El hospital estaba en calma a las tres de la madrugada. La planta de cirugía solo tenía el zumbido de las máquinas y el paso ocasional de algún celador. El doctor Adrián Vargas, de 41 años, acababa de revisar al último paciente postoperatorio. Alto, de hombros anchos y manos firmes, llevaba el gorro quirúrgico todavía puesto y la bata abierta sobre la camisa.
La enfermera Daniela Rojas, de 29 años, entró en la habitación 412 con la bandeja de medicación. Rubia, de curvas marcadas que el uniforme blanco no lograba disimular del todo, cerró la puerta tras de sí. El paciente estaba sedado y roncaba suavemente.
—Todo en orden, doctor —dijo en voz baja, dejando la bandeja sobre la mesita.
Adrián la miró. Llevaban semanas rozándose en los pasillos, intercambiando miradas demasiado largas en el office y comentarios que bordeaban lo inapropiado. Esa noche el cansancio y la tensión acumulada pesaban más que cualquier protocolo.
—Cierra con llave —ordenó él con voz ronca.
Daniela dudó un segundo, luego giró el pestillo. El clic sonó demasiado fuerte en la habitación en penumbra. Adrián se acercó, la tomó de la cintura y la empujó contra la pared junto a la puerta. La besó con hambre, metiendo la lengua, mientras una mano subía por su muslo y le apretaba el culo por encima del uniforme.
—Llevo días aguantándome —gruñó contra su boca—. Quiero follarte aquí mismo.
Ella jadeó y le desabrochó los pantalones con dedos torpes. Sacó su verga ya dura, gruesa y caliente, y la acarició con la mano. Adrián le subió la falda del uniforme hasta la cintura, le bajó las bragas blancas de un tirón y metió dos dedos en su coño. Estaba empapada.
—Mírate… chorreando en pleno turno.
La hizo girar y la inclinó sobre la cama vacía de al lado. El colchón crujió. Adrián le abrió las piernas con la rodilla, escupió en su mano y se untó la polla. Empujó de un solo golpe hasta el fondo. Daniela mordió la sábana para no gritar. Él embistió con fuerza, agarrándole las caderas, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación junto al pitido lejano de un monitor.
—Más duro —pidió ella entre dientes.
Adrián obedeció. Le tiró del pelo con una mano y con la otra le apretó una teta por encima del uniforme, buscando el pezón duro. La folló sin piedad, profundo y rápido, hasta que ella se corrió apretándolo por dentro, temblando. Él se aguantó, se sacó y la hizo arrodillarse en el suelo frío.
—Ábrela.
Daniela abrió la boca. Adrián le metió la verga todavía brillante de sus jugos y le folló la garganta con embestidas controladas. Ella bababa, las lágrimas le saltaban por las comisuras, pero no se apartó. Él la sujetaba de la nuca y gemía bajo.
Cuando estuvo al borde, la levantó, la sentó en el borde de la cama y le abrió las piernas en ángulo. Volvió a entrar de lleno, esta vez mirándola a la cara. Daniela se agarró a sus hombros y envolvió la cintura con las piernas. Cada embestida hacía crujir la cama. Él le bajó el escote del uniforme y le chupó los pezones con ganas, mordisqueando mientras la penetraba.
—Vas a correrte otra vez —ordenó—. Quiero sentirte exprimirme la polla.
Le frotó el clítoris con el pulgar al ritmo de las embestidas. Daniela se arqueó y se vino por segunda vez, mordiéndose el labio para no gritar. Adrián se sacó justo a tiempo, se masturbó dos veces y se corrió en chorros espesos sobre su vientre y sus tetas expuestas, manchando el uniforme blanco.
Aún con el semen corriendo por la piel de ella, Adrián la hizo ponerse a cuatro patas sobre la cama. Le abrió las nalgas y le lamió el coño y el culo con lengua ancha, saboreándola. Después volvió a meterse, más lento esta vez, profundo, disfrutando de lo caliente y resbaladizo que estaba. Daniela empujaba hacia atrás, pidiendo más. Él le dio una palmada en el culo y luego otra, dejando la marca roja.
—Eres una puta de hospital —susurró contra su oído—. Mi puta de guardia.
La cambió de posición otra vez. Se sentó en la silla del médico y la hizo montarlo, de espaldas a él. Daniela se metió la polla sola y empezó a subirse y bajarse, el uniforme arremangado hasta las axilas, las tetas rebotando. Adrián le apretaba las caderas y le metía un dedo en el culo mientras ella lo cabalgaba.
El ritmo se volvió salvaje. La silla chirriaba. Ella se corrió una tercera vez, agotada, y él la siguió segundos después, llenándola por dentro con un gruñido largo.
Se quedaron así un momento, sudados, respirando agitados. El paciente de la otra cama siguió roncando, ajeno a todo.
Daniela se levantó con las piernas temblorosas. El semen le bajaba por el muslo interno. Se limpió a medias con una gasa, se subió las bragas y se ajustó el uniforme lo mejor que pudo. Adrián se subió los pantalones y se pasó una mano por el pelo.
—La próxima guardia —dijo él con una media sonrisa—, trae menos ropa interior.
Ella sonrió, todavía sonrojada y con los labios hinchados.
—O ninguna.
Salió primero, mirando a ambos lados del pasillo. Adrián esperó un minuto y salió después, como si nada hubiera pasado. El olor a sexo todavía flotaba en la habitación 412 cuando la enfermera de relevo entró a las seis de la mañana y arrugó la nariz, sin entender del todo por qué.
Habían matado las ganas. Por esa noche, al menos.
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