Laura tenía 31 años y era la profesora de literatura más nueva del colegio. Rubia, de curvas discretas que el vestido formal no lograba ocultar del todo, y una voz suave que contrastaba con la firmeza con la que controlaba su clase. El director, Héctor Salazar, tenía 47 años, traje siempre impecable, mirada intensa y una reputación de hombre estricto… y de mirar demasiado tiempo a ciertas docentes.

Esa tarde, casi todos se habían ido. Laura se había quedado corrigiendo ensayos en su aula. Eran casi las siete cuando escuchó el golpe suave en la puerta. Héctor entró sin esperar respuesta, cerró tras de sí y giró la llave.

—Necesito hablar contigo —dijo con voz grave.

Laura se levantó. El corazón le latía demasiado rápido. Llevaban semanas rozándose en los pasillos, intercambiando comentarios que bordeaban lo inapropiado, miradas que duraban más de lo necesario.

Héctor se acercó, rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella. El olor a su colonia y a autoridad la envolvió.

—Llevo meses imaginando esto —confesó sin rodeos—. Imaginando cómo te quedarías callada mientras te levanto la falda aquí mismo.

Laura no retrocedió. Al contrario: sostuvo la mirada y respondió en un susurro:

—Entonces deje de imaginarlo, director.

Héctor la empujó contra el escritorio. La besó con hambre, metiendo la lengua, mientras una mano subía por su muslo y le apretaba el culo por encima de la falda. Ella le desabrochó la camisa con dedos torpes. Él le bajó el cierre del vestido y lo hizo caer hasta la cintura. No llevaba sujetador. Los pechos firmes quedaron expuestos. Héctor se los agarró con ambas manos, chupó un pezón y después el otro, mordisqueando hasta hacerla gemir.

La levantó y la sentó sobre el escritorio, entre papeles y libros. Le quitó las bragas de un tirón y se arrodilló. Abrió sus muslos y le comió el coño con lengua ancha y dedos. Laura se tapó la boca con la mano para no gritar. Estaba empapada. Héctor la lamió sin prisa, chupándole el clítoris, metiendo dos dedos y curvándolos hasta hacerla correrse contra su boca, temblando.

Se levantó, se bajó el pantalón y sacó la verga gruesa y ya dura. Laura la miró con los ojos brillantes. Él se la frotó contra la entrada y empujó de un solo golpe hasta el fondo. Ella arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado. Héctor empezó a follarla con embestidas profundas y firmes, agarrándole las caderas, el escritorio crujiendo bajo ellos.

—Así… exactamente como lo soñé —gruñó él—. Mi profesora de literatura abierta de piernas en mi colegio.

La cambió de posición. La hizo ponerse de pie, inclinarse sobre el escritorio y le entró por detrás. Una mano le sujetaba la nuca contra los papeles, la otra le apretaba una teta. La folló con fuerza, el sonido húmedo de cada embestida llenando el aula vacía. Le dio palmadas en el culo, dejando marcas rosadas. Laura empujaba hacia atrás, pidiendo más.

Cuando sintió que se acercaba, se sacó, la hizo arrodillarse y se corrió en su boca y en su cara. Laura lo tragó todo lo que pudo, mirándolo desde abajo con los labios brillantes de semen.

No terminaron ahí.

Héctor la levantó, la llevó hasta la silla del profesor y se sentó. La hizo montarlo a lo vaquero. Laura se impaló sola y empezó a cabalgarlo con ritmo urgente, las manos apoyadas en sus hombros. Él le apretaba el culo y le mordía los pezones. Se corrieron juntos, ella apretándolo por dentro y él llenándola otra vez.

Después la puso de lado sobre el escritorio y la folló más despacio, casi tierno, mirándola a los ojos mientras le frotaba el clítoris. El tercer orgasmo de Laura fue silencioso y profundo. Héctor se sacó al final y se corrió sobre su vientre y sus pechos, manchándola.

Se quedaron un momento recuperando el aliento, sudados, el olor a sexo impregnando el aula de literatura. Laura se limpió a medias con un pañuelo, se ajustó el vestido lo mejor que pudo y se miró en el pequeño espejo de su bolso. El maquillaje estaba corrido y los labios hinchados.

Héctor se abrochó los pantalones y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Mañana a la misma hora —dijo con una media sonrisa—. Trae menos ropa interior. O ninguna.

Laura sonrió, todavía temblando un poco.

—Como ordene, director.

Salió primero. Héctor esperó unos minutos y apagó la luz. El colegio quedó en silencio otra vez, pero ambos sabían que a partir de esa noche las fantasías ya no serían solo fantasías.