Martín tenía 49 años. El cuerpo todavía fuerte, la espalda ancha de quien nunca dejó de hacer ejercicio y una mirada que se había vuelto más intensa con el paso del tiempo. Su hija Camila, de 23, había invitado a pasar el fin de semana en la casa de la playa a su mejor amiga, Valentina. Valentina tenía 24 años, piel morena, caderas anchas, pechos firmes y una forma de moverse que Martín había notado demasiado desde el primer día.
Esa tarde Camila se había ido al pueblo con unas amigas y su madre. Valentina dijo que prefería quedarse a tomar sol. Martín, que había salido a caminar, la encontró exactamente donde había imaginado tantas veces: en la caleta escondida al norte de la casa, un tramo de arena blanca rodeado de rocas altas donde casi nadie llegaba.
Ella estaba tumbada boca abajo sobre una toalla grande, el bikini negro casi inexistente. El nudo de atrás deshecho, las tiras caídas a los costados. La curva de su espalda bajaba hasta el culo redondo y firme, apenas cubierto por la tela. Martín se detuvo a unos metros. El corazón le golpeaba el pecho.
Valentina giró la cabeza y lo miró por encima del hombro. Sonrió, lenta.
—Pensé que no vendrías —dijo.
Martín se acercó. Se quitó la camiseta y se dejó caer de rodillas a su lado.
—¿Estabas esperándome?
Ella se incorporó un poco, sin molestarse en cubrir los pechos. Los pezones oscuros y duros por el viento.
—Desde que llegué. Camila habla tanto de ti… y yo no dejo de imaginar cosas.
Martín no respondió con palabras. Le tomó la nuca y la besó. Fue un beso profundo, hambriento, de quien lleva meses reprimiendo la fantasía. Valentina abrió la boca y le recibió la lengua, gimiendo bajo cuando él le apretó una teta con la mano grande. La piel caliente del sol contrastaba con la fresca brisa del mar.
La tumbó de espaldas. Le bajó el bikini de un tirón. El coño estaba depilado, solo una línea fina de vello, y ya brillante. Martín se inclinó y la lamió sin prisa, abriendo los labios con los dedos, chupando el clítoris, metiendo la lengua lo más profundo que pudo. Valentina arqueó la espalda y le agarró el pelo.
—Joder… exactamente como lo soñé —jadeó ella.
Martín se sacó el pantalón corto. La verga le saltó gruesa, pesada, completamente dura. Valentina se incorporó, se arrodilló en la arena y se la metió en la boca. Chupó con ganas, mirándolo desde abajo, dejando que la saliva le corriera por la barbilla y le cayera en los pechos. Martín le sujetó la cabeza y embistió despacio la garganta, sintiendo cómo ella se ahogaba un poco y aun así pedía más.
Cuando no aguantó más, la tumbó de nuevo. Le abrió las piernas, se colocó entre ellas y empujó. Entró de un solo golpe, hasta el fondo. Valentina gritó contra su hombro. El calor de su interior lo envolvió por completo. Martín empezó a follarla con embestidas profundas y constantes, la arena pegándose a sus rodillas y a la espalda de ella. Cada embestida hacía que los pechos de Valentina rebotaran. Él se los agarró, los apretó, les chupó los pezones mientras la penetraba.
—Más fuerte —pidió ella—. Quiero sentirte.
Martín le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros. El ángulo cambió y entró todavía más hondo. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el ruido de las olas. Valentina se corrió primero, apretándolo por dentro, temblando, soltando un gemido largo que se perdió en el viento. Martín se aguantó, se sacó, la hizo ponerse a cuatro patas sobre la toalla y volvió a entrar por detrás.
La folló así con fuerza, una mano en su cadera y la otra tirándole del pelo. Le dio palmadas en el culo, dejando marcas rojas sobre la piel morena. Valentina empujaba hacia atrás, pidiendo más, diciéndole que la usara como había imaginado tantas noches. Martín le metió un dedo en la boca para que lo chupara y después se lo llevó al culo, empujando despacio mientras seguía embistiéndola.
Se corrió dentro de ella con un gruñido gutural, llenándola. El semen le bajó por los muslos cuando él se sacó. Pero no terminaron.
Se quedaron unos minutos recuperando el aliento, el sol bajando ya. Valentina se giró, lo empujó de espaldas sobre la toalla y se montó a horcajadas. Se guió la verga todavía semidura hasta meterla otra vez y empezó a cabalgarlo. Primero despacio, después con ritmo salvaje, las manos apoyadas en el pecho de él. Martín le apretaba el culo y le levantaba las caderas para embestir hacia arriba. Ella se corrió otra vez, echando la cabeza hacia atrás, y él la siguió, volviendo a llenarla.
Después la hizo ponerse de lado. Entró desde atrás, una mano en su teta y la otra frotándole el clítoris. Follaron así más lento, casi tierno, mirando el mar. Valentina se giraba de vez en cuando para besarlo. Cuando se acercaron al tercer orgasmo, Martín se sacó, se arrodilló frente a su cara y se corrió en su boca y en sus pechos. Ella lo tragó todo lo que pudo y se limpió los labios con la lengua, mirándolo con los ojos brillantes.
El sol ya estaba bajo. Se vistieron a medias, todavía pegajosos de semen, arena y sudor. Valentina se acomodó el bikini como pudo. Martín le limpió un resto de blanco del pecho con el pulgar.
—Camila no puede enterarse —dijo él.
Ella sonrió, se acercó y le mordió el labio inferior.
—No se va a enterar. Pero la próxima vez que ella se vaya al pueblo… yo voy a estar aquí otra vez. Y tú también.
Martín la miró. En sus ojos estaba exactamente la misma lujuria que él había sentido durante semanas. Asintió.
Caminaron de regreso por separado. Él por el camino de las rocas, ella por la orilla. Cuando llegaron a la casa, Camila todavía no había vuelto. Valentina se metió a la ducha. Martín se quedó en la terraza mirando el mar, con el sabor de ella todavía en la boca y la certeza de que lo que había imaginado en sus sueños se había quedado corto.
Porque en la playa solitaria no solo se la había follado. La había poseído exactamente como siempre había querido. Y ambos sabían que no sería la última vez.
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