Carlos tenía 48 años y un cuerpo todavía firme de años de trabajo físico. Su hijo Miguel, de 23, vivía con él desde que terminó la universidad. La casa era grande, silenciosa la mayoría de las noches… excepto cuando la vecina de al lado, Laura, de 32 años, salía al jardín en camisón corto.
Esa noche de verano el calor era sofocante. Carlos y Miguel estaban en el sofá viendo una película cualquiera cuando escucharon el timbre. Laura apareció en la puerta con una botella de vino y una sonrisa pícara.
—Se me fundió el aire acondicionado… ¿puedo invadirlos un rato?
Entró. El camisón blanco semitransparente dejaba ver el contorno de sus pezones duros y el triángulo oscuro entre sus piernas. Carlos sintió la sangre bajar de inmediato. Miguel también. Se miraron un segundo, cómplices.
Bebieron. La conversación se volvió más suelta. Laura se sentó entre los dos, cruzando las piernas de forma deliberada. Su muslo rozó el de Miguel, luego el de Carlos.
—Ustedes dos… siempre tan serios. ¿Nunca se les ha ocurrido compartir algo más que la casa?
Carlos soltó una risa grave. Miguel se inclinó y le besó el cuello a Laura. Ella gimió bajo. Carlos no dudó: tomó su mentón y la besó profundo, metiendo la lengua mientras su mano subía por el muslo hasta encontrar que no llevaba nada debajo.
—Joder… —murmuró Carlos—. Estás empapada.
Miguel bajó el escote del camisón y chupó un pezón con ganas. Laura arqueó la espalda. Carlos se arrodilló entre sus piernas, abrió los muslos y metió la lengua en su coño caliente, lamiendo despacio, saboreando el sabor a mujer excitada. Miguel se quitó la camisa y se sacó la verga gruesa, ofreciéndosela a la boca de Laura. Ella la tomó con avidez, chupando mientras Carlos la follaba con la lengua.
Todo estaba permitido.
Carlos se levantó, se bajó los pantalones y frotó su polla gruesa y venosa contra el clítoris de Laura. Entró de un solo empujón. Ella gritó contra la verga de Miguel. Miguel se sacó de la boca de ella y se inclinó hacia su padre. Carlos no dudó: agarró la nuca de su hijo y lo besó con lengua, compartiendo el sabor de Laura. Miguel gimió dentro de la boca de su padre mientras éste embestía a la vecina con fuerza.
—Quiero verlos juntos —jadeó Laura, tocándose el clítoris—. Quiero que se toquen.
Miguel se arrodilló detrás de Carlos y le lamió los huevos mientras el padre follaba a Laura. Luego, con saliva y el jugo de ella, empujó un dedo en el culo de Carlos. Carlos gruñó pero no se detuvo; al contrario, embistió más duro. Miguel escupió en su propia mano, se untó la verga y, con cuidado, empezó a penetrar el culo apretado de su padre. Carlos soltó un gemido gutural y Laura se vino al sentirlo latir dentro de ella.
Padre e hijo se follaban a la vecina y se follaban entre sí al mismo tiempo. Miguel embestía el culo de Carlos mientras Carlos embestía el coño de Laura. El sonido de piel contra piel llenaba la sala. Laura se corrió otra vez, gritando, y Miguel se salió del padre para meterse en la boca de ella y descargar un chorro espeso de semen caliente. Carlos la sacó, se sacó de su coño y se corrió en las tetas de Laura, manchándolas de blanco.
Fueron al sofá más grande.
Laura se montó a horcajadas sobre Carlos, metiéndose su polla todavía dura. Miguel se arrodilló detrás de ella y le abrió el culo con los dedos, lubricándola con su saliva y el semen que aún goteaba. Empujó su verga gruesa en el culo de Laura hasta el fondo. Ella gritaba de placer, llena por ambos. Carlos la besaba, Miguel le mordía el hombro. Padre e hijo se miraban a los ojos mientras follaban a la misma mujer, sincronizando las embestidas.
Miguel se inclinó y volvió a besar a su padre. Lenguas juntas, gemidos compartidos. Carlos le agarró el culo a su hijo y lo ayudó a meterse más profundo en Laura. Ella se corrió otra vez, temblando, apretando ambas vergas.
Cambió de posición. Laura se puso a cuatro patas. Miguel se metió en su boca y Carlos en su coño. Luego intercambiaron. Miguel la folló por detrás mientras Carlos le metía la verga en la boca y le decía qué tan bien chupaba. Cuando Miguel se acercó al orgasmo, se sacó y se la ofreció a su padre. Carlos no dudó: se arrodilló y chupó la verga de su hijo, saboreando el sabor de Laura mezclado con el de Miguel, hasta que el muchacho se corrió en su garganta. Carlos lo tragó todo y luego se lo demostró a Laura con un beso abierto.
La noche continuó. Laura montó a Miguel mientras Carlos le comía el culo a su hijo. Luego Carlos se acostó de espaldas, Miguel se sentó sobre su cara y Laura se sentó sobre su verga. Se turnaron, se intercambiaron, se tocaban sin límites. Manos, bocas, vergas, coños y culos. Todo permitido. Todo usado.
Cuando el amanecer empezó a filtrarse por las ventanas, los tres estaban sudados, manchados de semen y jugos, respirando agitados en el sofá. Laura se rió bajo.
—Esto… se va a repetir.
Habían cruzado todas las líneas. Y ninguna les pesaba.
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