Isavel no necesitó que le explicaran dos veces.
Cuando Kael le contó lo que Mora había visto, no se asustó. Se enfureció. Tres siglos de mentiras, de rehenes encadenados, de reliquias robadas, de matrimonios forzados para mantener un sistema basado en el miedo y la desconfianza. Y ella, la princesa que debía ser la pieza sacrificable, se había convertido en la chispa que podía incendiarlo todo.
—Nos vamos esta noche —dijo.
—Isavel, si nos descubren...
—Nos van a descubrir de todas formas. Beltran tiene un Vidente. Mi padre tiene mazmorras. La única diferencia entre quedarnos y huir es que si nos quedamos, morimos enjaulados. Si huimos, al menos morimos libres.
Prepararon la fuga en silencio. Seraphine, la única confidente de Isavel, les proporcionó caballos y provisiones robadas de las cocinas. Mora, que había desaparecido tan misteriosamente como había llegado, les dejó un mapa trazado en tinta que brillaba en la oscuridad: un camino a través de las montañas de pizarra hasta el volcán Calderanegro, el corazón del territorio del Clan Obsidiana.
La noche de la fuga, Isavel se detuvo en el pasadizo detrás del tapiz del dragón. La luz de la luna entraba por una ventana estrecha y caía sobre el dragón dorado arrodillado. Lo miró con otros ojos.
—Ya no te creo —le dijo al dragón bordado—. No te arrodillaste. Te traicionaron.
Kael la esperaba al final del pasadizo. La tomó de la mano —su pulso ardía contra el de ella— y juntos descendieron por las calles oscuras de Piedraluna, entre sombras de gárgolas y ecos de pasos de guardia.
Cabalgaron toda la noche y todo el día siguiente. Las montañas de pizarra se alzaban como gigantes dormidos, negras y afiladas, y el camino serpenteaba entre ellas como una cicatriz. Kael conocía cada recodo: era el camino que había recorrido como niño, cuando su padre lo llevaba al Calderanegro para enseñarle lo que era.
En el segundo día, los alcanzaron.
No eran guardias de Auralia. Eran Caballeros del Fuego Atado del Clan Tormenta, cinco guerreros dracónicos en forma humana, montando corceles negros que parecían alimentarse de las sombras. Su líder era una mujer de cabello plateado y ojos violáceos: Lady Vereth, hija del señor de la Tiñada Tormenta.
—Drakkarth —dijo, con una voz como el eco de un trueno lejano—. El Alto Wyrm ha convocado a todos los señores de la Tiñada. Y tú, en lugar de responder a la convocatoria, huyes con una humana.
—No huyo. Voy a la Asamblea.
—Vas a la Asamblea con una humana que huele a fuego de alianza. ¿Crees que soy estúpida?
Kael se interpuso entre Vereth e Isavel.
—¿Qué quieres, Vereth?
—Quiero la verdad. Mi padre ha guardado silencio durante treinta años sobre las reliquias robadas. He visto las escamas mudadas en el camino, Drakkarth. Brillan con la marca de la Alianza. Si lo que creo que ha pasado ha pasado, entonces no eres solo un rehén fugitivo. Eres el primer aliado de fuego en tres siglos.
—¿Y eso te basta para no matarnos?
Vereth sonrió. Era una sonrisa afilada, de depredadora.
—No. Lo que me basta para no mataros es que mi clan también quiere sus reliquias de vuelta. Y si la Alianza de Fuego es real, entonces la guerra que viene no es entre dragones y humanos. Es entre los que quieren la verdad y los que quieren el pacto roto.
Los escoltó hasta el Calderanegro.
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