Capítulo 7: Bienvenida a la familia

Les platicaba en el capítulo anterior de cómo Luis nos presentó a Karina, su novia, y de cómo ella se integró a la familia con una naturalidad que nos sorprendió a todos. Era una muchacha especial, sin duda. Y lo que vino después fue algo que cambió nuestra dinámica para siempre.

La primera vez que Karina participó fue un sábado, dos semanas después de la cena donde la conocimos. En esos catorce días, Luis la trajo a la casa varias veces más. Cenas, tardes de plática, noches de cervezas. Karina se iba integrando poco a poco, conociéndonos, entendiéndonos. Y nosotros la íbamos conociendo a ella.

Era tan abierta como Luis nos había dicho. No tenía filtros, no tenía tapujos. Platicaba de sexo con la misma naturalidad con la que platicaba del clima. Y nos hacía preguntas directas, sin rodeos.

—¿Y cómo empezó todo esto? —preguntó una tarde, mientras tomábamos café en la sala.

—Poco a poco —le respondí—. Como todo lo importante en la vida. No fue algo planeado, nomás fue algo que se fue dando.

—¿Y nunca han sentido culpa?

—Al principio sí, un poco —dijo Carolina—. Pero después te das cuenta de que la culpa es un invento de la sociedad. Lo que sentimos, lo que hacemos, es nuestro. Y somos felices.

—Eso me parece hermoso —dijo Karina, mirándola—. Ser feliz sin culpa es lo máximo que se puede lograr en esta vida.

—¿Y tú, Karina? —le pregunté—. ¿Nunca has sentido culpa por tus deseos?

—Nunca, señor. Mis deseos son míos, y los vivo sin pedirle permiso a nadie. Si quiero estar con un hombre, estoy con él. Si quiero estar con una mujer, estoy con ella. Si quiero estar con una familia entera, pues estoy con la familia entera.

Carolina sonrió al escucharla. Se notaba que le caía bien, que le gustaba su forma de pensar. Y se notaba algo más: una chispa de deseo en sus ojos cuando miraba a Karina.

—¿Y qué quieres de nosotros, Karina? —le preguntó Carolina, con voz suave.

—Todo, señora. Quiero todo lo que estén dispuestos a darme. Y quiero darles todo lo que ustedes quieran recibir.

—¿Incluyéndome a mí? —preguntó Carolina, mirándola a los ojos.

—Especialmente a usted, señora.

—Llámame Caro, por favor.

—Especialmente a ti, Caro.

Las dos se miraron un momento largo, y ahí supe que algo estaba naciendo entre ellas. Algo que iba a hacer esta familia más grande, más rica, más compleja.

El sábado de la primera vez con Karina, nos preparamos todos. Carolina se arregló con un baby doll blanco que le transparentaba los pezones y una tanga negra. Karina, por su parte, se presentó con un conjunto de encaje color vino, un sostén que le apretaba unas tetas más pequeñas que las de Carolina pero firmes y bien formadas, y una tanga que le cubría lo mínimo.

—¿Cómo me veo? —preguntó Karina, modelando frente a nosotros.

—Te ves de escándalo, mi amor —dijo Luis, con ojos de hambre.

—Te ves hermosa, Karina —dijo Carolina, mirándola con una admiración que no disimulaba.

—Gracias, Caro. Tú también te ves espectacular.

Yo las miré a las dos, a mi mujer y a la novia de mi hijo, y sentí que algo grande estaba por comenzar. Jorge estaba sentado en el sillón, con los ojos fijos en Karina, con una verga que ya se le marcaba