En el pequeño pueblo de San Isidro, el cura don Mateo había pasado años predicando continencia y castidad desde el púlpito de la capilla. Nadie sospechaba que bajo la sotana negra latía algo mucho más oscuro: una necesidad voraz, reprimida durante demasiado tiempo.

Esa noche, después de la misa de las siete, la puerta lateral de la sacristía se abrió. Entró Lucía, la mujer que todos conocían por trabajar en el prostíbulo de la carretera. Tenía el pelo negro suelto, los labios pintados de rojo oscuro y esa mirada de quien ya ha visto demasiado. Había venido a confesarse… o al menos eso había dicho.

Don Mateo cerró la puerta con llave. La luz de las velas temblaba sobre el altar.

—Quítate la ropa —ordenó él, con una voz que ya no sonaba a sacerdote.

Lucía sonrió. Se desnudó despacio, dejando caer la falda y el corpiño hasta quedar solo con las medias negras. Se arrodilló frente a él, pero no para rezar. Le levantó la sotana y sacó la polla gruesa y dura del cura. La miró un segundo, como midiendo el pecado, y entonces hizo algo que no había hecho con ningún cliente: la lamió con devoción lenta, mojándola entera, chupando las bolas, dejando que la saliva le escurriera por la barbilla mientras miraba hacia arriba, a los ojos de don Mateo.

—Hazlo —susurró ella—. Sácalo todo. No te contengas.

El cura la agarró del pelo y la empujó contra el altar. La puso de bruces sobre el mantel bordado, le abrió las piernas y le metió la polla de un solo empujón en el coño empapado. Lucía soltó un gemido ahogado. Él embistió con fuerza, sin piedad, como si quisiera castigarla y castigarse a la vez. Cada embestida hacía crujir la madera del altar. El sonido húmedo de la polla entrando y saliendo llenaba la capilla.

—Más fuerte… —pidió ella—. Métémela también por el culo.

Don Mateo salió de su coño, escupió sobre el agujero apretado y empujó. La cabeza gruesa abrió el esfínter con dificultad. Lucía arqueó la espalda y soltó un grito sofocado, pero no se apartó. Al contrario: empujó hacia atrás para recibirlo más hondo. El cura la folló por el culo con rabia, agarrándola de las caderas, clavándole los dedos. El sonido seco de la carne golpeando carne resonaba entre las imágenes de santos.

Cuando estuvo a punto de correrse, la giró, la sentó sobre el borde del altar y le metió la polla otra vez en el coño mientras le metía dos dedos en el culo. La follaba por los dos agujeros a la vez, sin parar, sin compasión. Lucía se retorcía, gimiendo alto, dejándose usar de una forma que nunca había permitido a ningún hombre. Le chupaba la lengua, le mordía el cuello, le pedía más.

Y en ese momento, desde la sombra del confesionario, otro hombre los miraba.

Era el sacristán, el joven que ayudaba en las misas. Se había quedado quieto, con la polla fuera, masturbándose en silencio mientras veía cómo el cura del pueblo se deshacía en la puta sobre el altar sagrado. Don Mateo lo notó. No se detuvo. Al contrario: miró hacia la sombra y siguió embistiendo más duro, como si quisiera que lo vieran. Lucía también lo vio. Sonrió con la boca abierta y, sin dejar de ser follada, le hizo un gesto con la mano para que se acercara.

El sacristán salió de la oscuridad. Lucía le abrió la boca y lo chupó mientras el cura le martillaba el coño y el culo. Los tres en la capilla, el olor a sexo mezclado con incienso, las velas parpadeando.

Don Mateo se corrió primero, llenándole el coño a chorros. Sacó la polla todavía dura, se la metió en el culo otra vez y se descargó de nuevo dentro. Lucía se corrió temblando, con la boca llena de la polla del sacristán, que terminó en su lengua.

Cuando terminaron, el silencio de la capilla era casi sagrado. Lucía se limpió entre las piernas con el mantel del altar, se vistió despacio y miró al cura.

—La próxima vez —dijo ella en voz baja— quiero que me folles aquí mismo, con la gente rezando fuera.

Don Mateo, todavía con la sotana levantada y la polla brillante de semen y saliva, solo asintió.

Y desde entonces, cada noche que la capilla quedaba a oscuras, el pecado volvía a repetirse… y a veces, más de un par de ojos miraban desde las sombras.