Cristina subió las escaleras corriendo, lo que había ocurrido en el metro era una auténtica locura, había hecho algo que ni en sus peores sueños se le hubiese pasado por la cabeza.

Se había dejado manosear por un desconocido, había permitido que se frotase contra su culo y que la follase con los dedos, y al terminar, le había hecho una paja hasta que se había corrido en su mano llenándosela de semen blanco.

Estaba sofocada y prefería no pensar en ello, había sido infiel a su marido por primera vez en su vida.

Entró en su cuarto, se miró en el espejo y vio una manchita en la falda, hasta ahora no se había dado cuenta, pero al tocarla con el dedo, comprobó que era una salpicadura de semen blanquita y pegajosa.

  • No puede ser. – gimió preocupada -

Se quitó la ropa que llevaba, echó la falda a lavar y sacó otra del armario muy parecida, era una faldita menos provocativa pero que tapaba poco más que su culo y dejaba sus hermosas piernas a la vista como a Malena le gustaba.

Se admiró en el espejo, vio que se ajustaba perfectamente a su culo y salió decidida de la habitación.

Llamó a la puerta de Rubén y espero que abriera para pedirle que la acompañara.

  • ¿Te importa salir? Cariño. – dijo un tanto nerviosa y preocupada -

No hubo respuesta de él pero vio que se abría la puerta.

¡Que alegría! – pensó – En otras ocasiones ni salía ni contestaba.

Le contó que se había hecho amiga de la vecina del primero, una chica guapa y simpática que le había pedido conocer a su hijo.

Era la excusa perfecta, así Rubén no pensaría nada extraño.

  • ¿La loquera? -preguntó Rubén con cara de pocos amigos -

A Cristina casi se le viene el mundo encima, su hijo había pillado rápidamente la mentira y ahora temía que se negara.

  • Bueno, sí, si es sicóloga. – dijo titubeante - Pero es una chica muy maja.

Notó que Rubén dudaba y la miraba de reojo, casi tuvo miedo al ver como la observaba escudriñándola de arriba abajo.

  • Está bien, vamos. – respondió el chico acto seguido –

Cristina estaba exultante, no cabía en sí de gozo, su hijo había aceptado ir con ella sin poner ningún reparo.

Bajaron por la escalera, llamaron a la puerta, y cuando Malena abrió, vio como los ojos de Rubén brillaban de repente.

No era para menos, la sicóloga estaba como un cañón, llevaba una faldita muy corta y una blusa abierta que invitaba a mirarle las tetas por el escote.

Era un día especial,