La prueba tuvo lugar al amanecer, en el borde del lago de lava.

Vaelith le pidió a Isavel que sostuviera una llama. No una antorcha, no una vela: una llama desnuda, sin combustible, flotando en su palma. La prueba de la Alianza de Fuego era antigua y simple: si el fuego humano podía arder sin consumirse, sin quemar a quien lo sostenía, entonces el vínculo era real.

Isavel extendió la mano. Kael le ofreció una llama que tomó de su propia piel: una gota de fuego que brotó de la punta de sus dedos y flotó hacia ella como una luciérnaga. La atrapó en la palma.

Ardió.

No como arde una hoguera, sino como arde una estrella: una esfera de luz blanca que flotó en su mano sin quemarla, sin doler, sin consumirse. Isavel la miró con asombro. La llama respondía a su respiración: crecía cuando inhalaba, se calmaba cuando exhalaba, y su luz le bañaba el rostro con un calor que no era del cuerpo sino del espíritu.

—Es real —dijo Vaelith, y por primera vez en tres siglos, su voz sonó como lo que era: la voz de un rey que recupera su reino.

Pero la alegría duró un instante.

Desde el cielo, como un trueno que cae, llegó la noticia: un mensajero del Clan Esmeralda, con las alas desgarradas y la voz rota.

—Auralia marcha sobre el Calderanegro. El rey Aldric ha convocado a todos los señores de la marca. Y el duque Beltran lleva consigo algo que no debería existir: una cadena de hierro negro forjado con escamas robadas. Escamas del Clan Solar.

Vaelith rugió. El sonido hizo temblar la montaña y derritió una sección del borde de la caldera.

—Mi padre. —Su voz era un infierno—. Usan las escamas de mi padre como arma.

La guerra había comenzado.