El bosque de Elderglen era antiguo. Los árboles se alzaban como columnas de un templo olvidado, sus copas filtrando la luz del sol hasta convertirla en un verdor dorado y misterioso. El aire olía a musgo húmedo, a tierra removida y a algo más… algo dulce y salvaje que hacía latir el corazón con más fuerza de la normal.
Aria tenía 27 años. Era humana, de cabello castaño recogido en una trenza gruesa y cuerpo firme de quien había caminado durante días. Había cruzado la frontera de los reinos humanos buscando hierbas raras para su aldea. Nunca imaginó que el bosque la reclamaría de esa forma.
Lo sintió antes de verlo.
Una presencia. Una mirada que la atravesaba. El calor le subió por el vientre de golpe, inesperado, casi violento. Se detuvo entre dos robles enormes, respirando agitada. Entonces él apareció.
El elfo salió de entre las sombras como si el bosque mismo lo hubiera vomitado. Alto, más alto que cualquier hombre que ella hubiera conocido. Piel pálida con un brillo plateado bajo la luz filtrada. Cabello largo, blanco como la nieve, que le caía hasta la mitad de la espalda. Orejas puntiagudas, ojos de un verde intenso y antiguo. Vestía solo un pantalón de cuero oscuro, el torso desnudo, marcado por músculos largos y elegantes. En el centro del pecho, una marca rúnica brillaba débilmente.
—Humana —dijo con voz grave y melodiosa—. Hueles a deseo.
Aria quiso retroceder. Quiso hablar. Pero las piernas no le respondieron. El calor entre sus muslos se intensificó de golpe, como si alguien hubiera encendido un fuego dentro de ella. El elfo se acercó sin prisa. Cada paso suyo hacía que el coño de Aria latiera con más fuerza.
—Me llamo Thaelion —continuó, deteniéndose frente a ella—. Y tú… tú estás mojada solo de mirarme.
Aria tragó saliva. Intentó negar, pero su cuerpo la traicionó. Las bragas ya estaban empapadas. Thaelion sonrió, lenta, depredadora. Extendió una mano y le tocó el cuello con la yema de los dedos. Un escalofrío recorrió a Aria de la nuca al clítoris.
—El bosque me ha susurrado que venías —murmuró él—. Que tu cuerpo estaba listo para ser tomado. Que tu mente resistiría… pero tu carne no.
La besó. No fue un beso humano. Fue una invasión. La lengua de Thaelion se deslizó dentro de su boca con una seguridad absoluta, saboreándola, reclamándola. Aria gimió contra sus labios. Las manos del elfo bajaron, le arrancaron la túnica de un solo tirón y la dejaron en ropa interior. El aire fresco del bosque rozó sus pechos y los pezones se le endurecieron al instante.
Thaelion la empujó contra el tronco de un árbol antiguo. La corteza se clavó en su espalda mientras él le bajaba el sostén y se abalanzaba sobre sus tetas. Chupó un pezón con fuerza, mordisqueando, tirando de él con los dientes mientras la otra mano le bajaba las bragas. Los dedos largos y elegantes del elfo encontraron su coño chorreando.
—Mírate… —susurró contra su piel—. Estás empapada y apenas te he tocado. Tu cuerpo ya me pertenece.
Metió dos dedos de golpe. Aria gritó. Los dedos de Thaelion eran más largos, más hábiles que los de cualquier hombre. Los curvó y presionó exactamente el punto que la hizo arquearse. Empezó a follarla con la mano mientras le chupaba el otro pezón. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo llenó el claro.
Aria intentó apartarlo. Fue un intento débil. El deseo era demasiado. Cada embestida de esos dedos le robaba un poco más de voluntad. Thaelion se arrodilló frente a ella, le abrió las piernas y sustituyó los dedos por su lengua. La lengua del elfo era caliente, flexible, casi mágica. La lamió de abajo arriba, se enrolló alrededor de su clítoris y chupó con una precisión cruel. Aria se corrió en segundos, temblando, sujetándose al tronco para no caer. El orgasmo la atravesó como un rayo, dejándola sin aire.
Thaelion se levantó. Se desató el pantalón. La verga que salió era larga, gruesa, de un tono más oscuro que su piel, con venas marcadas y una punta ya brillante. Aria la miró y sintió el coño contraerse solo de verla.
—Vas a tomarla entera —ordenó él.
La hizo arrodillarse sobre el musgo. Aria abrió la boca. Thaelion empujó. La cabeza gruesa abrió sus labios y siguió avanzando, profundo. Aria se atragantó, lágrimas saltándole a los ojos, pero no se apartó. El elfo le sujetó la cabeza con ambas manos y empezó a follarle la boca con embestidas lentas y profundas. Cada vez que llegaba al fondo, Aria gorgoteaba y bababa, la saliva corriéndole por la barbilla hasta los pechos.
—Buena humana… —gruñó Thaelion—. Tu garganta me pertenece igual que tu coño.
Cuando estuvo satisfecho, la levantó como si no pesara nada. La puso de espaldas sobre una roca cubierta de musgo suave. Le abrió las piernas hasta el límite y se colocó entre ellas. La punta de su verga rozó la entrada empapada. Aria jadeó, intentando cerrar las piernas por reflejo. Thaelion se lo impidió.
—No puedes resistirte —susurró—. Tu cuerpo ya decidió por ti.
Empujó.
La verga del elfo la abrió de un solo golpe, profunda, implacable. Aria gritó. Era demasiado gruesa, demasiado larga. Sentía que le llegaba hasta el vientre. Thaelion no le dio tiempo a acostumbrarse. Empezó a embestir con ritmo poderoso y constante, cada embestida sacándole el aire. Las manos del elfo le sujetaban las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones. El sonido de piel contra piel resonaba entre los árboles.
—Mírame —ordenó.
Aria abrió los ojos. Los verdes intensos de Thaelion la atravesaban. Cada vez que él empujaba hasta el fondo, una oleada de placer puro le recorría la columna. El orgasmo llegó sin aviso, violento, haciéndola apretar la verga del elfo con fuerza. Thaelion gruñó y siguió follándola a través del orgasmo, prolongándolo hasta que Aria lloró de tanto placer.
La volteó. La puso a cuatro patas sobre el musgo. Volvió a entrar de un solo empujón, todavía más profundo en esa posición. Una mano le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás. La otra le dio una palmada fuerte en el culo. Después otra. Y otra. Las marcas rojas se dibujaban sobre la piel blanca de Aria.
—Eres mía mientras estemos en este bosque —dijo Thaelion contra su oído, sin dejar de embestir—. Tu coño, tu culo, tu boca. Todo.
Le metió un dedo en el culo mientras la follaba. Aria gritó de nuevo. El dedo se movía al mismo ritmo que la verga. El placer era demasiado. Se corrió otra vez, las piernas temblando tanto que casi no se sostenía.
Thaelion se sacó. Se sentó sobre una raíz gruesa y la hizo montarlo. Aria se guio la verga hasta el fondo y empezó a moverse. Al principio con torpeza, después con desesperación. Subía y bajaba, rebotando sobre la polla gruesa, los pechos saltándole en la cara del elfo. Thaelion se los agarró, los apretó, les chupó los pezones mientras ella lo usaba.
—Más rápido —ordenó.
Aria obedeció. El ritmo se volvió salvaje. El coño le hacía ruidos obscenos cada vez que bajaba hasta la base. Thaelion le metió los dos pulgares en la boca para que los chupara. Ella lo hizo, baboso, perdida. Cuando el tercer orgasmo la golpeó, se desplomó hacia adelante. Thaelion la sujetó por la cintura y embistió hacia arriba con fuerza brutal, follándola desde abajo hasta que él mismo se corrió. El semen caliente y abundante la llenó por completo. Aria sintió cómo le desbordaba y le bajaba por los muslos.
Pero el elfo no había terminado.
La hizo recostar de lado. Entró de nuevo, más despacio esta vez, casi tierno, mientras le frotaba el clítoris con dedos expertos. La besaba el cuello, le mordía el hombro, le susurraba en el oído lo mucho que su cuerpo le pertenecía. Aria se corrió una cuarta vez, más suave, más profunda, llorando de puro exceso de placer.
Después la puso de rodillas otra vez. Se corrió por segunda vez en su cara y en su lengua, manchándola de blanco. Aria lo tragó. El sabor era extraño, dulce y salvaje, como el bosque mismo.
Cuando por fin se detuvieron, el sol ya se filtraba más bajo entre las copas. Aria yacía sobre el musgo, las piernas abiertas, el semen del elfo saliéndole del coño en hilos espesos. Thaelion se recostó a su lado, una mano posesiva sobre su vientre.
—El bosque te ha marcado —dijo en voz baja—. Cada vez que entres aquí… me sentirás. Y vendrás a buscarme.
Aria no pudo responder. Solo asintió, todavía temblando. Sabía que era verdad. Su cuerpo ya no le pertenecía del todo. La lujuria del elfo se había apoderado de ella, y ella no había podido —ni querido— resistirse.
Thaelion la besó una última vez, lenta, profunda. Después se levantó, se ajustó el pantalón y desapareció entre los árboles como si nunca hubiera estado allí.
Aria se quedó sola en el claro, desnuda. El bosque susurraba a su alrededor. Y en lo más profundo de su coño todavía latía el eco de la verga del elfo.
Sabía que volvería.
No podía evitarlo.
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