sostén antes de ponerse una blusa, dejándome ver los pechos de lado por un segundo. Se agachaba frente a mí sabiendo que se le marcaba todo. Se estiraba cuando yo estaba cerca, arqueando la espalda, sacando el pecho.
Era un juego. Un juego peligroso, delicioso, que iba subiendo de temperatura.
Los hermanos también estaban en sus propias dinámicas. Fer, cada vez más callado, cada vez más tenso. Lo veía mirar a Pati cuando ella no estaba viendo, con esa mirada de hambre contenida. A veces se iba al baño en horas raras y yo sabía por qué. El pobre estaba sufriendo con el deseo, igual que yo, pero no tenía con quién desahogarlo. O sí lo tenía, pero no se atrevía.
Ivan ya saben, era más directo. Un día estábamos los tres hombres en el patio, sin Pati, y Ivan soltó: "Oigan, mi hermana tiene unas nalgas buenísimas, ¿verdad?"
Fer lo miró con cara de "¿qué dices, cabrón?", pero no dijo nada.
Yo tomé una cerveza y dije: "Pues sí, tu hermana está bien buena. No hay por qué negarlo."
Ivan se rio. "¿Tú crees, viejo? ¿Te parece buena tu hija?"
"Los ojos no tienen culpa de lo que ven", dije yo, con filosofía barata pero honesta.
"Pues yo no le hago el feo", dijo Ivan. "Mi hermana está buena y punto. Si no fuera mi hermana, ya me la hubiera cogido."
Fer nos miró a los dos como si no creyera lo que estaba escuchando. "¿Ustedes están hablando en serio?"
"¿Qué tiene de malo?", dijo Ivan. "Es una opinión. No estoy diciendo que me la vaya a coger, estoy diciendo que está buena. ¿Tú no crees que está buena?"
Fer se quedó callado un momento. Después, con la voz baja, dijo: "Sí. Está buena."
Y ahí quedó. Los tres admitimos lo que ya sabíamos: Patricia era una mujer que nos excitaba a todos, incluyendo a sus hermanos, incluyendo a su padre. Era la primera vez que lo decíamos en voz alta, y el solo hecho de decirlo hizo que todo se sintiera más real, más posible, más cercano.
Pasaron las semanas. Llegó una noche que cambió todo.
Era un viernes. Hacía calor, pero no tanto como otros días. Había comprado unas cervezas y una botella de mezcal barato, de esos que te pegan fuerte pero que te ponen alegre. Pati había cocinado carne asada en un anafre en el patio, y los cuatro estábamos comiendo, bebiendo, platicando. El ambiente era relajado, de esos que solo se dan cuando hay buena comida, buen trago y gente con la que uno se siente cómodo.
Pati traía un short de mezclilla cortito, desgastado, y una blusita de tirantes que le quedaba ajustada. Sin sostén, como era su costumbre en casa. Las tetas se movían libres bajo la tela, marcándose los pezones con cada movimiento. Las piernas desnudas, color canela, brillando con el sudor. Los pies descalzos en el piso de cemento del patio.
Bebimos. Comimos. Bebimos más. El mezcal iba haciendo su trabajo, soltándonos la lengua, aflojándonos las barreras que ya de por sí eran delgadas.
Ivan fue el primero en sacar un tema pesado. "Oigan, ¿cuándo fue la primera vez que cogieron?"
Fer casi se atragantó con la cerveza. Pati se rio. Yo me reí también.
"¿Por qué preguntas eso, cabrón?", dije yo.
"Por curiosidad. Yo la perdí bien chavito, con la Mari, ¿se acuerdan? La del taller de costura. ¿Ustedes cuándo?"
Pati levantó la mano. "Yo a los dieciocho, con mi novio de entonces, el Jorge. El que era mecánico también."
"¿Y cómo estuvo?", preguntó Ivan.
"Regular", dijo Pati. "Rápido, torpe, no sabía qué hacer. Mejoró con el tiempo, pero la primera vez fue un desastre."
"La mía también", dijo Ivan. "La Mari y yo no sabíamos ni qué estábamos haciendo. Duré como dos minutos."
Fer seguía callado, bebiendo su cerveza.
"¿Y tú, Fer?", preguntó Pati.
Fer se removió en su silla. "A los diecinueve", dijo, con la voz baja. "Con una muchacha del pueblo."
"¿Cómo estuvo?"
"Bien."
"Qué detallista", dijo Ivan, irónico. "Bien. Así de simple. No nos das nada."
"No hay mucho que contar", dijo Fer, y cerró el tema.
"¿Y tú, papá?", preguntó Pati, volteando a verme.
"Yo a los dieciséis, con una vecina que era mayor que yo. Me enseñó bastantes cosas, esa mujer."
"¿Qué tipo de cosas?", preguntó Pati, con una sonrisa.
"Cosas que un muchacho de dieciséis no sabía pero que le sirvieron para la vida."
"¿Como qué? Da detalles, viejo, no seas mosca muerta."
"Me enseñó a darle placer a una mujer. A no pensar solo en mí, a no venirme rápido. A tomarme mi tiempo, a leer lo que el cuerpo de ella me decía. A usar la boca, las manos, no solo la verga."
Silencio. Los tres me miraban. Pati con una sonrisa que se le ensanchaba. Ivan con los ojos abiertos, impresionado. Fer con la cerveza a medio camino de la boca, congelado.
"¿Tú le hacías oral a esa señora?", preguntó Ivan, como si no creyera lo que estaba escuchando.
"Claro. Y a ella le gustaba. Y a mí me gustaba hacerlo. No hay nada de malo en eso. Es parte del sexo, y parte importante."
"Pinche viejo", dijo Ivan, riéndose. "Aquí resultó que eres un putero."
"No soy un putero, soy un hombre que sabe lo que le gusta y no tiene pena de decirlo."
Pati no había dicho nada. Pero me miraba de una manera que me hizo sentir que la conversación iba en otra dirección, que las palabras sobre sexo oral y placer habían caído en un lugar específico de su mente y ahí se estaban procesando.
"¿Y tú, Pati?", preguntó Ivan. "¿Te gusta que te hagan oral?"
Pati lo miró con cara de reto. "¿A ti qué te importa?"
"Curiosidad, hermanita. Curiosidad."
"Pos sí", dijo Pati, sin apartar la mirada. "Me gusta. Me gusta mucho. Pero tiene que saber hacerlo, no cualquiera. No es nada más lamer ahí como perro, hay que saber qué hacer, dónde tocar, cuánta presión."
"Pos a mí me dicen que se me da bien", dijo Ivan, inflando el pecho.
"Eso dicen todos", contestó Pati. "Pero casi nadie sabe. Casi nadie se toma el tiempo."
La conversación siguió por ahí, cada vez más explícita, cada vez más cargada. El mezcal hacía su parte. Yo los escuchaba, participaba, pero sobre todo observaba. Observaba cómo Pati se iba soltando, cómo sus palabras se volvían más directas, más provocativas. Cómo Fer se iba relajando, cómo sus respuestas se volvían más largas, menos medidas. Cómo Ivan era el que más hablaba, pero no por eso el que más sentía.
En algún punto, Pati se levantó a buscar otra cerveza. Cuando pasó junto a mí, su cadera rozó mi hombro. No fue un roce fuerte, pero lo sentí como una descarga. Ella se detuvo un segundo, me miró hacia abajo, y siguió caminando. Yo me quedé con el calor de ese roce en el hombro y el corazón latiéndome en las sienes.
Cuando regresó con las cervezas, en lugar de sentarse en su silla, se sentó en el borde de la mesa, frente a mí, con las piernas cruzadas. Desde ese ángulo, con el short que traía, se le veía casi todo. Las nalgas asomándose por abajo del short, la tela marcándole la ranura entre las piernas. Yo no podía dejar de mirar. Y ella sabía que yo estaba mirando.
"¿Y sobre fantasías?", dijo Ivan, que ya andaba bien entrado en copas. "¿Tienen fantasías que no han cumplido?"
"Todos tenemos", dije yo.
"¿Cuál es la tuya, viejo?"
"No voy a decir todo, cabrón. Algunas cosas se quedan en la cabeza."
"Cobarde", dijo Ivan, riéndose.
"¿Y tú, Pati?", preguntó Fer, que era la primera vez que abría la boca para preguntar algo en toda la noche.
Pati lo miró. Se tomó un trago largo de cerveza. Y dijo: "Mi fantasía es que alguien me mire y no pueda resistirse. Que me mire y pierda el control. Que me mire y tenga que tocarme, aunque no deba."
Silencio. Un silencio pesado, denso, que se podía morder.
Ivan abrió la boca para decir algo, pero yo lo corté con una mirada. No sé por qué lo hice. Instinto, quizá. O quizá porque sabía que si Ivan abría la boca en ese momento, iba a romper algo que se estaba formando entre Pati y yo, algo frágil y poderoso al mismo tiempo.
"Interesante fantasía", dije yo, con la voz grave.
Pati me miró. Directo. Sin disimulo. "¿Tú crees que está mal tener una fantasía así?"
"No. Las fantasías son fantasías. Nadie sale lastimado por pensar algo."
"¿Y si la fantasía es sobre alguien que no debería?", preguntó ella, y la pregunta quedó ahí, colgada en la noche, bajo el guamúchil, con el sonido de los grillos y el calor del mezcal en la sangre.
Nadie dijo nada. Fer miraba su cerveza. Ivan miraba a Pati. Yo miraba a Pati. Pati me miraba a mí.
"No", dije. "No está mal. Lo que está mal o bien es lo que uno hace, no lo que uno piensa."
Ella asintió. Se bajó de la mesa. Se fue a su cuarto sin decir nada más. Los tres nos quedamos ahí, en el patio, bebiendo en silencio, cada uno procesando lo que acababa de pasar.
Yo sabía lo que había pasado. Y sabía que ella sabía. Y sabía que mis hijos también sabían, aunque no entendieran del todo.
Los días siguientes fueron raros. Pati estaba más callada de lo normal, más pensativa. Yo también. Fer e Ivan seguían en lo suyo, pero había algo diferente en el aire, algo que había cambiado con esa conversación del patio y que no iba a volver atrás.
Una semana después, Pati y yo estábamos solos en la casa. Los muchachos habían salido, Fer al taller y Ivan a andar con sus amigos. Era tarde, el calor había aflojado un poco, y estábamos en la cocina, ella preparando algo de comer, yo sentado en la mesa con una cerveza.
"Papá", dijo ella, sin voltear.
"Dime."
"¿Aquella noche, en el patio, cuando te pregunté si estaba mal tener una fantasía sobre alguien que no debería... ¿tú entendiste a qué me refería?"
El corazón se me detuvo un segundo. "Sí", dije. "Entendí."
"¿Y qué pensaste?"
"Pensé que las fantasías son de quien las tiene, y que nadie tiene por qué juzgarlas."
Ella se dio la vuelta. Me miró. Tenía los ojos brillantes, no sé si por emoción o por miedo o por las dos cosas. "¿Y si yo te dijera que esa fantasía es sobre ti?"
Me quedé callado. La miré. La miré entera, de arriba abajo, como nunca la había mirado enfrente de ella. Las tetas grandes bajo la blusa sin sostén. Las caderas marcándose bajo el short. Las piernas largas, color canela. La boca, esos labios gruesos que tantas veces me había imaginado. Los ojos, oscuros, profundos, pidiendo algo.
"Yo te diría", dije, con la voz ronca, "que la misma fantasía tengo yo desde hace años."
Ella abrió la boca un poco. No sé qué esperaba que dijera, pero creo que no esperaba eso. O quizá sí lo esperaba, pero escucharlo fue diferente a imaginarlo.
"¿Desde hace años?", preguntó.
"Desde que eres mujer. Desde que tu cuerpo cambió. Desde que empecé a mirarte y no podía dejar de mirarte."
"¿Y no te dio culpa?"
"Al principio sí. Mucha. Pero la culpa se fue muriendo, y lo que quedó fue más fuerte que la culpa."
Ella se acercó. Un paso. Dos. Se paró frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el olor de su piel, el sudor dulce de su cuello. Me miró desde arriba, con esa mezcla de valentía y vulnerabilidad que solo ella tiene. Con los ojos brillantes, los labios entreabiertos, la respiración un poco agitada.
"Yo también", dijo ella, casi en un susurro. "Yo también te miro, papá. Desde hace tiempo. Cuando sales de bañarte. Cuando andas en boxers por la casa. Cuando estás trabajando en el patio sin camisa, todo sudado. Te miro y pienso cosas que una hija no debería pensar."
Mi verga estaba dura. No había forma de ocultarlo, ni había razón para hacerlo. Ella lo notó, miró hacia abajo, vio la protuberancia en mi pantalón, y no apartó la mirara. Al contrario, se la quedó viendo un momento, y después volvió a mirarme a los ojos.
"¿Ves lo que me haces?", dije yo, con la voz ronca.
"Lo veo", dijo ella. "Y me gusta. Me gusta saber que te pongo así."
"Pati..."
"No digas nada. No ahora. Solo quiero que sepas que no soy la única que piensa en esto. Que no estás solo en esto. Que, si algún día quieres hacer algo, yo quiero que lo hagas."
No la besé. No la toqué. Me quedé ahí, sentado, con las manos agarrando el borde de la silla, conteniéndome con toda la fuerza que tenía. Porque sabía que si la tocaba en ese momento, no iba a poder parar. Y no quería que fuera así, rápido, desordenado, en la cocina a las tres de la tarde con el riesgo de que los muchachos llegaran en cualquier momento. Quería que fuera bien. Quería que fuera una noche entera, con tiempo, con tragos, con calma. Quería desnudarla pieza por pieza, saborearla, disfrutarla.
"Vamos a hacerlo", dije. "Pero no ahora. Una noche que estemos solos, con tiempo, sin prisa. Te voy a hacer todo lo que he pensado hacerte."
Ella cerró los ojos un segundo. Un temblor le recorrió el cuerpo. Cuando los abrió, había algo en ellos que no había visto antes: una mezcla de alivio, de deseo, de entrega. "Cuando quieras", dijo. "Yo voy a estar lista."
Se dio la vuelta y se fue a seguir preparando la comida, como si nada. Yo me quedé en la silla con el corazón latiéndome en el pecho y la verga doliéndome de tan dura. Había pasado. Lo habíamos dicho. Lo habíamos admitido. No había vuelta atrás.
Esa semana fue la más larga de mi vida. Cada día era una agonía. Pati y yo no nos tocamos más, pero el juego de miradas y palabras subió de nivel. Me mandaba mensajes al celular cuando los muchachos no estaban viendo. Cosas cortas, directas, que me ponían duro en segundos.
"Estoy mojada pensando en el viernes."
"¿De verdad sabes hacer oral bien o puro cuento?"
"No puedo esperar. Me quiero venir en tu boca."
Yo le contestaba cosas igual de directas.
"Te voy a dejar las piernas temblando."
"Mejor que ningún hombre que hayas tenido. Eso te prometo."
"Te voy a llenar. Vas a sentir lo que es que te coja un hombre de verdad."
Los muchachos notaron algo, aunque no sabían qué. Fer me miraba a veces con esa expresión suya, como si supiera que algo estaba cambiando, pero no pudiera identificar qué. Ivan hacía bromas: "¿Por qué andan tan contentos el viejo y la Pati? ¿Pasó algo que no sé?" Pati le contestaba "Nada, cabrón, no todo es interesante", y el tema se moría ahí.
Pero algo había cambiado. Y los dos lo sabíamos. Y el viernes se acercaba.
Llegó el viernes. Los muchachos salieron como a las seis de la tarde, con sus cosas para dormir en casa de unos amigos. Ivan iba contento, como siempre. Fer iba callado, como siempre, pero antes de irse me miró con esa mirada suya y dijo: "Nos vemos mañana, papá". Algo en su tono me hizo pensar que sabía más de lo que decía. Pero no dijo nada más, y se fue.
Cuando se fueron, la casa se quedó en silencio. Pati estaba en su cuarto. Yo estaba en la cocina, sacando cervezas, preparando todo. Tenía el mezcal, tenía las cervezas, tenía la casa limpia. Me había bañado, me había puesto ropa limpia. El corazón me latía fuerte, como el de un adolescente que va a tener su primera vez.
La esperé en la sala, con una cerveza en la mano. A los diez minutos, salió de su cuarto.
Traía un vestido. Un vestido que no le había visto antes, que seguramente se había comprado para la ocasión. Era sencillo, de tela delgada, color rojo, que le llegaba arriba de la rodilla. Tirantes delgados, escote en V que le mostraba la parte superior de las tetas. Se le notaba que no traía sostén. Por la forma en que el vestido se ceñía a sus caderas y por la ausencia de líneas, se notaba que tampoco traía calzón. Estaba descalza. El pelo suelto, lacio, brillante. Un poco de perfume, de esos baratos pero que en ella olían bien.
"¿Cómo me veo?", preguntó, parándose frente a mí.
"Como la mujer más hermosa que he visto en mi vida", dije yo, y lo dije en serio.
Ella sonrió. Se sentó junto a mí en el sillón, no en su silla de siempre, sino junto a mí. Cerca. Su muslo tocando el mío. Me tomó la cerveza de la mano, le dio un trago, y me la regresó.
"¿Nervioso?", preguntó.
"Un poco", admití. "¿Tú?"
"Mucho. Pero de los buenos nervios. De los que te hacen sentir viva."
Le serví un mezcal. Le di el vaso y levanté el mío. "Por nosotros", dije.
"Por nosotros", repitió ella, y bebimos.
El primer trago fue como encender el motor. El segundo fue acelerar. El tercero fue soltar los frenos. Empezamos a hablar, a contarnos cosas que llevábamos años sin decir. Ella me contó que la primera vez que me vio diferente fue a los dieciséis, cuando me vio salir del baño sin camisa, sudado, y algo dentro de ella se movió. Que desde entonces empezó a mirarme diferente, a buscarme con los ojos, a imaginarse cosas. Que se masturbaba pensando en mí, que le daba culpa, pero no podía parar. Que tuvo novios, algunos buenos, algunos regulares, pero que ninguno le hacía lo que le hacía pensar en mí.
Yo le conté lo mío. La primera vez que me masturbé pensando en ella. La culpa. El morbo. Las veces que la espiaba cuando se bañaba, buscando la rendija de la puerta. Las veces que me quedaba duro horas después de verla en ropa ligera, sin poder calmarme.
"¿Nosotros somos malos?", preguntó ella, después del cuarto trago.
"No", dije yo. "Nosotros somos nosotros. Y lo que pasa en esta casa es de nosotros."
Ella me miró. Me puso una mano en la cara. Me acarició la mandíbula, la barbilla. "Bésame", dijo. "Ya no quiero esperar."
La besé. La besé como había querido besarla durante años, con toda la lengua, con toda la boca, con todo el deseo acumulado. Ella abrió los labios y me recibió, y su lengua buscó la mía, y se enredaron, y el gusto de mezcal y mujer me llenó la boca. La agarré por la nuca, con fuerza, y la acerqué más. Ella se subió encima de mí, sentándose en mis piernas, con las piernas abiertas a los lados de mis caderas, el vestido subiéndosele hasta casi la cintura. Sentí el calor de su sexo contra mi vientre, húmedo, caliente, y casi me vengo ahí mismo.
Nos besamos largo. Minutos que duraron horas. Mis manos le recorrieron la espalda, la cintura, las caderas, las nalgas. Las nalgas las agarré con las dos manos, fuertes, apretándolas, y ella gimió en mi boca. Le subí el vestido más, hasta la cintura, dejando las nalgas al aire, y las acaricié, las palmeé suavemente, las separé.
"Espera", dijo ella, apartándose un poco. "No aquí. En tu cuarto. Quiero que sea en tu cama."
La cargué. La cargué como no había hecho desde que era niña, pero ahora pesaba diferente, sentía diferente, era diferente. La llevé a mi cuarto, la acosté en mi cama, y me quedé parado frente a ella, mirándola.
Estaba recostada, con el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas, las tetas casi saliéndose del escote, el pelo esparcido en la almohada, los ojos oscuros mirándome con un hambre que me hizo temblar.
"Quítate el vestido", dije. "Quiero verte."
Ella se sentó, se agarró el dobladillo del vestido, y se lo jaló por arriba, sacando los brazos, sacando la cabeza, y lo tiró al suelo. Se quedó desnuda frente a mí. Completamente desnuda. Las tetas grandes, pesadas, cayendo un poco con su peso natural, los pezones oscuros, parados. La cintura estrecha. El vientre plano, moreno. Las caderas amplias. El monte de Venus cubierto de vello negro, recortado, no rapado. Las piernas largas, firmes, abiertas, mostrándolo todo. La ranura, húmeda, brillando.
"¿Te gusta lo que ves?", preguntó, con la voz ronca.
"Me encanta", dije yo, y me quité la camiseta, los pantalones, los boxers. Mi verga salió, dura, parada, apuntando hacia ella. Ella la miró, se mordió el labio, y abrió más las piernas.
"Ven", dijo. "Ven a mí."
Pero no fui. No todavía. Me arrodillé al borde de la cama, le agarré las rodillas, y la acerqué. Le abrí las piernas más, y metí la cara entre ellas. El olor de su sexo me golpeó como una ola, cálido, húmedo, femenino, y me hizo cerrar los ojos un segundo para grabarlo en la memoria. La primera vez que olía a mi hija. La primera vez que mi boca estaba a centímetros de su sexo.
"¿Qué vas a hacer?", preguntó ella, con la voz temblorosa.
"Lo que te dije que iba a hacer. Lo que ningún hombre te ha hecho bien."
Y la lamí. De abajo hacia arriba, lento, sintiendo cada pliegue, cada relieve, cada gota de su humedad. Ella jadeó, arqueó la espalda, agarró las sábanas con las manos. La lamí otra vez, más profundo, abriéndola con la lengua, buscando el clítoris. Cuando lo encontré, lo rodeé con la lengua, lento, circular, constante. Ella gimió, un gemido largo, profundo, que me vibró en la boca.
"Pinche papá", dijo, y la grosería me excitó más. "Sí, así. Así. No pares."
No paré. La lamí, la chupé, la besé. Metí la lengua dentro de ella, sintiendo cómo se apretaba, cómo se movía. Saqué la lengua y la metí otra vez, dentro y fuera, cogiéndola con la boca. Ella movía las caderas, frotándose contra mi cara, buscando más, pidiendo más. Le metí un dedo, despacio, sintiendo cómo se apretaba alrededor, caliente, mojada. Lo moví dentro, buscando el punto, y cuando lo encontré, ella gritó.
"¡Ahí! ¡Ahí, sí! ¡No pares, cabrón, no pares!"
Seguí. Mi dedo dentro, mi lengua en el clítoris, mi otra mano agarrándole una teta, pellizcándole el pezón. Ella se movía cada vez más rápido, jadeando, gimiendo, diciendo cosas sin sentido, mezclando mi nombre con groserías con plegarias. Y entonces se vino. Se vino con una fuerza que me sorprendió, los muslos apretándome la cabeza, el cuerpo temblando, la vagina apretándome el dedo, un grito que salió de su garganta y se perdió en la noche.
La dejé recuperarse un momento, la cabeza apoyada en su muslo, sintiendo cómo los temblores iban cesando. Ella me acarició el pelo, con las manos temblorosas.
"Nadie", dijo, con la voz rota. "Nadie me había hecho eso así."
"Te dije que sabía", dije yo, y le di un beso en el muslo.
"Ven", dijo ella, jalándome del pelo. "Ven acá. Arriba."
Me subí. Me acosté boca arriba, y ella se puso encima, las piernas a los lados de mi cintura, las tetas colgando sobre mi cara. Me agarró la verga, la apuntó hacia su entrada, y se bajó. Despacio, centímetro a centímetro, sintiéndola entrar, abriéndose, acomodándola. Cuando la tuvo toda adentro, cerró los ojos y soltó un suspiro largo.
"Qué rico", dijo. "Qué rico se siente."
"Muévete", dije yo, agarrándola de las caderas. "Muévete como quieras."
Y se movió. Lento al principio, balanceándose, adelante y atrás, con las tetas moviéndose frente a mi cara. Le agarré las tetas, me las llevé a la boca, le chupé los pezones, y ella gimió más fuerte, se movió más rápido. Se levantaba y se bajaba, sintiendo toda la verga entrar y salir, el sonido húmedo de los cuerpos chocando llenando el cuarto.
"Me estás cogiendo bien, papá", dijo, con la voz entrecortada. "Me estás cogiendo como debías cogerme desde hace tiempo."
"Te voy a coger toda la vida", dije yo, con la verdad en la boca. "Toda la vida que me quede."
Ella se inclinó, me besó, y me besaba mientras se movía, con la lengua en mi boca, con las tetas en mi pecho, con la verga adentro, entrando y saliendo, caliente, mojada, apretada. Yo le agarraba las nalgas, las abría, le metía los dedos, y ella gemía en mi boca.
"¿Puedo venirme adentro?", pregunté, sintiendo que ya no aguantaba.
"Sí", dijo ella, con los ojos cerrados. "Vente adentro. Me cuido, no pasa nada. Quiero sentirlo. Quiero sentir cómo me llenas."
La agarré de las caderas con fuerza, me enterré todo lo que pude, y me vine. Me vine con una fuerza que me sacudió entero, los ojos cerrados, los dientes apretados, el cuerpo temblando, soltando todo dentro de ella, chorros calientes que la llenaron. Ella lo sintió, gimió, y se vino también, otra vez, apretándome la verga con su vagina, sacándome hasta la última gota de semen.
Nos quedamos ahí, los dos, ella encima de mí, la verga todavía adentro, abrazados, sudados, temblando. El ventilador de techo giraba despacio, el calor de la noche nos cubría, y nosotros nos quedamos en silencio, sintiendo el latido del otro.
"¿Estás bien?", pregunté.
"Estoy mejor que bien", dijo ella, con la voz suave. "Estoy completa."
Después, en la cama, con los cuerpos descansando y el mezcal en la sangre, empezamos a platicar. De nosotros, de lo que habíamos hecho, de lo que significaba. Y en algún punto, ella sacó el tema.
"Papá", dijo, recostada en mi pecho, jugando con el vello de mi pecho. "¿Has pensado en incluir a mis hermanos?"
La pregunta no me sorprendió. Conocía a Pati, y sabía que su mente iba más lejos que la mía. "¿Tú has pensado en eso?", pregunté.
"Sí. ¿Tú no?"
"Sí. He pensado en ello."
"¿Y qué piensas?"
"Pienso que a Fer y a Ivan les gustas. Que te desean. Que te miran cuando creen que no los ves. Y que si yo te ofrezco, si yo les digo que pueden estar contigo, lo van a aceptar."
"¿Y no te molestaría? ¿Compartirme?"
"No. Al contrario. Me excita. Me excita pensar en mis hijos cogiéndote, viéndote disfrutar, viéndote venirte con ellos. Me excita pensar que eres de los tres, que los tres te tenemos, que eres nuestra."
Ella se incorporó, me miró. "¿De verdad?"
"De verdad."
"¿Y cómo lo harías?"
"Los reúno, les hablo claro, les digo que tú y yo estamos juntos, que quiero que ellos también estén contigo. Que es una “capacitación”, si quieres llamarlo así, para que aprendan a tratar a una mujer, a darle placer, a no ser unos pendejos cuando se casen. Y que tú estás de acuerdo."
Pati sonrió. Una sonrisa grande, de esas que le iluminan la cara entera. "Me encanta la idea", dijo. "Me encanta que seas tú quien lo proponga. Que seas tú quien nos una a los cuatro."
"¿No te da miedo?"
"No. Me emociona. Me emociona pensar en los cuatro, juntos, en esta casa, sin ropa, sin barreras, sin nada más que nuestros cuerpos y nuestras ganas. Me emociona pensar en ser de los tres, de ser la mujer de mi padre y de mis hermanos, de ser nuestra."
La besé. Largo, profundo, con lengua. "Entonces lo voy a hacer", dije. "Voy a hablar con ellos. Y cuando estén listos, los cuatro vamos a empezar algo que no va a tener vuelta atrás."
"Que no tenga vuelta atrás", repitió ella, y me besó otra vez.
Esa noche dormimos juntos, por primera vez. Los dos en mi cama, desnudos, abrazados, con el calor del cuerpo del otro. Y mientras ella dormía, yo me quedé despierto un rato, mirando el techo, pensando en lo que iba a venir. En la conversación que iba a tener con mis hijos. En lo que iba a decirles. En cómo iba a ofrecerles a su hermana, a mi hija, a la mujer que ahora era también mía.
Y mientras pensaba, mi verga volvió a ponerse dura. Y Pati, que dormía a mi lado, se movió en sueños, y su mano cayó sobre ella, y la agarró, y yo sonreí en la oscuridad.
Así cambió todo. Con una conversación en la cocina, con una noche de mezcal y besos, con una confesión que llevábamos años guardando. Así empezó lo que no iba a tener vuelta atrás. Así empezamos a ser lo que somos.
-------------------------- Continua en capítulo 3 -----------------------
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