Ricardo tenía 45 años y llevaba once casado. Su esposa confiaba en él por completo: llegaba a casa a la hora, contestaba los mensajes rápido y nunca levantaba sospechas. Pero esa tarde, como tantas otras, había mentido. Le dijo que tenía una reunión de trabajo hasta las ocho. En realidad estacionó el auto tres cuadras antes del Motel Luna y entró por la puerta lateral.

La habitación 17 ya estaba abierta. Valeria lo esperaba sentada al borde de la cama, todavía con el vestido de oficina. Tenía 34 años, el cuerpo firme de quien se cuida y una fidelidad extraña: nunca lo había traicionado a su marido, aunque ambos sabían que lo que hacían era una traición constante a otra persona. Ella era la mujer fiel… a su amante.

—Llegaste tarde —dijo ella, sonriendo apenas.

Ricardo cerró con seguro, se quitó la chaqueta y se acercó. La besó con la urgencia de quien no tiene todo el tiempo del mundo. Valeria le respondió abriendo la boca, dejando que la lengua de él explorara. Él le bajó el cierre del vestido sin dejar de besarla. El tejido cayó hasta la cintura. No llevaba sujetador. Ricardo le agarró las tetas con ambas manos, apretándolas, chupando un pezón y después el otro mientras ella le desabrochaba el pantalón.

La verga le saltó dura, gruesa, ya goteando. Valeria se arrodilló sobre la alfombra gastada del motel y se la metió en la boca de un solo movimiento. Chupó profundo, mirándolo desde abajo, dejando que la saliva le corriera por la barbilla. Ricardo le sujetó la cabeza y embistió despacio la garganta, gimiendo bajo para no hacer demasiado ruido.

—Joder, cómo chupas… —murmuró.

La levantó, la empujó sobre la cama y le quitó el resto de la ropa. Valeria se quedó desnuda, las piernas abiertas. Ricardo se arrodilló entre ellas y le comió el coño con hambre, metiendo la lengua, chupando el clítoris, metiendo dos dedos y curvándolos. Ella se arqueó y se tapó la boca con la almohada para no gritar. Se corrió rápido, apretándole la cabeza con los muslos.

Ricardo no esperó. Se subió encima, alineó la polla y entró de un solo empujón hasta el fondo. Valeria soltó un gemido ahogado. Él empezó a follarla con embestidas profundas y constantes, la cama golpeando suavemente contra la pared. Le levantó las piernas y se las puso sobre los hombros para penetrarla todavía más hondo.

—Dime que eres mía aunque sea aquí —exigió entre embestidas.

—Soy tuya… solo tuya en esta cama —jadeó ella.

La cambió de posición. La puso a cuatro patas. Ricardo la penetró por detrás, una mano en su cadera y la otra apretándole el cuello con suavidad. El sonido húmedo de cada embestida llenaba la habitación. Le dio palmadas en el culo, dejando marcas rosadas. Valeria empujaba hacia atrás, pidiendo más fuerte. Él se lo dio.

Cuando sintió que se acercaba, se sacó, se acostó de espaldas y la hizo montarlo. Valeria se puso la polla sola y empezó a cabalgarlo con ritmo salvaje, las tetas rebotando. Ricardo le apretaba el culo y le metía un dedo mientras ella subía y bajaba. Se corrió encima de él, temblando, y él la siguió segundos después, llenándola por dentro con un gruñido largo.

Media hora después, todavía sudados, Ricardo la volvió a poner de espaldas, le abrió las piernas y la folló despacio, casi tierno, mirándola a los ojos. Valeria le acariciaba la espalda y le mordía el hombro. Después la hizo ponerse de lado y entró desde atrás, una mano en su teta y la otra frotándole el clítoris. Se corrieron juntos otra vez, más callados, más intensos.

Al final se quedaron tumbados en la cama estrecha del motel, el aire acondicionado zumbando y el olor a sexo impregnándolo todo. Ricardo miró el reloj. Todavía le quedaba una hora antes de tener que volver a su vida de marido fiel.

Valeria se incorporó y empezó a vestirse en silencio. Él la observó desde la cama.

—¿La semana que viene? —preguntó.

Ella se giró, se ajustó el vestido y sonrió con una mezcla de ternura y culpa.

—Mientras sigas viniendo, yo seguiré esperándote.

Ricardo se levantó, se vistió rápido y la besó una última vez, largo, como si quisiera llevarse el sabor de ella hasta la casa donde lo esperaban. Salió primero. Valeria esperó diez minutos, se miró en el espejo del baño, se arregló el pelo y también se fue.

En el estacionamiento, el sol de la tarde todavía pegaba fuerte. Los dos arrancaron en direcciones distintas. Él hacia su matrimonio intacto. Ella hacia su propio hogar donde la esperaba su marido. Pero ambos sabían que la próxima tarde de motel ya estaba contada.

Habían follado como si el mundo fuera solo esa habitación. Y por unas horas, lo fue.