Chapinero es el lugar más perro y más culero de Bogotá. Te vistes medio de puta y dejas que si te insultan, no aguantan la mirada. Andas en la pista y miras quién te mira, algún alma necesitada. La llamas a la pista y ahí está con su risa estúpida algún idiota que te ofrece bebida. Pido siempre con botella cerrada. Dos chicos, un tal Pipe y un tal Fernando. Ambos amigos de toda la vida, me hacen miraditas, los llamo y convenzo de bailar los tres, se me acercan, los toco y refriego y digo que si son capaces de irse conmigo a un motel. Pero que tengo una condición, solo quiero que me rompan el culito. Al principio se ríen, luego ven que es en serio.

Los miro fijo a los ojos y les repito bien claro: —Solo por el culo, nada de vagina. Y se vienen adentro los dos, quiero sentir cómo me llenan. Si no, ni se molesten. Fernando, alto, tatuado y con cara de malo, se ríe nervioso pero se le nota en la cara que ya está prendido. Pipe, más fornido, callado y con barba, me agarra fuerte de la cintura y me dice al oído con voz ronca: —Vos mandás, mami. Lo que quieras. Yo ya estaba empapada, el corazón me latía duro. Sabía que me iba a doler, que después probablemente me arrepentiría, pero esa impulsividad mía no me deja decir que no cuando el morbo me prende.

Salimos de la discoteca los tres y cogimos un taxi para un motel barato en la Zona Rosa. En el carro iba sentada entre ellos dos. Fernando me metía la mano por debajo de la falda corta, tocándome el culo por encima de la tanga, mientras Pipe me besaba el cuello y me mordía suave la oreja. Yo les repetía bajito, casi como un juego: —Sin condones, pero solo culito. Quiero que me dejen chorreando. Llegamos al motel, pedí la habitación más sencilla y apenas cerramos la puerta me quité la tanga, la tiré a un lado y me puse en cuatro sobre la cama, levantando el culo bien alto. Sentía la mirada de los dos quemándome.

Fernando fue el primero. Me echó un buen chorro de saliva en el culo y empezó a metérmela despacio. Ardía, esa quemazón rica que me encanta y me asusta al mismo tiempo. Me agarraba las nalgas con fuerza, clavándome los dedos, y empujaba más profundo. Yo gemía fuerte, mordiendo la sábana: —Más duro, hp, rómpemelo. No te detengas. Pipe estaba sentado en una silla al lado, tocándose mientras miraba. Me excitaba que me vieran así, tan puta.

Mientras Fernando me estaba cogiendo duro, se me ocurrió la idea y se la solté riéndome entre gemidos: —A ver quién culiada más duro… el que se venga primero paga todo el motel. Fernando soltó una risa pero se le cambió la cara, empezó a metérmela más fuerte, sudando, como si estuviera compitiendo. Pipe se levantó, se acercó y empezó a chuparme las tetas, mordiéndome los pezones mientras su amigo me abría el culo sin piedad.

En un momento Fernando estaba a punto de venirse y se salió de repente. Dijo que iba a fumar al balcón para calmarse. Apenas cerró la puerta, Pipe no perdió tiempo: me puso contra la pared, me abrió las nalgas y me metió dos dedos gruesos, preparándome. Cuando Fernando volvió y nos vio, se puso furioso. Casi se agarran a puños ahí mismo, gritándose cosas. Yo me metí en medio, desnuda, con el culo chorreando saliva, y les grité: —O se calman y me cogen los dos turnándose como hombres, o se van los dos a la mierda, maricas. No sean hp.

Se calmaron. Empezaron a turnarse sin asco ninguno. Fernando me cogía un rato bien duro, salía jadeando, y entraba Pipe. Sentía el culo cada vez más abierto, caliente, hinchado, lleno de saliva y precum. Me encantaba esa sensación sucia, de estar siendo usada por dos amigos de toda la vida. Les gritaba cosas: —Más duro, quiero que me destruyan el culito. Quiero que me dejen toda llena. Yo los provocaba más: —¿No se dan cuenta que ya le tumbaron la nena? A ver quién aguanta más, culicagados.

Fernando fue el primero en venirse. Me clavó bien profundo, gruñó como animal y me soltó todo adentro. Sentí los chorros calientes inundándome el culo. Se salió rápido, se limpió con una toalla y se emputó entero: —Puta, vos armaste esta mierda. Pagó todo el motel enojado, se vistió rápido y se fue dando un portazo que casi tumba la puerta.

Me quedé sola con Pipe. Él era más tranquilo. Me cogió dos veces más. La primera me puso de lado, agarrándome una pierna, metiéndomela profundo y lento. La segunda me puso boca arriba, con las piernas en sus hombros, mirándome a los ojos mientras empujaba. Me llenó adentro las dos veces. Sentía el semen de Fernando y el de él mezclándose, chorreándome por el culo y las nalgas cada vez que se salía. El dolor era fuerte, pero el placer también.

Después de la segunda corrida me dio el bajón. Estaba adolorida, el culo me ardía, inflamado, todo sucio y pegajoso. Me sentí usada, barata y un poco arrepentida. Pipe quería seguir hablando, acariciándome, pero yo ya no quería nada. Le dije seca: —Ya, parcero. Estoy cansada. Vámonos de una vez. Lo eché. Apenas cerró la puerta borré sus contactos y los de Fernando. No quería saber más de ellos. Alla ellos.

Al día siguiente desperté en mi cama con el culo adolorido, casi no podía sentarme derecho. Me dolía al moverme, pero cada vez que me acordaba de cómo me turnaron, cómo me llenaron como pedí, me mojaba otra vez. Fui impulsiva, como siempre. Puse la condición clarita desde el principio, me tiré al hueco con dos manes que apenas conocía y después, como es típico en mí, quise echarme para atrás. Me cuesta decir no cuando el morbo me prende. Esa noche en Chapinero fue mía, sucia, dolorosa y rica. Y aunque a veces me odio por ser así, sé que si vuelve a pasar… probablemente lo vuelva a hacer.