Resulta que un día me habían robado la moto. Me la levantaron en pleno centro de Bogotá, cerca de la Candelaria, mientras la dejaba parqueada un rato. No es difícil saber dónde van a parar esas vainas: terminan todas en algún deshuesadero de mierda en las afueras, donde los piroibois las desarman y venden las piezas. Me dio rabia, pero también me dio esa impulsividad mía de no quedarme callada. Llamé a Michael, al Maicol, mi parcero de toda la vida. Ese wey me ha sacado de varias densas mk, siempre ha sido de fiar cuando la cosa se pone fea.
—Maicol, me robaron la moto. Vamos a buscarla —le dije.
Él sabía cómo era el negocio y aceptó acompañarme. Nos fuimos en bus y en moto de un amigo hasta un deshuesadero grande y culero en las afueras, lleno de fierros, carros desarmados y tipos con cara de malparidos. Apenas llegamos, tres piroibois nos miraron feo. Uno era flaco y tatuado, otro gordo con cadena de oro, y el tercero el más callado, con cicatrices en la cara. Maicol se quedó atrás, vigilando, pero yo fui directo al grano.
—Sé que tienen mi moto. Una negra, placa tal. Devuélvanmela y no armo problema.
Se rieron. El flaco se acercó y me dijo con esa sonrisa hp: —Aquí nada es gratis, mamacita. ¿Qué nos vas a dar vos a cambio?
Yo ya sabía por dónde venía la cosa. Me dio asco, me dio miedo, pero la moto era mía y no pensaba perderla así no más. Miré a Maicol, él apretó la mandíbula pero no dijo nada. Sabía que si nos poníamos bravos nos podían dejar ahí tirados. Entonces les dije clarito, con la voz firme aunque por dentro me temblaba todo:
—Les doy lo que quieran, pero solo una vez. Los tres. Y me devuelven la moto completa, con papeles y todo.
Se miraron entre ellos, sorprendidos y cachondos. Me llevaron a un cuartico sucio atrás del deshuesadero, lleno de herramientas y olor a aceite y cigarrillo. Maicol se quedó afuera vigilando. No fue agradable. Para nada.
El primero fue el flaco. Me arrinconó contra una mesa, me subió la falda y me bajó la tanga sin preguntar. Me metió los dedos brusco y después me la encajó por la vagina, duro y rápido. Olía feo, sudado. Yo cerré los ojos y apreté los dientes, pensando solo en recuperar mi moto. Gemía pero no de placer, era más de rabia y dolor. Se vino adentro rápido y se salió.
El gordo fue el segundo. Me puso en cuatro sobre un colchón viejo y sucio. Tenía la verga gruesa y me dolió más. Me agarraba las caderas con fuerza, me daba palmadas fuertes en el culo y me insultaba bajito: “putica, esto es lo que querías”. Yo solo pensaba “que se acabe ya, malparido”. Se vino también adentro, dejándome chorreando.
El tercero, el de las cicatrices, fue el más callado. Me sentó encima de él y me hizo moverme mientras me chupaba las tetas. Me dolía todo, estaba adolorida y humillada, pero lo hice. Me corrí un poco a la fuerza, más por el roce que por ganas. Cuando terminó y se vino adentro también, me sentí sucia, usada y barata.
Me limpié como pude con una camiseta vieja que había ahí. Salí del cuartico con las piernas temblando. Maicol me miró sin decir nada, pero se le notaba la cara de impotencia. Los piroibois cumplieron: me entregaron la moto, completa, con las llaves y hasta los papeles. El flaco me dijo sonriendo:
—Si querés volver, ya sabés cómo es el trato.
Yo los miré con odio y les solté: —Vuelvo si me rompen a ese hp que me la robó. Quiero verlo jodido. Mándenme una foto.
Me subí a la moto con Maicol siguiéndome y nos fuimos de ahí rápido. La moto era mía de nuevo, malparidos. Ese día llegué a la casa, me duché como tres veces y lloré debajo del agua. No fue agradable. Me sentía asqueada de mí misma, impulsiva como siempre, capaz de dar el culo y la dignidad con tal de no perder lo mío. Pero la moto valía la pena, o eso me repetía.
Días después me llegó una foto por mensaje de un número desconocido. Se veía a un man tirado en el piso, golpeado, pero la foto estaba borrosa y no se entendía bien nada. Ni idea, padre santo. Igual no volví. Marica, tampoco soy padre santo, pero tampoco soy tan hp como para seguir metiéndome en esa mierda. Borre el número y nunca más supe de ellos.
Maicol después me dijo que había sido una locura, que podíamos haber buscado otra forma. Yo solo le contesté: —Era mi moto, parcero. Y ahora la tengo.
Aunque por dentro todavía me da rabia y asco recordarlo. Fui impulsiva, me tiré al hueco, di lo que tenía que dar y recuperé lo mío. Pero ojalá nunca más tenga que pasar por algo así.