El volcán era una herida en la tierra.
Se alzaba sobre la llanura de ceniza como una torre negra vomitando humo, y a su alrededor, el terreno era un laberinto de roca volcánica enfriada, de ríos de piedra solidificada que formaban puentes y arcos naturales. No había vegetación. No había agua. Solo fuego y piedra y el rugido subterráneo de algo que nunca dormía.
En la caldera, donde la lava formaba un lago ardiente, se reunieron los clanes.
La Asamblea de las Brasas.
Isavel nunca había visto tantos dragones juntos. En forma humana, los señores y guerreros de los cinco clanes formaban un semicírculo alrededor del lago de lava, pero sus escamas asomaban por todas partes: obsidiana en los del Clan del Fuego Negro, violeta en los del Clan Tormenta, plata en los del Clan Argénteo, verde en los del Clan Esmeralda. Y, solitario en el centro, un dragón dorado que no había adoptado forma humana: el Alto Wyrm, Vaelith Solarius, último del Clan Solar, tan grande que su cabeza tocaba el borde de la caldera y sus alas, plegadas, cubrían la mitad del terreno.
—Vaelith —dijo Kael, y su voz resonó en la caldera como un latido.
El Alto Wyrm abrió un ojo. Era del tamaño de un escudo de guerra y del color del sol al mediodía. Cuando habló, su voz no salió de una boca sino de todas partes, del aire, de la piedra, del fuego.
—Hijo de Obsidiana. Traes una humana a la Asamblea.
—Traigo una aliada.
Un murmullo recorrió los clanes. La palabra "aliada" en la lengua dracónica tenía el peso de un juramento de sangre.
—Los humanos nos han traicionado durante tres siglos —rugió Vaelith—. Nos robaron las reliquias. Encadenaron a nuestros hijos como rehenes. Mintieron sobre el Pacto de las Brasas. ¿Y ahora traes a una de ellos y la llamas aliada?
—La llamo lo que es. —Kael avanzó hacia el centro de la caldera, y Isavel lo siguió—. La Alianza de Fuego se ha formado. Lo sé porque la he visto. Lo sé porque ella habló en la lengua antigua sin aprenderla. Lo sé porque nuestras llamas se fundieron en una sola.
El silencio que siguió fue volcánico.
Vaelith levantó la cabeza. Sus alas se desplegaron, eclipsando la luz de la lava, y su sombra cayó sobre todos los presentes como un manto de oscuridad.
—La Alianza de Fuego —repitió, y ahora su voz era un susurro que contenía siglos—. La que mi antepasado formó con el primer rey de Auralia. La que se rompió cuando el hijo de ese rey asesinó a mi padre y robó sus escamas.
—Esa alianza —dijo Isavel, y su voz tembló pero no se quebró—. La rompió mi linaje. Mi antepasado traicionó al primer Alto Wyrm. Lo sé porque vi el tapiz: el dragón arrodillado, el rey con la llama en las manos. No era un pacto. Era una ejecución.
Los clanes rugieron. Los del Clan Obsidiana, que ya sabían, guardaron silencio. Los del Clan Tormenta, que sospechaban, alzaron la cabeza. Los del Clan Argénteo, los de hielo, lloraron. Los del Clan Esmeralda, los guardianes del bosque, miraron a Vaelith con una esperanza que no habían sentido en generaciones.
—¿Y qué propones, humana? —preguntó Vaelith.
—La verdad. Que las reliquias sean devueltas. Que los rehenes sean liberados. Que el pacto sea reescrito, no como una tregua entre enemigos, sino como lo que fue al principio: una alianza entre iguales.
—Tu padre no lo permitirá.
—Mi padre ha perdido el derecho a decidir.
Vaelith la miró con su ojo del tamaño de un escudo, y en su pupila dorada, Isavel vio algo que no esperaba ver en un dragón: cansancio. Tres siglos de cansancio.
—Si haces esto —dijo Vaelith—, habrá guerra. Tu padre no cederá las reliquias. El duque Beltran las quiere para sí. La corte de Auralia luchará para mantener lo que ha robado.
—Lo sé.
—Y morirán humanos. Muchos humanos.
—¿Y dragones?
—También. La guerra no discrimina.
Isavel miró a Kael. Él la miró a ella. Entre ellos pasó algo que no necesitaba palabras: la certeza de que lo que estaban a punto de hacer era correcto, y de que lo correcto no siempre era seguro.
—Entonces que sea una guerra justa —dijo Isavel—. No por las reliquias. Por la verdad.
Vaelith cerró el ojo. Cuando lo abrió de nuevo, había decisión en él.
—Convocaré a los clanes. Todos. Pero necesito algo de ti, humana. La alianza requiere una prueba.
—¿Qué prueba?
—Tu fuego. El fuego humano que se fundió con el de él. Místrame que no fue un accidente. Místrame que puedes sostener la llama.
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