Cristina subió las escaleras deprisa, entró en casa y fue directa a su cuarto, era allí donde estaba el cesto de ropa sucia donde había escondido antes la falda. La cogió, vio el enorme lamparón de semen que colgaba y notó con estupor como se mojaban sus bragas.

Acababa de masturbarse delante de Malena y de su hijo y aún estaba terriblemente excitada.

Pensó en lo sucedido durante el trayecto con la sicóloga en el metro, el hombre tocando sus nalgas, ella restregando su culo y el momento en que él había apartado la braga y había follado su sexo con los dedos sin que ella se quejara.

Había sido infiel a su marido y se sentía apesadumbrada, pero a pesar de su culpa sintió necesidad de tocarse y fue directa a la ducha, abrió los pliegues del coño, cogió el chorrito del agua y lo apuntó hacia su clítoris para que lo golpeara despacio.

  • Aaaahhhh. – gimió al sentir una deliciosa y placentera sensación en ese lugar tan íntimo -

No estaba Andrés, no estaba su hijo, así que decidió disfrutar de un orgasmo lento y tranquilo, sin prisa, recreándose en darse placer bajo el agua.

Recordó como la habían empujado hasta el fondo del vagón, como se había sentido rodeada sin capaz de moverse y como ese depravado vicioso la había sujetado enérgicamente por las caderas.

Suspiró y recordó perfectamente lo que había ocurrido a continuación, ese individuo al que no había visto en su vida se había pegado a su espalda y había restregado la verga contra sus nalgas.

Sin duda era una experiencia nueva, un rollito pasajero al que no debía darle importancia, no se había acostado con él, no le había dejado que la follara, no podía tomarlo como una infidelidad, tampoco era tan importante como llevarse las manos a la cara o preocuparse por su marido. Total, son cosas que pasan.

Pero al recordar sus últimas palabras, la tembló todo el cuerpo, separó más las piernas y desvió el chorrito del agua para que golpeara su otro agujero.

“La próxima vez te la meteré por el culo” había dicho el extraño susurrando muy bajito en su oído.

Se excitó de tal manera, que empujó adelante las caderas y se metió un dedito en el culo.

  • Aaaahhhhh. – gimió de forma sonora –

La daba igual, no importaba que lo hiciera, no había nadie en casa y podía gemir cuanto quisiera. El chorro de la ducha golpeaba con fuerza su sexo y mantenía el dedito metido en su agujerito trasero sintiendo un placer hasta ahora desconocido.

Podía ser por la situación, por el morbo de hacer algo prohibido o sen